¡Eres Mi Mundo! por EijiKageyama en Inkitt
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¡Eres mi mundo!

Sinopsis

®“Pase lo que pase nunca cambiaría mi vida”® Dicen que el amor esta donde menos se imaginan y yo lo encontré en el momento en el que nuestros ojos se encontraron y desde ese momento prometí ser solo de ti. *TodoDeku *BNHA *UA *M-preg Los personajes no son de mi pertenencia crédito a su respectivo autor La imagen no me pertenece, créditos a su autor intelectual

Genero:
Romance
Autor/a:
EijiKageyama
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Era una noche de sábado monótona. Shoto Todoroki se encontraba hundido en el sofá, devorando puñados de palomitas de forma mecánica mientras ve una película, que a esas alturas le resultaba aburrida, se reproducía frente a él.

Sin embargo, su atención no estaba en la pantalla. Sus ojos se desviaban con el ritmo de cada tic-tac del reloj de pared, contando los minutos exactos para que terminara el turno de su pareja en ese trabajo de medio tiempo.

Shoto había perdido la cuenta de cuántas veces intentó convencerlo de que no era necesario, insistiendo en que lo mejor era enfocarse en sus estudios universitarios para asegurar un futuro profesional sólido. Pero conocía bien la inquebrantable terquedad de su novio, Midoriya era de esos hombres que jamás aceptarían un centavo que no hubiera ganado por si mismo.

Por mucho que Shoto quisiera facilitarle la vida, respetaba ese orgullo noble, aunque eso significara pasar noches enteras esperándolo en una sala en silencio.

Intentó apartar la imagen de Midoriya de sus pensamientos, recordándose que solo faltaban veinte minutos para que el turno terminara. Con un esfuerzo consciente, devolvió la mirada al televisor, obligándose a prestar atención a una trama tan insípida como irritante.

Sin embargo, el silencio de la casa y la monotonía de las imágenes terminaron por vencerlo. Soltó un tercer suspiro, largo y pesado, mientras se hundía contra el respaldo del sofá. Poco a poco, la tensión de la espera se disolvió en un sueño profundo, dejando el bol de palomitas olvidado sobre sus piernas.

Apenas a un par de calles de distancia, el panorama de Izuku Midoriya era mucho menos tranquilo. Se encontraba en medio de un pasillo, lidiando con el rastro de caos que un niño pequeño había dejado al volcar varios envases.

Aunque el cansancio le pesaba en cada fibra del cuerpo con un dolor punzante en la espalda y las piernas pidiéndole un descanso, no se permitía flaquear, ese desastre no era rival para su determinación.

Mientras pasaba el trapeador con movimientos mecánicos, una sonrisa cansada cruzó su rostro al pensar en su pareja que lo espera en casa. Decide terminar pronto para volver rápido a casa.

—¡Izuku! ¿Todavía sigues aquí? —exclamó su compañera, visiblemente sorprendida al encontrarlo aún con el trapeador en la mano.

—¿Eh? —Izuku parpadeó confundido y giró la cabeza hacia el gran reloj de la pared. En cuanto vio que las agujas marcaban las 22:30, soltó un grito de puro susto. ¡Se había pasado de su hora de salida por media hora! Shoto debe estar preocupado, piensa.

Se apresuró a terminar su labor y, tras despedirse con torpeza de sus compañeros, salió disparado hacía las calles. Corría rápidamente, intentando recortar cada segundo para evitar otra discusión, pero el destino tenía otros planes, a mitad de camino, el cielo se desplomó en una lluvia torrencial e imprevista. Todo estaba en su contra.

Cuando finalmente llega al departamento, esta completamente empapado, el agua gotea de su ropa formando charcos a sus pies. Al abrir la puerta y entrar, un temblor involuntario recorrió su cuerpo debido al frío, pero el escalofrío que más le dolía era el de su propia conciencia.

Mientras tiritaba en el recibidor, solo podía pensar en que había vuelto a romper la promesa que le hizo a Shoto. Se sentía profundamente mal, atrapado entre su sentido del deber y el peso de haber fallado de nuevo, sabiendo que, por mucho que se lamentara, el tiempo ya no podía volver atrás.

Soltó un largo suspiro mientras caminaba con sigilo hacía la sala. Al ver a Shoto profundamente dormido, una punzada de ternura le recorrió el pecho, pero fue rápidamente opacada por un sentimiento de culpa que le estrujó el corazón. Se suponía que esa noche disfrutarían de su tradicional maratón, una mezcla de películas infantiles y cintas de terror que tanto les gustaba compartir.

Aunque su horario terminaba oficialmente a las 21:00, Izuku tenía la mala costumbre de perderse en sus responsabilidades, para él, el tiempo parecía desvanecerse entre el deber y el esfuerzo, dejándolo a menudo frente al reloj cuando ya era demasiado tarde. Ver a su novio allí, esperándolo hasta que el cansancio lo venció, le dolió más que cualquier turno agotador.

Izuku se mordió el labio con nerviosismo sabiendo que hoy tampoco pudo abordar una conversación que seguía pendiente en el aire. Había pasado casi un mes desde aquella tarde en el parque, cuando Shoto, mientras observaba en silencio a una familia que jugaba cerca, soltó un comentario que lo dejó helado.

Aquella frase había despertado un temor en Izuku que aún no lograba procesar, y desde entonces, el miedo le había robado el valor para retomar el tema.

Miró a su novio dormido, consciente de que su propio comportamiento errático y sus evasivas empezaban a ser evidentes. Sabía que Shoto no merecía sus silencios ni sus dudas, sino una explicación honesta, pero el nudo en su garganta seguía siendo más fuerte que su voluntad.

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Flashback

Al notar que Shoto estaba inusualmente absorto, Izuku siguió su mirada para descubrir qué le robaba la atención con tanta intensidad. Se encontró con una escena cotidiana, pero poderosa, una pareja que paseaba junto a sus hijos pequeños, riendo y envolviéndolos en gestos de cariño genuino.

El corazón de Izuku se encogió al recordar quela infancia de su novio había sido un territorio de sombras, muy lejos de la calidez que ahora observaba. En ese instante, una idea dolorosa cruzó su mente, Shoto no solo estaba mirando a esos niños, sino que quizás estaba proyectando en ellos el vacío de su propio pasado, anhelando una conexión y un amor familiar que sus padres nunca supieron darle.

—Shoto... —murmuró Izuku, casi en un susurro, tratando de romper el trance de su novio.

El chico bicolor no apartó la vista de la familia. Tras un breve silencio, con una voz cargada de una añoranza que Izuku nunca le había escuchado, soltó aquellas palabras que lo cambiarían todo.

—Sabes... sería lindo que nosotros pudiéramos estar así algún día.

En ese instante, la claridad golpeó a Izuku con una fuerza demoledora. Entendió el peso real de las palabras de Shoto y lo que implicaban para su futuro, y el descubrimiento lo sumergió en un pánico absoluto.

Sin poder articular una sola palabra, se puso de pie de golpe y comenzó a caminar, alejándose de la escena como si intentara escapar de una verdad que no estaba listo para procesar.

A sus espaldas, la voz de su novio lo llamaba con una mezcla de confusión y preocupación, pero Izuku no se detuvo; sus oídos zumbaban y su único instinto era huir. Al llegar al departamento, se encerró en su habitación con llave.

No salió de allí en toda la noche, ignorando los ruegos de Shoto y los golpes en la puerta que, por momentos, parecían desesperados.

Izuku se dejó caer lentamente hasta el suelo, abrazando sus rodillas contra el pecho como si intentara mantener unidos sus propios pedazos. Se reprendía a sí mismo, pero ¿cómo mantener la calma cuando la vida te había arrebatado la posibilidad de engendrar un hijo?

Se sentía miserable. Todavía recordaba lo doloroso que fue procesar su propio diagnóstico y lo difícil que le resultaba siquiera imaginar cómo confesarle la verdad a Shoto. Ahora que conocía el anhelo más profundo de su novio, una culpa asfixiante lo invadía, se sentía como una barrera en el camino hacía la felicidad de Shoto, como si su propia existencia fuera la razón por la cual el hombre que amaba nunca podría alcanzar ese sueño de familia que tanto deseaba.

Los días se convirtieron en una rutina gris y monótona. A pesar de vivir bajo el mismo techo, el destino parecía empeñado en separarlos, a menudo compartían los mismos turnos de trabajo y apenas se cruzaban como dos extraños en el pasillo.

El silencio se volvió su único lenguaje, Shoto, cansado de chocar contra un muro, finalmente dejó de presionar por una respuesta, mientras que la alegría característica de Izuku se fue apagando hasta desaparecer por completo.

Sin embargo, detrás de esa máscara de apatía, el caos persistía. Nadie y mucho menos Shoto sospechaba el torbellino que arrasaba la mente de Midoriya a cada segundo. Cada pensamiento era una batalla, cada momento un recordatorio que lo consumía por dentro mientras el mundo seguía girando a su alrededor.

Izuku había comenzado a convertir el retraso en un hábito, regresando a casa deliberadamente tarde con la esperanza de encontrar a Shoto ya sumergido en el sueño. Su estrategia era la evasión pura, quería esquivar el conflicto a toda costa, aún siendo plenamente consciente de que su actitud no era la mejor y de que sus miedos necesitaban ser pronunciados en voz alta para sanar.

Al entrar, se refugió de inmediato en la habitación que había convertido en su salvavidas personal durante los últimos días. Sin embargo, no había muros lo suficientemente gruesos para silenciar su propia mente.

Tumbado en la oscuridad, su cabeza se transformó en un escenario de catástrofes, analizando una y otra vez todas las posibilidades en las que su historia de amor terminaba en ruinas, simplemente porque no encontraba el valor para romper el silencio y dejar salir la verdad.

Cuando al fin se había quedado dormido, se despierta de golpe, con el corazón latiendo rápidamente contra sus costillas y la respiración entrecortada. El rastro de una pesadilla o más bien, de su realidad más temida se manifestaba en las lágrimas cálidas que ya empapaban sus mejillas.

Izuku se cubrió el rostro con las manos, permitiendo que el llanto fluyera sin resistencia, liberando parte de la angustia acumulada.

Cuando la crisis finalmente paso, un pensamiento punzante se instaló en su mente: ¿Estaría Shoto considerando dejarlo? La idea de que su incapacidad para darle los hijos que deseaba fuera el fin de su relación lo aterraba.

Ese miedo se transformó en un frío paralizante cuando, al salir de la habitación por la mañana, se encontró con un silencio sepulcral. No había rastro de su pareja en la cocina, ni en la sala, ni en ningún rincón del departamento.

Preso del pánico y con la mente imaginando el peor de los escenarios, corrió desesperado hacía la habitación principal para revisar el armario que compartían, temiendo encontrar los estantes vacíos.

Sus peores miedos cobraron vida frente a sus ojos, el armario estaba semivacío, mostrando huecos desoladores donde antes descansaba la ropa de Shoto. Las fuerzas lo abandonaron de golpe y cayó de rodillas sobre el suelo frío, hundiéndose en un mar de autorreproches.

Se llamó a sí mismo estúpido, cobarde e insensato, se culpó por haber permitido que su silencio levantara un muro tan alto que terminó por expulsar al hombre que amaba de su vida.

En medio de su desesperación, el sonido repentino de su celular cortó el aire. Izuku no se apresuró, se arrastró hacía el aparato con una desgana absoluta, con el cuerpo pesado por la tristeza y el alma vacía, temiendo que cualquier mensaje o llamada fuera el punto final definitivo a su historia. Con dedos temblorosos, tomó el teléfono y atiende la llamada.

—¿H-hola? —articuló apenas, con la voz quebrada y el ánimo por los suelos.

—¿Cariño? —La voz de Shoto emergió del otro lado de la línea, sonando extrañamente calmada.

—¿Sho...? —Izuku se mordió el labio con fuerza en cuanto reconoció ese tono familiar. El alivio y la confusión lucharon en su pecho, dejándolo sin aliento.

—Escucha, volveré a casa en un momento —continuó Shoto con un suspiro de frustración—. El auto se descompuso de camino al aeropuerto y el avión no sale hasta mañana.

En cuanto la palabra avión salió de los labios de Shoto, el mundo de Izuku se tambaleó. El pánico, que apenas le había dado un respiro, regresó con una violencia renovada, instalándose como un nudo asfixiante en su garganta.

Su respiración se volvió errática y superficial, mientras el aire parecía negarse a entrar en sus pulmones. Todos sus temores, aquellos que había intentado enterrar bajo el silencio, brotaron de golpe como una marea imparable, Shoto realmente se iba.

El armario vacío no era una coincidencia, ni su ausencia una simple salida matutina. La confirmación de que su pareja planeaba marcharse lejos lo golpeó con la fuerza de un impacto físico, dejándolo temblando en medio de la habitación mientras el sonido de su propio pulso llegaba a sus oídos.

—Está bien —logró soltar finalmente.

Su voz sonó apagada, como un eco lejano de sí mismo. Se obligó a respirar hondo hasta que el temblor de sus hombros disminuyó, intentando recuperar una calma que no era más que una máscara de agotamiento.

No hubo reproches, ni preguntas sobre el viaje, solo esas dos palabras cargadas de una aceptación amarga, mientras se quedaba allí, sentado en el suelo, esperando el regreso del hombre que según creía ya tenía un pie fuera de su vida.

Todoroki se despidió con una brevedad que dolió, y la línea quedó en silencio. Izuku bajó el teléfono y lo contempló sin verlo realmente, el dispositivo era un objeto extraño en su mano. Con movimientos mecánicos, caminó hacía el sofá y se dejó caer, manteniendo la mirada perdida en algún punto difuso de la sala.

Cerró los ojos, forzándose a procesar el caos de sus emociones hasta que, entre el miedo y la desesperación, una decisión final cobró forma en su mente, no podía dejar que las cosas terminaran así.

El sonido de la llave girando en la cerradura lo puso en alerta. Se puso de pie de un salto justo cuando la puerta se abría. Al ver a Shoto entrar, cargando esa maleta que confirmaba todas sus sospechas, el pánico fue reemplazado por un impulso ciego. Sin pensarlo un segundo más, se lanzó hacía él, acortando la distancia que los separa.

—¿Qué pa...? —La pregunta de Shoto quedó suspendida en el aire, fragmentada por el asombro.

No tuvo tiempo de reaccionar ni de soltar la maleta, pues en un instante, los labios de Izuku se adueñaron de los suyos con una urgencia que rozaba la desesperación. Fue un beso cargado de todo lo que el peliverde no se había atrevido a decir, un ruego silencioso, un perdón anticipado y el miedo absoluto de que ese fuera el último contacto entre ambos.

Shoto no se aparta. A pesar de la profunda confusión que lo invade el contacto lo desarma por completo. Soltó su maleta, dejando que el equipaje golpeara el suelo con un eco sordo, y rodeó con firmeza la cintura de Izuku.

Al sentir cómo las piernas del peliverde se enroscaban alrededor de su cuerpo en un gesto de absoluta posesión, la tensión contenida durante días estalló. Sin romper el beso, Shoto avanzó a ciegas hacía la habitación, guiado solo por el calor de Izuku y la urgencia de cerrar esa brecha de silencio que los había distanciado.

Cruzaron el umbral hacía la intimidad de su cuarto, donde las dudas y el miedo finalmente fueron sofocados por una infinidad de caricias, promesas mudas y una entrega desesperada que buscaba recomponer lo que se creía roto.

Izuku todavía recordaba con nitidez la mañana siguiente, cuando Shoto intentó buscar respuestas a su comportamiento de la noche anterior. Sin embargo, incapaz de ponerle palabras a su angustia, Izuku se limitó a encogerse de hombros en un silencio evasivo. Aunque la tensión entre ambos pareció suavizarse superficialmente, la luz en los ojos de Midoriya comenzó a extinguirse.

Su rostro, antes lleno de vida, ahora solo sostenía una sonrisa leve y forzada que no llegaba a sus ojos. No tenía energía para sus estudios ni ganas de salir, y su salud, debilitada por el estrés y la tristeza contenida, empezó a flaquear, haciéndolo caer enfermo en varias ocasiones.

Se veía demacrado, como si el peso de su secreto le estuviera consumiendo las fuerzas desde adentro, dejando a un Shoto cada vez más preocupado por la sombra en la que se estaba convirtiendo su novio.

Shoto lo observó en silencio, como venía haciendo durante las últimas semanas. Cada vez que sus ojos se posaban en Izuku, la misma certeza lo golpeaba, algo andaba terriblemente mal y el tiempo se les estaba acabando. No podía seguir siendo un espectador del deterioro de su novio.

Por eso, aprovechando un día en que Izuku no tenía clases, Shoto decidió tomar las riendas de la situación. Había solicitado el día libre en su propio trabajo con un plan meticuloso en mente. Sin darle margen a protestas o evasivas, prácticamente "secuestró" a un debilitado Midoriya, guiándolo con una mezcla de firmeza y ternura fuera del departamento.

Lo subió al auto con un destino claro, había buscado a alguien capaz de descubrir qué era lo que realmente estaba consumiendo a Izuku desde adentro.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Izuku, con la voz cargada de una confusión que rozaba el miedo.

Sus ojos escudriñaban el entorno, intentando descifrar por qué se encontraban frente a aquel edificio desconocido.

—Ya lo verás... —respondió Shoto, manteniendo el tono bajo y la mirada fija al frente, con una serenidad que solo lograba inquietar más al peliverde.

—Sho... —insistió Izuku, dando un paso hacía él y buscando su mirada, como si necesitara una señal de que todo estaría bien.

—Solo esperemos —lo cortó Shoto suavemente, tomándolo de la mano con firmeza. Sus palabras no admitían más preguntas, era el final del camino.

Izuku guardó silencio, sintiendo cómo la ansiedad se le instalaba en el pecho. Cuando finalmente pronunciaron su nombre, ambos entraron en el consultorio donde un médico los esperaba tras su escritorio. Tomaron asiento en un ambiente cargado de una tensión casi palpable.

—Díganme, ¿A qué debo su visita? —preguntó el doctor, observándolos por encima de sus gafas.

—Me gustaría que revisara a mi novio —respondió Shoto, con una voz que no admitía discusiones.

—¿Alguna razón en particular? —insistió el hombre, notando la evidente desconcierto en el rostro del peliverde.

—Está enfermo —afirmó Shoto tajantemente.

—No estoy enfermo —intervirtió Izuku de inmediato, ganándose la mirada atenta de ambos hombres.

—Claro que lo estás, Izuku. Has estado muy mal estos últimos días —replicó Shoto, su tono mezclando frustración con una profunda preocupación.

—¡Te dije que estoy bien! —exclamó Izuku, alzando la voz más de lo que pretendía.

El eco de su propia defensa lo hizo callar de golpe, dándose cuenta de su arrebato.

El médico, acostumbrado a este tipo de dinámicas, intervino con calma dirigiéndose directamente al joven peliverde.

—Bien, si le parece correcto, podemos empezar con un examen de rutina para salir de dudas.

Izuku soltó un suspiro pesado, cargado de hastío. No tenía energía para someterse a revisiones que consideraba inútiles, estaba convencido de que solo recibiría el mismo consejo vacío de siempre, que necesitaba descansar. Algo que él sabía de sobra, pero que su mente no le permitía hacer.

—No creo que esto sea necesario... —murmuró con la mirada gacha.

Sin esperar respuesta, se puso de pie y abandonó el consultorio, dejando tras de sí un silencio incómodo. Shoto no lo siguió de inmediato. Se quedó un momento a solas con el médico, buscando una verdad que Izuku se negaba a pronunciar.

—¿Cómo lo vio, doctor? —preguntó con voz baja.

—Hay algo que lo atormenta, Shoto —respondió el hombre, cerrando el historial—. Es evidente que su malestar no es solo físico. ¿Sabes desde cuándo arrastra este comportamiento?

—Hace varias semanas... —Shoto frunció el ceño, buscando en su memoria—. Todo empezó aquel día que fuimos al...

Se detuvo en seco. El recuerdo de Izuku huyendo en el parque, su rostro pálido tras aquel comentario sobre los niños y la posterior frialdad, chocaron en su mente con la fuerza de un impacto.

—¿Shoto? —el médico lo llamó al verlo perdido en sus pensamientos.

—Creo que finalmente entiendo qué es lo que lo está consumiendo —respondió Shoto, con una expresión de dolorosa claridad.

Se despidió con un gesto rápido y salió del lugar, decidido a no dejar que Izuku se ocultara más.

Durante todo el trayecto de regreso, Shoto se recriminó en silencio. Se sentía un necio por no haber unido las piezas antes, por haber pasado por alto las señales que ahora resultaban tan evidentes.

Entraron al departamento, de un momento a otro Izuku se puso frente a él y con los brazos cruzados en una postura defensiva que delataba su molestia.

—¿Cómo pudiste hacerme esto? —espetó Izuku, con la voz temblorosa de indignación, antes de intentar pasar por su lado para huir de nuevo.

—Por favor, habla conmigo —le pidió Shoto, bloqueándole el paso con suavidad.

—No hay nada de qué hablar, Shoto. Nada.

—Sí que lo hay. Creo que finalmente entiendo qué es lo que pasa, aunque espero de corazón estar equivocado.

—Shoto... —Izuku bajó la mirada, su resistencia empezando a acabarse—. No quiero hablar de esto ahora, solo déjalo estar. Te lo diré cuando me sienta mejor, lo prometo.

—¿Es que no confías en mí? —preguntó Shoto, con una punzada de dolor en la voz—. ¿De verdad crees que no soy capaz de entenderte?

—¡No es eso! —estalló Izuku, alzando la vista con los ojos empañados—. ¡No se trata de ti! Es solo que... no confío en mí mismo. Tengo pavor de que, si te lo digo, no pueda soportar ver tu reacción. Es solo que... —Se quedó sin aliento, el nudo en su garganta impidiéndole continuar—. Hablemos luego, por favor.

Shoto guardó silencio y asintió lentamente, aceptando la tregua aunque el pecho le pesara. En ese instante, se hizo una promesa solemne, sería paciente. Comprendió que no podía derribar aquel muro a la fuerza, especialmente cuando era evidente que el tema no solo era sensible, sino que estaba desgarrando a Izuku por dentro.

Respetaría su tiempo, pero no dejaría de estar a su lado, esperando el momento en que su novio se sintiera lo suficientemente seguro para soltar esa carga entre sus brazos.

Fin Flashback

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Tras pasar a su cuarto para recoger algo de ropa limpia y darse un baño, sale hacía la cocina distraído, sin percatarse de que el sofá ya no esta ocupado. La sorpresa llegó en forma de un abrazo por la espalda, unos brazos se ciñeron a su cintura y un beso suave aterrizó en su cuello. Un rubor inmediato tiñó sus mejillas mientras esbozaba una tímida sonrisa.

—Te extrañé —susurra Shoto cerca de su oído, rompiendo el silencio.

—Yo también... —responde él en un hilo de voz.

—¿Seguro?

—¡Claro que sí! ¿Por qué pensas que sería lo contrario?

—Sabes a qué me refiero —insiste Shoto, reforzando el abrazo sin intención de soltarlo.

—Lo sé...

—¿Preparo té?

—Sí, por favor.

Sintió el vacío en cuanto Shoto se alejó para preparar el té. Mientras esperaba, movió sus manos con nerviosismo, sabía que el momento de hablar finalmente había llegado. Soltó un largo suspiro antes de tomar asiento.

—Aquí tienes —dijo Shoto, dejando la taza frente a él.

—Gracias —responde, refugiando sus manos en el calor de la cerámica.

Bebió un sorbo del líquido caliente y volvió a suspirar, tratando de armarse de valor.

—Si no te sientes listo, puedo esperar —intervino Shoto con calma—. Después de todo, ya llevo tiempo haciéndolo. Un poco más no cambiará nada —dijo al intuir que le pasaba a Izuku.

—No. Quiero hablar —sentenció él con firmeza—. Ya es tiempo de hacerlo.

Una vez que comenzó, ya no hubo marcha atrás, las palabras fluyeron entre llanto y maldiciones. Mantuvo la cabeza baja en todo momento, ocultando su rostro por el terror que le provocaba imaginar la reacción de Shoto ante su confesión. No se atrevió a levantar la mirada ni un segundo.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunta Shoto.

—Tenía miedo.

—¿De qué?

—De ti —confesó él, con la voz rota.

—¿Por qué de mí?

—Solo... llegué a la conclusión de que te enojarías conmigo por no ser suficiente.

—Sabes que te amo —le recordó Shoto con suavidad.

—Lo sé. Yo también te amo.

—Entonces, ¿Por qué pensaste eso de mí? Sabes que puedes confiar en mí, que puedes decirme cualquier cosa que te duela. Entre los dos encontraremos la solución.

—¡Es que no hay solución para esto! —exclamó, poniéndose de pie de golpe.

—Claro que la hay —dijo Shoto, intentando transmitir calma—. Solo debemos ser constantes y verás que funciona. Y si no... ¿Cuál es el problema? Yo te amo a ti. ¿Acaso eso no es lo más importante?

—Sho...

—Sé que estás asustado y que piensas que, por tu culpa, yo no podré ser padre. Pero no pienses solo en lo que yo quiero... dime, ¿Qué quieres tú?

—Yo...

—Sí, dímelo.

—También quiero... yo también quiero un bebé.

—Entonces perdóname tú a mí, por no poder darte ese bebé que tanto deseas ahora mismo.

—Eres un tonto —soltó una risita. Fue la primera sonrisa de verdad que asomaba en mucho tiempo.

Shoto lo selló todo con un beso, reafirmando cada promesa con una entrega absoluta. Esa noche se amaron con la intensidad de la primera vez, dejando que el sentimiento acumulado desbordara entre ellos.

A la mañana siguiente, los despertó la luz del sol y un intercambio de "buenos días" susurrados. Prepararon el desayuno entre risas, besos y mimos robados, al ser domingo, decidieron que el mundo podía esperar mientras ellos recuperaban todo el tiempo perdido.

Los días se convirtieron en meses y su relación floreció gracias a la sinceridad; se prometieron que nunca más volverían a callar aquello que les dolía.

Un año después de aquellos sucesos, volvemos a encontrar a Izuku otra vez corriendo por las calles a toda velocidad hacía su hogar. Pero el escenario es distinto, ya no hay temor en su rostro, y su prisa no se debe a un descuido, sino a la urgencia de compartir una noticia que cambiaría sus vidas para siempre.

Ignoró el ascensor y subió las escaleras a toda prisa, estaba demasiado eufórico para esperar y nada iba a detenerlo. Cuando llegó a la puerta, sus manos temblaban tanto que apenas podía encajar las llaves en la cerradura. En cuanto logró entrar, buscó a Shoto con la mirada y, al encontrarlo, se lanzó sobre él en un abrazo lleno de alegría.

Shoto tuvo que esforzarse para mantener el equilibrio y no terminar en el suelo ante el impacto. De inmediato, sintió los labios de Izuku sellarse contra los suyos en un beso desesperado que, por supuesto, disfrutó sin la menor queja.

Al separarse apenas unos centímetros, Shoto esperó con paciencia, observando el brillo en los ojos de su pareja mientras aguardaba a que recuperara el aliento y revelara finalmente el motivo de tanta alegría.

—¡Te amo, te amo, te amo! —exclamó Izuku con la voz quebrada por la felicidad.

—Y yo a ti, amor —respondió Shoto con una sonrisa tranquila, aunque desconcertado—. Pero ¿qué sucede? ¿Por qué tanta prisa?

—Sho... —sus ojos se humedecieron, brillando con una intensidad nueva.

—Algo maravilloso ha tenido que pasar para que llegues así... Dime qué ocurre.

—¡Felicidades! —soltó Izuku de golpe, apretando sus manos.

—¿Felicidades? ¿Por qué?

—¡Ay, Dios! Es que es... ¡Te amo tanto! —Izuku parecía no encontrar las palabras, haciendo que Shoto se sintiera cada vez más perdido.

—Cariño, respira y dime qué está pasando —pidió Shoto una vez más, con el corazón empezando a latir con fuerza.

—Solo mira esto... —susurró, sacando aquello que tanto quería mostrarle.

Shoto tomó el sobre que Izuku le tendía con manos temblorosas. Lo abre con una lentitud que Midoriya comenzó a morderse las uñas por los nervios. Al extraer la hoja y leer su contenido, Shoto alzó la vista, buscando en los ojos de Izuku algún rastro de broma, sin embargo, la pureza en la expresión de su novio le confirmó que todo era real.

Una sonrisa radiante, de esas que rara vez muestra ilumina su rostro antes de lanzarse a besarlo con una gratitud infinita.

—Te amo tanto, mi vida —susurró él contra sus labios.

Continuaron refugiados en aquel beso, una caricia dulce y armoniosa que sellaba su promesa de un futuro juntos y borraba, por fin, cualquier rastro de dolor pasado.

Un año después, con 21 y 25 años respectivamente, la vida ha seguido su curso. Izuku está a punto de graduarse y solo le restan las prácticas profesionales, las cuales realizará en la empresa de Shoto.

Una vez más, nos encontramos a Midoriya corriendo bajo la lluvia, tal como al principio de esta historia, sin embargo, el motivo es muy distinto. Esta vez no huye de sus miedos, sino que protege con desesperación el regalo que lleva entre manos, decidido a que ni una sola gota de lluvia lo estropee.

Subió hasta su departamento y entró en absoluto silencio, cuidando de no perturbar la calma del lugar. La oscuridad lo envolvía por completo, pero no necesitó encender las luces conocía cada rincón de memoria. Se desplazó con sigilo hasta la habitación principal, donde una escena tan tierna como hermosa lo esperaba al cruzar la puerta.

Rodeó la cama con pasos ligeros y se inclinó para depositar un beso suave en la cabecita del bebé, que dormía plácidamente junto a Shoto. Después, se acercó a su novio para besarlo con la misma ternura, no se sorprendió cuando sintió la mano de Shoto enredarse con cariño entre sus alborotados cabellos.

—Bienvenido, amor —susurró Shoto con la voz ronca por el sueño.

—Ya estoy en casa —respondió Izuku con una sonrisa.

—Vamos a la cocina... —murmuró Shoto, tomándolo de la mano para no despertar al pequeño.

Salieron de la habitación con pasos de cristal, procurando no perturbar el sueño del bebé. Una vez en la cocina, Izuku se detuvo frente a Shoto y, con un brillo de orgullo en los ojos, le tendió la caja que tanto se había esmerado en proteger de la lluvia.

Esperó con el corazón latiendo a prisa hasta que Shoto la tomó entre sus manos. Al abrirla, Todoroki se quedó sin aliento, dentro descansaba un hermoso colgante que guardaba una fotografía de los tres, el retrato perfecto de la familia que tanto habían anhelado.

—Sora tendrá con qué entretenerse cuando lo cargues —comentó Shoto con una sonrisa, imaginando las manitas del bebé jugando con la joya.

—Lo sé, por eso elegí este diseño —respondió Izuku, rodeando el cuello de su novio con sus brazos—. Feliz aniversario, mi amor.

Selló sus palabras con un beso suave, celebrando no solo un año más juntos, sino la vida que habían logrado construir.

Todoroki no respondió, en su lugar, dejó a Izuku en la cocina y se dirigió a la habitación para buscar la cajita que custodiaba desde hacía meses. Al volver, se encontró con un Midoriya confundido.

—Feliz aniversario, cariño —susurró Shoto tras darle un tierno beso—. Pensaba esperar a tu cumpleaños, pero no importa si me adelanto unas semanas.

—Sho...

—Amor, sé que en todo este tiempo hemos pasado por mucho, tanto bueno como malo. Sé que no soy el mejor hombre del mundo, pero cada día intento ser el mejor para ti. Te entrego mi amor y mi alma entera, te pertenezco desde siempre, porque fuiste la luz que iluminó mi oscuridad. Tú y Sora son lo más importante para mí, por eso quiero hacerte una pregunta... Izuku, ¿Quieres casarte conmigo? Quiero que nos entreguemos nuestro amor por el resto de nuestras vidas, que cumplamos metas juntos y nunca nos rindamos ante la adversidad. Quiero darle a Sora la familia y la felicidad que se merece. Dime, ¿Te arriesgas a todo junto a mí?

—Claro que sí —respondió Izuku, secando las lágrimas traicioneras que resbalaban por sus mejillas. Shoto le colocó el anillo que había revelado durante su discurso—. Te amo tanto, vida mía.

—Y yo a ti, con todo mi corazón...

Se entregaron al sueño tras un beso que selló la promesa de permanecer siempre juntos. A la mañana siguiente, tras ajustar los nudos de su corbata, Todoroki se despide dejando un beso en la frente de su pequeño y un beso en los labios de su prometido antes de partir al trabajo.

Aunque la jornada resultó agotadora, el cansancio se disipaba con un solo pensamiento, todo su esfuerzo valía la pena por ellos.

Al regresar a casa, un aroma delicioso lo recibió desde la puerta. Caminó hacía la cocina y encontró una escena que lo hizo sonreír, el pequeño Sora estiraba sus manitas intentando alcanzar una cuchara, más interesado en jugar con ella que en comer.

Con el corazón lleno, Todoroki se acercó para besar la cabecita de Sora y, finalmente, unirse en un tierno beso con su prometido.

—Iré a cambiarme... —anunció Shoto.

—Claro —respondió su prometido, viéndolo alejarse antes de volverse hacia su hijo para ofrecerle un pequeño plato de papilla de manzana.

Momentos después, Todoroki regresó y compartieron la cena entre charlas sobre su jornada y atenciones hacia el bebé. Tras recoger todo, se dirigieron a la habitación de Sora para acostarlo en su cuna.

En cuanto el pequeño se duerme salieron de la habitación con pasos sigilosos, pero apenas Izuku cerró la puerta, Shoto acortó la distancia y sorprendió a su futuro esposo con un beso necesitado.

—Espera, Shoto... Sora acaba de dormirse —susurró, aunque sus palabras se perdieron ante la insistencia del otro.

—Tranquilo —respondió Shoto con voz ronca—, si somos silenciosos, no se despertará.

—Pero... —Izuku intentó replicar, pero el resto de su duda fue sellado por los labios de su pareja.

—Ahora, cariño, quiero amarte como nunca antes —sentenció Shoto.

Izuku sonrió con ternura, sabía que bastaría una sola palabra suya para que él se detuviera. Su confianza era tan profunda que le entregaría su vida, sin dudarlo un segundo.

—Adelante, amor —aceptó finalmente, rindiéndose a su contacto.

Tras recibir su consentimiento, sus miradas se entrelazaron con una ternura infinita antes de entregarse el uno al otro en un acto de amor puro y absoluto.

—No cambiaría mi vida por nada del mundo —susurró Shoto al romper el beso, contemplando a un Izuku sonrojado y con el corazón rebosante de felicidad.

—Yo tampoco lo haría —respondió el peliverde con dulzura—, porque los amo a los dos más que a nada.

El inicio de la lluvia pasó a segundo plano; para ellos, el mundo exterior no existía. Aquel detalle solo añadía un matiz de nostalgia y romance a su encuentro. Se dedicaron por completo a acariciarse, sin prisas, saboreando cada beso.

Los pequeños mordiscos compartidos provocaban suspiros que llenaban la habitación de ternura y deseo. En esa entrega total, se reconocían de nuevo, adaptando sus movimientos y suspiros como si sus almas estuvieran diseñadas para encajar. Se amaron con la misma intensidad y frescura de aquella primera vez.

Mientras la lluvia arreciaba contra la ventana, Izuku gimió el nombre de Shoto, un sonido que desató una nueva ola de urgencia en su prometido.

Todoroki respondió devorando sus labios con una intensidad renovada, perdiéndose en el sabor del peliverde.

Las manos de Izuku buscaron anclaje, hundiendo sus dedos en la espalda de Shoto hasta dejar marcas rojizas sobre su piel.

Con los labios hinchados y el aliento compartido, un suspiro profundo y sonoro inundó la habitación, marcando el momento en que Izuku supo que el final estaba peligrosamente cerca.

—Un poco más, mi amor... —susurró Shoto contra sus labios, liberando finalmente el aliento que contenía mientras buscaba el último rastro de cercanía.

—¡Oh, Shoto! —exclamó Izuku en un suspiro roto, perdiéndose por completo en la sensación y entregándose al desborde de sus emociones.

Con un último "te amo" compartido en el punto más alto de su entrega, ambos se desplomaron exhaustos sobre la suavidad del colchón.

Sus respiraciones, al principio erráticas y pesadas, comenzaron a acompasarse en el silencio de la habitación. Sin decir una palabra, buscaron el refugio de sus brazos, enredando sus cuerpos en un abrazo instintivo.

—Te amo, Izuku —susurró Shoto, dejando un beso cálido sobre su cuello mientras permanecía todavía sobre él, disfrutando de su cercanía.

—Y yo a ti —respondió Izuku, alzando el rostro para sellar sus palabras con un dulce beso en los labios de su futuro esposo.

Continuaron entregándose el uno al otro hasta que, tras casi cuatro rondas de pasión, el llanto de Sora rompió el silencio de la noche.

Shoto, con el cansancio pesando dulcemente sobre sus hombros, se puso una bata y fue en busca de su hijo.

Mientras tanto, Izuku se encargó de cambiar las sábanas y encender una vela con aroma a cítricos para refrescar el ambiente, después, se dirigió a la ducha, asegurándose de que la habitación fuera un espacio puro y acogedor antes de que su pequeño entrara.

Al sentir el calor de Sora entre sus brazos y ver cómo su llanto se transformaba en una sonrisa radiante, Shoto supo que su destino se había sellado correctamente.

Se dio cuenta de que enamorarse de Izuku a primera vista no fue solo un impulso, sino el inicio del camino hacia su felicidad. Contempló a su hijo, el regalo más preciado que su unión le había concedido, y el corazón se le llenó de gratitud.

FIN

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