Más Tiempo Que Vida Por Recordar por De_Lena en Inkitt
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Más tiempo que vida por recordar

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Sinopsis

Cuando un error de la aerolínea obliga a dos amigas a cambiar su destino de vacaciones, ninguna imagina que ese imprevisto terminará alterando el rumbo de sus vidas. Ainhoa ha construido una existencia basada en el control. Su carrera profesional ocupa cada minuto de su tiempo y su agenda no deja espacio para el caos, la improvisación ni el amor. Sin embargo, la tranquilidad de las islas y el encuentro con un amor espontáneo la obligan a cuestionarse hasta qué punto está dispuesta a seguir esperando la aprobación de los demás. Ayla, en cambio, parece tener el futuro resuelto: un amor soñado y un anillo de compromiso con el que carga escondido en un bolsillo de su mochila. Pero, lejos de casa y entre conversaciones sinceras, comienza a replantearse todas esas certezas que harán tambalear el equilibrio que le transmite su relación de pareja. Entre volcanes y paisajes que incitan a nuevos comienzos, las dos amigas descubrirán que los caminos más importantes son los que no se planifican, y que, a veces, perder el rumbo es la única forma de encontrarse a través de un viaje para recordar.

Genero:
Romance
Autor/a:
De_Lena
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. Un verano llamado Hawaii

Ainhoa

Un día antes del inicio del viaje.

Coloqué las dos maletas frente a mí y me dejé caer sobre el asiento metálico mientras soltaba una fuerte exhalación con la que pretendía dejar ir todas mis frustraciones. Extendiendo mi mano dentro de mi bolso, busqué el móvil y volví a marcar el número que conocía de memoria desde que éramos unas adolescentes, el mismo al que llevaba llamando los últimos quince minutos. Uno tras otro, los timbres se sucedieron hasta que la llamada se dio por finalizada sin que nadie respondiera. Me dirigí a la aplicación de WhatsApp y busqué su chat en la parte superior de la pantalla. Era una de las conversaciones que tenía ancladas, junto a la de mi madre y al grupo que teníamos los de la oficina. Le di al botón del micrófono y comencé a hablar.

—¡Ayla! —le grité al móvil—. ¿Se puede saber dónde estás? Habíamos quedado hacía media hora. Si perdemos el vuelo por tu culpa, vas a tener que pagar tú los nuevos pasajes. ¡Que no nos devuelven el dinero, joder! Pero es que, si encima me dejas plantada, es que te mato, tía; te juro que te mato. Que llevamos planeando el viaje los dos últimos años. Desde mucho antes de que conocieras a ese…

Me quedé en silencio al observar cómo una chica rubia de mediana estatura se aproximaba a mí con unas gafas enormes que le cubrían parte de la cara. A pesar de reconocer a mi amiga a la distancia, presioné el botón de enviar y el audio se subió a nuestra conversación. Que tuviera que escuchar mis gritos y que se jodiera por llegar tarde.

—¿Se puede saber qué haces con esas gafas? Son las cuatro de la mañana y estamos bajo techo.

—Recuérdame por qué estamos madrugando para tomar un vuelo, por favor.

—Pues, no lo sé. Porque nos vamos de vacaciones, quizá.

Ayla soltó un quejido en respuesta a mi ironía y recostó su frente sobre mi hombro.

—No me apetece una mierda —se quejó ella. La miré con una expresión de fastidio mezclada con frustración, sensaciones que se estaban volviendo demasiado comunes en nuestras conversaciones últimamente.

—Si no te apetecía venir, tuviste tiempo suficiente para dejarlo claro. Ahora te toca apechugar —le respondí moviendo mi hombro para hacerla reaccionar—. ¿Se puede saber qué pasó ahora?

—Nada —fue su única respuesta, permitiéndome intuir que, fuese cual fuese su mal, estaría relacionado con su novio, lo que, a su vez, me llevaba a deducir que no hablaría mucho más, pues su arte para conversar siempre se veía frustrado cuando de discusiones con el energúmeno de su chico se trataba. Nótese el apelativo cariñoso que utilizaba para referirme a quien, según Ayla, era su alma gemela, amor de su vida, y por lo tanto debía tratarlo de cuñado.

Ayla era mi mejor amiga desde que tenía uso de razón. No recordaba ninguna etapa de mi existencia en la que ella no hubiera estado presente. Incluso lo había revisado varias veces en mis diarios, los cuales llevaban un registro exacto de cada episodio de mi vida, catalogado con fechas y etiquetas de colores en dependencia de mi estado anímico del día. Y no, no era una manía extraña. La escritura era terapéutica, lo sabía todo el mundo.

Volviendo al tema, Ayla. Estudió magisterio en la universidad y desde que se graduó trabajó en varios colegios hasta que encontró el definitivo. Desde entonces impartía clases en una preparatoria a un grupo de adolescentes con las hormonas revolucionadas, pero que, y doy fe de ello, la adoraban. Era una chica alegre, relajada, un tanto infantil, pero con muchísimo encanto. Disfrutaba de las comedias románticas y las cenas a la luz de las velas, sobre todo si eran aromáticas. Lo que yo describía como una romántica empedernida. Claro que tantas pelis de Disney nos habían trastornado a todas, y Ayla no era la excepción, de ahí su relación con el energúmeno.

Ayla y Sergio se conocieron una tarde en el supermercado, haría un año y medio. Mientras ella compraba una tarrina de helado de chocolate para ahogar las penas de su última relación frustrada, él le ofreció un pañuelo y surgió el amor. Muy romántico todo. Y es que, por supuesto, después de esa escenita, la relación se dio a todo motor. A las dos semanas ya sus familias se conocían y a los dos meses y medio ya estaban viviendo juntos.

Mi opinión sobre aquel asunto estaba bastante clara, solo que a Ayla le dejó de importar lo que todos a su alrededor pensáramos al respecto desde que Sergio decidió que, al preocuparnos por lo rápido que avanzaba su relación, simplemente mostrábamos la envidia que sentíamos por ella. Que conste que mi amiga no compartía su opinión, pero el hecho de que se mantuviera callada y agachase la cabeza cada vez que él soltaba semejantes burradas dejaba mucho que desear.

El punto era que, a partir de la sexta pelea sobre el tema, Ayla dejó de contarme sus cosas. Si bien no nos habíamos distanciado la una de la otra, había un vacío enorme que nos separaba, y ese vacío tenía nombre: Sergio, el energúmeno.

—Venga, vamos a hacer el check in. Y quítate esto. —Extendí mi mano con rapidez y le aparté las gafas de su rostro sin que ella pudiera detenerme, dejando a la vista sus ojos marrones hinchados y enrojecidos—. ¿Qué te pasa? —Le pregunté por segunda vez en las cuatro horas que llevábamos de día y esta vez no me iba a tragar un escueto nada.

Ayla agachó su cabeza y centró su mirada en el suelo. Ella sabía que yo no estaría dispuesta a dejar el asunto pasar; por ello buscó las fuerzas que no tenía para contarme lo que había ocurrido, pero, sobre todo, para escuchar lo que sabía que yo tendría para decir al respecto.

—He discutido con Sergio.

—Por supuesto que has discutido con Sergio. Qué más podría ser, si es a lo único que se resume tu vida en el último año y medio. La cuestión es por qué has discutido esta vez con Sergio, Ayla.

—No puedes dejarlo estar y ya. —Agarró sus maletas y tiró de ellas haciéndolas caminar. Yo eché a andar detrás.

—Pues no. No voy a dejar pasar que mi mejor amiga llegue a las cuatro de la mañana llorando al aeropuerto por culpa de ese gilipolla.

—No lo llames así.

—Fue por el viaje, ¿cierto? No quiere que te vayas de viaje sin él. ¿Es eso?

—No es eso, Ainhoa. Él no se mete en mis decisiones.

—Por favor —me burlé. Había escuchado ese argumento tantas veces como para saber que aquella conversación no nos llevaría a ningún sitio.

Continué mi camino decidida hasta el mostrador, escuchando los pasos lentos de Ayla a mi espalda y sintiendo que con cada pisada crecía el abismo que nacía entre nosotras siempre que el nombre de su pareja salía a la luz. La ira comenzó a hacerse espacio en mi interior mientras acortaba la distancia que nos separaba del cartel en el que se leía nuestro destino, a la par que rememoraba todas las discusiones que había tenido con ella, siempre producto del control absoluto que Sergio ejercía sobre mi amiga. No entendía en dónde había quedado la chica emocionada y aventurera con la que había crecido.

Al llegar al mostrador donde una mujer de mediana edad pelirroja nos sonreía, relajé mi postura.

—Buenas. Tenemos reserva para este vuelo.

—Lo siento. El vuelo está cerrado.

Un pitido empezó a escucharse en mis oídos. Entre mis discusiones con Ayla y el estrés del trabajo, no llegaría a los veintiocho. La ira no hizo más que aumentar dentro de mi cuerpo.

—Perdone, pero estamos en tiempo, el vuelo no puede estar cerrado.

—Hay overbooking y el vuelo se ha cerrado antes.

—Pero, señorita, eso no se puede hacer. Es delito. —Las últimas palabras salieron en un tono mucho más alto de lo debido.

—Hombre, delito —me chistó Ayla al oído—. Está mal, pero delito no debe ser.

—De verdad que lo sentimos muchísimo, pero no hay nada que yo pueda hacer ante tal situación.

—Que sepa que pienso reclamar a la aerolínea —le grité dando un fuerte golpe sobre el mostrador.

—Por supuesto, después de las ocho podrá hacerlo presencialmente si lo desea —ironizó ella y se giró para darnos la espalda, zanjando así la conversación.

—Y voy a informar en los medios sobre lo que ha pasado. Soy periodista —continué chillando mientras Ayla miraba de un lado a otro, a la par que sus mejillas se tornaban completamente rojas por la vergüenza.

Con todas sus fuerzas intentó apartarme del mostrador, hasta que finalmente lo consiguió.

—Claro. Con lo bien que se les da a tus jefes que tomes la iniciativa por tu cuenta sobre lo que publicas —ironizó ella en voz baja. Salimos del espacio en el que debería haber una fila de personas para embarcar, pero es que claro, ya no había nadie, solo nosotras que nos habíamos quedado fuera—. ¿Qué hacemos ahora? —me preguntó, esperando que yo tuviera las respuestas a todo, como siempre.

—No lo sé, pero algo hay que hacer, porque ya tengo pedidas las vacaciones y no puedo desperdiciarlas —le respondí demasiado alterada. Estaba comenzando a transpirar debido a la ansiedad que me producía toda aquella situación.

—Venga, cálmate un poquito. Respira.

Buscamos dónde sentarnos y mi mente comenzó a dar demasiadas vueltas. El dinero de las reservas del hotel, el itinerario que llevaba meses organizando, los pasajes que habíamos reservado con antelación suficiente para que nos salieran más económicos. Todos los días que iba a desperdiciar de trabajo tirada en el sofá de casa, cagándome en la aerolínea.

—Eso me pasa por fiarme de ChatGPT para sacar los pasajes. ¡Puta máquina!

—No pasa nada. Seguro que, si conversamos con la señora sin amenazarla, podemos buscar alguna solución. Tenemos nuestros derechos.

La observé de medio lado, intentando dejar de hiperventilar. Se suponía que pasaríamos veintiún días en Los Ángeles. A este asunto le veía poco arreglo.

—Ya nos dijo que no había nada que pudiera hacer.

—Quizá podemos subir en el próximo vuelo. De seguro nos lo permiten por el overbooking. Déjame revisar cuándo sale. —La vi teclear en su móvil con una tranquilidad envidiable. Cuando hubo terminado de buscar la información, me sonrió—. Mañana en la tarde —me dijo con alegría mostrándome la pantalla.

Puse mis ojos en blanco. Solo alguien como Ayla podía alegrarse por esa noticia.

—Eso no nos sirve. Si no llegamos al hotel antes de las nueve de la noche de hoy, perderemos las reservas.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó sorprendida.

—Porque es un hotel pequeño en una zona turística en temporada alta, Ayla.

—Pero eso no es justo.

—Sí es justo, porque tenían esa tarifa en oferta y nosotras la aceptamos al hacer las reservas.

—Pero, ¿por qué vamos a aceptar algo así?

—Porque sí —le grité exasperada—. Porque era más barato de esa forma y porque nada de esto debería estar pasando. Vamos a perder todo el dinero.

Con cada palabra que pronunciaba, más difícil me resultaba que el aire circulara por mi organismo. Cuantas más vueltas le daba a lo que estaba ocurriendo, peor era el panorama que se dibujaba en mi mente.

—Mira —Ayla llamó mi atención—, vamos a hacer una cosa. Tú espérame aquí y yo voy a ir a hablar con la chica del mostrador, ¿vale?

—Para lo que te apetecía a ti las vacaciones.

—Me apetece menos que te dé un infarto por el estrés, Ainhoa —me regañó—. Espérame aquí y bebe agüita, para que te calmes un poco. Sobre todo, no sobrepienses.

La vi marcharse con mucha mejor actitud que la que mantenía yo. Se acercó a la mujer que minutos antes nos había dado la espalda toda orgullosa y conversaron en voz baja. Yo, por mi parte, me centré en respirar y tranquilizarme un poco. Un impulso repentino me hizo tomar el móvil y revisar el chat del trabajo. Pensé que, tal vez, si le escribiese a mi jefe, me permitiría reincorporarme y no perder las vacaciones en vano; solo que luego recordé su mala cara al pedirle estos días y se me pasaron las esperanzas.

Al cabo de unos minutos vi regresar a Ayla con una amplia sonrisa en su rostro y dos billetes entre sus manos.

—Ya está —me dijo con alegría, sentándose a mi lado.

—¿Ya está el qué?

—Los pasajes, que ya están —contestó mientras agitaba los billetes frente a mi cara sin permitirme verlos.

—Has conseguido que subamos al avión.

—El avión ya está en marcha, amor.

—¿Entonces qué está? No está nada.

—Que sí. He conversado con la señora, y por un poco más de dinero nos ha dado estos dos pasajes para el próximo vuelo que sale en una hora.

—¿A Los Ángeles?

—Que no. Qué pesada estás con Los Ángeles, tía.

—Es que no te sigo. ¿Me puedes decir de una puta vez a dónde pretendes que nos vayamos?

Ayla ensanchó todavía más su sonrisa antes de decirme:

—A Hawaii. Nos vamos a Hawaii.

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