Prólogo
Desde hace trescientos años, todo el país de Ávalon se convirtió en un infierno de tormentas e inundaciones, invadido por grotescos seres salidos del fondo del mar, los cuales esclavizaron a toda su gente. Esto fue obra de un solo hombre, una Calamidad, Rey Demonio de las Profundidades.
En lo más profundo de ese infierno, alguien surgió. Era un héroe que nació y creció entre las Tinieblas, pero en su corazón ardía un enorme deseo de justicia y de un futuro en donde él pudiera proteger las sonrisas de los demás.
Así, este legendario héroe luchó incansablemente hasta lograr matar a los cuatro Apóstoles del Rey Demonio de las Profundidades. Solo quedaba él, el jefe final para que esta época oscura desapareciera.
La batalla fue feroz, ambos demostraron un espíritu inquebrantable y un poder que sobrepasa todo lo terrenal, pero al final... la balanza se inclinó ante el héroe, quien tuvo al Rey Demonio arrodillado ante él. En medio de la tormenta y con el rugido del rayo de fondo, el héroe derramó sus lágrimas.
—Idiota... ¿Por qué estás llorando? —preguntó el Rey Demonio, con unos ojos vacíos.
—Porque juré hacer sonreír a todas las personas de estas tierras —confesó con el corazón roto—. Perdóname, Rey Demonio de las Profundidades, nunca pude hacerte sonreír ni una sola vez.
La espada del héroe decapitó al Rey Demonio, acabando con su reino de terror. Pero este no fue el final de la historia de este monstruo.
Su alma fue arrastrada por las aguas del río de los espíritus, millones de almas estaban en aquel río, esperando juicio y sentencia por sus acciones terrenales. En aquel lugar, la vida del Rey Demonio de las Profundidades pasó por sus ojos.
"Sí, yo me llamaba... Edmond Marvelous".
Alguna vez soñó con ser un héroe de la justicia, alguien capaz de proteger las sonrisas de los demás. ¿Cómo fue que una persona con un sueño tan hermoso se pudo convertir en un monstruo? La pregunta es sencilla y complicada de responder a la vez. Fueron cientos de acontecimientos que moldearon sus pensamientos, oscurecieron su alma y lo hicieron caer en la desesperación. Con cada situación que vino a su vida, una pregunta se formuló en su cabeza.
"¿Acaso mi esfuerzo vale la pena?"
"¿Por qué no mejor me rindo?"
"¿Por qué tengo que proteger a la humanidad que me escupió en la cara?"
"¿Y si mejor solo busco poder por mi propia cuenta sin importar el costo?"
"¿Y si solo me enfoco en sobrevivir?"
"¿Y si me convierto en un Rey Demonio para vengarme de ellos, por todo el dolor que me provocaron?"
Todos esos momentos lo convirtieron en lo que es ahora. Un monstruo. Un monstruo que vivió una vida vacía y que no le trajo nada más que aún más miseria. Y ahora estaba muerto, no podía escapar de su destino, todo le decía que se había terminado.
Pero él se negó...
—¡Aquí no puede terminar esto! —gritó con su alma brillando de un intenso celeste que iluminó las turbias aguas del río.
Él nunca se rindió, en su alma aún quedaba una inmensa determinación y ahora él nadó, nadó contra la corriente del río, sin dejarse controlar por sus flujos constantes que lo empujaban hacia adelante. Él estaba completamente enfocado en su objetivo, ya nada importaba, ya no tenía nada más. Todo lo perdió menos la determinación.
Algunas almas lo miraron pasar a través de ellas. Algunas se rieron, otras maldijeron, otras admiraron su valor.
—¡¿Cómo puede nadar en contra de la corriente de este río?!
—¡Qué determinación más grande! ¡¿Acaso alguien podría ser capaz de detenerlo?!
—¡¿Qué tan poderosa es la determinación en un ser humano?!
Edmond Marvelous era un desgraciado, miró al abismo hasta que este le devolvió la mirada a su desesperada alma, pero sobrevivió y se convirtió en un Demonio que gobernó sobre todos. Era un monstruo, pero su determinación era la más grande entre los mortales, incluso cuando lo perdió todo, esa virtud seguía en simbiosis con su alma.
Jamás se rindió, no se detuvo en ningún microsegundo y cuando vio una luz al supuesto final del río... todo se convirtió en una luz blanca que lo cegó por completo.
Pasaron varios segundos en donde lo único que había era silencio absoluto, hasta que una nueva sensación llegó a él. Olía a panqueques recién hechos.
Edmond Marvelous se despertó sobresaltado, estaba recostado en un escritorio, la habitación le parecía familiar. Recuerdos tortuosos regresaron a su mente.
Se levantó incrédulo, parándose enfrente de un espejo de cuerpo completo.
Allí estaba él, un joven de casi dieciocho años, de cabellos plateados, ojos turquesos, de piel pálida y unos ojos cansados. Se pellizcó la mejilla, no era un sueño.
Edmond Marvelous empezó a reír descontroladamente, enterrándose los dedos entre sus largos y lisos cabellos.
—¡Este soy yo hace trescientos años! —exclamó con una sonrisa tétrica—. He regresado en el tiempo, a mi juventud de antes de ingresar a la Academia Camelot... esto es... muy interesante.
La puerta de su cuarto sonó, el corazón de Edmond dio un brinco. Había olvidado lo que significaba su reciente regresión en el tiempo.
A su cuarto entró un hombre en sus treinta años, de cabello negro corto, una ligera barba, ojos café y de hombros anchos. Llevaba una camisa blanca larga, encima de una chaqueta de color rojo con detalles dorados en los volantes de sus hombreras y en el cuello, sus pantalones eran blancos y lisos, y como calzado usaba unos zapatos formales negros. Su sonrisa era cálida y en sus manos traía unos panqueques recién hechos con miel y fresas.
Su nombre era Dante Marvelous, su tío. Una de las personas que más amó en su primera vida.
—¡Hola campeón! ¡¿Cómo has estado?! —saludó con energía y jovialidad—. ¡Boom! ¡Esta noche Charlotte cocinó panqueques, tus favoritos! No te quedes aquí solo, ven a comer con nosotros.
Sin pensarlo mucho, Edmond fue hasta su tío y lo abrazó. En un principio Dante se sorprendió por el gesto, pero rápidamente le correspondió con su brazo libre.
—¿Está todo bien, campeón? —preguntó al separarse, con una mano en su hombro—. Sé que ha sido un día difícil con lo que ocurrió con Robin.
Edmond negó con la cabeza y mostró una sonrisa cansada en su rostro.
—No pasa nada, tío, solo estoy feliz de estar aquí.
Dante le acarició el cabello, despeinándolo un poco.
—Entonces vamos a cenar, tu tía y Charlotte nos están esperando.
Edmond Marvelous siguió a su tío fuera del cuarto, un brillo melancólico se podía ver en sus ojos.
"Regresé a mi juventud, si mis recuerdos son correctos, falta un mes... para perderte otra vez, tío Dante".