Chapter
ADVERTENCIA: AGE PLAY (ABDL)‼️
Leer bajo responsabilidad.
El aire en la habitación olía a talco para bebé y a algodón recién lavado.
Las paredes, pintadas de un rosa suave, estaban decoradas con estampas de flores.
No era una guardería; era el santuario privado de Jimin, el lugar donde podía dejar de la adultez y hundirse en la suave infancia.
Hoy Jungkook había elegido su atuendo: un body de algodón blanco con pequeños monitos, que se abrochaba en la entrepierna, y sobre él, un pañal grueso.
Jimin se dejaba vestir como un niño somnoliento, levantando los brazos cuando era necesario, dejando que Jungkook le pasara su chupón preferido.
—Ya casi está mi bebé —murmuró Jungkook, arrodillándose frente a él para ajustar las cintas del pañal. Sus dedos grandes eran expertos en cambiar a su bebito. —¿Cómodo?
Jimin respondió con un balbuceo, chupando el chupón. Sus ojos grandes seguían cada movimiento de Jungkook.
Este lo levantó en brazos, Jimin era ligero como una pluma en este estado. Jungkook lo depositó en el cochecito mecedor que estaba en un rincón. Lo balanceó suavemente.
Jungkook se sentó en el suelo, apoyando la cabeza contra el costado del cochecito.
Pasó una hora así, tal vez más.
Leía en voz baja un libro de cuentos infantiles con dibujos brillantes, mientras Jimin agarraba un peluche con una mano y con la otra buscaba inconscientemente el borde de su pañal.
Sentía una paz profunda, una desconexión completa.
La paz era diferente para cada uno. Para Jimin era un océano de calma. Para Jungkook, era la calma antes de una tormenta de posesión.
—¿Tiene hambre mi bebé? —preguntó Jungkook, su voz un susurro grave que cortó la melodía del cuento.
Jimin dejó de chupar. Sacó el chupón, dejándolo colgar sobre su pecho. No dijo nada, pero sus ojos se oscurecieron, perdiendo esa vibra infantil.
Asintió, una vez, con una seriedad que no pertenecía a un niño.
Esa era la señal.
Con la misma calma con la que lo había vestido, Jungkook lo sacó del cochecito y lo llevó a la cama grande, cubierta con una sábana de felpa suave.
El juego cambió de tono.
—Vamos a ver —canturreó Jungkook, desabrochando con cuidado los broches del body en la entrepierna.
El algodón blanco se separó, revelando el pañal abultado debajo. Con una mano experta, despegó las cintas adhesivas.
El aire fresco hizo que Jimin se estremeció. Jungkook apartó el pañal usado aún limpio, y se quedó mirando.
Jimin estaba expuesto y vulnerable, pero la vergüenza era algo que no habia en esa habitación desde hacía mucho tiempo.
Ahi solo existía la entrega.
—Qué dulce se ve —susurró Jungkook, y esta vez su voz no era solo tierna, sonaba hambriento. —El coñito de mi bebé. Todo para papá.
Se inclinó. Primero, besó la suave piel del muslo interno. Luego, con los pulgares, abrió suavemente los pliegues de su coño.
Jimin gimió, un sonido alto que hizo que Jungkook cerrara los ojos por un segundo, saboreando el poder de esa reacción.
Y entonces, comenzó a comer.
Su lengua daba lametazos largos y planos que cubrían toda el área de su coño, seguidos de una atención circular al clítoris, que ya estaba hinchado y sensible.
Jimin se retorcía, sus manos aferradas a las sábanas, sus pies con calcetines antideslizantes empujando contra el colchón.
—P… papá… —jadeó Jimin, su voz quebrada, arrastrando las sílabas como un niño pidiendo algo que no puede nombrar.
—Lo sé, cielo —murmuró Jungkook contra su piel, su aliento caliente. —Papá está aquí, te va a cuidar.
Introdujo dos dedos dentro de él, encontrándolo caliente y húmedo, humedo por la excitación y la lengua de Jungkook.
Los movió con lentitud, mientras seguía comiendolo con su lengua.
Era una tortura dulce, que llevaba a Jimin al casi orgasmo una y otra vez, solo para detenerse con suaves chupadas en los labios internos.
Jimin lloró. Lágrimas rodaron por sus mejillas, mezclándose con el babeo alrededor del chupón que ahora agarraba con fuerza.
No eran lágrimas de dolor, sino de una sobrecarga de sensaciones tan intensas.
—Eres tan bueno para mí —gruñó Jungkook, sintiendo cómo el cuerpo debajo de él se tensaba. — Mi bebé precioso. ¿Quieres venirte? ¿Quieres venirte para papá?
Jimin no pudo responder, solo un gimió fuerte, de sufrimiento.
Fue suficiente.
Jungkook aumentó la velocidad, su lengua chupó más rápido y preciso, sus dedos curvándose para encontrar ese punto interno que hacía que Jimin gritara, un sonido desgarrado.
Su cuerpo se sacudió de una forma violenta, el placer que lo hizo arquearse, temblando incontrolablemente mientras Jungkook bebía cada gota de su orgasmo.
Cuando los temblores pararon, Jungkook se separó. Su barbilla estaba brillante.
Miró a Jimin, cuyos ojos estaban vidriosos y perdidos. Con una ternura que contrastaba brutalmente con la intensidad de lo que acababa de pasar, le limpió las lágrimas con los pulgares y le dio un beso suave en la frente.
Pero no había terminado.
La mirada de Jungkook se oscureció aún más. La necesidad contenida brotó.
—Ahora —dijo, su voz ahora ronca por el deseo. —Papá tiene hambre de otra cosa.
Se desabrochó sus propios pantalones.
Jimin, todavía jadeando por el orgasmo, lo miró con ojos soñolientos. No protestó. Solo un débil movimiento de sus brazos.
Jungkook lo penetró de una sola estocada, profunda y posesiva. Jimin gritó, un sonido ahogado por la sorpresa. Esto era puro, crudo, un recordatorio de la dinámica: Jungkook era el cuidador, el proveedor, el que tomaba.
El ritmo fue duro. Cada embestida sacudía el pequeño cuerpo de Jimin en la cama, haciendo crujir el pañal desechado que estaba a un lado. Jungkook lo sujetaba por las caderas, sus dedos hundiéndose en la carne suave y marcándola.
Le susurraba al oído, mezclando el lenguaje infantil con obscenidades.
—Mi bebé… tan apretadito… tomando a papá tan bien… ¿Te gusta? ¿Te gusta que papá te folle?
Jimin no podía formar palabras. Solo gemidos, llantos entrecortados y asentimientos frenéticos con la cabeza.
El contraste era lo que lo destruía: la ropa de bebé, el chupón que se balanceaba contra su pecho, y la cruda húmeda realidad de ser poseído con una ferocidad que le hacía ver estrellas.
Cuando Jungkook finalmente llegó al orgasmo, fue con un gruñido desde lo más profundo de su pecho, vaciándose dentro de Jimin con una fuerza que parecía reclamar cada centímetro de su ser.
Se derrumbó sobre Jimin, sofocando su peso con los brazos para no aplastarlo.
Solo se escuchaban sus respiraciones entrecortadas. Poco a poco, Jungkook se retiró.
Sin decir una palabra, tomó un paño húmedo y tibio de un calentador y limpió a Jimin con delicadeza.
Le puso un pañal limpio, le reabrochó el body y lo acomodó entre sus brazos meciéndolo suavemente.
Jimin, exhausto, físicamente destrozado pero emocionalmente drogado, enterró su rostro en el cuello de Jungkook.
El chupón encontró de nuevo su boca.
—Mi buen bebé —susurró Jungkook, besando su cabeza. —Mi bebé perfecto. Duérmete. Papá está aquí.
Y Jimin, en los brazos de su único y verdadero guardián, se durmió, sintiéndose más amado y más completo que nunca.
Porque ahí, siendo el niño pequeño de Jungkook, era donde realmente pertenecía.