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Hayactar: Inquisición... [Capitulo 10]

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Sinopsis

El precio de la rebeldía Un rescate imposible, un secreto bajo tierra y doce armas cargadas con sed de venganza. Perú, 1570. Mientras su familia lucha por sobrevivir en un refugio subterráneo, el valiente guerrero Hayactar se ve obligado a desafiar al Virreinato. El hermano Marcos ha sido capturado por el implacable Corregidor, y solo la astucia y el acero de Hayactar podrían salvarlo de una ejecución inminente... Perseguido por cerros y acantilados, esquivando el fuego de los mosquetes y confiando en su destreza con la espada, Hayactar desata una carrera contrarreloj donde cada segundo cuenta. Pero el enemigo es implacable y no dará tregua. ¿Podrá el indomable defensor de Vilcabamba sobrevivir a la emboscada más letal de su vida, o su leyenda se apagará para siempre en la oscuridad de los Andes? ✨ Acompaña a Hayactar en una aventura épica de lealtad, valor y supervivencia extrema en el corazón del siglo XVI.

Genero:
Adventure
Autor/a:
JAIR RAMOS
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

El Primer Ataque - Parte 1

30 de enero de 1570.

Ha pasado una semana desde que la familia Huamán se mudó al subsuelo.

Lo que empezó como un agujero en la tierra ahora es una “casa subterránea” con todas las de la ley, aunque las provisiones siguen sin caer del cielo por arte de magia.

Alguien tiene que salir a jugarse el pellejo por un poco de leña, sal y carne.

Ese “alguien”, como no podía ser de otra forma, era Sayroc. A las ocho de la mañana, regresó al escondite con los pulmones ardiendo y una noticia peor que un dolor de muelas.

—¡Se han llevado al hermano Marcos Valdez! —gritó Sayroc—. ¡Un soldado y el Corregidor en persona!

—¡Pero Sayroc! —exclamó Hayactar—. ¿Por qué no los seguiste para saber a dónde lo llevaban?

Sayroc corría a velocidades de fibra óptica, pero su cerebro tenía... ciertos defectos de fábrica…

—No importa —sentenció Hayactar—. Habrá que buscarlo. Pero no me reconocerán.

—¿Estás seguro? Tu cara es más conocida en Vilcabamba

que el precio del pan.

—Para eso existe el ingenio —dijo Hayactar, sacando un bigote falso digno de un villano de telenovela y vistiéndose con un hábito de monje con capucha—. Y por supuesto, mi espada va debajo.


Mientras tanto, en un cuarto de piedra a unos kilómetros de allí, el Corregidor Fernando del Prado —un hombre de treinta y cinco años con unos bigotillos que daban más risa que miedo— interrogaba al monje Marcos.

—Tú y yo sabemos que eres un hereje —dijo el Corregidor—. Te vi en La Casa. ¡Niégalo si puedes!

Marcos suspiró con la paz de quien ya tiene la maleta hecha para el cielo.

—No podría negaros jamás mi desacuerdo con el Papa, señor Corregidor.

—Perfecto. Entonces no seré yo, sino la bala de un mosquete la que libre al mundo de un hereje más. ¡Enciérralo!

El soldado, un tipo llamado Hernando que con su yelmo plateado parecía un tanque de la época, tiró a Marcos en una celda de adobe como si fuera un trapo viejo.

—Agradece que morirás rápido y sin dolor …—le soltó el guardia— no todos tienen esa suerte…


Hayactar, mientras tanto, estaba aplicando la técnica de “hacerse el sordo” cerca de la plaza, sentado junto a un grupo de seis soldados que chismeaban como si estuvieran en un salón de belleza.

Hablaban más o menos así…

—¿Atrapaste a alguien? —preguntó uno.

—Qué va, se escapan como anguilas —respondió otro—. Por mí, me habría quedado en Lima contando mis monedas frente al brasero en lugar de venir a esta tierra de niebla y re-

beldes.

—Pues Hernando y el Corregidor capturaron hoy a uno famoso —intervino un tercero—. Al que te bautizó: el monje Marcos. Dicen que vive en esa casa blanca de los cerros, esa que obviamente construyeron con el sudor de los indígenas.

Hayactar aguzó el oído. Ya tenía la ubicación.

Pero al levantarse para irse, cometió un error de principiante: su espada chocó contra la piedra con un sonido metálico que resonó en toda la plaza. ¡CLANG!

Los seis soldados se quedaron mudos…

—Disculpad, “padre” —dijo uno con sospecha—. ¿Por qué un monje lleva un pedazo de hierro bajo el hábito?

—¡Seguro es un asesino! —gritó otro.

En menos de lo que tardas en decir “Inquisición”, seis espadas salieron de sus vainas.

Hayactar… rodeado.

Seis contra uno.

Las probabilidades de sobrevivir eran las mismas que las de encontrar Wi-Fi en el siglo XVI.

Los seis atacaron al unísono, buscando descuartizarlo.

Hayactar se arrodilló de golpe, bajando la cabeza, y lanzó un tajo hacia arriba.

Como las seis espadas apuntaban al mismo eje (su cuerpo), Hayactar logró que las seis hojas chocaran entre sí y con la suya en un solo punto, bloqueándolas todas de un solo golpe.

En el fragor de la lucha, un espadazo le pasó rozando la nariz.

No lo hirió, pero le cortó el bigote postizo de cuajo.

Su cara quedaba al descubierto…

—¡Lo sabía! —rugió un soldado—. ¡Eres tú, el líder de los rebeldes! ¡Hayactar!

—¡No necesito que me recuerdes quién soy! —respondió.

Con un movimiento magistral, desarmó a uno, empujó a otro y les hizo la zancadilla a dos más.

Parecía que estaba bailando en lugar de pelear. Al quinto lo despachó con un mandoble que le quitó las ganas de ser soldado. Solo quedaba uno.

—¡Por favor, señor Hayactar! ¡Soy nuevo! ¡Tened piedad! —suplicó el último.

—Está bien... vete y que no te vuelva a ver.

El soldado dio media vuelta para huir, pero Hayactar le soltó una patada que lo mandó a volar con sus compañeros.

—¡Ja! ¿Creías que podías engañarme? Te recuerdo de cuando yo tenía once años, eres tan viejo en el ejército como Matusalén.


Hayactar corrió de vuelta al escondite, asegurándose de que nadie lo viera.

Al entrar, Gonzalo lo bombardeaba a preguntas. Al final, Hayactar solo dijo…

—Sé dónde está Marcos. En la casa blanca del Corregidor. ¡Pero silencio todos!

Afuera se oían pasos.

—Aquí terminan las huellas... —dijo una voz de soldado sobre sus cabezas.

El pánico se apoderó del refugio. Pero, tras unos minutos de tensión, los pasos se alejaron.

—¿Cómo lo hiciste, hijo? —preguntó Sayaq.

—Un viejo truco, padre. Caminé de espaldas y marqué huellas hacia el lado contrario. Ahora mismo deben estar siguiendo un camino que no lleva a ninguna parte.

Pero el tiempo se agotaba.

Hayactar volvió a salir, rodeando los cerros para llegar a la casa blanca.

No había avanzado mucho cuando... ¡ZAS! Una flecha silbó hacia su cabeza.

Hayactar, que tiene un oído de murciélago, sacó la espada y la desvió en el aire.

Pero lo que vio al girarse le quitó el aliento: eran los mismos soldados de antes, pero esta vez no traían espadas…

Traían mosquetes.

Mala noticia: seis mosquetes contra una espada.

Buena noticia: en 1570, disparar un mosquete era tan lento que te daba tiempo para comer un chocolate.

—¡Ríndete! —gritaron. Hayactar, en lugar de rendirse, empezó a correr como si le debiera dinero a todo el Virreinato.

¡BAAAAM!

El primer disparo le quemó la ropa del hombro…

¡BAAAAM!

El segundo le hizo un agujero en la capucha.

Los otros tres disparos fueron tan malos que, literalmente, un niño con una pistola de agua habría tenido mejor puntería.

Solo quedaba una bala.

Un soldado llamado Alfredo apuntó con cuidado...

Disparó…

La bala iba directa a la espalda de Hayactar... pero un pequeño derrumbe de piedras se interpuso en el último milisegundo.

—¡AAAAHHH! —rugió el superior quien, furioso, le lanzó una daga.

Pero Hayactar, con unos reflejos de lujo, la bloqueó con su espada sin siquiera dejar de correr.

Había escapado.

Pero Marcos seguía atado a una estaca, y el verdugo ya estaba cargando el arma...

Tras dejar atrás a los soldados en la plaza, Hayactar corrió

durante dos horas hasta llegar a la famosa casa blanca de los cerros donde vivía el Corregidor…

Pero al llegar, se topó con un muro de silencio y un cartel clavado en la puerta:

«EL CORREGIDOR HA SALIDO»

Hmmm… Veamos…

O el Corregidor era un genio del engaño…

O de verdad tenía recados que hacer.

Hayactar, que era (no es por demás decirlo) brillante, miró al suelo.

El barro no miente: había huellas frescas de una carreta.

Siguió el rastro durante media hora hasta que las huellas terminaron en un acantilado profundo.

Justo cuando iba a darse por vencido, divisó tres siluetas a lo lejos: Marcos y sus captores.

Estaban entrando en un terreno cercado por un muro de piedra.

Hayactar voló sobre el camino, pero la puerta se cerró de golpe cuando estaba a solo seis metros.

Dentro, el Corregidor Fernando del Prado ya tenía lista la escena...

—Átalo a la estaca —ordenó al soldado.

—¡Ya llegó la hora, caballero! —le dijo a Marcos.

—¡De estar con Dios, Corregidor! —respondió el monje—. Eso es mucho mejor para mí. Por favor, os ruego, arrepentíos de vuestra religiosidad, que os tiene esclavizado.

—¡Cállate, venerable anciano!

—¡Que no soy anciano! —protestó Marcos—. ¡Es que no me crece el pelo y tengo la cara así!

Del Prado, harto de discutir sobre dermatología, ordenó cargar el mosquete.

El soldado tardó cincuenta segundos… Solo porque tenía prisa…

—Prepárate, Marcos... para irte.

¡BAAAAM!

El disparo retumbó en todo el valle.

Capítulos
1. El Primer Ataque - Parte 1
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