El pastel roto y las heridas silenciosas.
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PERSONAJES, ANIMES, MANHWAS, MÚSICA E IMÁGENES QUE SALGAN EN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECEN, LOS CRÉDITOS SON PARA SUS RESPECTIVOS CREADORES.
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La inmensa mansión Gremory rebosaba de vida.
Los largos pasillos de mármol reflejaban la cálida luz de las elegantes lámparas de cristal, mientras decenas de sirvientes recorrían cada rincón con movimientos precisos y coordinados. Algunos transportaban bandejas repletas de delicados aperitivos; otros acomodaban centros de mesa adornados con rosas y lirios perfectamente ordenados. El suave aroma de las flores se mezclaba con el perfume de los platillos recién preparados, creando una atmósfera tan refinada como imponente.
Aquella noche no era una celebración cualquiera.
Era el vigésimo tercer cumpleaños de Rías Gremory.
En medio de aquel elegante salón, la joven permanecía de pie frente a un enorme espejo de cuerpo completo.
El delicado vestido rosa que envolvía su figura resaltaba con elegancia cada una de sus curvas. Los finos detalles blancos bordados sobre la tela parecían pequeños trazos de luz, mientras el discreto escote realzaba su belleza sin perder la sofisticación que siempre la caracterizaba.
Con una mano acomodó un mechón de su cabello rojizo detrás de la oreja y, tras observarse unos segundos en silencio, giró lentamente hacia sus dos mejores amigas.
—¿Y bien...? ¿Cómo me veo? —preguntó con una pequeña sonrisa, aunque en el fondo buscaba algo más que un simple cumplido.
Akeno recorrió a Rías con la mirada de arriba abajo antes de dibujar una sonrisa llena de complicidad.
—Te ves hermosa, Rías. Estoy completamente segura de que ese chico del que nos hablaste no podrá evitar mirarte esta noche.
Marin cruzó los brazos con una sonrisa divertida.
—Estoy de acuerdo. Si después de verte sigue fingiendo que no siente nada... entonces ese hombre tiene nervios de acero.
Las tres soltaron una suave risa que alivió por unos instantes el ajetreo que dominaba la mansión.
Rías negó con la cabeza entre risas antes de acercarse a ellas.
—Gracias... De verdad. Tenerlas aquí hace que este día sea mucho más especial.
Sin pensarlo dos veces, rodeó a ambas con un cálido abrazo.
Akeno y Marin correspondieron al gesto con naturalidad. Entre ellas no existían máscaras ni secretos; únicamente una amistad construida durante años de confianza.
En ese momento, una elegante mujer de cabello castaño apareció entre los invitados.
Su parecido con Rías era innegable. Compartían los mismos delicados rasgos, la misma elegancia al caminar y aquella presencia capaz de atraer miradas sin siquiera proponérselo.
Solo el color del cabello las diferenciaba.
Con una sonrisa cargada de orgullo, la mujer se acercó hasta su hija.
—Aquí está la cumpleañera... —dijo con dulzura mientras acariciaba una de sus mejillas—. Estás preciosa, hija. Exactamente igual de hermosa que tu madre cuando tenía tu edad.
Rías sonrió con ternura.
—Gracias, mamá. Tú también luces muy hermosa.
Sin esperar más, ambas se fundieron en un afectuoso abrazo.
Al separarse, la mirada de Rías encontró a un hombre de porte elegante que caminaba hacia ellas sosteniendo cuidadosamente un gran ramo de flores.
Sus ojos brillaron con ilusión.
—¿Papá...? ¿Trajiste las flores que te pedí?
El hombre sonrió satisfecho.
—Por supuesto, hija. Tal como me lo pediste... rosas.
Con delicadeza extendió el ramo hacia ella.
Rías lo recibió con entusiasmo.
—Gracias, papi... eres el mejor.
Sin embargo...
La sonrisa en su rostro comenzó a desaparecer.
Sus ojos recorrieron lentamente cada pétalo.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El silencio empezó a volverse incómodo.
La expresión alegre que había iluminado su rostro apenas unos segundos atrás se transformó en una ligera mueca de disgusto.
—¿Qué... son estas flores...? —preguntó en voz baja.
Ceuticus frunció el ceño, confundido.
—¿Cómo que qué son? Son rosas... del color que me pediste.
Miró el ramo nuevamente.
No había ningún error evidente.
Las flores eran rosas.
Rías levantó lentamente la mirada.
—Sí... son rosas.
Hizo una pequeña pausa mientras observaba nuevamente los pétalos.
—Pero no son el tono de rosa que te pedí.
Su voz seguía siendo tranquila, aunque la decepción comenzaba a hacerse evidente.
Para cualquiera aquella diferencia habría pasado desapercibida.
Para Rías, era imposible ignorarla.
Cada detalle de aquella celebración había sido planeado durante semanas.
El vestido.
La decoración.
La iluminación.
Incluso el color exacto de las flores.
Todo debía armonizar a la perfección.
Y aquel pequeño error rompía por completo la imagen que había imaginado.
Ceuticus comprendió enseguida la situación.
Lejos de molestarse, dejó escapar una sonrisa paciente.
—No te preocupes, hija.
Sacó su teléfono del bolsillo mientras le dedicaba una mirada tranquilizadora.
—Enseguida pediré otro ramo. Esta vez traerán exactamente el tono que querías.
Rías respiró con calma.
La tensión abandonó poco a poco su expresión.
—Gracias, papá...
Aunque intentó sonreír nuevamente, una extraña sensación permaneció en el fondo de su pecho.
Era una incomodidad difícil de explicar.
Como si aquella mínima imperfección fuera el silencioso anuncio de que, esa noche... no todo saldría como estaba previsto.
El corazón de la mansión no era el gran salón de baile.
Era la cocina.
Un amplio espacio donde el aroma de vainilla, chocolate y mantequilla recién horneada impregnaba el ambiente. Decenas de utensilios descansaban perfectamente ordenados sobre largas mesas de acero inoxidable, mientras varios cocineros terminaban los últimos preparativos para la gran celebración.
En uno de los extremos de la cocina, dos jóvenes permanecían concentrados frente a un enorme pastel de tres niveles.
El primero era un rubio de ojos azules y expresión inquieta.
El segundo, un joven de cabello negro y penetrantes ojos color esmeralda, colocaba con absoluta precisión los últimos adornos de crema sobre el pastel.
Cada movimiento de sus manos era firme.
Seguro.
Casi artístico.
Tras acomodar la última flor de azúcar, dio un pequeño paso hacia atrás para contemplar el resultado.
Había quedado perfecto.
—Ya te lo dije, Naruto... —dijo sin apartar la vista del pastel—. Este será el último pastel de cumpleaños que haremos.
Naruto dejó escapar un largo suspiro.
Llevaba una semana intentando convencer a su mejor amigo.
Y aquella sería su última oportunidad.
—Vamos, Goku... No seas tan cerrado. Nos fue increíble con los pedidos. Si seguimos aceptándolos, ganaremos mucho más dinero incluso después de abrir el restaurante.
Goku permaneció unos segundos en silencio.
Finalmente dejó la espátula sobre la mesa y giró lentamente hacia él.
Su expresión seguía siendo tranquila.
Pero sus ojos revelaban que la conversación había terminado hacía mucho tiempo.
—No soy pesimista.
Su voz sonó calmada.
Firme.
—Simplemente no podemos hacerlo. Ya tomé una decisión... así que deja de insistir.
Naruto levantó ambas manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien... No tienes que mirarme así. Solo quería intentarlo una última vez.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Goku.
—No estoy enojado.
Miró nuevamente el pastel.
—Además... ya terminé. Ayúdame a llevarlo al salón.
Entre ambos empujaron cuidadosamente el elegante carrito de servicio.
Aquel pastel representaba el último trabajo antes de comenzar una nueva etapa en sus vidas.
Gracias a todos aquellos encargos habían reunido el dinero suficiente para cumplir un sueño que llevaban años persiguiendo.
Abrir su propio restaurante.
...
Mientras tanto...
En el elegante salón principal, la paciencia de Ceuticus comenzaba a agotarse.
Frente a él descansaba el cuarto ramo de flores que había llevado durante la última hora.
Y, una vez más...
Había sido rechazado.
Rías observó las flores con evidente descontento.
Negó lentamente con la cabeza.
—No me gusta.
Ceuticus dejó escapar un cansado suspiro.
—Hija... de verdad no tiene tanta importancia. Incluso puedes bajar sin el ramo.
Rías levantó la mirada inmediatamente.
—Claro que la tiene.
Su tono seguía siendo elegante, pero era evidente la frustración que intentaba contener.
—Todo debe salir perfecto.
Cada detalle.
Cada adorno.
Cada flor.
Aquella noche solo cumpliría años una vez.
Y no pensaba permitir que una imperfección arruinara la celebración.
Ceuticus masajeó el puente de su nariz antes de mirar al repartidor de flores.
La expresión de ambos bastó para entenderse.
Sin embargo...
El joven repartidor dio un paso hacia atrás.
—Ni hablar.
Se cruzó de brazos.
—Esas fueron las últimas flores que traeré.
Señaló el reloj de su muñeca.
—Mi turno terminó hace tres horas.
Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y comenzó a marcharse.
Los ojos de Rías se abrieron de golpe.
—¡Espera!
Levantó ligeramente el vestido para poder correr.
—¡No te vayas! ¡Solo tráeme un último ramo! ¡Te lo suplico!
El muchacho ni siquiera volteó.
—¡Está loca!
—¡No pienso hacerlo!
—¡Quiero irme a dormir!
Su voz resonó por toda la mansión mientras descendía las enormes escaleras a toda velocidad.
Rías no estaba dispuesta a rendirse.
—¡Te pagaré el doble!
—¡Solo uno más!
—¡Por favor!
Sin pensarlo dos veces, comenzó a perseguirlo.
Akeno y Marin intercambiaron una mirada resignada antes de salir detrás de ella.
...
Al mismo tiempo...
Goku y Naruto avanzaban lentamente por el amplio pasillo empujando el carrito donde descansaba el enorme pastel.
Cada escalón representaba un riesgo.
Cualquier movimiento brusco podía destruir horas de trabajo.
—Despacio... —murmuró Goku sin apartar la vista del pastel.
Naruto asintió.
Todo iba bien.
Hasta que...
Una figura cruzó corriendo frente a ellos.
El repartidor.
El muchacho esquivó el carrito por apenas unos centímetros antes de desaparecer hacia la salida.
Naruto sintió que el corazón se le detenía.
—¡Por poco...!
El pastel seguía intacto.
Ambos soltaron un silencioso suspiro de alivio.
Pero apenas duró un instante.
Un nuevo grito descendía por las escaleras.
—¡¡Espera!!
Goku levantó la vista.
Y la vio.
Una joven pelirroja descendía demasiado rápido.
Su pie resbaló sobre el borde del escalón.
Todo ocurrió en un segundo.
Su cuerpo perdió el equilibrio.
Su caída iba directamente hacia el pastel.
Sin pensarlo...
Goku empujó con fuerza el carrito hacia un lado.
Las ruedas chirriaron sobre el mármol.
El pastel logró salvarse.
Pero ya era demasiado tarde para evitar el impacto.
Goku dio un paso al frente y atrapó a la joven justo antes de que golpeara el suelo.
La fuerza de la caída hizo que ambos perdieran el equilibrio.
Rodaron varios metros sobre el brillante piso de mármol.
El silencio invadió el pasillo.
Rías abrió lentamente los ojos.
Una ligera punzada recorrió su cabeza.
—Eso... dolió...
Murmuró mientras llevaba una mano a la frente.
Debajo de ella, Goku respiró profundamente antes de preguntar con absoluta serenidad:
—Dime... ¿estás bien?
Rías iba a responder de inmediato.
—S-sí... gracias, yo...
Pero las palabras murieron en su garganta.
Sus ojos quedaron atrapados en los de él.
Jamás había visto un color semejante.
Aquellos ojos color esmeralda parecían ocultar incontables historias.
Transmitían calma.
Firmeza.
Y una extraña melancolía imposible de explicar.
Por su parte...
Goku también permaneció inmóvil.
Los ojos azul cristal de la joven reflejaban una belleza tan serena que, por un breve instante, el bullicio de la mansión dejó de existir.
Solo quedaron ellos.
Dos completos desconocidos.
Mirándose como si el tiempo hubiese decidido detenerse.
El hechizo terminó cuando varias voces rompieron el silencio.
—¡Rías!
Akeno y Marin llegaron rápidamente para ayudarla a ponerse de pie.
Naruto hizo lo mismo con Goku.
—¿Estás bien, amigo?
Goku se incorporó lentamente mientras se sacudía el polvo de la ropa.
—Sí.
No fue nada.
Entonces...
Las miradas de todos descendieron al mismo punto.
El enorme pastel.
Había quedado completamente destrozado sobre el suelo de mármol.
El silencio volvió a adueñarse del lugar.
Esta vez...
Nadie supo qué decir.
El silencio volvió a envolver el pasillo.
—¿Rías...? ¿Estás bien?
La voz de Akeno rompió la quietud mientras ayudaba a su amiga a incorporarse.
En el instante en que aquel nombre llegó a sus oídos...
El cuerpo de Goku se quedó completamente inmóvil.
Rías.
Solo escuchar ese nombre fue suficiente para que un dolor que creyó enterrado despertara en lo más profundo de su pecho.
Su mirada perdió el brillo durante un breve instante.
Su respiración se volvió más pesada.
Era como si los años hubieran desaparecido de golpe.
Como si aquella enorme mansión dejara de existir.
Y, sin poder evitarlo...
Los recuerdos comenzaron a devorarlo.
---
Siete años atrás...
El bullicioso patio de la preparatoria estaba repleto de estudiantes.
Risas.
Conversaciones.
El sonido de un balón rebotando contra el suelo.
Era un día completamente normal.
O al menos lo era para todos... excepto para un muchacho.
A unos metros de la multitud se encontraba un joven Goku de apenas diecisiete años.
Su apariencia distaba mucho del hombre en el que se convertiría años después.
Tenía varios kilos de más.
Su rostro estaba cubierto de pequeñas pecas y numerosos granos propios de la adolescencia.
Llevaba brackets, unos gruesos lentes y un pasamontañas que ocultaba parte de su cabello puntiagudo.
No destacaba por su apariencia.
Todo lo contrario.
Pasaba desapercibido para casi todos.
Sus manos temblaban con fuerza mientras sujetaban un megáfono.
Sentía que el corazón quería escapar de su pecho.
A unos metros de él estaba la persona que había ocupado sus pensamientos durante los últimos tres años.
Rías Gremory.
Por un instante desvió la mirada hacia Akeno y Marin.
Ambas le sonrieron mientras levantaban discretamente el pulgar, animándolo a dar el paso.
Aquello le dio el valor que tanto necesitaba.
Respiró profundamente.
Levantó el megáfono.
Y habló.
—R-Rías...
Su voz retumbó por todo el patio.
Decenas de estudiantes giraron la cabeza hacia él.
En cuestión de segundos, todas las conversaciones cesaron.
El silencio comenzó a extenderse.
Las mejillas de Goku ardían de la vergüenza.
Aun así...
No retrocedió.
—Rías Gremory...
Tragó saliva.
Su voz temblaba.
—Estoy... estoy enamorado de ti.
Apretó con fuerza el megáfono.
—¿Aceptarías ser mi novia?
Una tímida sonrisa apareció en su rostro.
Era una sonrisa llena de ilusión.
De esperanza.
—Te prometo... que haré todo lo posible para hacerte feliz.
El silencio se volvió absoluto.
Muchos estudiantes comenzaron a sonreír.
Otros cuchicheaban entre ellos.
Goku apenas podía escuchar sus voces.
Solo esperaba una respuesta.
Después de todo...
Akeno y Marin le habían asegurado que Rías también estaba enamorada de él.
No había razón para pensar que algo pudiera salir mal.
Rías comenzó a caminar lentamente hacia él.
Cada paso aumentaba la esperanza de Goku.
Hasta que finalmente quedó frente a él.
Con delicadeza tomó el megáfono de sus manos.
Durante un breve instante...
Goku creyó que el mundo entero sonreía a su favor.
Pero entonces...
La voz de Rías resonó por todo el patio.
—¿Hablas en serio...?
Observó a Goku de arriba abajo sin ocultar el desprecio que comenzaba a dibujarse en su rostro.
—Mírate.
Su voz era fría.
Cortante.
—Estás lleno de grasa.
Señaló su rostro sin el menor tacto.
—Tienes la cara llena de granos.
Varias risas comenzaron a escucharse alrededor.
Rías continuó hablando sin detenerse.
—¿De verdad creíste que una chica como yo podría enamorarse de alguien como tú?
Las carcajadas aumentaron.
Cada palabra era una cuchilla hundiéndose lentamente en el corazón del muchacho.
Pero la última terminó por destruirlo por completo.
Rías soltó una pequeña risa antes de pronunciar, con absoluta indiferencia:
—Aunque tuviera diez corazones...
Hizo una breve pausa.
—No te daría ni uno solo.
El megáfono cayó al suelo con un fuerte golpe.
El sonido pareció perderse entre las risas que ahora inundaban el patio.
Goku permanecía inmóvil.
No escuchaba nada.
No veía a nadie.
Solo observaba a la chica que había amado durante tres largos años.
Sentía un nudo en la garganta.
El pecho le dolía tanto que apenas podía respirar.
Era como si alguien hubiese apretado su corazón con todas sus fuerzas.
Poco a poco, el ruido volvió a llegar a sus oídos.
Risas.
Burlas.
Susurros.
Miradas de lástima.
Todos lo observaban.
Nadie decía una sola palabra para defenderlo.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
No.
No podía llorar allí.
No delante de todos.
Se dio media vuelta.
Y echó a correr.
Las lágrimas descendían sin control por sus mejillas mientras cubría parte de su rostro con el antebrazo para impedir que alguien lo viera llorar.
Con la otra mano se aferró a su pecho.
Cada paso dolía.
Cada respiración quemaba.
Y, sin saberlo...
Aquel día no solo fue rechazado.
Aquel día, una parte de su corazón terminó hecha pedazos.
---
Fin del recuerdo.
Rías desvió lentamente la mirada hacia el enorme pastel que yacía completamente destruido sobre el brillante suelo de mármol.
La crema, el chocolate y los delicados adornos que minutos atrás formaban una verdadera obra de arte ahora eran poco más que un desastre.
Sus labios se entreabrieron.
Luego volvió a mirar al joven de ojos esmeralda.
—No me digas... que ese era mi pastel.
Goku sostuvo su mirada sin el menor rastro de nerviosismo.
—Así es, señorita.
Respondió con absoluta serenidad.
—Ese era el pastel preparado para su cumpleaños.
Aquellas palabras terminaron de romper la poca paciencia que le quedaba a Rías.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo que era mi pastel?
Su tono se volvió más firme.
—Eso no puede quedarse así. Exijo que me prepares otro inmediatamente.
Goku permaneció en silencio durante unos segundos.
Ni siquiera parecía alterado.
Finalmente habló con la misma tranquilidad de siempre.
—No se altere.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Si desea ver el lado positivo... aún pueden comerse el pastel. Después de todo, sigue siendo pastel.
El silencio fue absoluto.
Rías sintió que una vena comenzaba a palpitar en su frente.
—¿Perdón...?
Lo miró como si acabara de escuchar el comentario más absurdo de su vida.
—¿Quién se cree que es para hablarme de esa manera?
Goku no borró la sonrisa.
Simplemente respondió con lógica.
—Permítame recordarle algo, señorita.
Señaló discretamente el ramo de flores que ella sostenía.
Los pétalos estaban completamente cubiertos de crema.
—Fue usted quien cayó sobre el pastel.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Rías abrió la boca para responder...
Pero las cerró nuevamente.
Bajó la vista.
Las flores estaban completamente arruinadas.
Por primera vez desde el accidente...
No encontró argumentos para defenderse.
Un incómodo silencio comenzó a extenderse entre todos los presentes.
Hasta que Marin dio un pequeño paso hacia adelante.
—Tal vez todavía podamos arreglarlo...
Tomó cuidadosamente un pedazo de pastel con la intención de volver a colocarlo sobre la base.
Antes de que pudiera hacerlo...
Una mano sujetó delicadamente su muñeca.
—No lo haga.
Marin levantó la mirada.
Frente a ella estaba Naruto.
Él sonrió con amabilidad.
—Solo terminará ensuciándose las manos.
Ya no tiene arreglo.
Durante unos segundos ambos permanecieron inmóviles.
Sus miradas se encontraron.
El ruido de la mansión pareció desaparecer.
Marin sintió un ligero vuelco en el pecho.
"Qué chico tan guapo..."
Las palabras escaparon de sus labios casi en un susurro.
Naruto alcanzó a escucharlas.
Una sonrisa divertida apareció inmediatamente en su rostro.
Tomó con delicadeza la mano de la joven.
—Muchas gracias.
Acercó lentamente sus labios y depositó un suave beso sobre sus nudillos.
—Mi nombre es Naruto.
La observó directamente a los ojos.
—¿Y cuál es el nombre de la hermosa dama que tengo enfrente?
Marin sintió cómo sus mejillas adquirían un ligero tono rosado.
—Marin Kitagawa.
Respondió con una sonrisa sincera.
—Mucho gusto, Naruto-san.
Ninguno de los dos apartó la mirada.
Parecía que el resto del mundo había desaparecido.
Hasta que una voz grave rompió el momento.
—¿Qué ocurrió aquí?
Ceuticus acababa de llegar.
Su expresión pasó de la curiosidad al asombro al observar el pastel completamente destruido.
Rías caminó inmediatamente hacia él.
—Papá...
Suspiró con frustración.
—El pastel quedó arruinado.
Y... no quiero celebrar mi cumpleaños sin uno.
Ceuticus sonrió con tranquilidad.
—No te preocupes, hija.
Acarició suavemente su cabeza.
—Mandaremos a hacer otro.
Entonces dirigió su atención hacia Goku.
—Joven...
¿Cree que podría preparar otro antes de que la fiesta comience?
Goku negó lentamente con la cabeza.
—Lamento decirle que eso sería imposible.
El ambiente volvió a tensarse.
Pero antes de que Ceuticus pudiera responder...
Goku continuó hablando.
—Sin embargo...
Siempre preparo un pastel de reserva para este tipo de situaciones.
La sorpresa apareció en el rostro del hombre.
—¿De verdad?
Goku asintió.
—Puedo traerlo antes de las ocho.
No habrá ningún inconveniente para iniciar la celebración.
Ceuticus dejó escapar un suspiro de alivio.
—Excelente.
Muchas gracias.
En cambio...
Rías no compartía ese alivio.
"¿Tenía otro pastel desde el principio...?"
Frunció ligeramente el ceño.
"Entonces toda esa discusión fue solo para llevarme la contraria..."
Antes de que pudiera seguir pensando...
Una voz conocida llamó su atención.
—Feliz cumpleaños, preciosa.
Rías levantó la vista.
Su expresión cambió por completo.
Una sonrisa luminosa apareció en su rostro.
Sin dudarlo un instante, corrió hasta lanzarse entre los brazos del recién llegado.
Era Trunks.
Vestía un elegante traje oscuro que resaltaba su porte distinguido.
Con delicadeza rodeó la cintura de Rías mientras la contemplaba con admiración.
—Hoy luces más hermosa que nunca.
Rías sonrió con ternura.
—Gracias.
Tú también estás muy guapo, como siempre.
Sin importarle las personas que los rodeaban, se puso de puntillas y depositó un suave beso sobre los labios de su prometido.
El ambiente volvió a llenarse de sonrisas.
Ceuticus recordó entonces un detalle importante.
Miró nuevamente a Goku.
—Por cierto...
¿Cuánto debo pagar por el segundo pastel?
Los ojos de Goku permanecían fijos, por un breve instante, en la pareja.
Una sensación extraña atravesó su pecho.
Era fugaz.
Difícil de explicar.
Como un recuerdo lejano que intentaba regresar.
Pero la ignoró de inmediato.
Volvió a mirar a Ceuticus.
Y respondió con absoluta tranquilidad.
—No será necesario pagar nada.
Considérelo un regalo de cumpleaños para su hija.
El hombre quedó gratamente sorprendido.
—Eso sí que no me lo esperaba.
Muchas gracias, joven.
Ambos estrecharon las manos con respeto.
Goku respondió al gesto antes de girarse hacia su compañero.
—Naruto.
Nos vamos.
Tenemos trabajo por hacer.
Naruto asintió.
Aunque, antes de marcharse, lanzó una última mirada hacia Marin.
Ella hizo exactamente lo mismo.
Ninguno dijo una sola palabra.
Pero ambos se quedaron con la extraña sensación de que aquel encuentro... no sería el último.
...
La noche había caído sobre la ciudad.
El silencio reinaba en el interior de una modesta casa donde el tenue aroma del té recién preparado impregnaba el ambiente.
Sentado junto a una pequeña mesa de madera, Goku sostenía con ambas manos una taza de porcelana. El vapor ascendía lentamente, perdiéndose en la penumbra de la habitación.
Frente a él, Naruto permanecía apoyado de espaldas contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión poco habitual en él.
Esta vez no había bromas.
Solo preocupación.
Después de varios segundos de silencio, el rubio dejó escapar un largo suspiro.
—Lo siento, hermano.
Goku levantó apenas la mirada.
—No me di cuenta de que ese pastel era para... la chica que te rechazó hace años.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Goku dio un pequeño sorbo a su té antes de responder.
—¿Y cómo ibas a darte cuenta?
Una leve sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
—Si durante toda la fiesta estabas demasiado ocupado coqueteando con una de sus amigas.
Naruto soltó una risa incómoda mientras se rascaba la nuca.
—Bueno... eso también es cierto.
Ambos guardaron silencio nuevamente.
Sin embargo, Naruto no tardó en volver al tema que realmente le preocupaba.
—Dime la verdad...
Su tono se volvió mucho más serio.
—¿Estás bien después de volver a verla?
Goku permaneció observando el líquido dentro de la taza.
Su rostro seguía tan tranquilo como siempre.
Tan sereno.
Tan difícil de leer.
Finalmente respondió.
—Sí.
Estoy bien.
Volvió a beber un poco de té.
Como si aquella respuesta fuera suficiente para cerrar la conversación.
Pero Naruto lo conocía demasiado bien.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Estás completamente seguro?
Goku levantó lentamente la vista.
—Por supuesto.
Su voz conservaba la misma calma de siempre.
—¿Acaso no lo parece?
Naruto soltó un pequeño suspiro.
—Está bien...
Levantó ambas manos en señal de rendición.
—No tienes que molestarte.
Goku arqueó una ceja.
—No estoy molesto.
Dejó la taza sobre la mesa y caminó tranquilamente hasta quedar frente a su amigo.
Lo miró directamente a los ojos.
—¿Esta cara te parece la de alguien enojado?
Naruto no pudo evitar soltar una pequeña carcajada.
—No.
Definitivamente no.
Ambos permanecieron unos segundos observándose.
Naruto sabía perfectamente que Goku no estaba enfadado.
Pero también sabía algo más.
Cuando su mejor amigo respondía con tanta tranquilidad...
Era porque estaba ocultando algo.
Y decidió no insistir.
Tomó su termo y caminó hacia la puerta.
—Bueno...
Será mejor que me vaya.
Mañana será un gran día.
La inauguración de nuestro restaurante.
Una sonrisa sincera apareció en el rostro de Goku.
—Sí.
No llegues tarde.
Naruto abrió la puerta.
Antes de salir giró ligeramente la cabeza.
—Descansa, hermano.
Nos vemos mañana.
La puerta se cerró lentamente.
El silencio volvió a adueñarse de la casa.
Goku permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después dirigió la mirada hacia la taza de té.
Su reflejo temblaba sobre la superficie del líquido.
Sin darse cuenta...
Su mano se había cerrado con más fuerza alrededor de la porcelana.
Cerró lentamente los ojos.
El recuerdo de aquella confesión.
Las risas.
Las lágrimas.
Y el nombre de Rías...
Seguían vivos en algún rincón de su corazón.
Solo que ahora...
Había aprendido a esconder ese dolor detrás de una calma que muy pocos eran capaces de atravesar.
...
En otra parte de la ciudad...
Una joven de cabello castaño terminaba de prepararse para dormir.
La luz de la luna se filtraba por la ventana de su habitación, iluminando tenuemente el ambiente.
Vestía un cómodo pijama azul y descansaba sobre la cama mientras observaba distraídamente el techo.
Entonces recordó algo.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Mañana...
Goku-kun abrirá su propio restaurante.
Murmuró para sí misma.
Cruzó los brazos detrás de la cabeza.
—Me pregunto...
¿Qué debería ponerme?
Giró lentamente sobre la cama mientras imaginaba distintos conjuntos.
No quería ir demasiado elegante.
Pero tampoco demasiado informal.
Después de todo...
Era un día muy importante para él.
Y quería estar allí para acompañarlo desde el primer momento.
Sin darse cuenta...
Terminó sonriendo con dulzura antes de cerrar lentamente los ojos.
Mañana comenzaría una nueva etapa.
No solo para Goku...
Sino también para muchas de las personas que, sin saberlo, estaban destinadas a cambiar su vida para siempre.