Capítulo 1. El aroma del cambio
El sonido de las páginas al pasar y el suave tintinear de las tazas formaban parte de la rutina diaria de Sofía. Desde detrás del mostrador, observó cómo la luz de la tarde se filtraba por los grandes ventanales de la cafetería-librería, iluminando las estanterías repletas de novelas y el pequeño rincón donde algunos clientes aprovechaban para trabajar.
—¿Cuántos cafés llevamos hoy? —preguntó Valeria mientras dejaba una bandeja vacía sobre la barra.
Sofía levantó la vista de la caja registradora y sonrió.
—Perdí la cuenta después del cliente que pidió tres expresos seguidos.
—Ese hombre definitivamente tiene problemas más graves que el sueño.
Las dos soltaron una pequeña carcajada. Después de seis meses trabajando juntas en aquel lugar, habían aprendido a convertir los días agotadores en momentos más llevaderos.
La cafetería pertenecía a don Ernesto, un hombre de cabello completamente blanco y mirada amable que había abierto el negocio décadas atrás. Aunque siempre fingía ser estricto con los horarios y el orden de los libros, Sofía sabía que las consideraba parte de su familia.
—Chicas —las llamó desde una de las mesas del fondo—. Cuando terminen, necesito hablar con ustedes.
Valeria arqueó una ceja.
—Eso sonó demasiado serio.
—Tal vez descubrió quién se comió las galletas que guardaba para los clientes.
—No tengo idea de qué hablas.
Sofía soltó una risa antes de volver a atender a las personas que esperaban sus pedidos.
A pesar del ambiente tranquilo, las preocupaciones no desaparecían. Compartían un pequeño departamento y, aunque el trabajo les gustaba, apenas lograban cubrir el alquiler y los gastos del mes.
Cuando el reloj marcó las siete de la tarde y el último cliente abandonó el local, comenzaron a recoger las mesas. Don Ernesto las esperaba junto a una pila de libros recién llegados.
—Siéntense un momento.
Las dos obedecieron, intercambiando miradas curiosas.
—Llevo tiempo observándolas —comenzó él—. Son responsables, trabajan duro y tienen mucho potencial.
Valeria sonrió con orgullo.
—Gracias, don Ernesto.
—Por eso mismo creo que ya es hora de que busquen algo mejor.
El comentario las tomó por sorpresa.
—¿Quiere despedirnos? —preguntó Sofía, alarmada.
El hombre soltó una carcajada.
—Claro que no. Si fuera por mí, las tendría aquí hasta que cumplieran ochenta años. Pero sé que merecen más oportunidades.
Abrió uno de los cajones del escritorio y sacó dos tarjetas.
—Unos conocidos míos me dijeron que están buscando personal.
Sofía tomó una de las tarjetas y leyó el nombre grabado en letras plateadas.
Grupo Andrade & Ferrer.
—¿Una empresa? —preguntó Valeria—. Pero nosotras nunca hemos trabajado en una oficina.
—Aprenderán rápido. Son egresadas de la universidad; algo de lo aprendido les ayudará.
—¿Y quiénes son esos conocidos? —preguntó Sofía.
Don Ernesto acomodó sus gafas antes de responder:
—Eso no es importante. Solo me llegó la información porque algunos empleados vienen a comprar aquí.
—¿Y por qué nos recomendaría a nosotras?
—Porque confío en ustedes.
Por un instante, el silencio llenó la cafetería.
Sofía observó la tarjeta entre sus dedos. Desde que terminó la universidad había enviado currículums a decenas de empresas sin obtener respuesta. Aquella podía ser la oportunidad que llevaba meses esperando.
Valeria fue la primera en romper el silencio.
—¿Qué tan difícil sería entrar?
Don Ernesto soltó una sonrisa.
—Digamos que son estrictos cuando de confianza se trata.
No dio más explicaciones.
Poco después, cerraron el local y emprendieron el camino de regreso a casa. El aire fresco de la noche contrastaba con el calor de la cafetería.
—¿Vas a intentarlo? —preguntó Valeria.
Sofía guardó la tarjeta en el bolsillo de su abrigo.
—No lo sé. ¿Y tú?
—Por supuesto. Lo peor que puede pasar es que nos rechacen.
—Hablas como si no te importara.
—Me importa muchísimo, pero estoy cansada de preocuparme por el dinero.
Sofía no respondió. Sabía que su amiga tenía razón.
Al llegar al departamento, ambas se dejaron caer sobre el sofá.
—Imagínalo —dijo Valeria mientras miraba el techo—. Oficinas enormes, gente elegante, reuniones importantes...
—Y nosotras sin saber siquiera cómo funciona una impresora de oficina.
—Detalles.
Sofía tomó una almohada y se la lanzó.
—Eres imposible.
—Pero me quieres.
Antes de dormir, volvió a mirar la tarjeta sobre su mesita de noche. Algo le decía que aquella entrevista sería el comienzo de una nueva etapa.
Lo que Sofía todavía no sabía era que, detrás de aquellas puertas de cristal, conocería a personas que cargarían con sus propias heridas.
Y que, a veces, la vida te obliga a cerrar un capítulo solo para darte la oportunidad de escribir uno mejor.








