No estaba en el Acuerdo

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Sinopsis

¿Qué pasa cuando haces un acuerdo con la persona equivocada? Valeria y Sofía son dos jóvenes que llegan a la ciudad buscando una oportunidad para cambiar sus vidas. Con pocos recursos y un nuevo trabajo en una importante empresa, jamás imaginaron terminar involucradas con sus propios jefes. Adrien y Gabriel son empresarios exitosos, divorciados y padres de familia. Después de años dedicados al trabajo y a sus hijos, ninguno está buscando una relación. Por eso, cuando surge la oportunidad, ambos creen encontrar la solución perfecta: sin amor. Sin celos. Sin compromisos. Solo encuentros entre adultos que saben exactamente lo que quieren. Pero los acuerdos parecen fáciles de cumplir cuando el corazón todavía no está involucrado. Porque Valeria comienza a conocer al hombre detrás del empresario frío... y Sofía descubre que detrás de las bromas de Gabriel existe alguien que también desea volver a ser feliz. Y mientras ellos intentan mantener sus relaciones bajo control, hay una regla que ninguno podrá cumplir: No enamorarse.

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hace 4 días
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La oportunidad que no buscábamos

El suave tintinear de las tazas y el susurro de las páginas al pasar formaban parte de la rutina diaria de Valeria. Desde detrás del mostrador, observaba cómo la luz de la tarde se filtraba por los grandes ventanales de la cafetería-librería, iluminando las estanterías repletas de novelas y el pequeño rincón donde algunos clientes aprovechaban para leer o trabajar.

—¿Cuántos cafés llevamos hoy? —preguntó mientras dejaba una bandeja vacía sobre la barra.

Sofía levantó la vista de la caja registradora y sonrió.

—Perdí la cuenta después del cliente que pidió tres expresos seguidos.

Valeria soltó una risa.

—Ese hombre definitivamente tiene problemas más graves que el sueño.

Las dos rieron.

Después de seis meses trabajando juntas en aquel lugar, habían aprendido a convertir incluso los días más agotadores en momentos mucho más llevaderos.

La cafetería pertenecía a don Ernesto, un hombre de cabello completamente blanco y una mirada tan amable que resultaba imposible no tomarle cariño. Había abierto el negocio décadas atrás y, aunque siempre fingía ser estricto con los horarios y el orden de los libros, Valeria estaba convencida de que las apreciaba como si fueran sus propias nietas.

—Chicas —las llamó desde una de las mesas del fondo—. Cuando terminen, necesito hablar con ustedes.

Valeria arqueó una ceja y miró a Sofía.

—Eso sonó demasiado serio.

Ella le devolvió la mirada y asintió.

—Mucho.

La sonrisa de Valeria desapareció al instante.

A pesar del ambiente tranquilo de la cafetería, las preocupaciones nunca desaparecían por completo. Compartían un pequeño departamento y, aunque disfrutaban de su trabajo, el sueldo apenas les alcanzaba para cubrir el alquiler y los gastos del mes.

Conseguir un empleo mejor era un sueño que parecía alejarse un poco más con cada currículum ignorado.

Cuando el reloj marcó las siete de la tarde y el último cliente abandonó el local, comenzaron a recoger las mesas.

Don Ernesto las esperaba junto a una pila de libros recién llegados en su oficina.

—Siéntense un momento.

Obedecieron e intercambiaron una mirada cargada de curiosidad.

—Llevo tiempo observándolas —comenzó—. Son responsables, trabajadoras y tienen un enorme potencial.

Valeria no pudo evitar sonreír.

—Gracias, don Ernesto.

El hombre suspiró antes de continuar.

—Precisamente por eso creo que ya es hora de que busquen algo mejor.

Por un instante, Valeria sintió que el corazón dejaba de latir.

Sofía habló antes de que ella pudiera reaccionar.

—¿Quiere despedirnos?

Don Ernesto rio.

—Claro que no. Si fuera por mí, las tendría aquí hasta que cumplieran ochenta años. Pero sé que merecen oportunidades más grandes.

Abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó dos tarjetas de presentación.

—Unos conocidos míos están buscando personal para su empresa. Son buenos hombres... aunque un poco testarudos.

Valeria tomó una de las tarjetas y leyó el nombre grabado en letras plateadas.

Grupo Beaumont & Ferrer.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Una empresa? Pero nosotras nunca hemos trabajado en una oficina.

—Aprenderán rápido.

Sofía sostuvo su tarjeta entre los dedos.

—¿Y quiénes son esos conocidos?

Don Ernesto acomodó sus gafas antes de responder.

—Eso no es lo importante. Los conozco desde hace muchos años y sé que necesitan gente en quien puedan confiar.

Valeria lo observó con curiosidad.

—¿Y por qué nos recomendaría a nosotras?

Él sonrió con la serenidad que siempre lo caracterizaba.

—Porque confío en ustedes.

Durante unos segundos, el silencio se apoderó de la oficina.

Valeria bajó la vista hacia la tarjeta que sostenía entre las manos.

Desde que terminó la universidad, había enviado currículums a decenas de empresas sin recibir una sola llamada. Siempre faltaba experiencia, siempre aparecía alguien mejor preparado o, sencillamente, nadie respondía.

Quizá aquella era la oportunidad que llevaba tanto tiempo esperando.

Sofía rompió el silencio.

—¿Qué tan testarudos son exactamente?

Don Ernesto esbozó una sonrisa cargada de nostalgia.

—Digamos que la vida no ha sido especialmente amable con ninguno de los dos.

No añadió nada más.

Poco después, cerraron el local y emprendieron el camino de regreso al departamento. El aire fresco de la noche contrastaba con el agradable aroma a café que parecía haberse impregnado en su ropa.

—¿Vas a intentarlo? —preguntó Sofía.

Valeria la miró de reojo.

—Por supuesto. Lo peor que puede pasar es que nos rechacen.

Sofía guardó la tarjeta en el bolsillo de su pantalón.

—Hablas como si no te importara.

Valeria suspiró.

—Me importa muchísimo. Pero estoy cansada de vivir preocupada por el dinero.

Sofía no respondió. No hacía falta. Ambas conocían demasiado bien esa realidad.

Al llegar al departamento, se dejaron caer sobre el sofá, completamente agotadas.

Valeria levantó la mirada al techo e imaginó cómo sería aquel lugar.

—Imagínalo... oficinas enormes, gente elegante, reuniones importantes...

Sofía soltó una risa.

—Y nosotras sin saber siquiera cómo funciona una impresora de oficina.

Valeria la miró divertida.

—Tampoco sabíamos preparar un espresso... y míranos ahora.

Sofía tomó una almohada y se la lanzó.

—Odio cuando tienes razón.

Valeria la esquivó entre risas.

Aquella noche, antes de apagar la luz, Valeria volvió a tomar la tarjeta que había dejado sobre su mesita de noche.

La observó durante largos segundos.

No sabía por qué, pero tenía el presentimiento de que aquella entrevista cambiaría su vida.

A veces, el destino solo espera a que alguien se atreva a abrir una puerta para demostrarle que el capítulo más importante de su historia aún está por escribirse.

Sin saberlo, aquella sencilla tarjeta de presentación era el primer paso hacia un futuro que cambiaría la vida de ambas para siempre.

Valeria dejó escapar un suspiro y volvió a mirar la tarjeta.

Pensó en su familia.

En realidad, no solo en la familia que había dejado atrás, sino también en todas aquellas personas que, de una u otra manera, habían formado parte de su vida.

Desde niña había aprendido a salir adelante gracias a la ayuda de otros. Había quedado huérfana demasiado pronto y, aunque la vida le había arrebatado a sus padres, nunca le faltaron manos dispuestas a ayudarla.

Vecinos, maestros, conocidos e incluso personas que apenas la conocían habían contribuido a que pudiera crecer, estudiar y convertirse en la mujer que era.

Nunca había olvidado aquello.

Por eso, cada vez que tenía la oportunidad de salir adelante, sentía que también tenía una responsabilidad con quienes habían creído en ella.

Había trabajado duro para terminar la universidad. Había aceptado empleos que no siempre eran los que soñaba y había aprendido a conformarse con lo necesario.

Pero aquella oportunidad podía ser diferente.

Quizá había llegado el momento de dejar de conformarse.

Valeria apretó ligeramente la tarjeta entre sus dedos.

—Lo voy a intentar —murmuró para sí misma.

No sabía qué encontraría al cruzar aquella puerta.

Podía ser difícil.

Podía sentirse fuera de lugar.

Incluso podían rechazarla.

Pero no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad sin intentarlo.

Si había algo que la vida le había enseñado desde pequeña, era que no podía tener miedo de luchar por aquello que quería.

Y si algún día lograba tener una vida mejor, quería que todo el esfuerzo de quienes la habían ayudado hubiera valido la pena.

Por ella.

Por quienes creyeron en ella cuando todavía era una niña.

Y por la mujer en la que había conseguido convertirse.

Valeria dejó la tarjeta sobre la mesita y apagó la luz.

No podía saberlo todavía, pero aquella decisión sería el comienzo de algo mucho más grande de lo que jamás había imaginado.

Una nueva vida.

Una nueva familia.

Y un amor que jamás estuvo en sus planes.