Legion: Perros Y Mujeres por MARIO en Inkitt
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LEGION: Perros y Mujeres

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Sinopsis

«¿Qué harías si el Papa te ofreciera la libertad a cambio de cazar a los tuyos? Tras diez años en la Prisión Santa, una cárcel donde cada celda es una condena bíblica, Carlos Eduardo Mancía es liberado con una misión: usar sus "herramientas especiales" para detener a un compatriota que desafía al Vaticano. Una novela de fantasía oscura, misterio y dilemas morales.»

Genero:
Horror
Autor/a:
MARIO
Estado:
Completado
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Una nueva oportunidad

Ese día no era un día habitual para el privado de libertad de la celda 232. Aunque su mañana había empezado igual a las de los últimos diez años, a lo lejos escuchaba bañarse a «guacalazos» a los más madrugadores. El frío hacía que se sobrecogiera bajo su delgada sábana blanca. Los murmullos en diferentes idiomas empezaban casi inaudibles, aumentando gradualmente hasta convertirse en el característico zumbar de un enjambre; él optaba por hacer su rutina de aseo cuando la luz del sol se asomaba por unos orificios abiertos cerca del techo, en la gruesa pared de piedra tallada.

En esa celda de dos por tres metros había una cama de un metro de ancho, una rudimentaria taza de inodoro y un grifo casi pegado al piso. Tenía como único utensilio un tazón de metal de usos múltiples: le servía para recibir su único tiempo de comida, beber agua, mirarse como en un espejo, usarlo de recipiente para bañarse y, a veces, como juguete, haciéndolo girar en el suelo para pasar el rato. Raras veces la quietud de las mañanas era interrumpida. Había entre los reclusos quienes silbaban o cantaban mientras estiraban las piernas junto a la cama o mientras defecaban; no se podía precisar si estaban conformes con estar privados de libertad, pero su actitud transmitía un extraño sentimiento de estar a salvo.

El lugar consistía en un pasillo largo con un único giro que daba la sensación de ser una enorme “U”. Tenía unos tres metros de ancho y una altura estimada de cuatro metros. No había energía eléctrica; la visibilidad existía solamente porque el sólido techo, a razón de cada cinco metros, tenía un tragaluz de un metro cuadrado en el centro del corredor. Durante las lluvias, el agua evacuaba por unos canales en el piso que ayudaban a limpiar la suciedad y a lavar las celdas. La arquitectura de esta prisión hacía que cualquier sonido produjera un eco audible de manera íntegra en todo el recinto.

Todos los reclusos esperaban con ansias el tercer día, cuando entraba un carcelero con un carretón cargado con las mudas limpias de ropa. El chirrido de las llantas era molesto, pero al ser tan puntuales, los prisioneros se preparaban para la tortura auditiva. Valía la pena: la sensación de vestir ropa limpia era muy bien recibida. Era vestimenta sencilla, de tela tejida y cosida a mano; una manta resistente que, recién lavada, se sentía ligeramente áspera, pero que al poco tiempo se volvía muy suave. A veces, el olor a sudor se tornaba intolerable cuando ya estaba sucia.

Esa mañana en cuestión no se esperaba al carretón de la ropa, y la hora de la comida era mucho más tarde. Por tal razón, causó extrañeza escuchar que el pesado candado de metal se abría. Las gruesas puertas emitieron el llanto de unas bisagras que tenían quién sabe cuánto tiempo de no recibir engrase. Las pisadas marcaron su rítmico compás: eran dos pares de pies. Sin pronunciar palabra alguna, los recién llegados pasaron de la mitad de la “U” y se detuvieron frente a la celda 232. Todos los demás internos guardaron un completo silencio; si una mosca hubiera aleteado, se habría escuchado el zumbido en las 450 celdas del recinto. La calma fue cortada por la profunda inhalación de aire de un regordete monje-carcelero que llevaba las viejas y enormes llaves en su mano. Enseguida, pronunció un nombre:

—¡Carlos Eduardo Mancía Lara!

—Heme aquí... —contestó Carlos desde el interior.

—Ha llegado el momento. Su Santidad lo espera.

—No hagamos esperar a su Santidad, entonces...

Carlos se puso en pie frente a la puerta. Tras diez años de no abrirse, el chirrido del metal llenó toda la prisión. Al salir, no reconoció a ninguno de los dos monjes de túnica negra y sandalias de cuero que lo esperaban. Sostenían una gruesa cuerda de cáñamo; sin recibir explicación alguna, él entendió que debía voltear y darles la espalda para que lo ataran. Vio cerrarse la puerta de “su” celda, esta vez sin él adentro. Fue ahí cuando notó que, bajo el número 232, había un cartel que citaba: 1 Samuel 2:32.

Carlos comentó para sí mismo que le parecía un versículo indicado para la celda que había habitado: «Verás tu casa humillada, mientras Dios colma de bienes a Israel; y en ningún tiempo habrá anciano en tu casa». Al comenzar a avanzar en busca de la salida, notó que todas las celdas tenían en la puerta un versículo bíblico grabado; el número correlativo de la celda coincidía exactamente con la cita. Se sonrió e intentó leer los versículos que le resultaban más fáciles de recordar.

De repente, algo molestó a Carlos. A medida que se aproximaban a la salida, sus nervios intensificaban la sensación de que algo sumamente grande acechaba allí, pero no afuera, sino en una celda próxima a la puerta: la celda 65. Todos sus sentidos se lo advertían. El paso frente a esa puerta duró un segundo; un segundo que se sintió como una eternidad. Entendió que alguien estaba allí dentro, puesto que, aun detrás de esos veinte centímetros de espesor metálico que tenían las puertas de la prisión, la mirada del ocupante podía sentirse. Era una mirada fuerte y profunda que lo observaba no a él, sino dentro de él; no se podía explicar cómo podía sentir que alguien escudriñaba su alma, pero Carlos lo sentía. Durante ese instante se comprendió a sí mismo como alguien pequeño, insignificante ante algo demasiado grande e inmenso como para poder determinar su naturaleza, o saber si era bueno o malo.

«Génesis 6:5» decía la puerta: «Yahvé vio que la maldad del hombre en la tierra era grande y que todos sus pensamientos tendían siempre al mal». Uno de los monjes tiró de la cuerda y el prisionero 232 tuvo que continuar caminando, sintiendo esa mirada clavada en su espalda.

Trastabillaba en su andar; diez años recluido lo habían dejado tullido. El sol vigoroso lo cegó al salir, pero poco a poco sus ojos se acostumbraron a la luz. Entonces pudo ver el cielo, limpio y sin ninguna nube. El paisaje era un inmenso terreno de grama verde; a lo lejos, la única edificación visible era una enorme catedral. Tal estructura debería estar en una gran urbe, mas no había ningún indicio de estar cerca de una; al contrario, el único sonido en el ambiente era el soplar del viento. Después de todo el encierro, aquello era pura paz.

Avanzaron hacia la catedral, que parecía agigantarse a medida se acercaban a ella. La intención de sus guías no era entrar, puesto que se desviaron poco antes de llegar a la gran puerta. Desde la prisión a la catedral, Carlos estimó que había la justa distancia para saber que existían la una para la otra. Impresionado por el paradisíaco y calmo lugar, su vista buscaba algo más, pero no lo había. Caminaron hacia una loma que rompía la llanura, coronada por un enorme y frondoso árbol... el único árbol del lugar. No pudo deducir qué especie era; le pareció un abeto, pero sus hojas eran más redondas. A su sombra descansaba un anciano. Era un señor vestido con una túnica blanca, sentado cómodamente frente a una mesa; parecía como si el abuelo de alguien reposara en una tarde de calor en el patio. Al acercarse, Carlos pudo ver que el mobiliario era metálico y dorado; una silla y una mesa demasiado finas para dejarlas a la intemperie. Más que doradas, parecían hechas de oro puro, y el exceso de cruces en su decorado dejaba en evidencia el origen religioso de su hechura.

El viento agitó la grama y Carlos sintió las caricias de la corriente de aire bajo su ropa de manta. Por una fracción de segundo, cuando recorrió de nuevo el paisaje con la vista, le pareció ver a una monja de hábito negro, bello rostro pálido y un par de dorados cabellos asomándose bajo su griñón. Su expresión era fría y seria, pero debió ser un reflejo del pasado o una alucinación, porque al querer fijar la vista en ella, la monja ya no estaba allí.

Estando a una distancia donde ya podía distinguir el rostro de su anfitrión, Carlos notó que este le sonreía. El anciano levantó la mano para saludarle. El prisionero tuvo la intención de regresar el gesto, pero las fuertes sogas que lo maniataban a la espalda lo detuvieron.

Una vez frente al anciano, los dos monjes se inclinaron ante el pontífice y forzaron a Carlos a hacer lo mismo. Besaron uno de los anillos que el viejo portaba en su mano derecha. Ante una señal sin palabras del anciano, desataron a Carlos, acción que el prisionero agradeció internamente, puesto que las ataduras habían sido tan firmes que le habían lastimado la piel al punto de casi sangrar. Un nuevo ademán invitó a Carlos a sentarse. Este obedeció.

Era un caballero blanco de ojos cansados. Su voz era clara y su pasividad inmutable; comenzó a hablar y a sonreír al mismo tiempo, brindando una sensación de confianza muy pocas veces vista en un recién conocido. El viejo preguntó a Carlos con total cortesía si alguna vez, dentro de su período de reclusión, algo le había hecho falta; se refería a medicamentos, alimento o ropa. De todo eso, Carlos no había sentido necesidad alguna. Se limitó a decir que, tal vez, otro interno sí necesitaba algo, porque lo escuchaba llorar todos los días. El viejo soltó una leve risa y terminó diciendo:

—Lo más seguro es que hablas de la celda 218: Lamentaciones 2:18.

Carlos recordó de inmediato el sombrío pasaje: «El corazón de ellos clamaba al Señor; ¡oh muro de la hija de Sión!, echa lágrimas cual arroyo día y noche; no descanses, ni cesen las niñas de tus ojos».

La conversación giró entonces a un tono más serio, guiado por el anciano. Su solemnidad se hizo evidente cuando su tono de voz cambió a uno más apaciguado pero firme. Le explicó que había solicitado que lo trajesen ante él por un motivo totalmente necesario. Levantó la vista, como buscando las palabras adecuadas para decírselas a Carlos. Este le siguió la mirada hacia el follaje del árbol sobre sus cabezas y se sorprendió al ver que había frutos; no en abundancia, pero los había. Eran verdes, con una textura visualmente igual a la de las manzanas, pero del tamaño de una sandía y con una forma semejante a la de una uva. En medio de las ramas, los frutos y, sobre todo, las hojas, destacó el color blanco de una soga trenzada, rematada justo con el nudo de una horca. Las palabras del anciano no paraban y las emitía con total paz. Carlos no se imaginaba al viejo pidiendo sacarlo de la cárcel solo para colgarlo ahí; la soga simplemente desentonaba, era el trazo de otro cuadro.

En su explicación, el viejo se presentó como el vigente Papa de la Iglesia Católica y explicó que lideraba distintas órdenes de sacerdotes con encomiendas especiales y específicas. Agregaba que el tiempo en el que se encontraban era en demasía difícil: los encargados de «La Prisión Santa» estaban en una crisis por sobrecarga de trabajo, por lo que requerían a Carlos como un personaje emergente. La tarea principal consistía en lidiar con gente que, al igual que Carlos, poseía “herramientas especiales”.

—Sabemos bien que tu corazón se ensució, dadas las circunstancias, pero que en el fondo tú quieres limpiarlo... sabemos que estás dispuesto a ello. Tu familia así lo querría.

El Papa se puso en pie sin dejar de hablar. Dio unos pasos hacia Carlos, quien asimilaba a duras penas lo que le decían. El anciano extendió su mano, solicitando con el gesto que Carlos se la estrechara.

—Un compatriota tuyo nos está dando problemas... Se está volviendo complicado traerlo. ¿Qué te parece si tú me ayudas y yo te ayudo? ¿Hacemos un trato?

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