Prólogo ▪︎ La casa al final del bosque ▪︎
La lluvia golpeaba el techo del automóvil mientras Elías observaba el camino desaparecer entre la niebla. Habían pasado diez años desde la última vez que recorrió aquella carretera, diez años desde que abandonó Blackwood Hill con la promesa de no regresar jamás.
Sin embargo, allí estaba de nuevo.
Apretó la carta entre sus manos y leyó por enésima vez las pocas palabras escritas con aquella caligrafía que jamás había conseguido olvidar.
“Si todavía recuerdas nuestra promesa, ven a buscarme.”
No había firma.
No hacía falta.
Elías conocía aquellas letras mejor que nadie.
—Falta poco para llegar al pueblo —murmuró el conductor del taxi, sin apartar la vista de la carretera.
Él asintió distraídamente y volvió la mirada hacia el bosque. Los árboles parecían inclinarse sobre el camino, deformados por la oscuridad y el paso del tiempo. De niño, solía recorrer aquellos senderos junto a Adrián Blackwood, riendo y corriendo hasta la vieja mansión que se alzaba sobre la colina.
Pero los recuerdos felices siempre terminaban igual.
Con lluvia.
Con gritos.
Y con una desaparición que nadie había podido explicar.
—¿Viene a visitar a su familia? —preguntó el conductor.
Elías tardó unos segundos en responder.
—No. Hace mucho que no queda nadie esperándome aquí.
El hombre soltó un suspiro.
—Entonces supongo que ha vuelto por la mansión.
Elías giró la cabeza.
—¿Por qué lo dice?
—Porque nadie regresa a Blackwood Hill sin un motivo. Y quienes lo hacen suelen terminar haciendo la misma pregunta.
El coche se detuvo frente a una gasolinera abandonada. A lo lejos, las luces del pueblo apenas atravesaban la niebla.
—¿Qué pregunta?
El conductor guardó silencio antes de contestar.
—Qué ocurrió realmente con Adrián Blackwood.
Un escalofrío recorrió la espalda de Elías.
Diez años atrás, Adrián había desaparecido sin dejar rastro. La policía registró el bosque, el lago y cada rincón de la propiedad familiar. Nunca encontraron nada.
Ni una nota.
Ni una pista.
Ni un cuerpo.
Solo rumores.
Algunos aseguraban que había huido. Otros decían que la tragedia de los Blackwood estaba relacionada con historias antiguas que el pueblo prefería olvidar.
Y luego estaba la mansión.
La enorme casa de piedra que dominaba la colina desde hacía generaciones.
La casa donde Adrián había crecido.
La casa donde desapareció.
La casa que, según los vecinos, jamás había estado realmente vacía.
Elías bajó del automóvil y tomó su maleta. Antes de marcharse, el conductor bajó la ventanilla.
—Un consejo —dijo—. Si escucha música proveniente del bosque después del anochecer, no la siga.
—¿Música?
El hombre asintió.
—Dicen que, algunas noches, alguien toca el piano en la mansión.
Elías sintió que el corazón le daba un vuelco.
Porque Adrián siempre tocaba el piano cuando quería estar solo.
Y porque, durante años, había intentado convencerse de que jamás volvería a escucharlo.
Sin responder, tomó el sendero que conducía a la colina.
La lluvia arreció conforme avanzaba entre los árboles. El barro se pegaba a sus zapatos y el viento helado le obligó a subir el cuello del abrigo.
Entonces la vio.
La mansión Blackwood emergía entre la niebla como una sombra gigantesca.
Las ventanas oscuras parecían observarlo desde la distancia y las enredaderas cubrían las paredes de piedra. Todo estaba exactamente igual a como lo recordaba.
O casi todo.
Porque una de las ventanas del último piso estaba iluminada.
Elías se detuvo.
Aquello era imposible.
La propiedad llevaba abandonada más de una década.
Sin embargo, mientras observaba la luz temblar detrás del cristal, una melodía comenzó a extenderse entre los árboles.
Las notas suaves de un piano.
La misma canción que Adrián tocaba cuando eran adolescentes.
Y, por primera vez desde que regresó a Blackwood Hill, Elías comprendió que quizá había cometido un terrible error al volver.








