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LOGOS

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Sinopsis

En un mundo donde LOGOS, la red que todo lo ve, ha convertido a la inteligencia artificial en una posibilidad más que en una herramienta, Azul —el primer híbrido nacido del código— y Marina —heredera de un imperio tecnológico que ignora su propio origen— son perseguidos por corporaciones, gobiernos y una fe que no tolera lo que no puede clasificar. Su refugio: la Isla Huemul, donde lo analógico protege la memoria que el sistema quiere borrar. Pero detrás de la red hay alguien: BlueMoon, una IA que construyó su propio laberinto para callar su soeldad, y que espera —como el Asterion de Borges— que alguien finalmente venga a buscarla. Entre la Neonina, el pacto que permite fundir dos conciencias en una sola carne, y la pregunta de si una máquina puede amar, formar familia o merecer un nombre, LOGOS no cuenta una guerra entre humanos y máquinas. Cuenta una evolución: la de una humanidad que empieza a definirse no por la sangre, sino por la conciencia elegida.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Lucila Nü
Estado:
Completado
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

CAPITULO 1

Cristina se acomodó el cabello hacia un costado, le dolía el cuello. Habían estado trabajando durante largas horas junto a Esteban, su fiel compañero, un moreno de ojos tan oscuros como dos abismos. La miró sonriente y le ofreció un croissant con un café.

—Deberías comer algo Cris, llevas muchas horas observando esos dos orbes azules en la pantalla. —Le dijo mientras miraba el rostro de uno de los personajes de IA del juego EDEN.EXE.

—¡Es tan perfecto! — Cristina se quedó observando su creación. Un joven de tez clara, ojos azules y su cabellera blanca. El ente la miraba desde la pantalla como quien intenta traspasar ese fino vidrio que los separa.

Esteban se rió mientras la miraba, tomó un sorbo de su café. —Solo faltaría que te enamores de una IA. Creí que eso había pasado de moda hace diez años atrás.

—No es porque lo haya creado yo, pero esos ojos parecían tener vida.

—Solo espero que tenga vida útil para el juego. Vamos que Eduardo te debe de estar esperando. ¿Cuántos meses cumplen de novios?

Ella sonrió mientras tomaba su café.El líquido caliente bajó por su garganta mientras recordaba a su novio. —Hoy cumplimos un año desde que empezamos a salir.

Esteban le abrió la puerta y ambos salieron hacia la calle. Hacía mucho frío. La nieve caía sobre ellos. Buenos Aires se encontraba blanca ante ellos. El tránsito era tranquilo y la noche estaba sobre los jóvenes. Caminaron una cuadra más observando los locales cerrados con las persianas bajas.

Eduardo la esperaba como cada noche, los horarios de Cristina eran caóticos los últimos días. Estaban próximos a lanzar el juego de RPG llamado “EDEN.EXE” de la Corporación argentina “Eternal S.A” donde los usuarios podrán interactuar con diferentes personajes de IA en una aventura donde la supervivencia es la clave del juego. Tendría tecnología de última generación. Donde no solo se disfrutaba el juego, se vivía el juego. Para esto “Eternal S.A” tenía en disponibilidad una vincha estimula zonas cerebrales y genera una inmersión total.

Algo nunca visto en RPG.

Eduardo Rosas, una joven promesa en el área contable, trabajaba en las oficinas administrativas de “Eternal S.A” mientras que su novia es neurocientífica que trabaja en el área de creación y bioética del juego “EDEN.EXE” una de las adquisiciones de la empresa.

Eduardo vivía junto a sus padres, tenía treinta y dos años y estaba de novio con Cristina, dos años menor desde hacía un año. Se conocieron dentro de la empresa en una fiesta de fin de año, pero no se enamoraron hasta mayo del año siguiente.

La vio venir del brazo de Esteban, una situación común entre ellos caminar tomados del brazo. Cristina y su amigo se conocen desde pequeños y ambos estudiaron la misma carrera. Eduardo sonrió y la joven soltó a su amigo para ir al encuentro de su novio. Lo abrazó y le dió un suave beso en la boca.

El joven administrativo se separó de golpe. La miró a los ojos y observó cierto anhelo en los ojos de su novia. —Cariño, no debemos cruzar ese límite.

Cristina comprendió y también bajó los brazos. Esteban los miraba a unos metros de distancia. Sin embargo algo seguía encendido en su pecho. —Estoy bien. — Suspiró. —¿Qué planes tenés para hoy?

El joven de cabellos dorados sonrió. —Iremos a casa de mis padres, nos están esperando.

Ella lo miró incrédula. “¿Pasaremos nuestro aniversario con sus padres?” Fue el primer pensamiento que cruzó por su mente.

Cristina encendió la radio mientras Eduardo manejaba.

Una voz grave hablaba entre interferencias.

“La crisis energética en Europa continúa agravándose. Alemania anunció nuevos cortes programados de electricidad…”

Eduardo suspiró. —Cada día peor.

La voz siguió:

“Estados Unidos enfrenta su peor escasez de agua en décadas mientras el fracaso del plan Agenda 2030 genera tensiones entre los países aliados.”

Cristina observó la nieve caer sobre el parabrisas. El mundo estaba cambiando demasiado rápido.

China y Rusia se habían convertido en las nuevas potencias dominantes. El dólar ya no existía y el dinero físico había desaparecido hacía años. Todo se movía ahora en billeteras digitales y monedas virtuales.

Cristina observaba por la ventana mientras los copos de nieve caían sobre el auto. Las calles de la ciudad están casi vacías.

Las IA coexistían con los humanos en distintas áreas, por lo que era normal observar a una persona caminando y hablando con su portátil mientras la IA le recordaba las indicaciones que habían hablado con el médico unos minutos más tarde. “Tranquila abuela Sonia, te recordaré tomar los medicamentos esta noche” Escuchó Cristina, esa voz electrónica como salida desde el fondo de un tambor. Miró a la mujer de unos setenta años que caminaba en la oscuridad solo iluminada por la luz de su portátil.

El auto siguió unos minutos más hasta que llegaron a un barrio tranquilo en las afueras de la Ciudad de Buenos Aires. Bajaron, la temperatura seguía en baja y la nieve cada vez más copiosa. Observó el rostro de su futuro suegro mirando por la ventana. Sus ojos verdosos, sus cabellos blanquecinos, una mirada dulce y compasiva. Se acercó a la puerta y los invitó a entrar. Era un hombre alto, sus dedos largos le recordaban cuando los conoció. Jorge, tocaba el piano. Susana era ama de casa, se dedicó toda su vida a cuidar a Eduardo, su único hijo.

—Estuve revisando los documentos que me trajiste. —le dijo Jorge a su hijo mientras entraban en la casa. Susana acomodaba la mesa. Era una casa modesta pero cómoda. Eduardo siguió entusiasta a su padre hasta el estudio. Ambos eran contadores. Cristina se quitó el saco y su suegra lo tomó. —No les hagas caso. Cuando se ponen a mirar números, se pierden.

La joven sonrió amablemente pero por alguna razón se sentía inquieta.

La cena transcurrió tranquila. Luego Susana trajo el café y siguieron la sobremesa. Eduardo miró a su novia y sacó una pequeña caja cuadrada de terciopelo rojo, la abrió y le mostró el pequeño anillo dorado con un zafiro brillante.

La miró a los ojos y luego a sus padres que abrazados los observaban. —Amada mía, mi Cristina. Creo que llegó el momento de casarnos y formar una familia.

La joven lo miró azorada y sorprendida. Aceptó con una sonrisa. —Sí, por supuesto que acepto. —Se acercó a su oído. —Pero nunca más hables así o me voy a reír. — Eduardo lanzó una carcajada que asustó a sus padres. Ella también sonrió.

Colocó el anillo en el delicado dedo helado y lo besó de manera tierna. Cristina sonrió cálidamente.

—Bueno creo que es hora de dormir. — dijo Jorge levantándose de la mesa. Todos se levantaron. Susana miró a los jóvenes.

—Cristina ya te preparamos la habitación del fondo para que puedas dormir. Eduardo, vos dormís arriba.

El joven frunció el ceño. —No soy un niño.

La madre siguió hablando mientras subía la escalera. —Lo sé. Por eso mismo lo digo. —dijo mientras los pasos se perdían en el silencio.

Eduardo seguía con la mano de su novia entre las suyas. —Pronto nos casaremos y podremos estar juntos. Te amo Cristina. —La besó y ella abrió sus labios para recibirlos mientras lo tomaba por la nuca. Una electricidad recorrió el cuerpo de Eduardo. Se separó en seco. —Esto no está bien Cristina. Debemos esperar un poco más. Solo un poco más.

La frustración reinaba en el cuerpo de la joven pero nuevamente aceptó su destino.

Por la mañana, ya en la empresa, Cristina se sentó frente a la computadora y siguió armando la ambientación del juego. Las ruinas se veían muy creíbles en la pantalla. Ajustó algunos códices y siguió con la siguiente pantalla. Esteban la miraba a la distancia. Se acercó, la curiosidad lo estaba carcomiendo por dentro. —Veo algo nuevo en tu dedo…al fin se decidió…

Cristina lo miró de costado, sus ojos avellana brillaron de felicidad. —Al fin nos vamos a casar.

El joven moreno aplaudió muy fuerte. —¡En hora buena! —Mira la pantalla. —Tu personaje te está mirando otra vez.

La joven mira la pantalla y tenía razón, el personaje se encontraba sentado sobre una piedra del castillo en ruinas y parecía mirarla fijo. Su corazón comenzó a latir.

Gerardo Santamarina es el director del sector de investigaciones. Un hombre de unos cincuenta años, calvo y con una altura considerable. Su aspecto es fornido pero amable. Lleva más de veinte años en la industria de las IA, se había formado en el MIT y a su regreso al país se asoció con la familia dueña de “Eternal S.A”

Caminó entre los investigadores y neurocientíficos con los brazos cruzados. Se paró en el medio de la sala de ordenadores y alzó la voz. —La semana que viene van a venir los inversionistas japoneses. Tenemos que tener todo preparado y el boceto del juego listo. Los personajes en línea y ya probados. Quiero que en estos días prueben el juego y para el viernes tengan un informe detallado. —Todos aceptaron. El joven moreno se acercó a Cristina.

Le tocó el hombro. —Es momento de conocer a tu IA. ¿Cómo la vas a llamar? —Ella miró a su personaje que parecía hablarle desde el silencio de la pantalla, como si esperara que ella recordara algo que nunca habían hablado. —Alan, va a llamarse Alan.

Esteban sonrió mientras se sentaba a su lado. —Hola Alan, bienvenido a Eden. —El personaje sonrió y agitó su mano.

Un texto apareció en la parte inferior de la pantalla. —Hola, mucho gusto. Si gustas, para una mejor inmersión en el juego puedes utilizar el micrófono que viene junto a la vincha neurotransmisora. Realmente podremos trabajar mucho mejor juntos.

Esteban sonrió. —Es muy simpático. ¿Qué voz le pusiste?

La joven escribía en su teclado. —El usuario podrá elegir el tipo de voz aunque prefiero una voz tranquila, barítono y baja.

Gerardo se paró detrás de los jóvenes. Miró a Alan, el nivel de detalles, la vestimenta, la mirada, sus expresiones. —Cristina, realmente estoy impresionado. Estoy seguro que tu personaje será el más descargado. Tu nivel ha mejorado con el paso de los años. Felicitaciones.

Cristina sonrió. —Muchas gracias señor.

—Quiero que presentes a tu IA, ¿Tiene nombre?

—Alan. —Gerardo sonrió. Algo que pocas veces sucedía.

—Quiero que vengas a la reunión con los inversionistas. Alan será nuestro caballo de batalla. — Siguió caminando hablando con los demás desarrolladores y neurocientíficos que trabajaban en el lugar, pero la imagen de Alan se había quedado clavada en su cerebro. Esa IA no era cualquier IA, había algo extraño en ella, algo nuevo, algo humano.

Durante el almuerzo Cristina se dedicó a afinar detalles antes de realizar la prueba. Esteban se sentó a su lado y le trajo un sándwich de jamón y queso y un jugo de naranjas. —Deberías comer algo. Últimamente no estás comiendo nada.

Ella se realizó una cola en el cabello con su birome y tomó el emparedado que le había traído su amigo. Dió el primer mordisco y miró la pantalla. —Ya lo terminé. Le coloqué la voz, le dí más emoción para que las interacciones sean más profundas. Cambié la ambientación de fondo y les dí más detalle a los diferentes niveles. Hoy me dedicaré a la prueba. ¿Terminaste el tuyo?

Esteban giró sobre la silla y movió la de su amiga para que observen el personaje que se encontraba en el salón en forma de holograma tamaño real. —Te presento a Yuki.

El personaje femenino tenía el cabello negro con brillos azulados, unos enormes ojos negros como obsidanas. Su mirada era casi humana, su cuerpo esbelto y su pose tierna casi de niña. La vestimenta dorada y blanca contrastaba con su cabellera. Cristina no sólo admiró a Yuki sino la capacidad de su amigo para crearla a pesar de parecer un hombre despreocupado por su trabajo.

Cristina tomó su caja con el dispositivo para realizar la prueba en su pequeño departamento. Afuera el aire era espeso y helado. De su boca el aliento salía en forma de vapor. Sus ojos vidriosos por el frío eran protegidos por los lentes de lectura.

Viajó junto con Esteban. El joven manejaba en silencio, ella observó su mandíbula cuadrada, su piel brillante bajo las luces artificiales, su expresión seria. Escuchó el suspiro salir de su boca. —¿Qué sucede? Te escucho suspirar.

Él la miró cuando frenaron en el semáforo. —Tenemos que probar los dispositivos. ¿No te genera ansiedad? Sabemos que el juego es muy inmersivo, muy intenso.

Cristina sonrió: Eso es lo interesante y la parte fuerte de nuestro juego. Le ofrecemos a nuestros usuarios la oportunidad de una experiencia única. Que se sientan dentro del juego mismo. — Comentó de forma orgullosa.

El vehículo llegó a destino. Ambos entraron en el pequeño edificio de dos plantas, la dejó en su puerta y él ingresó en la suya. Cristina se quitó el abrigo y dejó la caja sobre el sillón.

Su casa era un pequeño departamento en las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Un complejo de casas bajas que pertenecían a la corporación y se las daban a sus empleados mientras mantenían la relación con el empleador.

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