Escritos GoFushi

Sinopsis

Distintas historias, sin correlación, que giran en torno a Megumi y Satoru.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
NoxVulpes
Estado:
hace 2 meses
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Dulce Leche

Megumi se quedó rígido al sentir un calor húmedo que le recorría el pecho. Miró hacia abajo y vio un líquido blanco brotando de sus pezones.

Finos hilos de leche se deslizaban por su torso desnudo, pegándose a su piel. Apenas se había levantado de la cama, planeando lavar sus dientes y preparar el desayuno, pero la visión de su propio cuerpo haciendo algo tan inesperado lo detuvo en seco, sin siquiera darle tiempo de vestirse.

La sorpresa se convirtió rápidamente en pánico y llamó a su esposo, quien dormía cómodamente, exhausto después de haber estado en Megumi toda la noche. Al oír el grito ahogado, el hombre se levantó de golpe, con la preocupación nublándole la mirada al ver al amor de su vida arrodillado en el frío suelo.

—Cariño, ¿estás b...? —sus palabras se cortaron abruptamente.

Su hermoso esposo estaba cubierto por el brillante velo de leche que manaba incesante de sus pezones. La imagen fue tan íntima y cruda que encendió de inmediato una reacción física en él. Fushiguro, con el ceño fruncido de pura molestia y angustia ante su situación, notó el cambio.

—Lo siento... —se disculpó su esposo con una sonrisa suave y dulce, notando el evidente disgusto de su esposo.

Lo cargó con sumo cuidado, alzándolo en sus brazos como a una princesa de cuento, como si fuera la cosa más frágil y preciada de ese mundo. La leche ya había cesado de brotar. Lo llevó hasta la bañera, depositó un tierno beso en su frente, y se metió con él en la tina, permitiendo que el agua tibia del grifo cubriera sus cuerpos tensos.

Megumi cerró la llave cuando el nivel fue suficiente y, con un suspiro, intentó alcanzar el jabón, pero Satoru detuvo su mano. El albino inclinó la cabeza, besó suavemente su cuello y olfateó su glándula odorífica, dejándose embriagar por el dulce y limpio aroma a menta y naturaleza. Descendió en un camino de pequeños besos, lamiendo las partes de su piel que aún no estaban mojadas. Con su mano libre, jugueteó con los botones rosas del pecho del oji-verde, logrando arrancar suaves y temblorosos gemidos. Los acarició, los presionó y los pellizcó, sintiendo entonces un líquido cálido y familiar resbalar entre sus dedos.

La leche fluía de nuevo.

El goce le nubló la mente. Lo besó en los labios, ahogando el primer par de jadeos de Megumi mientras su lengua, experta, exploraba cada rincón de esa boca que tan bien conocía. Se separaron en busca de aire, solo un fino hilo de saliva aún uniendo sus bocas.

Sin perder un instante, Satoru bajó hasta los pezones hinchados para lamerlos y succionarlos. No solo extrajo la leche dulce que goteaba, sino también los sonoros y rendidos gemidos de su amado. Podía sentir en su abdomen la innegable excitación de su pareja, encendida por aquella poderosa y nueva sensación.

El oji-azul sonrió, deslizando una mano para tomar el redondo y pálido trasero del pelinegro, restregando toda su longitud entre los glúteos de su esposo. Continuó con su boca, sin dejar de lamer y morder aquellos botones rosas. La avalancha de placer hizo que el pelinegro se estremeciera de la cabeza a los pies.

—¡Mé-mételo ya...! —jadeó Megumi, intentando desesperadamente controlar su respiración errática.

El albino lo levantó un instante y se alineó con su entrada, penetrando por completo en una sola y profunda estocada. La espalda de su esposo se arqueó con violencia, un arco de éxtasis en respuesta al placer abrumador. Como ya habían pasado la noche haciendo el amor, su miembro se deslizó con una familiaridad ardiente y una facilidad que solo incrementó el deseo.

Megumi se aferró al cuello de Satoru, moviendo sus caderas con un ritmo desenfrenado que provocó que el agua de la bañera se desbordara y cayera a borbotones. Gojo guio sus movimientos, colocando sus manos a cada lado para estabilizar el vaivén. El menor alcanzó el clímax primero, dejando una marca roja en el cuello contrario durante su orgasmo.

El peliblanco ajustó su posición. Acomodó a ambos en una postura más cómoda, aunque igualmente íntima, dentro de la tina.

Volvió a entrar en Fushiguro, desatando una serie de embestidas rápidas y precisas que hicieron que su amado gimiera en voz alta, aferrándose al cabello de su esposo y al borde de la bañera. Por su parte, Gojo sujetó su boca a esos pezones, succionando con avidez tanta leche como le fue posible. El pelinegro, al borde de la sobreestimulación, comenzó a arañar la espalda de Satoru.

El oji-verde miró brevemente hacia abajo, observando cómo su esposo se aferraba a su pecho mientras bebía de él. La escena de amamantar a su esposo le pareció de una intimidad caliente y excitante. Ante esa imagen, Megumi se corrió por segunda vez.

El mayor dio un par de embestidas finales, profundas, para finalmente correrse dentro, llenando al amor de su vida con su ardiente semilla.

Se tomaron un momento para recuperar el aliento, ofreciéndose tiernos y pequeños besos. Juntos, observaron el desastre que habían creado: el agua de la bañera estaba esparcida por todo el cuarto de baño.

Fushiguro frunció el ceño ante la idea de la limpieza titánica que les esperaba y el tiempo que eso les llevaría. Satoru besó el pequeño puchero de su boca, sabiendo perfectamente lo que pasaba por la mente de su pareja. El de mirada jade se fue relajando ante las suaves caricias que su amado le brindaba. Creyó que era el momento perfecto para traer a colación la verdadera situación. Se acercó a su oído y susurró con voz profunda:

—Megumi, ¿cómo llamaremos al bebé?

El menor salió de golpe de su ensoñación. Observó atónito el rostro sonriente de Gojo, esperando alguna señal que le indicara que su esposo estaba bromeando, que era una cruel mofa, pero esa señal nunca llegó.

Satoru apoyó su frente contra la de él.

—¿No creerás que la leche de tus pechos y el ligero cambio en tus feromonas es solo una casualidad, verdad?

Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Fushiguro inconscientemente. Estaba feliz. Habían planeado tener un bebé desde hacía mucho tiempo, y al fin se les había concedido su deseo.

Iban a ser papás.

Gojo abrazó suavemente a su esposo contra su pecho, cubriendo su rostro con besos que llenaron de cálida certeza el corazón del menor.

Está embarazado. La idea se instaló en la mente de Megumi. Se sintió como un completo idiota por haberse alarmado tanto con la repentina aparición de leche en sus pechos. Ya no cabía otra explicación.

—Te amo, Megumi —susurró, besando esos labios que tanto adoraba probar.

—Te amo, Satoru —respondió, sintiendo cómo el calor le subía al rostro al decir su nombre de pila.

El mayor soltó una pequeña risa melódica.

—¿Aún te sonrojas por eso? —no podía creer que su lindo Megumi-chan todavía se ruborizara al pronunciar su nombre, a pesar de llevar seis años de matrimonio. Se habían conocido en su primer año de universidad, cuando fueron asignados al mismo salón. Aunque al principio tuvieron sus diferencias, terminaron siendo novios y se casaron inmediatamente después de finalizar sus estudios.

Besó los labios de su esposo, pero de inmediato rompió el contacto, la incomodidad evidente en su expresión.

Megumi frunció el ceño, entendiendo perfectamente la mirada del albino y lo que acababa de ensombrecer su mente.

El bebé chuparía los pechos rosados de su amado y bebería de ellos a su antojo.

—No puedes sentir celos de tu propio hijo —dijo Megumi, con una mezcla de diversión y exasperación.

—¡Megumiii...! —alargó las letras de su nombre en un falso y teatral lloriqueo. Satoru gesticuló dramáticamente, reflejando su envidia y profundo malestar ante aquella idea.

Megumi sonrió, abrazó a su esposo en un intento por consolarlo y le dio pequeñas caricias en la cabeza.

—Espero que no tenga tu personalidad... —murmuró el azabache para sí mismo, pero lo suficientemente alto como para ser escuchado.

—¿Eh?



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