Googie's Princess <<Kookmin>> por drippy en Inkitt
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googie's princess <<KOOKMIN>>

Sinopsis

Donde Jimin siempre ha sido y será el consentido de su hermano mayor Googie. NEW! OS KOOKMIN BOYPUSSY ADVERTENCIA: CONTENIDO SEXUAL INC3ST0‼️ Recomendada solo a mayores de 18 años. JIMIN NO ES TRANSEXUAL, es un hombre con VAGINA, en algunas partes del os se le tratara con pronombres femeninos. cerii: no recomiendo q se realicen ninguna d las conductas q se mostraran aqui, se recomienda discreción. estas en todo tu derecho de que no te guste el boypussy asi que si esto no es de tu agrado t puedes retirar, SIN REPORTAR PORQUE HACER ESTO LLEVA MUCHÍSIMO TIEMPO, gracias.!! BY CERII

Genero:
Erotica
Autor/a:
drippy
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter

La habitación de Jimin era un santuario rosa.

Un rosa que gritaba, desde las paredes hasta la alfombra de peluche, pasando por la montaña de peluches apilados en un rincón y el dosel de tul sobre la cama con forma de carruaje.

A los 17 años, Jimin seguía siendo la princesa indiscutible de la casa. Sus padres lo mimaban, sus tías lo consentían, pero nadie lo adoraba como Jungkook, su hermano mayor de 24 años.

Él era su héroe, su guardián, su cómplice secreto. El único que podía calmar sus berrinches con un helado y un abrazo, el único a quien le contaba sus secretos más profundos. Y hoy, tenía uno bueno.

—¡Googie! ¡Googie! —La voz aguda de Jimin resonó por la casa antes de que él mismo, un torbellino de suéter rosado y medias de puntos, irrumpiera en la sala donde Jungkook veía un partido.

—¿Qué pasa, bombón? ¿Rompió otro corazón tu sonrisa? —bromeó él, apagando el televisor.

—¡Saqué A+ en el examen de cálculo! —anunció, saltando frente a él, sus ojos brillantes buscando su aprobación. —¡El más alto de la clase!

Una sonrisa genuina de orgullo se dibujó en el rostro de Jungkook. Se levantó y lo levantó a él, haciendolo girar como cuando era pequeño.

—¡Ese es mi hermanito inteligente! —Lo bajó, pero no lo soltó del todo. Sus manos se quedaron en su cintura delgada. —Eso merece una recompensa especial. La más especial.

—¿Un nuevo bolso? ¿Los zapatos de tacón que vi en línea? —preguntó Jimin, emocionado.

—Algo mejor —susurró Jungkook, su voz bajó un tono, se volvió íntima, un territorio nuevo. —Los nenes inteligentes… reciben un trato especial. Un trato que solo yo puedo darte.

Algo en su mirada hizo que el estómago de Jimin diera un vuelco.

No era la mirada protectora del hermano. Era algo más intenso. Más oscuro.

Y entonces, sintió algo raro, un hormigueo cálido y húmedo justo en su florecita, esa parte íntima que apenas empezaba a explorar con timidez. Se puso todo mojado, de repente, empapando sus braguitas de encaje.

—G-googie… —tartamudeó, confundido por la reacción de su propio cuerpo.

—Shhh —Jungkook puso un dedo sobre sus labios. —Confía en mí. ¿Confías en tu Googie?

Jimin, acostumbrado a confiar en él para todo, asintió automáticamente, aunque un pequeño y excitante nudo de nervios se formó en su vientre.

—Ven —dijo él, tomándolo de la mano.

Lo llevó a su habitación rosa.

Cerró la puerta con una suavidad que pareció resonar en todo el cuarto.

El mundo exterior, sus padres que estarían fuera hasta tarde, desapareció.

—Acuéstate en la cama, princesa —indicó Jungkook, su voz era suave pero llevaba una autoridad que no admitía réplica.

Jimin, con el corazón acelerado, obedeció. Se recostó sobre el edredón rosado con estampado de unicornios, sintiéndose extrañamente pequeño y expuesto.

Jungkook se sentó a su lado en la cama, su mirada recorriéndolo con una calma que lo hacía temblar.

—Mi nene inteligente —murmuró, su mano grande se posó en su rodilla. —Tan listo… y tan bonito.

Su mano comenzó a deslizarse lentamente por su muslo, sobre la tela de sus medias.

Jimin contuvo el aliento. Nadie lo había tocado así.

La mano subió, pasó por su cadera, y se detuvo en su vientre plano, bajo el suéter.

—¿Nervioso?

—S-sí —logró decir Jimin.

—No lo estés —dijo él, y su sonrisa era tierna pero sus ojos ardían. —Esto es tu recompensa. Solo relájate y déjame hacerte sentir bien.

Con esa misma lentitud deliberada, levantó su suéter rosado. Debajo, llevaba un top ajustado del mismo color.

Jungkook no se detuvo allí. Lo levantó también, exponiendo su torso desnudo.

Jimin instintivamente cruzó los brazos sobre sus senos pequeños pero perfectamente formados, con pezones rosados y duros.

—Googie, no…

—Shhh, nene. Déjame ver —su voz era una caricia sedosa. —Déjame admirar lo hermoso que te estás volviendo.

Con suavidad pero firmeza, le apartó los brazos. Sus ojos se posaron en sus senos y un sonido bajo, casi de aprobación, salió de su garganta.

—Perfecto —susurró.

Luego, inclinó la cabeza y tomó uno de sus pezones en su boca.

—¡Ahhh! —El chillido de Jimin fue agudo, sorprendido. No era dolor. Era una descarga eléctrica de placer puro que le recorrió desde el pecho hasta ese lugar húmedo y hormigueante entre sus piernas.

Sus manos se aferraron a su cabello, sin saber si empujarlo o retenerlo.

Jungkook lamió, chupó, mordisqueó con suavidad, alternando entre un pezón y otro, hasta que Jimin ya no chillaba, gemía, un sonido continuo y dulce que llenaba la habitación infantil. Su cuerpo se arqueaba en la cama, buscando más.

—Tu florecita debe estar muy mojada, ¿verdad? —preguntó él al oído, su aliento caliente.

Jimin, avergonzado pero demasiado excitado para mentir, asintió con la cabeza contra el edredón.

—Déjame ver —pidió.

Sus manos bajaron. Bajó sus medias. Luego, enganchó sus dedos en las braguitas de encaje rosado y se las bajó también. El aire frío de la habitación rozó su piel descubierta, pero la vergüenza fue barrida por la necesidad cuando vio la mirada de Jungkook.

Él se quedó mirando su coño completamente expuesto, virgen, hinchado y brillante de humedad.

—Dios… es preciosa —respiró, como si estuviera ante una obra de arte. —Toda para mí.

Se arrodilló entre sus piernas. Jimin esperaba más toqueteos, pero lo que hizo lo hizo gritar.

Inclinó la cabeza y hundió su boca directamente en su coño.

—¡GOOGIE! ¡AAAAH! —El grito de Jimin fue desgarrador. La sensación de su lengua ancha y caliente lamiendo su florecita, pasando por sus labios hinchados, encontrando su clítoris sensible fue abrumadora. Era demasiado. Era mejor de lo que había soñado en sus fantasías más secretas.

Jungkook no tuvo piedad. Lo devoró. Su lengua lamió, chupó, penetró en su entrada estrecha, una y otra vez.

Jimin perdió el control. Sus gemidos se volvieron fuertes, guturales de placer puro. Aferraba las sábanas rosadas, sus pies se retorcían, su cuerpo no dejaba de temblar.

—¡Ahí! ¡Ahí, hyung, por favor! —suplicaba, sin saber qué pedía.

—¿Aquí? —gruñó él contra su piel, concentrando la lengua en su clítoris y metiendo dos dedos dentro de su estrechez.

—¡SÍÍÍ! —Jimin gritó, y su cuerpo explotó. Su primer orgasmo, violento y desordenado, lo sacudió como una tormenta. Gritó su nombre una y otra vez, mientras Jungkook seguía lamiendo, suave ahora, ayudándolo a recorrer cada onda de placer.

Cuando terminó de temblar, Jungkook se subió sobre él. Estaba desnudo de la cintura para abajo. Su verga era enorme, gruesa, con venas marcadas.

Jimin la miró con ojos muy abiertos, una mezcla de miedo y fascinación.

—Tu recompensa total, nene —dijo él, su voz áspera por el deseo. —Esto es para los nenes más inteligentes y buenos.

Aplicó un lubricante algo frío y resbaladizo en su verga y en la entrada de Jimin, todavía palpitante. Luego, se colocó justo en el orificio de su vagina.

—Esto va a doler un poco —advirtió, besando sus lágrimas de placer. —Pero luego será lo mejor que hayas sentido. ¿Confías en mí?

—Sí, Googie —susurró Jimin, abriendo las piernas para él, entregándose completamente.

Jungkook empujó.

El dolor fue agudo, desgarrador. Jimin gritó, sus uñas se clavaron en sus brazos.

Jungkook se detuvo, completamente dentro, permitiendo que su cuerpo se adaptara. Lo besó profundamente, tragándose sus gemidos de dolor.

—Tranquilo, Mimi. Ya pasó, mi amor —murmuró. —Ahora… ahora te voy a hacer sentir como la princesa que eres.

Y comenzó a moverse. Lento al principio, luego con más fuerte. El dolor se fundió con una sensación de plenitud, de calor, de algo profundamente correcto.

Jimin comenzó a gemir de nuevo, pero ahora eran gemidos de éxtasis. Cada embestida de Jungkook rozaba un lugar dentro que lo hacía ver estrellas.

—¡Googie! ¡Más fuerte! —gritó, sus piernas rodeándolo, sus piecitos con medias clavándose en sus nalgas.

—¿Te gusta? ¿Te gusta que tu hermanito te folle en tu cama de princesa? —gruñó él, cambiando el ángulo para golpear más profundo.

—¡Sí! ¡Me encanta! ¡Solo tú! —gritó Jimin, perdido en el placer.

La habitación rosa se llenó del sonido de sus cuerpos chocando, de los gemidos estridentes de Jimin, de los gruñidos bajos de Jungkook, del crujido de la cama con dosel.

El aire en la habitación rosa ya no olía a polvo de hadas y algodón de azúcar. Olía a sexo crudo, a sudor adolescente, a la humedad dulce de Jimin y al aroma intenso de Jungkook.

Jungkook no lo sacó de la cama. Con un brazo fuerte bajo su espalda y otro bajo sus rodillas, lo levantó en el aire como si pesara nada. Jimin chilló, aferrándose a su cuello.

—¿Googie?

—Tu trono, princesa —gruñó él con una sonrisa de lobo.

Y lo depositó, no sobre las sábanas, sino sobre la montaña de peluches que ocupaba el rincón de la habitación. Ositos de felpa, unicornios brillantes, conejitos con lazos.

Jimin se hundió en la suave avalancha, el contraste de su piel desnuda y sudorosa contra las telas de peluche era electrizante.

Jungkook se colocó entre sus piernas, que se abrían naturalmente sobre el lomo de un enorme oso panda. Sin más, lo penetró de nuevo. Esta vez, el ángulo era diferente. Más profundo, más directo. Los peluches amortiguaban cada embestida, pero también se movían bajo ellos, creando una sensación de inestabilidad deliciosa.

—¡Aquí… aquí es distinto! —jadeó Jimin, sus manos agarrando las orejas de felpa de un conejo a cada lado de su cabeza.

—¿Te gusta? ¿Que te folle en tus juguetes? —Jungkook le agarraba las caderas, sus dedos se hundían en su carne suave, levantándolo ligeramente para clavar cada embestida con más fuerza.

Con un movimiento particularmente vigoroso, su cadera golpeó el costado de la montaña. Un unicornio de glitter rosa salió volando por los aires, golpeando la lámpara de techo con forma de nube.

Luego, un osito con corazón fue golpeado contra la pared. Con cada embestida, un nuevo peluche era sacrificado al ritmo de sus cuerpos. El suelo pronto se cubrió de peluches de felpa.

Jimin no podía dejar de gemir. La vista era surrealista: su hermano mayor, musculoso y sudoroso, encima de él, follándolo salvaje sobre un colchón de sus tesoros infantiles.

Jimin con las medias aún enredadas en sus tobillos, el suéter rosado empujado hasta debajo de sus axilas, completamente expuesto y usado. Era la inocencia literalmente siendo penetrada. Y eso le encantaba.

—¡Googie, más rápido! —suplicó, arqueando la espalda y hundiendo sus nalgas aún más en los peluches.

Él obedeció, el ritmo se volvió frenético, hasta que Jimin gritó otro orgasmo, más corto pero intenso, que lo hizo estremecerse y patear, enviando una lluvia final de peluches al suelo.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, Jungkook lo levantó de nuevo.

Esta vez, lo llevó de pie frente al gran espejo ovalado de su tocador, enmarcado en madera pintada de rosa blanquecino y pegatinas de estrellas.

La espalda desnuda de Jimin chocó contra el vidrio frío, haciéndolo jadear.

—Mírate —ordenó Jungkook, su voz áspera a su oído. Agarró sus manos y las colocó contra el espejo, a cada lado de su cabeza reflejada. —Mírate cómo me esperas.

Jimin abrió los ojos. En el espejo, vio una imagen que le quitó el aliento: su propio rostro, ruborizado, con los labios hinchados por los besos, el rímel corrido creando desastre alrededor de sus ojos vidriosos. Vio su cuerpo pequeño, sus senos con los pezones duros y rojos, su vientre plano. Y vio a Jungkook detrás de él, un gigante musculoso en contraste con su palidez. Sus brazos, tatuados y fuertes, rodeaban su cintura. Su erección, gruesa y oscura, descansaba en el surco de sus nalgas.

—¿Ves lo hermoso que estás? —susurró él, mordiendo su hombro. —¿Ves lo que le hago a mi princesita?

Empujó hacia dentro desde atrás. Jimin gritó, un sonido que se duplicó en el eco frío del espejo.

La penetración era diferente: más invasiva, más posesiva. Jimin podía verlo todo: cómo su cara se contraía de placer, cómo su boca se abría en un grito mudo, cómo el cuerpo de Jungkook se tensaba y empujaba, una y otra vez, su pene metiéndose y saliendo de su reflejo.

—¡Dios, googie, te veo! —gemía, hipnotizado por la imagen obscena. —¡Te veo dentro de mí!

—Y yo te veo a ti —gruñó él, clavando la mirada en el reflejo de sus ojos. —Te veo cómo me lo pides. Cómo te conviertes en mi putita.

La vulgaridad en su boca sonaba a alabanza. Jimin lloró, lágrimas calientes que resbalaron por sus mejillas y mancharon el espejo. Pero eran lágrimas de éxtasis absoluto.

Su mano se deslizó por el vidrio, empañándolo con su sudor, tratando de tocar el reflejo de la cara de su hermano.

Jungkook aumentó el ritmo, follándolo contra su propio reflejo, hasta que el espejo temblaba con cada impacto.

Finalmente, con un gemido largo, Jimin se corrió de nuevo, su frente cayendo contra el espejo frío, empañándolo con su aliento, mientras Jungkook seguía moviéndose dentro, prolongando su espasmo.

Agotado, con las piernas temblorosas, Jimin se derrumbó hacia adelante cuando él se retiró.

Pero Jungkook no había terminado.

Lo agarró antes de que cayera al suelo y, con suavidad ahora, lo tumbó boca abajo sobre la alfombra de peluche rosa.

—La última, nene —prometió, acariciando la curva de su espalda. —La que más te va a gustar.

Jimin, con la cara enterrada en la suave alfombra, solo pudo gemir en respuesta. Sentía su cuerpo como una masa de sensaciones sobrecalentadas.

Jungkook se arrodilló detrás de él. Le abrió las piernas y se colocó entre ellas. Lo penetró por detrás en una embestida larga y profunda.

—¡AAAAH, GOO-OGIE! —El grito de Jimin fue ahogado por la alfombra. Esta posición era la más profunda, la más animal.

Jungkook lo dominaba completamente. Agarró sus caderas pequeñas con ambas manos, sus dedos se hundían en la carne suave con tanta fuerza que seguramente dejarían moretes. Usaba ese agarre para jalarlo hacia él con cada embestida, controlándolo como a una marioneta de carne y gemidos.

—¡Esta coñito es mío! —declaraba entre gruñidos, cada palabra sincronizada con un empuje. —¡De mi hermanito mimado! ¡Mira cómo te lo como! ¡Mira cómo te lo lleno!

Jimin ya no podía formar palabras. Solo emitía una serie continua de chillidos agudos, gemidos guturales y súplicas.

El peluche de la alfombra absorbía sus sonidos y sus lágrimas. Con cada embestida, su cuerpo era empujado hacia adelante, rozando la suave textura con sus pezones sensibles, lo que añadía otra capa de placer torturador.

La inocencia del entorno hacía que la crudeza del acto fuera mil veces más intensa, más prohibida, más excitante.

Jungkook, sintiendo que Jimin estaba al borde otra vez, bajó un poco su torso sobre su espalda, cubriéndolo con su peso. Su boca encontró su oído.

—Vamos, princesa. Viene la mejor parte. Viene mi leche caliente para ti. ¿La quieres?

—¡Sí! ¡Dámela, por favor! —lloró Jimin, completamente rendido.

—¡Pues tómala! —rugió.

Y con una serie final de embestidas tan profundas que Jimin las sintió en la garganta, Jungkook se vació dentro de su coño. Jimin gritó, un sonido largo y desgarrado, mientras su propio orgasmo lo atravesaba, mezclándose con la sensación de calor líquido llenándolo, marcándolo por dentro. Era la recompensa final, la más íntima, la más posesiva.

Se derrumbaron juntos sobre la alfombra de peluche, un enredo sudoroso.

Jungkook, aún dentro de él, lo rodeó con sus brazos, acunándolo contra su pecho.

El silencio solo era roto por sus respiraciones jadeantes.

La habitación era un campo de batalla: peluches esparcidos, el espejo empañado y manchado, la cama deshecha, la alfombra arrugada bajo ellos.

Jimin, con los ojos cerrados, un dolor en todo su cuerpo y el calor de su hermano aún latiendo dentro de él, sonrió. Su recompensa había sido mejor de lo que cualquier A+ podía prometer.

Había sido una iniciación.

Y supo, en ese instante, que su mundo infantil de rosas y peluches había terminado para siempre.

Ahora, su mundo era él. Solo él.

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