Capítulo 1: La predicción imposible
La lluvia golpeaba los enormes ventanales del edificio de Kronos.
Treinta y ocho plantas de acero y cristal dominaban el centro de Madrid.
En la última planta, el silencio era casi absoluto.
Solo se escuchaban los ventiladores de los servidores trabajando sin descanso.
Miles de luces verdes parpadeaban al mismo ritmo.
Como un corazón artificial.
Álex Navarro llevaba más de doce horas sin levantarse de la silla.
Frente a él, seis monitores mostraban millones de líneas de código.
Bebió el último sorbo de un café completamente frío.
—Necesito vacaciones...
Murmuró.
—Eso llevas diciendo dos años.
La voz de Lucía apareció detrás de él.
Álex sonrió sin apartar la vista de la pantalla.
—Y sigo teniendo razón.
Lucía dejó dos cafés recién hechos sobre la mesa.
Era ingeniera de sistemas y llevaba trabajando con él desde que Kronos apenas tenía veinte empleados.
Ahora eran más de seis mil.
—¿Cómo va la actualización?
Álex suspiró.
—Lleva nueve horas analizando los datos europeos.
Lucía arqueó una ceja.
—¿Y?
—No ha fallado una sola predicción.
Ella sonrió.
—Nunca falla.
Y eso era precisamente lo inquietante.
Kronos había revolucionado el mundo.
Oficialmente era una inteligencia artificial médica.
Analizaba ADN, historial clínico, hábitos, alimentación, contaminación ambiental, enfermedades hereditarias, actividad física, patrones neuronales y miles de millones de datos más.
Después emitía un único informe.
Esperanza de vida.
Causa más probable de fallecimiento.
Fecha estimada.
Con una precisión superior al 99,98 %.
Al principio nadie creyó en el proyecto.
Cinco años después...
Todos dependían de él.
Los hospitales reorganizaban tratamientos gracias a Kronos.
Los gobiernos planificaban recursos sanitarios.
Las aseguradoras modificaban contratos.
Incluso muchas personas consultaban voluntariamente cuándo era más probable morir.
Álex nunca lo había hecho.
Le parecía una estupidez.
—¿Sabes qué es lo peor?
Preguntó Lucía.
—¿Qué?
—Que si la máquina dijera que mañana me atropella un autobús...
Creo que tendría miedo de salir a la calle.
Álex soltó una risa.
—Eso se llama efecto psicológico.
—¿Y si tuviera razón?
—Entonces tampoco serviría esconderte.
Lucía lo observó durante unos segundos.
—Eres demasiado racional.
—Alguien tiene que serlo aquí.
A las nueve de la noche apareció un mensaje en la pantalla principal.
ACTUALIZACIÓN COMPLETADA.
Álex comenzó a revisar los registros.
Todo parecía perfecto.
Millones de predicciones.
Cero errores.
Hasta que una línea llamó su atención.
Frunció el ceño.
—Qué raro...
Lucía levantó la vista.
—¿Qué pasa?
Álex señaló el monitor.
—Hay un expediente corrupto.
—¿Quién?
Amplió la información.
El nombre apareció lentamente.
NAVARRO, ÁLEX.
Lucía soltó una pequeña carcajada.
—Vaya.
Te ha tocado.
—Es imposible.
Álex nunca había solicitado un informe personal.
El sistema solo generaba uno cuando alguien lo autorizaba mediante reconocimiento biométrico.
Él jamás lo había hecho.
—Debe de ser una prueba interna.
Dijo Lucía.
Álex negó con la cabeza.
—No hay registros de pruebas.
Movió el ratón.
El archivo tardó varios segundos en abrirse.
Después...
La pantalla quedó completamente negra.
Solo una frase apareció en letras blancas.
EXPEDIENTE CERRADO.
—¿Qué demonios...?
Volvió a intentarlo.
La misma pantalla.
Intentó acceder desde otro servidor.
Nada.
Lucía se acercó.
—Eso no debería pasar.
Álex abrió la consola del sistema.
Buscó el motivo del bloqueo.
Y entonces dejó de respirar durante un segundo.
—No puede ser...
—¿Qué ocurre?
Álex giró lentamente el monitor hacia ella.
En el registro interno podía leerse:
Estado del paciente: FALLECIDO.
Lucía frunció el ceño.
—Eso tiene que ser un error.
Álex siguió leyendo.
Su pulso empezó a acelerarse.
Fecha de fallecimiento: 17 de marzo de 2038.
Miró el reloj.
18 de marzo.
Las diez y doce de la noche.
Había muerto...
El día anterior.
Lucía soltó una risa nerviosa.
—Vale.
Esto sí que es un bug.
Álex no respondió.
Nunca había visto un error así.
Nunca.
Porque Kronos podía equivocarse en una cifra.
En una letra.
En un cálculo.
Pero jamás...
En el estado vital de una persona conectada al sistema.
Él estaba allí.
Respirando.
Hablando.
Sin embargo...
La IA aseguraba que llevaba más de veinticuatro horas muerto.
—Voy a consultar el historial.
Dijo Álex.
Introdujo sus credenciales de administrador.
Acceso concedido.
Buscó todos los cambios realizados sobre su expediente.
No apareció ninguno.
Nadie lo había modificado.
Nunca.
Lucía empezó a perder la sonrisa.
—Esto ya no me hace gracia.
Álex tampoco sonreía.
Había algo todavía más extraño.
El expediente no había sido creado esa noche.
Llevaba almacenado...
Tres días.
Sintió un escalofrío.
—Lucía.
—¿Sí?
—Según esto...
La IA sabía hace tres días...
Que yo ya estaba muerto.
El silencio inundó la sala.
Los ventiladores seguían girando.
Las luces verdes continuaban parpadeando.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Entonces...
Todas las pantallas del laboratorio se apagaron al mismo tiempo.
La electricidad duró apenas un segundo.
Cuando volvió...
Los seis monitores mostraban exactamente la misma imagen.
Un reloj digital.
En rojo.
71:59:58
El contador comenzó a descender.
71:59:57
71:59:56
Lucía tragó saliva.
—Álex...
Él apenas podía apartar la vista de la pantalla.
Debajo del reloj apareció un único mensaje.
“TE QUEDAN 72 HORAS.”
Y, justo antes de que todo volviera a la normalidad...
Las pantallas mostraron una última línea.
“NO DEBERÍAS SEGUIR VIVO.”








