1 Tragedia
La caravana avanzaba a paso lento por el desierto. Una comunidad de artistas ambulantes y gitanos, camino al próximo poblado. El sol caía pesado sobre las carretas, y el polvo se levantaba con cada rueda, cada casco, cada paso, formando una nube fina que se quedaba flotando detrás de ellos como una segunda sombra. Así había sido siempre la vida para todos ellos: viajar, trabajar, ganar lo suficiente, y retirarse a descansar antes de volver a empezar. Un ciclo tan viejo como ellos mismos, tan conocido que ya ni se cuestionaba.
Los niños de la caravana iban juntos en su propia sección, en su propio mundo, ajenos casi por completo al peso de los adultos. Entre ellos, un pequeño miraba hacia afuera con curiosidad, los ojos fijos en el horizonte reseco, esperando alguna sorpresa — un cuerpo tirado en el suelo, quizás, o un animal muerto, algo que rompiera la monotonía del paisaje. A su lado, una niña jugaba con la aguja de su madre, la misma que la mujer usaba para cazar. La pequeña practicaba contra un trozo de madera, una y otra vez, afinando la puntería con una concentración que no correspondía a su edad, el ceño fruncido, la mano firme.
Los caminos del desierto nunca ofrecían certezas. Cada viaje era una apuesta silenciosa, un acuerdo tácito con lo desconocido. Y en esos tiempos, la incertidumbre era más peligrosa que nunca — bandidos, sequías, enfermedades, cualquier cosa podía aparecer en el camino y llevarse todo lo construido.
Los bandidos aparecieron buscando ganancias y comida fácil. No hubo aviso, no hubo tiempo de prepararse. El choque fue rápido y brutal — gritos que cortaban el aire seco, cuerpos cayendo entre las ruedas, la carreta volcada levantando una nube espesa de tierra, el metal chocando contra metal, y el polvo mezclándose poco a poco con la sangre hasta que ya no se distinguía uno del otro. Todo pasó en minutos que se sintieron eternos. Cuando finalmente todo terminó, no quedaba nada que rescatar. Solo silencio, un silencio pesado y extraño después de tanto ruido, y lo que el silencio siempre deja atrás: los cuerpos inmóviles, las carretas destruidas, y el desierto tan indiferente como siempre.
Cinco niños con vida, asustados y confundidos, apretados unos contra otros sin entender del todo lo que acababa de pasar. Un solo anciano en pie, cubierto de polvo y de algo peor. Eso fue todo lo que quedó de aquella caravana.
Pero fue suficiente para proteger a los pequeños. El anciano payaso tuvo el coraje y la fuerza para llevarlos hasta el poblado más cercano, ganar algo de dinero junto a ellos —haciendo lo que sabían hacer, lo único que les quedaba— establecerse a medias, conseguir una carreta nueva, e ir de nuevo hacia adelante, porque quedarse parados no era una opción que pudieran permitirse.
Domanti era el apellido de los tres hermanitos: Leian, Dorian y Anel. Seguían afectados y tristes por lo ocurrido, cada uno a su manera, intentando seguir adelante como podían sus pensamientos infantiles, todavía demasiado pequeños para entender del todo el tamaño de lo que habían perdido.
A diferencia de los otros dos, el pequeño Clownaccio se había dedicado a anotar los detalles de la muerte de su gente con gran curiosidad — casi garabatos, trazos torpes de manos pequeñas, pero tratando de recordarlo todo, cada detalle, cada color, cada forma, porque le había parecido impresionante. Casi como una función, algo digno de guardarse en la memoria antes de que se perdiera para siempre.
Mientras tanto, la pequeña Versania seguía con su aguja, cazando animales cada vez que la carreta se detenía a descansar. Le enseñaba a Clownaccio, mostrándole cómo sostenerla, cómo apuntar, cómo esperar el momento justo, suponiendo que su gusto por lo oscuro le llamaría la atención tanto como a ella.
El pequeño se reía de ella, insistiendo en que debía matar mejor a los animalitos, que le faltaba precisión, que podía hacerlo mejor. Ella, molesta, se lanzaba a pellizcarlo — cosa que lograba, siempre, sin falla — y él la mordía en respuesta, casi como parte de un juego que ninguno de los dos se molestaba en explicar. Pero en lugar de llorar, en lugar de enojarse de verdad, terminaban riéndose juntos, como si el pellizco y la mordida fueran apenas otro idioma entre ellos.
Actitudes extrañas que el viejo prefería dejar pasar, mientras no se hirieran de gravedad. Ya tenía suficiente con mantenerlos con vida como para además entender por qué se llevaban así. Incluso los hermanitos Domanti los miraban con resquemor y extrañeza, sin comprender del todo esa dinámica entre pellizcos, mordidas y risas.
Los padres de la pequeña y los del pequeño siempre habían sido algo excéntricos, entregados a su arte con celo, sin permitir que nadie que no fuesen sus propios hijos aprendiera de ellos, guardando sus técnicas como se guarda un secreto de familia. Por eso pocos sabían cuánto les habían instruido a los pequeños. Pero viendo cómo se relacionaban el uno con el otro, esa complicidad extraña, esa comodidad con la sangre y la aguja, era fácil deducir que no era nada normal.
Para el viejo, eran solo rarezas. Su única preocupación era que estuvieran bien, ahora que todo el peso había caído sobre sus cansados hombros, un peso que sentía en cada hueso, en cada paso que daba guiando la nueva carreta por el mismo desierto que se lo había quitado todo.
—Versi, mira, traté de dibujar ese lagarto que mataste. Y debo decir que te faltó puntería, debiste darle al ojo… al ojo… oye, oye, Versi.
La niña estaba concentrada practicando con su aguja y se enfadó ante los insistentes intentos de atención del niño, sin siquiera levantar la vista del trozo de madera.
—Clow, quiero apuntar bien, en serio. Ya, para.
—Anda, Versi, mira, míralo, por favor, oye…
El niño le pellizcó la muñeca y la paciencia de ella se agotó. Se lanzó sobre él a pellizcos, rápida, sin darle tiempo a esquivarla.
—No aprendes nunca. Déjame tranquila de una vez. Quiero pescar más animales para ti y…
La niña se sonrojó, dándose cuenta de golpe de que había hablado de más, de que las palabras se le habían escapado antes de poder pensarlas. El niño se echó a reír, señalándola.
—Pareces un tomate, roja, roja estás. Oye, podría dibujarte la carita.
Hizo un garabato tratando de emular la cara de ella, con manchas rojas repartidas sin sentido por todos lados, unas líneas torcidas que apenas parecían una cara.
—Oye, ¿qué es eso? No me veo así, ¿qué te pasa?
Se observaron riendo el uno del otro, ese tipo de risa fácil que solo existe entre dos personas que ya se entienden sin necesidad de explicarse, hasta que, por accidente, la pequeña le clavó la aguja al niño en la mano. Le ardió, fuerte, un dolor agudo y repentino. El pequeño intentó aguantarse todo lo que pudo, apretando los dientes, pero una lágrima se le escapó de uno de los ojitos de todas formas.
Versania puso la yema de su dedo sobre la herida, presionando con suavidad, con un cuidado que contrastaba con la firmeza de su voz cuando le dijo:
—Como grites o llores fuerte, no te hablo nunca más.
Clownaccio se calló como pudo, tragándose el dolor, e incluso llegó a sonreír, como si el dolor fuera un precio pequeño a cambio de que ella siguiera ahí, cerca, con el dedo sobre su mano.
Estas interacciones eran observadas todo el tiempo por los hermanos y el anciano, que las consideraban en extremo raras — aunque distintas a las rarezas propias de los gitanos de su familia, o más bien, de su vieja familia, esa que ya no existía más que en los recuerdos de cinco niños y un anciano.
Ya era de noche, y todos dormían en un campamento improvisado bajo un cielo cargado de estrellas que no ofrecían ningún calor. Los tres hermanos, juntitos, buscando en el contacto de sus propios cuerpos algo parecido a la seguridad. El viejo, por su lado, con el sueño liviano de quien ya no puede permitirse descansar del todo. Y Clownaccio y Versania, acurrucados el uno junto al otro — ella sosteniendo la mano herida del niño, con cuidado, como si temiera lastimarlo de nuevo, y él sintiéndose feliz, simplemente, por su compañía, por el peso tibio de su mano sobre la suya.
Siete añitos cada uno. Y a pesar de todo, seguían vivos.