CAPÍTULO 1: El trébol de la discordia
A veces no entiendo cómo hemos llegado a esto. Dicen que «un gran poder conlleva una gran responsabilidad»… o eso diría Spider-Man en las películas. Pero aquí, en mi realidad, donde no hay superhéroes ni torres de cristal, mi lema es más crudo: el que no arriesga, no gana.
Me llamo Menta Gay. Tengo 16 años y, hasta hace un par de días, mi mayor preocupación era si tendría suficiente tiempo para terminar los deberes de Química. Estudiaba en el instituto Domenico Scarlatti, en un pueblo donde la gente vive bajo la ilusión de que el destino está escrito.
Ahora que lo pienso, con la cabeza latiendo como si tuviera un tambor dentro y un pitido sordo taladrando mis oídos, me
doy cuenta de que no recuerdo bien cómo llegué a casa. Lo que sí recuerdo es el olor a sudor rancio, a desodorante barato y a desesperación que impregnaba el pasillo del instituto. Estaba en mi taquilla, forcejeando con la cerradura, intentando hacerme invisible. Fue al cerrar la puerta de metal con un golpe seco cuando lo vi.
Era Jeff. El tipo de persona que cree que el mundo es suyo solo porque tiene una mandíbula cuadrada y una sonrisa vacía. Cuando intenté escabullirme, me cortó el paso. Sentí esa punzada habitual en el estómago: la ansiedad de ser el blanco.
—Ehh… pero si aquí está mi colega, el Menta Gay —dijo, disfrutando de mi incomodidad—. ¿Qué, me pasas los deberes de hoy?
Que mi apellido fuera una herencia familiar no impedía que un abusón como Jeff lo usará para meterse conmigo. Era demasiado básico como para no intentar hacer un chiste fácil cEol npaesioll.o parecía encogerse. Sentí el peso de las miradas de los demás sobre mí. Me aferré a los libros como si fueran un escudo contra su arrogancia. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado: una voz cortó el aire como un cuchillo afilado.
—Oye, ya vale. Deja de meterte con él.
Era Gabriela. La chica más bella de todo el instituto, la que ni siquiera sabía que yo existía. Al girarse hacia mí, el ruido del pasillo se evaporó. Sus ojos, profundos y curiosos, me desarmaron por completo. Solo pude asentir como un idiota, sintiendo cómo el calor subía por mis mejillas.
—Oye, estás invitado a la quedada de hoy, ¿a que sí, Jeff? Jeff me miró con un desprecio que dolía, pero la presión de
Gabriela fue demasiado. Aceptó a regañadientes. Esa invitación me dejó una sensación extraña, un nudo en la boca del estómago que me gritaba «no vayas». Pero claro, ¿cómo iba a decirle que no a Gabriela?
La montaña estaba fría cuando llegué. El viento soplaba entre los árboles como un susurro cargado de amenazas. Jeff apareció de la nada, dándome un susto que casi me hace soltar el corazón por la boca. Subimos hasta la cima. Allí, en un rincón apartado, unos amigos estaban arrodillados ante algo pequeño: un trébol.
Parecía brillar, como si estuviera capturando la poca luz de la luna.
—Fíjate bien —dijo uno de ellos—. Dicen que dan suerte. Pero Jeff no quería suerte, quería control.
—Apartad. Aquí vamos a grabar un vídeo de TikTok con Gabriela —ordenó, barriéndonos con la mirada.
La injusticia burbujeó en mi pecho, superando por fin mi
miedo a sus músculos.
—¡Sí! —grité, dándome cuenta de que mi propia voz sonaba más firme de lo esperado—. Estábamos nosotros primero. Es injusto.
El empujón fue brutal. Sentí la gravedad tirando de mí, el suelo cediendo bajo mis pies. Vi a Jeff levantar el zapato y aplastar ese trébol con una crueldad que no era normal.
Al instante, algo extraño ocurrió entre los restos aplastados de la planta. Un débil parpadeo verde esmeralda comenzó a latir desde la tierra húmeda, como un pulso eléctrico que se negaba a apagarse. Gabriela dio un paso al frente, con los ojos muy abiertos, e intentó señalarlo:
—Menta… mira eso… ¿está brillando?
El ambiente cambió de golpe. La brisa de la montaña se detuvo en seco, dando paso a una atmósfera pesada, densa y cargada de una electricidad estática tan intensa que el sabor a metal inundó mi paladar. Los pelos de mis brazos se erizaron por completo y el cielo comenzó a oscurecerse a una velocidad antinatural, cerrándose sobre nuestras cabezas como un puño de hierro.
Llovió durante veinte segundos exactos, un diluvio breve y helado que parecía bendecir o maldecir la cumbre. Luego, el silencio. Un silencio sepulcral, más aterrador que cualquier trueno, que nos dejó a todos petrificados.
Cuando vi el rayo bajar del cielo, apuntando directo hacia
donde estábamos, no lo pensé. Mi cuerpo se movió antes que mi razón. Empujé a Jeff para sacarlo del radio del impacto, pero mis pies, atrapados por una fuerza inercial e inexplicable, aterrizaron justo sobre las ruinas del trébol.
El mundo dejó de existir. Fue como si un sol explotara dentro de mi sistema nervioso. Un zarpazo de energía pura, brutal e indescriptible me atravesó de parte a parte. Y entonces, el vacío. La oscuridad absoluta se tragó mi consciencia.








