PRIMER ACTO: FRAGMENTO
El bosque parecía no tener fin. Sus árboles, altos y retorcidos, se alzaban como gigantes marchitos que ocultaban el cielo bajo un techo de ramas ennegrecidas. Ni una sola estrella lograba atravesar aquella oscuridad y el aire, espeso como un sudario, impregnaba cada respiración con el olor húmedo de la tierra podrida.
Ella caminaba sin saber hacia dónde. Sus recuerdos eran apenas fragmentos rotos, destellos imposibles de sostener. Solo recordaba el frío del suelo al despertar, el barro adherido a su vestido y la extraña sensación de que algo había muerto... aunque no sabía si ese algo era una persona o una parte de sí misma.
Con cada paso, el barro devoraba el borde de su vestido blanco, transformándolo lentamente en una mortaja grisácea. El silencio era absoluto, hasta que un único acorde rasgó la quietud.
Un violín.
Su sonido atravesó el bosque como el lamento de un alma condenada. Cada nota vibraba con una tristeza enfermiza, prolongándose entre los árboles hasta envolverla por completo. Era una melodía hermosa, pero profundamente antinatural, como si hubiese sido compuesta con los últimos suspiros de los muertos.
Una opresión insoportable le comprimió el pecho. Su corazón golpeaba con violencia mientras un escalofrío recorría su espalda. No estaba sola. Podía sentir una respiración detrás de ella, lenta, paciente, demasiado cercana.
Se giró de inmediato.
Nada.
Solo la oscuridad inmóvil del bosque.
Las hojas secas crujían bajo sus pies, aunque pronto dejó de distinguir cuáles pertenecían a sus propios pasos y cuáles a aquello que la seguía. Cuanto más rápido caminaba, más deprisa avanzaba también ese otro sonido.
No podía verlo.
Pero sabía que estaba allí.
Entonces una carcajada masculina desgarró el silencio. Grave, hueca, completamente desprovista de humanidad. Parecía provenir de todas partes al mismo tiempo.
Su respiración se volvió errática mientras el violín continuaba interpretando aquella sonata interminable. Cada nota era más intensa que la anterior, cada acorde más insoportable. Sentía la música penetrando en su mente como un enjambre de agujas que atravesaban sus oídos hasta hundirse en lo más profundo de su conciencia.
-Haz que se detenga... -susurró entre lágrimas.
El bosque jamás respondió.
Cuando intentó dar otro paso, la tierra cedió bajo sus pies. Un agua negra, espesa y antinatural brotó desde las profundidades como si hubiese permanecido oculta durante siglos aguardando aquel instante. El líquido ascendió lentamente por sus piernas, abrazándola con una ternura enfermiza. Estaba tan helado que el dolor dejó de existir.
Los ecos de sus gritos se perdieron entre los árboles mientras decenas de manos emergían de las aguas para aferrarse a sus tobillos y arrastrarla hacia el fondo. No había prisa. Aquellas criaturas parecían disfrutar cada instante de su desesperación.
Mientras descendía, distinguió una silueta inmóvil sobre la orilla.
Era alta y delgada. Su cuerpo se balanceaba con movimientos antinaturales, como una marioneta suspendida por hilos invisibles. Solo entonces comprendió el origen de la melodía.
La figura sostenía un violín.
El arco jamás dejó de moverse.
Ni siquiera cuando ella comenzó a ahogarse.
El agua invadió sus pulmones con una lentitud insoportable. Cada intento por respirar solo conseguía introducir más oscuridad en su interior. Sus fuerzas comenzaron a abandonarla.
«Voy a morir.»
Sin embargo, la sonata cambió.
Las notas dejaron de sonar amenazantes.
Ahora eran dulces.
Melancólicas.
Dolorosamente familiares.
Era la misma melodía que él interpretaba durante las noches en que se encontraban a escondidas. La música con la que juraba que su amor sobreviviría incluso a la muerte.
Reuniendo el último aliento que le quedaba, emergió apenas lo suficiente para contemplar la orilla.
Y allí estaba él.
Sostenía el violín con la misma delicadeza con la que antes acariciaba sus manos. Su traje negro permanecía impecable, pero su rostro era un lienzo cubierto de sangre fresca. Gotas escarlatas descendían lentamente por su piel hasta desaparecer bajo el cuello de su camisa.
No sonreía.
No lloraba.
Solo tocaba.
Como si ignorara que ella se estaba ahogando frente a sus ojos.
Su mirada descendió lentamente hasta el suelo.
Entonces lo vio.
A los pies del violinista descansaba el cuerpo de una joven. Vestía un traje blanco cubierto de barro y tenía la garganta abierta por un corte limpio, casi elegante, como si el asesino hubiese convertido la muerte en una obra de arte. Donde antes hubo ojos solo quedaban dos cuencas vacías, negras e infinitas. La sangre seguía fluyendo con una calma inquietante, formando pequeños riachuelos que teñían de rojo las aguas del lago.
No podía apartar la vista de aquel cadáver.
Había algo insoportablemente familiar en él.
El vestido.
Las manos.
La delicada cadena plateada que descansaba sobre su cuello.
Su respiración se quebró.
Negó una vez.
Luego otra.
No...
Con dedos temblorosos llevó una mano hasta su propio cuello.
No encontró la cadena.
Bajó lentamente la mirada hacia su vestido empapado.
Era el mismo.
Sintió que el mundo entero comenzaba a resquebrajarse.
Entonces el violinista levantó la vista, sus ojos, antes llenos de amor, eran ahora dos abismos vacíos. Sin dejar de tocar, inclinó apenas la cabeza y una sonrisa tan serena como cruel se dibujó en sus labios.
-Por fin lo recuerdas...
El aire abandonó sus pulmones.
Los recuerdos irrumpieron en su mente con la violencia de una tormenta.
Sus encuentros secretos.
Las promesas de amor eterno.
Un beso bajo el telón.
La envidia.
El brillo de una navaja entre sus manos.
El ardor insoportable en su garganta.
La sangre deslizándose por su pecho.
Su cuerpo desplomándose sobre la hierba mientras él continuaba interpretando aquella misma sonata, sin detenerse ni una sola vez.
La última melodía que escuchó antes de morir.
El lago dejó de ser un lago, ahora era su tumba.
Y el bosque...
Su prisión.
Con una serenidad escalofriante, el violinista dejó escapar la última nota.
El silencio devoró el mundo.
Ella comprendió la verdad demasiado tarde.
Nunca había escapado.
Nunca había estado perdida.
Llevaba muerta desde el instante en que el hombre al que más amó deslizó la hoja sobre su cuello mientras le dedicaba una última canción.
Y desde entonces, estaba condenada a despertar una y otra vez en aquel bosque maldito, a seguir el sonido del violín y a revivir eternamente la noche de su asesinato.
A lo lejos...
La primera nota volvió a resonar entre los árboles.