PRÓLOGO
Un espacio de encuentro de vidas
Cada día me convenzo más de que en la medida que avanzamos en edad, vamos entendiendo dos cosas, la primera que desconocemos con más finura el sentir de la vida y la segunda, que no sabemos si algún día lo logremos entender.
Realmente, no sé cuántas cosas haya que sean inmedibles en la vida, lo que sé es que una de ellas es el dolor en cualquiera de sus expresiones, ese no hay forma de medirlo aunque hayamos inventado la escala del 1 al 10.
Quien hoy día siga creyendo, que la medicina es solo una ciencia exacta, simplemente está mirando el mundo por el ojo de una cerradura y en este libro tratare de mostrar porque esta perspectiva. Lo que aquí voy a compartir, no nace del ego académico ni de las ganas de figurar en un congreso de infectología, nace en una noche distante, los pensamientos generaron un frio aquí en el pecho que entendí, era ladeuda de silencio con aquellos que, en el rincón más aislado de Venezuela, me entregaron sus verdades desnudas cuando el resto del mundo les cerraba la puerta en la cara.
A finales del siglo XX y principios del XXI, el VIH no era una condición de salud crónica manejable con una simple pastilla. Era, lo ocurro, el bicho malo, algo como un veredicto de muerte que corría por las calles de Puerto Ayacucho, arrastrando un terror que congelaba la sangre.
En ese entonces, la tecnología de la que hoy dependemos para comunicarnos o diagnosticar en segundos era pura ciencia ficción. No había internet en cada esquina, ni teléfonos inteligentes que calmaran la ignorancia, ni preguntarle a ese que esta en pantalla, lo que, si había a montón eran rumores, señalamientos con el dedo índice junto a una profunda y lacerante soledad.
Como médica de la época, me tocó habitar el límite, ese concepto del filósofo Eugenio Trías que nos habla del borde donde termina lo conocido y empieza lo sagrado, lo caótico, lo que nos supera, ese límite que plantea algo que parece morboso hallar la belleza en donde aparenta no haber nada más.
Mi consultorio en el único hospital del estado Amazonas se convirtió en esa frontera. Allí entraban los pacientes con el alma sujeta de un hilo, buscando un papel que les decía si seguían perteneciendo al mundo de buenos o pasaban al bando de los malos.
Las historias que aquí se cuentan son reales, aunque sus nombres, rostros y algunos modos hayan sido cambiados para proteger la ética y las historias de vida que allí fuern contadas en el santuario de la confidencialidad.
Son algo así como las crónicas de la ceguera del primer amor, de las rebeldías que se pagan caro, de esa absurda insistencia de complacer al otro hasta desdibujarse y de la incuestionablefragilidad de nuestros cuerpos.
Al final, comprobarán que quienes vivieron y viven, con el virus no son distintos a ustedes ni a mí quizás, solo les tocó caminar por un sendero donde las piedras son más filosas, pero la sangre luce igual de roja.