Delirios del Valhalla

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Capitulo 1

El letargo de las tres y media de la tarde envolvía como una manta pesada y asfixiante el aula 4-B de la prestigiosa Academia Valhalla. El sol de finales de primavera se filtraba a través de los amplios ventanales de cristal ahumado, dibujando rectángulos dorados sobre el suelo de madera pulida y proyectando un calor soporífero que invitaba al sueño. En el aire flotaba una mezcla peculiar de olores: el polvo de la tiza, el papel viejo de los libros de historia y geografía, el perfume caro del profesor y el empalagoso aroma a jarabe de cereza que emanaba de la fila del fondo.

El sonido de la tiza sobre el pizarrón era rítmico, hipnótico, casi musical. En el estrado, el profesor Hades, impecablemente ataviado con un traje de tres piezas color burdeos y el cabello platinado cayendo con calculada elegancia sobre su ojo derecho, escribía en la pizarra verde oliva. Su caligrafía era una obra de arte, detallando con pulso firme las complejas alianzas políticas de la Titanomaquia. Su autoridad era tan natural que no necesitaba alzar la voz; su sola presencia exigía absoluto respeto.

El reloj circular colgado por encima de la puerta parecía burlarse del tiempo, arrastrando los segundos con una lentitud agonizante. Para la mayoría de los estudiantes, como la pequeña Göll en la primera fila que tomaba apuntes frenéticamente, la clase era una cátedra magistral. Pero en las filas centrales, un triángulo de deidades adolescentes se encontraba a años luz de la antigua Grecia.

Tres mentes colosales. Tres obsesiones devoradoras. Tres universos paralelos colisionando en silencio dentro de la misma habitación.

Buda estaba desparramado en su asiento. Era la única manera de describir su postura. Sus largas piernas, enfundadas en el pantalón del uniforme que extrañamente le quedaba holgado y estilizado a la vez, se estiraban por debajo del pupitre hasta casi patear la silla de enfrente. Llevaba la camisa desabrochada en los primeros tres botones, revelando la piel bronceada y el inicio de sus tatuajes. Y sus ojos estaban oculto tras sus inseparables gafas de sol redondas de montura dorada.

Tenía un chupachups gigante de cereza en la boca, moviéndolo de un lado a otro de su mejilla con una lentitud exasperante.

Mordió ligeramente la capa exterior de caramelo. Su atención no estaba en el profesor Hades, ni en la pizarra, ni en su cuaderno en blanco. Toda su existencia se había reducido a un solo punto focal: la nuca de la presidenta del consejo estudiantil, Brunhilde, sentada 2 pupitres más adelante y ligeramente a la derecha.

Buda escaneó la postura perfecta de la valquiria. Su espalda recta como una tabla, el uniforme pulcramente planchado, ese cabello oscuro, casi azulado, recogido a medias, dejando a la vista un fragmento de piel pálida y vulnerable en su cuello. Y que decir de esos enormes y bellos senos que poseia, Buda deseaba estar chupando sus pezones en ves de la paleta.

«Mírala... tan tensa, tan perfecta, tan insufrible», ronroneó la voz interna de Buda. Mientras está tenía una sonrisa felina cargada de una lascivia que rozaba lo sagrado, «Me pregunto qué sonido haría si en la postura perfecta se quiebra.»

Y así, el aula de historia se disolvió como humo frente a sus ojos.

En el teatro de su mente, la luz del sol se apagaba y era reemplazada por la penumbra cálida de su propio dormitorio. Las cortinas estaban corridas, y el aire pesaba, cargado de tensión estática. Ya no había uniformes. En su fantasía, él tenía a Brunhilde exactamente donde la quería: acorralada contra los cojines de su cama, despojada de su arrogancia y su compostura de hierro.

Imaginó el roce febril de las sábanas de seda enredándose en las largas piernas de la bella chica. Se visualizó a sí mismo sobre ella, en la clásica, íntima y devastadora posición del misionero. El peso de su cuerpo bronceado y tatuado inmovilizando la figura esbelta pero fuerte de Brunhilde. Él sostenía las muñecas de ella contra el colchón, a ambos lados de su cabeza, entrelazando sus dedos.

—Maldito seas, Buda... ah... ah...—jadeaba la Brunhilde de su mente, girando el rostro, intentando inútilmente ocultar el rubor violento que devoraba sus mejillas.

—No apartes la mirada, Bruny —le susurraba él en su ensoñación, con una voz ronca y profunda, tan cerca de su oído que sentía el temblor de su piel—. Mírame mientras te deshago.

¡PUM-PUM... PUM-PUM!

El corazón de Buda aceleró en el mundo real, bombeando sangre caliente por sus venas. En su delirio, la cadera de la chica se arqueaba hacia arriba junto con sus grandes y suaves senos, que estaban buscando la fricción de Buda, traicionando su orgullo, Buda imaginó la sensación de hundirse en ella, lento, tortuoso, implacable.

¡ÑIC... ÑAC... ÑIC... ÑAC!

El sonido rítmico de los resortes de la cama marcaba el compás de su lujuria. Veía el sudor perlando la frente de Brunhilde, sus ojos esmeraldas, siempre tan llenos de ira y cálculo, ahora estaban desenfocados, dilatados, brillantes por las lágrimas del placer puro. Imaginó bajar el rostro para devorar sus labios, silenciando sus gemidos, saboreando el contraste entre su actitud estoica y el fuego volcánico que escondía en su interior.

Sentir sus uñas clavándose en su espalda desnuda, rasguñando, exigiendo más. Quería corromper esa disciplina de hierro frio. Quería verla suplicar su nombre en medio de espasmos incontrolables.

¡CRAAACK!

Buda apretó las mandíbulas en la realidad con tanta fuerza que pulverizó por completo el caramelo macizo en su boca. Los pedazos de cereza inundaron su lengua con un dulzor abrumador. Tragó con dificultad, sintiendo un calor húmedo acumulándose en la base de su estómago y una erección notoria bajo la tela de su pantalón.

Inclinó la cabeza hacia atrás, exhalando un suspiro tembloroso que removió su propio flequillo.

—Santa mierda... —murmuró para sí mismo, imperceptible, ajustándose las gafas para ocultar el brillo salvaje de sus ojos—. Me vas a matar de un puto infarto, Bru.

Al otro extremo de la misma fila, un universo diametralmente opuesto se estaba gestando. Loki, el payaso del salon, estaba apoyado sobre la mesa con ambas manos sosteniendo sus mejillas, como un niño absorto frente al escaparate de una juguetería inalcanzable. Sus uñas pintadas de negro tamborileaban distraídamente contra sus pómulos.

Sus grandes ojos verdes, usualmente encendidos con una chispa de locura caótica, estaban ahora inundados de una melancolía profunda, casi trágica. Y al igual que Buda, su mirada orbitaba alrededor de un solo sol: el perfil afilado de Brunhilde.

Para Loki, no había lujuria sudorosa ni camas desordenadas. Para él, el amor era un cuento de hadas gótico, una obra de teatro donde él era el monstruo incomprendido que finalmente encontraba redención en los brazos de su princesa guerrera.

En su mente, el pizarrón y la voz de Hades se esfumaron, arrastrados por el viento de una tormenta imaginaria.

Loki se visualizó a sí mismo en el antiguo patio de piedra de la academia. Estaba lloviendo a cántaros. El cielo era de un gris plomizo, hermoso y dramático. Él estaba de pie, empapado, con su cabello verde pegado al rostro. Y frente a él, sosteniendo un paraguas oscuro, estaba Brunhilde.

Pero no era la Brunhilde real, la que ahora lo miraba como si fuera una cucaracha a punto de ser pisoteada. No. En el teatro de cristal de la mente de Loki, la chica dejaba caer el paraguas. El objeto rodaba olvidado por los adoquines húmedos. Ella corría hacia él, con su rostro empapado, y sus ojos llenos de una devoción desesperada.

—¡Loki! ¡Qué tonto eres por estar bajo la lluvia! —le regañaba ella con ternura en su fantasía, envolviendo su rostro pálido con sus manos cálidas.

—No me importa el frío, si tú me calientas, mi valquiria —respondía el Loki de su imaginación, esbozando una sonrisa dulce, libre de sarcasmo o burla.

En su delirio romántico, él la tomaba por la cintura y la elevaba por los aires. Ella reía. ¡Una risa real, cristalina y pura! Loki daba vueltas con ella bajo la lluvia, sintiéndose ligero, completo, curado de toda su retorcida oscuridad interior.

Al bajarla, él delineaba su mandíbula con un dedo tembloroso. En su mente, se acercaba milímetro a milímetro. La lluvia mojaba sus labios antes de que se encontraran.

Se besaban. Un beso casto, eterno, profundamente emocional. Besos suaves en la comisura de los labios, besos en la frente como promesas sagradas. Loki se imaginó entrelazando sus largos dedos con los de ella, encajando a la perfección. Imaginó caminar de la mano por los pasillos de la escuela, orgulloso, anunciándole al mundo entero que el monstruo había encontrado el amor.

—Te protegeré de todo y de todos, Brunhilde. Hasta del destino —susurraba él en su ensoñación, abrazándola contra su pecho, sintiendo el latido de su corazón al unísono con el suyo.

—Y yo nunca te soltaré, mi amado Loki —respondía ella, ocultando su rostro en el hueco de su cuello.

¡Ploo!

El sonido seco del libro de texto del estudiante de adelante al cerrarse de golpe rompió la burbuja de jabón.

Loki parpadeó. La lluvia desapareció. El patio se desvaneció. Estaba de vuelta en el asfixiante calor del aula 4-B. Miró de reojo a Brunhilde. Ella no estaba corriendo hacia él; estaba escribiendo furiosamente en su cuaderno, con el ceño fruncido y una expresión que auguraba una inminente masacre.

La realidad le dio un puñetazo en el estómago. El pecho le dolió físicamente. Una presión amarga y gélida le subió por la garganta.

«Es mentira...», pensó Loki, y una risa rota, vacía y cruel, vibró en lo profundo de su pecho. «A ella le doy asco. Solo soy una broma que salió mal.»

El dolor se agudizó al recordar el verdadero motivo de la furia de la valquiria. Siegfried. Ese chico estúpido, rebelde y apuesto.

Loki exhaló un suspiro largo y tembloroso, escondiendo el rostro entre sus brazos cruzados sobre la mesa. Su flequillo verde ocultó sus ojos, de los cuales amenazaba con escapar una lágrima de pura y patética frustración.

Mientras Buda ardía en fuego y Loki se ahogaba en hielo, Brunhilde era un aumentico huracán de destrucción masiva.

El bolígrafo de gel azul en la mano derecha de la valquiria estaba sufriendo una tortura medieval. El plástico transparente chirriaba bajo la presión monstruosa de sus dedos. Las uñas de Brunhilde estaban blancas de tanto apretar. Su pierna izquierda rebotaba contra el suelo con la velocidad de un motor de combustión a punto de estallar.

¡TUC-TUC-TUC-TUC-TUC!

No veía a Hades. No escuchaba sobre la Titanomaquia. Su campo de visión estaba completamente teñido de un rojo visceral y asesino. El rostro arrugado, soberbio y tuerto del Director de la Academia, El Director Odín, estaba proyectado en la pizarra de su mente como un objetivo de francotirador.

«Viejo decrépito... Saco de huesos podridos... Cuervo sarnoso y malnacido...», vociferaba su voz interior, tan fuerte que era un milagro que los demás no pudieran escucharla por telepatía.

La injusticia quemaba sus entrañas. Hacía tres días, Odín había expulsado a Siegfried. Su Siegfried. El único chico que entendía el peso de su deber, el único que la hacía sentir humana, el chico que ella amaba. Lo habían incriminado en un ridículo escándalo de trampa académica y vandalismo, una patética cortina de humo creada por el comité de profesores antiguos para desestabilizarla a ella y quebrar a Siegfried.

En el infierno de su mente, Brunhilde no era una estudiante acatando las normas. Era la personificación de la ira divina.

Su fantasía comenzó con una patada frontal espartana que arrancó de cuajo las dobles puertas de caoba de la oficina de la Dirección.

¡¡¡BAM... CRASHHH!!!

En su imaginación, la madera se astillaba en mil pedazos, volando por los aires. Brunhilde entraba a la oficina de Odín pisando fuerte con sus botas militares. Su cabello flotaba a su alrededor como tentáculos de oscuridad, y una sed de sangre emanaba de sus poros de manera casi visible.

Odín, sentado tras su monumental escritorio, levantaba su único ojo, frío e impasible, con sus dos malditos cuervos posados en sus hombros.

—Señorita Brunhilde, esta es una flagrante violación de las normas de... —intentaba decir Odín con su voz asquerosamente solemne.

—¡CÁLLATE LA MALDITA BOCA, VIEJO DE MIERDA! —rugía ella, con una voz que haría temblar los cimientos de la institución.

Brunhilde se visualizó saltando sobre el escritorio de caoba. De una patada horizontal perfecta, barrió todo lo que había sobre la mesa. El monitor de la computadora, las tazas de porcelana fina, los documentos confidenciales, todo salió volando y se estrelló contra los ventanales.

En la fantasía de pura ultraviolencia justiciera, ella lo agarraba por la solapa de su inmaculado traje oscuro, levantando su frágil y anciano cuerpo del sillón de cuero.

—¡Vas a redactar la carta de readmisión de Siegfried AHORA MISMO! —le escupía en la cara, sintiendo una gloriosa adrenalina corriendo por sus venas—. ¡O te juro, que usaré tus intestinos como bufanda!

Los cuervos, Hugin y Munin, mascotas de Odin, graznaban aterrorizados, aleteando desde su jaula.

—¡Cállense malditos pájaros de mierda! —bramaba ella en su delirio, soltando un revés con el dorso de la mano que mandaba a volar a las aves contra la pared con un sordo ¡PLOP!

Odín intentaba invocar su autoridad, mirándola con desdén. Esa fue su perdición. En su mente, Brunhilde apretaba el puño derecho, echaba el brazo hacia atrás como un resorte cargado de tensión, y lo estrellaba directamente contra el rostro del Dios Supremo.

¡¡CRAC-PUM!!

El sonido de la nariz de Odín rompiéndose resonó en su cabeza como una sinfonía celestial. La sangre salpicó el escritorio. Lo lanzó al suelo, se subió a horcajadas sobre su pecho, pisando su corbata, y comenzó a lloverle puñetazos.

¡ZAS! ¡BAM! ¡CRAC!

—¡Firma! (¡Zas!) ¡La maldita! (¡Bam!) ¡Hoja! (¡Crac!) —gritaba con cada impacto, descargando meses de frustración académica, estrés del consejo estudiantil y el dolor agudo de la ausencia de su novio.

En la realidad del aula 4-B, la comisura de los labios de Brunhilde se elevó en una sonrisa torcida, sádica y completamente desquiciada. Sus ojos estaban desorbitados. Murmuraba entre dientes, como presa de una posesión demoníaca.

—... te voy a arrancar la barba... pelo por pelo... y te haré tragar tus propios cuervos... viejo bastardo... —siseaba, mientras el bolígrafo en su mano finalmente cedía.

¡CRACK... SPLASH!

El plástico se rompió por la mitad, y un charco de tinta azul oscuro estalló sobre sus apuntes inmaculados, manchándole los dedos.

¡CLAC!

El sonido agudo y seco de la tiza al detenerse abruptamente contra la pizarra cortó el aire de la habitación.

Hades dejó de escribir. Se quedó de espaldas a la clase durante un segundo entero. En su dilatada experiencia como educador, había aprendido a leer la atmósfera de una habitación sin siquiera mirar. Y lo que sentía a sus espaldas era una cacofonía de energías tan caóticas que le estaban provocando una incipiente migraña.

Con una elegancia ensayada y aterradora, el profesor se giró lentamente. Sacudió el polvo de tiza de las yemas de sus dedos enguantados y paseó su mirada por el aula.

La clase entera pareció contener la respiración.

¡SHHHHH...! El silencio fue total, absoluto. Hasta el reloj de la pared pareció detener su tictac por miedo a interrumpir.

Hades bajó los escalones del estrado. Sus zapatos de diseñador resonaron contra la madera como los martillazos de un juez dictando sentencia.

¡TAP... TAP... TAP... TAP!

Caminó por el pasillo central, deteniéndose exactamente en el epicentro del caos: entre las filas de Buda, Loki y Brunhilde. Cruzó los brazos sobre el pecho, ladeó ligeramente la cabeza y dejó escapar un suspiro que era una obra maestra de decepción aristocrática.

El panorama era dantesco.

A su derecha, Buda estaba desparramado, sudando ligeramente, con la respiración agitada, ajustándose el pantalón de manera sospechosa y con el palito del chupachups masticado colgando de los labios.

A su izquierda, Loki estaba encogido sobre sí mismo, abrazando su propia mochila, luciendo como un cachorro pateado bajo la lluvia, con los ojos vidriosos y murmurando tragedias incomprensibles.

Y al frente, Brunhilde parecía lista para ser internada en un pabellón psiquiátrico de máxima seguridad, sonriendo a la nada con los ojos inyectados en sangre y las manos manchadas de tinta azul como si acabara de aplastar a un pitufo.

—Es verdaderamente poético —comenzó Hades, su voz aterciopelada, baja y peligrosa, cortando el silencio—. Que en una academia que alberga a las mentes más brillantes, yo tenga que presenciar cómo tres de mis supuestos alumnos de honor sufren de un aneurisma simultáneo en mitad de mi clase.

Nadie se movió. Buda parpadeó detrás de sus gafas. Loki levantó la cabeza lentamente. Brunhilde dejó de sonreír, su realidad estrellándose de golpe.

Hades se giró primero hacia el iluminado. Apoyó dos dedos sobre el pupitre de Buda.

—Señor Buda —dijo Hades, esbozando una sonrisa gélida—. ¿Sería tan amable de compartir con el resto de la clase qué fascinante conclusión histórica ha provocado esa... excesiva sudoración y tan evidente hiperventilación? ¿Acaso las tácticas de asedio de los Titanes le han resultado demasiado estimulantes?

Un par de alumnos en el fondo se taparon la boca para contener la risa. Buda, recuperando su descaro habitual en un microsegundo, se echó hacia atrás, cruzando los brazos detrás de la cabeza y sonriendo de lado a lado.

—Nah, profe. Las tácticas no me van. Yo soy más de... maniobras de choque directo. Combate cuerpo a cuerpo. Especialmente si el enemigo tiene unas defensas muy tensas y necesitan ser... ablandadas. —Buda dejó que su mirada se deslizara sin ningún pudor hacia la figura de Brunhilde por un segundo, antes de volver a Hades—. Pura estrategia bélica, ya sabe.

Brunhilde, entendiendo la indirecta al vuelo, se giró en su asiento. Si las miradas fueran lanzas de luz, Buda habría sido empalado en el acto.

—Si vuelves a mirarme, escoria, te prometo que te cortaré lo que te hace hombre y se lo daré de comer a los perros de Helheim —gruñó Brunhilde, su voz vibrando con pura hostilidad real.

Buda fingió un escalofrío y se mordió el labio inferior.

—Mierda... me excitas tanto cuando me amenazas de muerte, Bruny.

¡ZAS!

La gruesa carpeta de cuero de Hades impactó con precisión quirúrgica contra la nuca de Buda.

—¡Ay, cabrón! —se quejó el iluminado, frotándose la cabeza.

—Mantenga sus libidos y sus fetiches de mutilación fuera de mi aula, señor Buda. Se quedará a barrer y fregar el suelo después del timbre. —Hades ni siquiera esperó respuesta y giró su atención hacia Loki.

El migajero se encogió en su asiento cuando la mirada dorada se posó en él.

—Señor Loki —continuó Hades, su tono perdiendo el sarcasmo y volviéndose cortante—. A menos que esté componiendo un réquiem fúnebre para sus propias calificaciones, le sugiero que seque esas lágrimas de cocodrilo, deje de suspirar como una viuda victoriana y abra el libro en la página 104. El melodrama no le subirá el promedio.

Loki hizo un puchero dramático, infló las mejillas y comenzó a hojear su libro con movimientos exagerados y resentidos.

—Usted no entiende nada, profesor Hades. El arte, el amor y el dolor están entrelazados. Mi alma sufre...

—Si no guarda silencio, su alma sufrirá en la sala de detención por las próximas tres semanas. —La advertencia de Hades fue tan fría que cortó la queja de Loki de raíz.

Finalmente, el soberano del Inframundo dio un paso adelante, posicionándose junto al pupitre de Brunhilde. Miró el caos de tinta, el bolígrafo destrozado y el aura homicida que todavía persistía en los hombros tensos de la joven.

Hades soltó un ligero suspiro, bajando la voz lo suficiente para que solo ella lo escuchara. Conociendo a la joven y las recientes injusticias políticas del colegio, sintió una minúscula chispa de empatía, aunque su rostro se mantuvo estoico.

—Señorita Brunhilde. —Su tono fue sorprendentemente suave, pero firme—. El Director Odín sigue teniendo un rostro intacto, y su bolígrafo está destruido. Creo que está enfocando su energía destructiva en el objetivo equivocado.

Brunhilde levantó la barbilla. Sus ojos esmeralda chocaron contra los dorados de Hades. Sus manos manchadas de tinta temblaban ligeramente.

—Es una injusticia flagrante, profesor —murmuró ella, con la mandíbula tan apretada que le dolían los dientes—. Siegfried fue incriminado. Ese maldito... comité se salió con la suya. Y yo estoy aquí sentada, perdiendo el tiempo.

Hades se inclinó ligeramente, apoyando las manos en la mesa de la valquiria.

—La rabia es un arma excelente, Brunhilde. Pero la estrategia es lo que hace que se ganen las guerras —le aconsejó en un murmullo veloz—. Destruir material escolar en mi clase no le devolverá a su novio. Organice sus pruebas, controle su temperamento y golpee por los canales legales del consejo estudiantil. Hasta entonces... límpiese las manos. Parece una colegiala descuidada.

Brunhilde se mordió el interior de la mejilla hasta casi sacarse sangre, pero asintió lentamente.

—Entendido, profesor Hades.

Hades asintió una sola vez, satisfecho de haber desactivado tres bombas de relojería. Se enderezó, ajustándose los puños de su camisa burdeos, y giró sobre sus talones para regresar al estrado.

—Muy bien, clase. Retomemos el tratado de paz posterior a la caída de Cronos. Abran sus libros en...

Pero el destino, siempre caprichoso en la Academia Valhalla, decidió que la clase de historia había terminado.

¡¡¡TRRRRRRIIIIIIÍNNNGG!!!

El ensordecedor timbre de las cuatro en punto taladró los oídos de todos los presentes. Como si alguien hubiera soltado un resorte, el aula entera estalló en movimiento.

¡SCRASH! ¡BUM! ¡CLAC!

Las sillas rasparon contra el suelo, los libros se cerraron de golpe, y el murmullo contenido se transformó en un griterío adolescente.

Brunhilde no perdió ni medio segundo. Agarró su mochila, ignoró la tinta en sus dedos y salió disparada por la puerta principal como un misil tierra-aire, su mente ya tramando el siguiente asalto burocrático (o físico) contra Odín.

Loki se levantó de un salto, tropezando con la pata de su propio escritorio.

—¡Brunhilde, espera! ¡Déjame prestarte un pañuelo para la tinta! —gritó, corriendo detrás de ella con la desesperación de un perro persiguiendo un coche, desapareciendo en el pasillo.

Hades suspiró desde el estrado, viendo cómo su clase se vaciaba en estampida. Solo quedó una persona en la habitación.

Buda seguía sentado, estirándose como un gato gigante. Bostezó, sacó otro chupachups de su bolsillo, lo abrió y se lo metió en la boca. Luego, miró al profesor con una sonrisa desafiante y burlona.

—Bueno, profe. Al menos lograste evitar un triple homicidio en tu clase de hoy. Hay que verle el lado positivo, ¿no crees? —dijo Buda, levantándose perezosamente y caminando hacia el estrado en busca de la escoba.

Hades lo miró con cansancio infinito, frotándose el puente de la nariz.

—Solo barre el suelo, Buda. Y por el amor a los dioses, usa un balde con agua fría para trapear. Creo que lo necesitas.

Y así, bajo el sol del atardecer, el aula 4-B quedó en silencio, albergando en sus paredes el eco de los delirios, las pasiones y las locuras de una juventud que estaba muy lejos de tener salvación.

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