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Nuestra jugada

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Sinopsis

Audrey Blackwell tiene una sola regla: mantenerse lejos de Oliver Barrett. Él es el mejor amigo de su hermano, una de las estrellas del equipo de básquetbol de Duke y el ser más insoportable que ha conocido. Pero cuando una importante campaña familiar los obliga a fingir una relación, ambos aceptan convertir la mentira en su mejor jugada. Solo necesitan sonreír frente a las cámaras, respetar las reglas y recordar que nada entre ellos es real. Lo que ella no sabe es que Oliver nunca aceptó el trato únicamente por la campaña. Entre partidos, danza, secretos y promesas imposibles de cumplir, ambos descubrirán que fingir estar enamorados era la parte más sencilla del juego. Porque cuando los sentimientos se vuelven reales, alguien siempre termina perdiendo.

Estado:
Completado
Capítulos:
26
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo uno: No me jodas.

Capítulo uno: No me jodas.

—¿Me estás jodiendo, Rowan?

—Claro que no, hermanita.

—Oye, capullo, ¿cuánto te ofreció?

—Hey, Chucky, contrólate.

—Tranquila, todo saldrá bien —intervino Rowan.

—Podrían irse a la mierda los dos idiotas.

—Podríamos, pero aquí estamos. Ahora sonríe antes de que alguien se dé cuenta.

Si alguien me hubiera dicho veinticuatro horas antes que iba a terminar fingiendo ser la novia del idiota que llevaba tres años soportando en Duke, me habría reído en su cara.

Ahora ya no tenía tantas ganas de reír.

Miré a Oliver de reojo. Tenía la mandíbula apretada, no sonreía y estaba evidentemente incómodo, igual que yo. Al menos en eso estábamos de acuerdo: ninguno quería estar ahí.

Las puertas del hotel se abrieron y, mientras salíamos hacia la limusina que nos esperaba afuera, los flashes no pararon. Los fotógrafos gritaban nuestros nombres y nos pedían que miráramos en todas direcciones mientras avanzábamos entre la gente.

Era noticia que los mellizos de una de las familias más influyentes de la industria de la moda estadounidense hubieran sido elegidos como imagen de la campaña más importante del año con sus respectivas parejas, qué bonito sonaba, qué pena que la mía fuera mentira.

Mi hermano lo había hecho perfectamente mal al liarme con uno de sus compañeros. Un idiota que no sabía hacer otra cosa que jugar básquetbol, meterse con media facultad y buscar mil formas de sacarme de quicio.

Noté cómo Oliver acercaba apenas la mano a mi espalda cuando un fotógrafo se cruzó en nuestro camino.

No me toco, solo fingió hacerlo y las cámaras se volvieron locas. Desde afuera parecía que me estaba guiando hacia la limusina con una delicadeza que no tenía ni tendría nunca conmigo.

Perfecto, eso era exactamente lo que querían.

—Sonríe —murmuró sin mirarme.

—Estoy sonriendo.

—Parece que quieres asesinar a alguien.

—Porque quiero asesinar a alguien.

—Mientras no sea delante de las cámaras.

Giré el rostro hacia él y sonreí todavía más.

—Como se te ocurra tocarme, te rompo los dedos.

—Inténtalo, Blacki.

Oliver inclinó un poco el rostro hacia el mío, fingiendo que me decía algo cariñoso. Los flashes se volvieron locos.

Idiotas.

Leah nos esperaba dentro de la limusina. Era la novia de mi hermano desde hacía dos años y sabía perfectamente que Oliver y yo nos llevábamos como el culo. Cuando me vio subir con mi supuesta pareja, casi se le cayó la cara.

Intentó disimular su expresión de sorpresa, pero ya era demasiado tarde.

—No digas nada —le advertí.

—No iba a hacerlo.

—Avísale a tu cara.

—Habla.

—Luego.

Rodó los ojos y se sentó junto a Rowan. Oliver entró después de mí y ocupó el asiento a mi lado, dejando suficiente espacio entre los dos como para meter a otra persona en medio.

Yo miré por la ventana durante todo el camino, soportando el silencio incómodo mientras Rowan y Leah no paraban de observarnos.

—¿Pueden dejar de mirarnos? —solté.

—Nadie los está mirando —respondió Rowan.

Giré la cabeza y lo encontré con los ojos clavados en nosotros.

—Claro.

—Solo quiero asegurarme de que no se maten antes de llegar —dijo Leah.

—Todavía no —respondió Oliver.

Lo miré.

—La noche recién empieza.

Sonrió apenas, con esa expresión de idiota arrogante que me daban ganas de borrar de un golpe.

Ya era bastante difícil tener que pretender que estaba contenta con toda esa mierda, pero no tenía otra alternativa. Éramos los hijos mellizos de una diseñadora importante Gabrielle Blackwell y Damian Blackwell dueño de BRAVELL una de las marcas más reconocidas de Estados Unidos. Rowan y yo teníamos que demostrar, para nuestra desgracia, que nos habíamos ganado esa campaña y que no nos la habían regalado solo por tener los padres que teníamos.

Aunque eso significara sonreír durante horas al lado de la persona que peor me caía en todo Duke.

Literalmente, una noche de mierda.

‍🩰

El lanzamiento de la campaña terminó cerca de la medianoche. Llegué a casa agotada, me duché sin pensar demasiado en todo el desastre que Rowan había provocado y dormí poco.

Cuando sonó la alarma a las siete, todavía sentía la sonrisa falsa de las fotografías pegada en la cara.

La noche ya había sido bastante larga fingiendo para que nadie notara que mi supuesta pareja era, en realidad, el ser con el que peor me llevaba. Oliver y yo no nos tolerábamos desde el primer año y siempre encontrábamos alguna forma de jodernos.

Dormí apenas, me levanté de mala gana y salí con la intención de llegar tranquila al ensayo. Necesitaba bailar, aprovechar el poco tiempo que tenía antes de las clases y soltar todo lo que cargaba dentro.

Ni un puto segundo de paz, como siempre, algo tenía que salir mal y ese algo se llamaba Caleb.

Estaba esperándome cerca de la entrada, como si tuviera derecho a hacerlo después de lo que había pasado.

—Bebé, tenemos que hablar.

—Vete a la mierda, Caleb.

Intenté pasar por su lado, pero se puso delante de mí.

—No es lo que piensas.

—No pienso nada. Te vi, no seas tan hijo de puta como para mentirme en la cara.

—Fue un error, bebé. Además, habías terminado conmigo, teníamos la presentación ayer, no lo arruinemos.

Me quedé mirándolo.

—¿Eso es lo que te importa? ¿La puta presentación y no haberte metido entre las piernas de Chloe?

—Estaba borracho y me habías mandado al diablo.

—Una pena, porque yo estuve en la presentación. Tú no.

—No me jodas, Audrey era mi oportunidad…nuestra oportunidad.

—¿Nuestra oportunidad? Una mierda.

Intenté volver a pasar, pero se acercó y me acorraló contra la pared. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró por el cuello.

No apretó lo suficiente para impedirme respirar, pero sí para asustarme.

—Era en parejas. ¿Con quién fuiste?

Agarré su muñeca.

—Eso no te importa.

Apretó un poco más.

—¿Con quién fuiste, maldita sea?

El miedo me duró apenas un segundo, después solo quedó la rabia, solté una risa por la nariz.

—Con Barrett.

Una voz sonó detrás de Caleb.

—Yo que tú no haría eso, amigo.

Caleb giró apenas la cabeza.

—Vete a la mierda, hijo de p...

Justo en ese momento le di una patada entre las piernas. Soltó mi cuello de inmediato y se dobló hacia delante. Cerré el puño y se lo estampé en la cara con toda la fuerza que tenía.

—Justo por eso —respondió Oliver.

—Me las vas a pagar, maldita perra —escupió Caleb, con una mano entre las piernas y la otra cubriéndose la cara.

—Ni una mierda, Caleb.

Me alejé con la mano ardiendo y el corazón golpeándome demasiado fuerte en el pecho. No quería que me viera afectada, así que seguí caminando sin mirar atrás, al minuto escuché unos pasos siguiéndome.

—No necesito ayuda —solté.

—No dije que la necesitaras.

—Entonces deja de seguirme.

—Tu mano está como la mierda.

—Mi mano está bien.

—Claro, por eso parece que golpeaste una pared.

Lo miré de reojo.

—Golpeé algo bastante más estúpido.

Oliver abrió la puerta del camerino de hombres.

—Entra.

—Ni de coña.

—No hay nadie y tengo algo para la hinchazón. Puedes seguir discutiendo o entrar.

Lo observé unos segundos antes de pasar a su lado.

—Insoportable.

—Psicópata.

Me senté en una de las bancas mientras Oliver dejaba su mochila en el suelo. Se colocó frente a mí y extendió la mano.

—Dámela.

—Puedo hacerlo sola.

—Chuky.

—Simio.

Rodó los ojos y me tomó la mano para revisarla. Tenía los nudillos rojos y ya comenzaban a hincharse.

—Está como la mierda.

—Ya.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Sacó un gel de su mochila y aplicó un poco sobre mi mano.

—Mierda, eso arde.

—Qué raro. Casi como si acabaras de estampar el puño contra la cara de alguien.

—Valió la pena.

—No dije que no.

Después envolvió mi mano con una venda. Lo hizo con más cuidado del que esperaba, concentrado en lo que hacía y sin soltar ninguno de sus comentarios idiotas durante unos segundos. Cuando terminó, se quitó la sudadera y me la tendió.

—Póntela.

—Ni de coña.

—Deja de joder y póntela si no quieres que todos te vean con la mano así y el cuello rojo.

Me llevé la mano sana al cuello.

—Mierda.

—Sí, mierda.

Tomé la sudadera y me la puse con cara de asco. Me quedaba enorme y las mangas me cubrían hasta los dedos.

—¿Qué pretendes con todo esto?

—Nada.

—No haces nada porque sí.

—No lo hago por ti.

—Ya. Entonces debes querer algo.

—Para soportarte a ti, claro que quiero algo.

—No me hace una puta gracia.

Me levanté y me acomodé la sudadera.

—Mis padres lo sabrán.

Oliver apoyó la espalda contra una de las taquillas.

—¿Qué cosa?

—Que es una puta mentira.

—¿Por qué tendrían que saberlo?

—Porque anoche apenas conseguimos fingir durante unas horas. Nos odiamos, Barrett. En algún momento alguien se dará cuenta.

—Entonces juguemos bien.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

Oliver levantó la mirada y esa maldita media sonrisa volvió a aparecer en su cara.

—Hagamos que esta sea nuestra jugada.

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