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Deriva

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Sinopsis

Una mañana de otoño, alguien despierta sin encontrar un motivo para levantarse. Sale de casa sin rumbo y comienza a caminar. No sabe hacia dónde va. Tampoco sabe si importa.

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16+

Deriva

No era un silencio absoluto. Desde la calle llegaba el rumor lejano de algunos autos, algún perro ladrando sin demasiada convicción y las voces apagadas de unos niños que, a esta hora, seguramente ya iban camino al colegio.

Era una mañana cualquiera de otoño. El viento recorría la calle con esa calma engañosa que tiene esta época del año; por momentos apenas movía las ramas de los árboles y, al siguiente, levantaba las hojas secas de la vereda y las suspendía unos segundos antes de volver a dejarlas caer. Cuando soplaba con un poco más de fuerza, las ventanas vibraban y a veces quedaban apenas entreabiertas, permitiendo que el aire se colara por la habitación sin pedir permiso, arrastrando ese olor difícil de explicar que tienen las mañanas frías: tierra húmeda, humo de alguna cocina a leña, hojas secas y, de vez en cuando, algo horneado o frito.

Normalmente eso bastaba para obligarme a levantarme.

Me molestaba sentir el viento dentro de mi cuarto. Me levantaba, cerraba la ventana, volvía a acostarme unos minutos más y recién entonces empezaba el día.

Hoy no.

Hoy abrí los ojos y decidí quedarme donde estaba. No porque estuviera cansado. Tampoco porque tuviera sueño. Solo no encontré un motivo para moverme.

Fue recién entonces cuando noté la grieta.

Atravesaba el techo de un extremo al otro, rompiendo la pintura cian que lo cubría. No era nueva, pero tampoco recordaba haber visto el momento en que apareció. Mucho menos cuándo había dejado de prestarle atención.

Pensé, casi por reflejo:

—Mierda... ahora tengo una nueva gotera en el techo.

La idea duró apenas un segundo.

Después volvió el silencio.

Seguí observándola. No porque la grieta tuviera algo interesante, sino porque, al cabo de unos minutos, dejó de ser una grieta y se convirtió en otra excusa para no pensar en nada más.

O tal vez en todo.

El golpe seco de la ventana me devolvió por un instante a la habitación. Giré apenas la cabeza y miré el celular para ver la hora.

Y, oh, sorpresa, seguía haciendo lo único que sabía hacer.

Avanzar.

Sin apuro, sin detenerse y sin preguntarse si yo estaba listo para seguirle el ritmo.

Durante unos segundos me quedé observándolo. Nunca pensé que pudiera pasar tanto tiempo mirando la hora. O quizá siempre había sido así y recién ahora tenía el tiempo suficiente para darme cuenta.

Entonces apareció el primer pensamiento del día.

«Mi mente parece ser una isla deshabitada, un sitio vacío donde los días se repiten y las horas se alargan sin motivo.»

No fue una simple frase.

Fue una certeza.

A veces tenía la sensación de que nunca despertaba realmente. Dormir era como poner una pausa; al abrir los ojos retomaba la misma conversación que había dejado pendiente la noche anterior, como si mi cabeza jamás descansara, como si alguien hubiera presionado «reanudar» en lugar de «comenzar un nuevo día».

Me sentía atrapado en un déjà vu silencioso. El día de hoy parecía apenas una continuación del de ayer y, probablemente, mañana sería igual.

Entonces apareció otro pensamiento.

«A veces me siento como si estuviera perdido en medio del océano, sin rumbo... solo flotando entre pensamientos que no llegan a ninguna parte.»

Suspiré, apoyé las manos sobre el colchón y me senté lentamente en el borde de la cama.

Había dormido toda la noche. Mi cuerpo insistía en recordármelo; mi cabeza, en cambio, parecía convencida de lo contrario. No pensé en levantarme para ducharme, ni en preparar desayuno, ni siquiera en mirar cómo seguía el clima por la ventana. Me quedé ahí, con los pies descalzos apoyados sobre el piso frío, esperando que apareciera una razón para empezar el día.

No apareció.

Entonces me hice una pregunta que ya empezaba a sonar demasiado familiar:

¿Qué podría hacer hoy para que este día no terminara pareciéndose a todos los anteriores?

No encontré una respuesta.

Pero, por alguna razón, sonreí igual.

No porque tuviera algo de gracioso, sino porque empecé a sospechar que llevaba demasiado tiempo haciéndome exactamente la misma pregunta.

Me quedé sentado unos minutos más, respiré hondo y finalmente me puse de pie. Pensé que, si no encontraba una respuesta dentro de aquella habitación, tal vez era momento de salir a buscarla en cualquier otra parte.

Salí de la habitación arrastrando los pies.

El pasillo seguía igual que todos los días. La puerta del baño había quedado entreabierta; al fondo se alcanzaba a ver la cocina y, junto a la entrada, el perchero seguía sosteniendo un montón de chaquetas que casi nunca usaba. Me detuve un momento sin una razón clara.

Era curioso cómo una casa podía sentirse tan conocida y, al mismo tiempo, tan ajena.

Pensé que, al menos, debería comer algo.

No tenía hambre, pero tampoco recordaba cuándo había sido la última vez que había desayunado porque realmente quisiera hacerlo y no porque era lo que correspondía.

Abrí el refrigerador.

Ya sabía lo que iba a encontrar: un par de huevos, mantequilla, un trozo de queso y un tupper con algo cuyo contenido prefería no investigar. Me quedé mirando unos segundos más, como si existiera la remota posibilidad de que, mientras había estado durmiendo, apareciera algo nuevo por arte de magia.

No apareció nada.

Al final busqué la bolsa de pan y decidí prepararme unas tostadas. No era lo que me apetecía, si es que realmente había algo que me apeteciera, pero era lo suficientemente simple como para no tener que pensarlo demasiado.

Mientras esperaba que se doraran, apoyé los codos en el mueble contiguo a la cocina y me quedé mirando por la ventana. La vecina de enfrente barría la vereda con la misma paciencia de siempre. Un hombre salió con una bolsa de basura y la dejó junto al portón. Un ciclista pasó pedaleando con una mochila enorme en la espalda, como si ya llevara medio día encima aunque recién estuviera empezando la mañana.

Todos parecían saber adónde iban.

O, al menos, parecían no detenerse a preguntárselo.

Yo, en cambio, llevaba varios minutos tratando de decidir con qué taza tomar el té.

El olor del pan me sacó de mis pensamientos.

Se había quemado.

Lo miré un instante, raspé la parte negra con un cuchillo y le unté mantequilla encima. No porque creyera que iba a quedar mejor; era más fácil hacer eso que volver a empezar.

Le di un mordisco.

No estaba mal.

Tampoco estaba bueno.

Todavía podía reconocer cuándo algo estaba rico. El problema era que hacía mucho tiempo había dejado de disfrutarlo. Comer se había transformado en otra tarea más, igual que tender la cama o sacar la basura.

Entonces apareció una idea.

«Me esfuerzo en seguir, en intentar sentir algo, pero es como comer sin hambre: solo para no caer.»

La repetí un par de veces en mi cabeza.

Sonaba exagerada.

Pero también sonaba cierta.

Terminé el pan sin demasiado interés, dejé el plato en el lavaplatos y lo llené con un poco de agua antes de seguir caminando por la casa. No tenía ánimo para lavarlo de inmediato, aunque tampoco quería que terminara formando parte de ese montón de cosas que uno promete hacer «más rato».

Encendí el televisor.

Noticias, otro canal, un programa de cocina, una película que ya había visto, un partido repetido. Ninguno consiguió retenerme más de un minuto. Cambié de canal varias veces, más por costumbre que por interés, hasta que terminé apagándolo casi sin darme cuenta.

El silencio volvió a instalarse en la casa.

No era el mismo silencio de la habitación.

Este se sentía más grande.

Fui hasta el computador y esperé a que terminara de encender. La pantalla iluminó el escritorio y ahí seguían los mismos accesos directos de siempre: juegos en los que alguna vez había pasado cientos de horas, carpetas llenas de proyectos empezados, programas que durante años me habían entusiasmado.

Los recorrí con el cursor.

No abrí ninguno.

Probé con una plataforma de música, después con una de películas y finalmente terminé navegando por internet sin buscar nada en particular. Saltaba de una pestaña a otra, leyendo titulares, viendo videos que no terminaba y entrando a páginas que cerraba unos segundos después.

No estaba buscando algo específico.

Supongo que esperaba encontrarlo.

Alguna cosa.

Cualquier tontería que consiguiera despertar ese interés que antes aparecía casi sin esfuerzo.

«Nada me llena como antes, todo me aburre más rápido de lo que debería. La novedad muere antes de nacer.»

No sentí tristeza al pensarlo.

Sentí preocupación.

Porque ya no parecía una sensación pasajera. Empezaba a convertirse en mi forma normal de vivir.

Me recliné en la silla y dejé caer la cabeza hacia atrás.

Volví a mirar el techo.

Esta vez no estaba la grieta.

Pensé en todas las cosas que alguna vez habían conseguido entusiasmarme, como un hobby o aprender cualquier tontería que apareciera en internet. Antes bastaba con descubrir algo nuevo para pasar semanas metido de lleno en ello. Podía obsesionarme con cualquier cosa; un día podía ser una receta, al siguiente una cámara y después un juego, un programa o un tema que no entendía y que, por alguna razón, necesitaba aprender.

No importaba demasiado qué fuera.

Siempre encontraba algo.

Ahora ni siquiera sabía qué estaba buscando.

Me levanté de la silla y volví a caminar por la casa. Entré otra vez a la habitación, miré alrededor sin saber qué esperaba encontrar y salí casi de inmediato. Pasé por la cocina, después por el living, abrí una puerta, la cerré y volví sobre mis pasos.

Durante un momento me sorprendí creyendo que, al entrar a otra pieza, iba a encontrar algo distinto esperándome, como si el problema hubiera estado escondido entre cuatro paredes y bastara con abrir la puerta correcta.

No encontré nada.

Entonces entendí algo.

No estaba buscando una actividad.

Estaba buscando volver a sentir ganas de hacerla.

Y esa diferencia era mucho más difícil de resolver.

Miré lentamente a mi alrededor.

Todo seguía igual.

Quizá ese era el problema.

O quizá no.

Volví la mirada hacia la entrada. El perchero seguía lleno de chaquetas y, entre ellas, estaba mi favorita.

La reconocí casi de inmediato. La había usado tantas veces que todavía podía recordar el peso de los bolsillos, el cierre que a veces se traba y hasta una pequeña mancha que nunca había conseguido sacar por completo.

La tomé casi por inercia y me la puse.

No tenía un destino, ni un plan, ni siquiera una excusa. Solo pensé que, si seguía dando vueltas dentro de la casa, iba a terminar exactamente donde había empezado aquella mañana.

Y no quería volver a acostarme, al menos no de momento.

Abrí la puerta.

El aire frío me golpeó la cara y por un instante cerré los ojos. Respiré hondo y salí.

La calle seguía ahí.

Los autos continuaban pasando de vez en cuando, las hojas seguían arrastrándose por la vereda y, a unas casas de distancia, alguien tenía la radio encendida lo suficientemente fuerte como para que la música alcanzara a escucharse desde afuera. No reconocí la canción. Tampoco hice demasiado esfuerzo por hacerlo.

Me quedé parado en la entrada durante unos segundos. Al fin había conseguido salir, pero ahora no tenía la menor idea de qué hacer.

Miré hacia un lado y después hacia el otro.

No había ningún destino esperándome en ninguna de las dos direcciones.

—Bueno —murmuré—. Ya estoy afuera.

Comencé a caminar.

Sin apuro y sin una dirección concreta, elegí una calle al azar más por no quedarme parado frente a mi propia casa que porque realmente quisiera ir hacia algún sitio. Me metí las manos en los bolsillos de la chaqueta y seguí avanzando mientras el viento movía las ramas por encima de mi cabeza.

Un hilo de agua cayó frente a mí. Lo esquivé por pura casualidad. Al parecer, durante la madrugada había estado lloviznando y yo ni me había enterado.

Unos metros más adelante me encontré con una poza bastante más grande.

La miré.

Después miré mis zapatillas.

—Mierda.

Ya estaba ahí, así que decidí pasar por encima de todas formas. El agua alcanzó a salpicarme un poco y terminé sacudiendo los pies por pura costumbre antes de continuar caminando.

Durante los primeros minutos no pensé en nada particularmente interesante. De hecho, creo que mi cabeza hizo exactamente lo contrario: buscó cualquier cosa con la que entretenerse. Pensé en el pan quemado, en el plato que había dejado sin lavar, en el computador que probablemente seguía encendido y, por alguna razón, en si había cerrado bien la puerta de la casa.

Me detuve.

Metí una mano en el bolsillo.

Las llaves seguían ahí.

—Bien.

Continué caminando.

El barrio no había cambiado demasiado desde la última vez que lo había recorrido con atención. Había una pequeña tienda en la esquina, una de esas que parecían llevar tantos años en el mismo lugar que uno dejaba de preguntarse quién las atendía. En la entrada había un par de cajas de bebidas apiladas y un cartel escrito a mano que anunciaba alguna oferta que probablemente llevaba varios días o incluso años ahí.

Un hombre salió con una bolsa de pan bajo el brazo.

Me pareció gracioso.

Había pasado la mañana intentando encontrar algo que me diera ganas de hacer, mientras esa persona simplemente había salido a comprar pan.

Seguí caminando.

Más adelante estaba el perro que solía dormir cerca de una de las casas de la esquina. No sabía si era realmente el mismo perro o si había decidido que todos los perros callejeros de la zona eran el mismo, pero ahí estaba otra vez, acostado sobre una manta vieja, con la cabeza apoyada entre las patas.

Pasé a su lado y le hice un pequeño gesto a modo de saludo.

Levantó apenas una oreja.

Nos miramos durante un segundo.

Después volvió a cerrar los ojos.

—Tú sí que sabes vivir —pensé.

Sonreí apenas y continué.

Unos metros más adelante, una mujer barría la vereda. Las hojas secas se acumulaban frente a ella y cada vez que conseguía formar un montón decente, el viento se encargaba de desarmarlo.

La observé durante unos segundos.

Barría, el viento desordenaba y ella volvía a barrer.

Por un momento pensé que debía ser desesperante, pero después me di cuenta de que probablemente estaba acostumbrada. Quizá llevaba años haciendo exactamente lo mismo.

Solo barría.

Un niño pasó corriendo detrás de una pelota. Su madre le gritó algo desde la otra esquina y él respondió con un «¡ya voy!» que sonó más a promesa que a intención real.

Cuando me disponía a cruzar la calle, una micro pasó a toda velocidad, como si estuviera compitiendo en una especie de Fórmula 1 bastante poco profesional.

Por alguna razón me quedé mirando a la gente del otro lado de la calle. Había una pareja conversando, una señora mirando su teléfono e incluso un vendedor ambulante acomodando sus cosas.

Nada de eso tenía importancia.

Y, sin embargo, me quedé observando.

Era extraño. Dentro de la casa había pasado horas buscando algo que hacer. Afuera, en cambio, no hacía absolutamente nada y aun así encontraba cosas que observar.

Quizá porque nadie me estaba pidiendo que hiciera algo con ellas.

Solo estaban ahí.

Y yo también.

Continué caminando.

El viento aumentó un poco y tuve que cerrar mejor la chaqueta. Las hojas corrían por el suelo formando pequeños remolinos que desaparecían apenas unos metros después; algunas quedaban atrapadas bajo los autos estacionados y otras terminaban dentro de los jardines o junto a las cunetas.

El cielo estaba cubierto casi por completo. No era un día oscuro, pero tampoco había suficiente luz como para llamarlo luminoso. Las nubes eran gruesas y bajas, aunque entre ellas podían distinguirse algunos espacios más claros.

Me gustaba ese clima.

Siempre me había gustado.

No hacía demasiado calor ni demasiado frío. El viento era suficiente para recordarme que estábamos en otoño, pero no tanto como para volver incómodo el caminar.

Pensé que, al menos, había elegido un buen día para salir.

Después recordé que no había elegido nada.

Simplemente había salido.

Y eso me hizo pensar en lo raro que era. Había pasado tanto tiempo esperando encontrar una razón para hacer las cosas que ahora cualquier decisión pequeña parecía importante.

Doblé en otra esquina.

No sabía cuánto llevaba caminando. Tampoco me importaba demasiado.

Miré hacia atrás.

Mi casa ya no se veía.

Por alguna razón, eso me produjo una sensación extraña. No era alivio, pero tampoco miedo. Era la certeza de que podía seguir caminando y alejarme todavía más.

Pensé en volver.

La idea apareció durante un instante y después desapareció.

Seguí adelante.

Mientras caminaba, mi cabeza volvió a llenarse de pensamientos. Al principio eran los mismos de siempre: qué iba a hacer después, cuánto tiempo estaría afuera, si encontraría algo que me interesara, qué pasaría cuando regresara.

Después aparecieron otros un poco más incómodos.

Me quedé pensando en cuánto tiempo llevaba sintiéndome así. No sabía responder. ¿Semanas? ¿Meses? Quizá más. Era difícil separar un día del siguiente cuando todos parecían haberse mezclado entre sí.

Entonces apareció otro pensamiento.

«Cada mañana me despierto y me pregunto si realmente quiero seguir. Levantarme, hacer lo mínimo necesario, como un autómata.»

La idea me dejó una sensación extraña. Pensé en morir, casi sin querer. Apareció como una posibilidad dentro de todos aquellos pensamientos, sin una imagen concreta detrás, sin un plan y sin una intención inmediata.

Simplemente estaba ahí.

Preferí seguir caminando a quedarme con esa idea rondando por mi cabeza. No niego que me sorprendió lo poco que me sorprendió, pero tampoco era algo completamente nuevo.

Durante mucho tiempo había confundido ese tipo de pensamientos con una respuesta, como si querer desaparecer fuera necesariamente lo mismo que querer morir.

Ahora no estaba tan seguro.

Quizá solo era una forma de expresar lo cansado que estaba; cansado de repetir los mismos días, de buscar algo que no encontraba, de intentar entusiasmarme con cosas que antes me importaban y de sentir que cada nuevo intento duraba menos que el anterior.

Quizá no quería dejar de existir.

Quizá solamente quería dejar de vivir de la misma manera.

La diferencia parece pequeña, pero no lo era.

Levanté la mirada.

El cielo seguía cubierto, aunque una parte de las nubes comenzaba a abrirse lentamente. Al principio fue apenas una línea clara. Después apareció un poco más de luz, hasta que el sol consiguió atravesar las nubes.

La luz cayó sobre una parte de la calle.

No fue espectacular. No hubo nada particularmente hermoso en ello. Solo que, durante unos segundos, todo se vio un poco más claro. Las hojas secas cambiaron de color, las ventanas de algunas casas reflejaron la luz y la vereda dejó de verse completamente gris.

Me quedé mirando.

Y sonreí.

Era una sonrisa pequeña, tan pequeña que probablemente nadie la habría notado. Yo tampoco la habría notado de no haber sentido el movimiento en la cara.

Me quedé quieto unos segundos.

—¿En serio?

No sabía de qué me estaba riendo.

El sol duró unos segundos más antes de que otra nube volviera a cubrirlo y la calle recuperara su aspecto anterior.

Bajé la mirada, respiré hondo y seguí caminando.

No había encontrado ninguna respuesta. Ni siquiera algo que me diera ganas de volver a casa y hacerlo.

Y, aun así, había sonreído.

Quizá eso era suficiente por ahora.

Seguí caminando hasta encontrar una pequeña plaza. Había una banca vacía junto a uno de los árboles y decidí sentarme.

Desde ahí podía ver parte de la calle y varias casas del sector. La plaza no era especialmente grande, pero a esa hora estaba bastante concurrida: niños ocupando los juegos, un grupo de personas conversando en una de las bancas, parejas, personas solitarias e incluso un hombre que paseaba a un perro que parecía tener más energía que él. Al otro lado, en un lugar casi escondido, una mujer hacía ejercicio mientras seguía alguna rutina en su teléfono.

No había nada extraordinario en ellos.

Y quizá precisamente por eso me quedé mirándolos.

Todos parecían estar haciendo algo.

No necesariamente algo importante. Algunos simplemente estaban ahí, igual que yo, pero incluso eso parecía distinto cuando se trataba de otra persona. El hombre del perro sabía que tenía que caminar, los niños sabían que querían seguir jugando, el grupo de amigos tenía algo que decir e incluso la mujer sabía cuántas repeticiones llevaba.

Eran pequeñas cosas, algunas ridículas incluso, pero parecían suficientes para mantenerlos avanzando.

Volví la mirada hacia mí mismo y caí en cuenta de que yo no tenía nada de eso.

No había ningún lugar al que tuviera que llegar, ninguna persona esperándome, ningún asunto pendiente que realmente me importara resolver antes de que terminara el día. Podía levantarme e irme, podía quedarme sentado, podía volver a casa o seguir caminando hasta perderme por el barrio.

Nadie iba a notar demasiado la diferencia.

Y esa libertad, que en otro momento quizá habría parecido algo bueno, de pronto se sintió un poco pesada.

Había salido de mi casa precisamente porque estaba cansado de hacer siempre lo mismo.

Quería escapar de la rutina.

Y ahora, sentado en aquella plaza, me descubrí deseando tener una.

No porque me gustara, ni porque creyera que una vida rutinaria fuera necesariamente mejor. Simplemente porque una rutina significaba que había algo que esperar. Algo que hacer. Algún lugar al que volver.

Quizá incluso alguien que pudiera preguntarme dónde había estado.

Sonreí apenas al darme cuenta.

—Qué ironía...

Había pasado toda la mañana intentando escapar de una vida que me parecía vacía y ahora estaba mirando a desconocidos deseando tener algo parecido a lo que ellos tenían.

Pero mientras seguía observándolos empecé a notar algo: yo no podía saber si realmente tenían un propósito. Solo podía verlos desde afuera. No era más que otro espectador en sus vidas.

Quizá el hombre del perro también estaba cansado. Quizá la mujer que hacía ejercicio estaba pensando en cualquier otra cosa. Quizá aquel grupo ni siquiera era necesariamente de amigos. Quizá los niños estaban ahí por obligación y querían volver a casa.

No tenía forma de saberlo.

Y, aun así, desde mi banca todos parecían tener una dirección.

Yo no.

Eso era lo que me molestaba.

Todavía no sabía qué quería, ni siquiera sabía si alguna vez lo había sabido realmente. Durante años había ido acumulando cosas que me interesaban: proyectos que empezaba, temas que aprendía por curiosidad, juegos que me obsesionaban durante semanas, películas que me dejaban pensando durante días.

Todo parecía importante mientras duraba.

Después desaparecía.

Y cuando intentaba recordar por qué me había importado tanto, muchas veces solo encontraba una sensación vaga, como si la memoria también se estuviera desgastando con el tiempo. Las cosas seguían ahí, en algún lugar de mi cabeza, pero cada vez costaba más alcanzarlas.

Pensé en todas esas versiones de mí mismo que alguna vez habían estado convencidas de que iban a hacer algo con sus vidas. Siempre hubo algo, por muy mínimo que fuera.

Y, en medio de aquel intento por recordar, apareció una frase que sonaba casi como una certeza:

«La memoria también se deshace. Se me escapa como agua entre los dedos.»

Me quedé mirando el suelo durante unos segundos.

Quizá ese era el verdadero problema. No que hubiera dejado de disfrutar las cosas, ni que me aburriera demasiado rápido o que todos los días se parecieran entre sí.

Quizá había perdido la capacidad de imaginar qué venía después.

El futuro siempre había sido una palabra demasiado grande, pero hasta entonces al menos había podido llenarla con cualquier cosa.

Ahora, cuando intentaba mirar hacia adelante, solo encontraba más días.

Uno detrás de otro.

Sin una forma clara.

Sin un destino concreto.

Murmuré en voz baja:

—Sin embargo, sigo avanzando. Sin rumbo, sin motivación clara. Solo por costumbre o porque detenerse también da miedo.

Levanté la mirada otra vez.

Los niños seguían jugando. El grupo de personas continuaba conversando. El hombre ya se había alejado bastante con su perro y la mujer seguía en lo suyo como si nada hubiera ocurrido.

Nada había cambiado.

Y, de alguna manera, eso me tranquilizó.

No necesitaba encontrar una respuesta ese día. Al menos no una definitiva.

Me acomodé un poco en la banca y decidí seguir contemplando el paisaje. El viento volvió a pasar entre los árboles y algunos rayos de sol se hicieron notar sobre la plaza.

Seguía siendo otoño. Seguía haciendo frío, la gente seguía pasando y yo seguía sin tener un rumbo.

Pero, por primera vez en el día, no sentí la necesidad inmediata de encontrar uno.

Quizá podía quedarme en aquella plaza un poco más y luego volver a casa.

Nada más.

Por ahora, eso bastaba.

Pasaron un par de horas antes de que decidiera volver.

No había hecho nada particularmente importante durante ese tiempo. Simplemente había dejado pasar las horas.

No me sentía mejor.

Ahora entendía que el conflicto no era que el tiempo avanzara demasiado lento. El tiempo simplemente avanzaba, y yo era quien llevaba demasiado tiempo intentando encontrar una forma de detenerlo.

Pensé en todas esas horas que había pasado esperando encontrar una razón para levantarme. Quizá el tiempo no me pertenecía y, pensándolo bien, quizá tampoco era dueño de todos mis pensamientos.

Podía aparecer cualquier cosa en mi cabeza: una preocupación, un recuerdo, una idea absurda, incluso aquellas cosas que prefería no pensar.

Pero que aparecieran no significaba que tuviera que quedarme ahí.

Supongo que esa era una diferencia bastante importante.

Al haber estado absorto en mis pensamientos, no registré el trayecto de vuelta y, cuando menos lo esperé, me encontré nuevamente frente a mi casa.

Abrí la puerta y entré.

Todo seguía exactamente igual.

El plato continuaba en el lavaplatos, la pantalla permanecía encendida y la televisión estaba apagada.

La habitación no había cambiado.

Entré y levanté la mirada.

La grieta aún atravesaba el techo.

Me quedé observándola unos segundos.

El viento volvió a colarse por la ventana entreabierta y movió apenas las cortinas.

Sonreí.

—Mierda...

Por alguna razón, me causó gracia.

Me sentía exactamente igual que cuando había salido.

Tan vacío como el espacio entre mis propios pensamientos.

Me quedé un momento en silencio, repasando el día.

«No sé si es la vida la que se desvanece, o si soy yo quien se está disolviendo.»

Me quedé unos segundos en silencio.

Después negué con la cabeza y decidí sonreír.

—Qué manera de pensar estupideces...

No estaba menos vacío, no había encontrado una respuesta y mucho menos había descubierto mi propósito. Ni siquiera quería pensar en qué iba a hacer al día siguiente.

Pero ahora había algo diferente.

Había entendido que vivir en una espiral también podía convertirse en una rutina.

Despertar, buscar algo, aburrirse, sentirse perdido, esperar que algo cambiara y volver a despertar.

Una y otra vez.

Quizá había estado intentando escapar de la monotonía sin darme cuenta de que incluso mis intentos de escapar se habían convertido en parte de ella.

Y no podía huir de eso, al menos no completamente.

El tiempo iba a pasar de todos modos. Probablemente mañana volvería a sentirme vacío y quizá habría mañanas en las que no tendría ganas de levantarme.

Pero ahora sabía que quizá no siempre necesitaba escapar de todo aquello.

A veces solo era necesario decidir qué hacer dentro de ella.

Miré el escritorio.

Seguía ahí, esperando.

Allí continuaban los mismos juegos, las mismas carpetas y los mismos proyectos a medio terminar.

Durante unos segundos pensé en volver a la cama y dejar todo nuevamente para otro día.

Pero decidí sentarme.

No porque tuviera ganas de hacer algo, ni porque hubiera recuperado mágicamente aquella curiosidad que había perdido.

Pero, por un instante, quise intentarlo otra vez.

Abrí una de las carpetas.

La miré.

Sonreí y murmuré:

—A ver qué mierda sale de esto.

No necesitaba saber qué iba a encontrar ahí.

Tampoco decidir qué quería hacer con mi vida.

Ni encontrar una respuesta capaz de resolverlo todo.

Por ahora bastaba con elegir algo.

Cualquier cosa.

Algo que me hiciera avanzar, aunque fuera un poco.

Afuera, el viento volvía a mover las ramas de los árboles y el sol lentamente comenzaba a ocultarse en el horizonte.

Me levanté de la silla, cerré bien la ventana esta vez, junté las cortinas y prendí las luces de la casa.

Antes de volver al asiento, miré a mi alrededor.

La grieta seguía ahí.

La habitación seguía siendo la misma.

Yo también.

Pero esta vez no me quedé mirándola.

Volví la vista hacia la pantalla.

El cursor seguía parpadeando.

Permanecí unos segundos inmóvil.

Después moví el mouse.

No sabía si aquello cambiaría algo.

Pero, por ahora, era suficiente.

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