La mucama de los jueves
Barrio Las Alondras, un jueves cualquiera de verano porteño. El sol ya no quemaba tanto, pero el calor seguía pegado a las paredes como una segunda piel. En la casa tomada de Apolo el ventilador de techo giraba con esa lentitud de viejo artrítico que se niega a morir. Cada vuelta traía un olor distinto: incienso de coco barato, jabón de motel, transpiración acumulada de días sin abrir las ventanas y, por encima de todo, el perfume dulzón y un poco ácido de alguna tanga olvidada encima del velador.
Apolo, el mapache de treinta y ocho años, estaba tirado en el sillón de pana manchada. Solo llevaba un par de calzoncillos negros ya lavados demasiadas veces y una musculosa rota que le dejaba ver el pelaje gris oscuro del pecho. Las ojeras le daban un aire de quien no duerme hace semanas, o de quien duerme demasiado bien después de una noche de negocios turbios. Sobre la mesa ratona había un cajón abierto lleno de bombachas etiquetadas con cinta de embalar y birome:
“Lunes – Fresca y amarga” “Martes – Virgen arrepentida” “Miércoles – Sudor de oficina y culpa”
El mapache revolvía con los dedos como si buscara una reliquia. Cada prenda tenía su historia, su cliente, su precio. Algunos las olían. Otros las usaban. Unos pocos pedían video. Apolo sabía cómo conseguir todo eso: medias usadas, juguetes todavía tibios, audios de gemidos grabados con el celular escondido. Su página furra era un mercado negro de deseo usado, y él era el dealer más charlatán y más preciso del conurbano.
Sonó el timbre. Una sola vez. Seco. Militar.
—Ah… la marrana puntual —murmuró él, y se levantó sin apuro.
Abrió la puerta sin preguntar quién era. Ya sabía.
Greta estaba ahí. Un metro ochenta de jabalina de cuarenta y cinco años, de pie en el umbral como si todavía llevara el uniforme de las Fuerzas Especiales. Pollera larga hasta la canilla, camisa blanca abotonada hasta el cuello, pelo negro recogido en un moño tan tenso que parecía un nudo de soga. Labios apretados. Mirada de piedra. Un bolso militar colgaba de su hombro. Nadie que la viera en la calle pensaría que esa mujer de aspecto castrense iba a entrar a una casa tomada a limpiar en bolas. Pero Apolo ya le había visto hasta la sombra del alma. Había visto cómo se le erizaba el pelaje cuando le hablaba sucio. Había visto cómo se le humedecía el hocico cuando la trataba de “empleada”.
Se habían conocido por un error casi poético. Greta había mandado por correo una bombacha sudada a una lavandería que no existía. El sobre había terminado en manos de Apolo. Él la había olido, la había fotografiado, la había vendido a un cliente japonés que se la había puesto en la cara durante una videollamada. Cuando Greta descubrió qué había pasado, no se enojó. Solo preguntó, con esa voz grave de quien dio órdenes en la guerra:
—¿Cuánto te pagó?
Desde entonces los jueves eran sagrados.
—Pasá, Grety —dijo Apolo, haciéndose a un lado—. Hoy te toca baño, ¿no?
Ella asintió, seca, y entró. El olor de la casa la envolvió de inmediato: incienso, sudor, sexo viejo. Cerró la puerta con el talón. Sin decir una palabra se quitó la camisa, la dobló con precisión militar y la dejó sobre una silla. Después la pollera. Después el corpiño. Después la bombacha. Cada prenda caía con el mismo orden con que antes guardaba el equipo de combate. Cuando quedó desnuda, el cuerpo se reveló en toda su brutalidad: brazos como jamones, panza firme, pechos pesados con pezones gruesos y oscuros, muslos que podían aplastar una cabeza, y un culo ancho y peludo que se movía con una naturalidad casi ofensiva.
Apolo le había dejado colgada, la semana anterior, una vincha con orejitas de gata de peluche barato. Greta se la puso sin que se lo pidieran. Era parte del ritual.
Se agachó, llenó el balde, metió la esponja y empezó a fregar el piso del baño. Los movimientos eran amplios, eficientes, casi mecánicos… pero el culo se meneaba con una lentitud deliberada. Cada vez que se inclinaba, los pechos colgaban pesados y los pezones rozaban el aire viciado. Apolo se quedó en el marco de la puerta, tocándose el mentón, mirándola como quien contempla una obra de arte degenerada.
—Che… —dijo al rato, con esa voz rasposa de quien fuma demasiado y se ríe de cosas que no debería—. ¿Y si hoy, en vez de esponja, usás las tetas?
Greta se quedó quieta un segundo. No dijo que sí. Tampoco dijo que no. Solo se mojó el pecho con el agua jabonosa, se embadurnó los pezones y empezó a limpiar en círculos lentos. El jabón se mezclaba con el polvo, con pelos viejos, con restos de quién sabe qué. Los pezones hinchados arrastraban la mugre como si fueran dos trapos vivos. Apolo sintió cómo se le endurecía la pija dentro de los calzoncillos.
—¡Mirá lo que sos! —le dijo, acercándose un poco—. Una beoda del deshonor. Una mucamita asquerosa que cobra por lamerme el azulejo…
Greta se mordió el labio inferior. El calor le subía por el cuello, le hacía brillar el pelaje de la espalda. Le gustaba. Le gustaba que la miraran sin permiso. Le gustaba que la pusieran en su lugar. En la guerra había mandado hombres. Ahora se dejaba mandar por un mapache de un metro cincuenta y cinco que olía a incienso barato. El contraste la excitaba hasta el límite.
Apolo se acercó más. Sacó de un estante un frasco de talco perfumado (el mismo que usaba para embellecer las bombachas antes de venderlas) y le tiró un puñado encima de la espalda. El polvo blanco se pegó al sudor y al jabón. Greta se revolcó un poco, como una cerda feliz en el barro, gimiendo suavecito. El sonido era grave, gutural, de animal que se entrega.
—Decime qué sos —le gruñó Apolo, bajándose los calzoncillos. El glande ya asomaba, rojo, brillante, con una gota de precum colgando.
Greta levantó la mirada. Los ojos le brillaban con esa mezcla de vergüenza y hambre que solo aparece cuando alguien se está dejando usar exactamente como quiere.
—Soy… tu trapo de piso viviente… tu limpiadora sucia…
—¿Y esta poronga quién la limpia?
Ella no respondió con palabras. Solo sacó la lengua, ancha y rosa, y se arrastró de rodillas hasta él, dejando un camino mojado de jabón y talco. Le dio una lamida lenta desde la base hasta la punta, saboreando la sal y el olor a mapache excitado. Apolo soltó una risa gangosa, esa risa de degenerado lindo que le salía cuando algo salía exactamente como lo había planeado.
—Ahí está… la mucama de los jueves…
Cerró la puerta del baño. Afuera el ventilador seguía girando lento, como si nada. Adentro empezaron los sonidos húmedos: la lengua de Greta, los gemidos controlados, el golpe suave de la cabeza de la jabalina contra el azulejo cuando Apolo le agarraba el moño y la guiaba más profundo. El mapache no tenía apuro. Le gustaba verla trabajar. Le gustaba sentir cómo esa boca que alguna vez gritó órdenes ahora solo sabía chupar y limpiar.
Greta, de rodillas, con el culo al aire y el pecho todavía manchado de jabón y talco, se tocaba entre las piernas sin que se lo permitieran. Los dedos gordos se metían entre los labios hinchados, se mojaban, salían brillantes. Cada vez que Apolo le hablaba sucio (“más profundo, mucama”, “tragate la mugre”, “sos un trapo con patas”) ella apretaba más fuerte, como si las palabras fueran otro dedo dentro de ella.
Cuando el mapache se corrió, lo hizo sin avisar, llenándole la boca y el hocico. Greta se lo tragó casi todo, pero algo se le escapó por la comisura y le cayó sobre un pezón. Ella lo recogió con el dedo y se lo metió en la boca otra vez, mirándolo a los ojos. Apolo se rió otra vez, esa risa baja y sucia.
—Buen trabajo, Grety. Dejá el baño como si nunca hubieras estado… o como si hubieras estado demasiado.
Ella se levantó despacio, se limpió la boca con el dorso de la mano y empezó a juntar su ropa. No se bañó. No se secó del todo. Se vistió con el cuerpo todavía húmedo, el talco pegado a la espalda, el olor de Apolo entre las piernas. Cuando salió a la calle, con la pollera larga y la camisa abotonada hasta el cuello, nadie habría sospechado nada. Solo olía un poco más fuerte a jabón de piso y a algo más oscuro.
Apolo se quedó en el sillón, mirando el cajón de bombachas. Sacó una etiqueta nueva y escribió con birome:
“Jueves – Mucama de baño. Talco, jabón y saliva. Disponible.”
El ventilador seguía girando. Afuera empezaba a caer la tarde sobre Las Alondras. Y en algún lugar del barrio, una jabalina caminaba con las piernas un poco abiertas, ya pensando en el próximo jueves.








