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Vendida al rey mafioso

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Sinopsis

Mi padre me vendió al Rey, después de pasar por tantas dificultades de este oscuro mundo, debo pasar por el obstáculo más grande... no enamorarme de ÉL.

Genero:
Drama/Romance
Autor/a:
yeliza
Estado:
En proceso
Capítulos:
16
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Vendida?

NARRADOR OMNISCIENTE:

El hombre se encontraba sentado en su oficina, con esa imponente presencia que intimidaba a cualquiera que lo mirara. Sin embargo, algo rondaba su cabeza: el hombre al que buscaba no daba la cara. Dejando a un lado la carpeta que sostenía, llamó a uno de sus subordinados con una voz seria que retumbó en todo el lugar.

—¡Bruno, ven aquí! —ordenó. —Sí, señor, dígame —respondió este apenas entró al despacho.

—Tráeme a ese viejo inútil. No importa si tienes que buscarlo debajo de las piedras, pero tráelo. ¡Ve! —gruñó lleno de ira.

Mientras Bruno iba en busca del sujeto, por la mente de Noah rondaban muchos pensamientos; tenía otros asuntos de los que encargarse.

Caminó hacia la sala de tortura. En cuanto abrió la puerta, el hombre que colgaba de las manos con cadenas pegó un pequeño salto por el susto. Noah rio por lo bajo y dijo:

—Sabes, esto es tan gracioso. Siempre me decías que nunca te haría daño por ser mi primo, pero... ¿por qué tenías que meterte en mis asuntos? —Terminó con esa pregunta que le llenaba de rabia.

—Primo, estás haciendo las cosas mal. Debí hacerlo, entiéndelo —dijo Amir con una expresión de terror.

—Tst, tst, tst —gesticuló Noah con desaprobación —No, no, no, primo. TÚ no debiste meterte en mis negocios. Ahora sufrirás las consecuencias de tus errores.

Dicho esto y tras enrollarse las mangas de la camisa, empuñó el bate de metal que aguardaba en el rincón. El primer golpe impactó de lleno en las piernas del hombre suspendido, quebrando el silencio con un alarido desgarrador. Mientras los gritos rebotaban contra las paredes, Noah mantuvo el ritmo, impasible, hundiendo el metal en la carne y el hueso hasta que se sintió finalmente satisfecho.

Abandonó la habitación dejando atrás los gritos de dolor que resonaban por el pasillo. Al ver a uno de los guardias, le ordenó mientras encendía un cigarrillo:

—Cuando haya terminado de sufrir, bájalo y llévalo a casa de mi tía Sara. Déjalo en la puerta y dile que es un mensaje de su querido sobrino: “NO SE METAN EN MIS ASUNTOS”.--

POCO TIEMPO DESPUÉS

—Mi rey, traje al señor Astrid. Lo encontramos en uno de nuestros casinos haciendo apuestas —anunció Bruno entrando al despacho.

—Perfecto, tráelo ante mí —dijo Noah con voz ronca mientras se acomodaba en su sillón.

Bruno hizo una señal y luego le encendió el cigarrillo a su jefe. Noah fumó un par de veces, esperando.

Tiraron al viejo a sus pies; parecía borracho, pero aún estaba consciente.

—Señor... digo, mi rey, discúlpeme. Perdóneme la vida, señor Keer —balbuceó el hombre, confundido sobre cómo llamarlo—. Yo le iba a dar su dinero este mes, no me he olvidado de mi deuda, sé que le debo, pe... pero me robaron. Unos malditos del barrio y... y... —se excusó con un temblor evidente en la voz que delataba su mentira.

De pronto, Bruno caminó unos pasos y le propinó dos patadas en el estómago, tan rápidas que el viejo ni las vio venir. Bruno era experto en artes marciales y un atleta excepcional; dejó al hombre vomitando en el piso, encogido por el dolor. Antes de que le diera más golpes, Noah le hizo una señal para que le sirviera un whisky. El señor Astrid, con las pocas fuerzas que le quedaban, suplicó:

—Señor Keer, tenga piedad de mí. Si me lo permite, le daré algo valioso, pero tenga piedad... —rogó apoyando la cabeza en el suelo.

—Ja —rio Noah con burla—. Viejo inútil, si no fuera por tu deuda ya estarías muerto y embalado debajo de cualquier puente. Pero ya que me lo suplicas con tanta vehemencia, te daré una oportunidad más.

—Pero señor Ke...—Bruno no alcanzó a refutar porque su rey no lo permitió.

—Sht —casi harto de Bruno por meter su bocota dónde no lo llaman —cállate Bruno, ¡Ahora! dígame señor Astrid, ¿Cómo me va a pagar?, voy a escucharlo. Adelante. —Le dijo extendiendo mi mano haciéndole una señal para que se levante.

Mientras él viejo mal herido se levantaba con dolor y abrazando su estomago, Noah tomó su Whisky sintiendo la impaciencia recorrer todo su cuerpo, pero al escuchar sus palabras dejó de tomar el contenido de su vaso.

—Pero señor Ke... —intentó decir Bruno, pero Noah lo cortó en seco.

—¡Shhh! Cállate, Bruno —le espetó, harto de que su segundo al mando se metiera donde no lo llamaban—. A ver, dígame, señor Astrid: ¿cómo me va a pagar? Lo escucho. Adelante.

Noah extendió la mano indicándole que se levantara. El viejo, abrazándose el estómago por el dolor, propuso: —Señor, yo... le puedo dar a mi hija.

“Lo sabía, este viejo le daría su alma al diablo por sus vicios”, pensó Noah divertido por tal propuesta..“Estas son las mejores personas para mi negocio. ¿Pero creerá que su hija es suficiente pago?”.

—¿Eso es todo? Eres un estúpido. ¿Crees que tu hija compensa lo que me debes? —preguntó Noah. Se levantó del sillón, caminó hacia él y le propinó una patada en la cara, ya que el viejo se cubría el estómago.

—¡No, señor Keer, no se va a arrepentir! Ella es muy bonita y... es virgen, señor. Solo perdóneme la vida —exclamó al borde del colapso, arrastrándose hasta la pared.

Estaba en una esquina casi agonizando por los golpes y esperando lo peor pero algo en las palabras del viejo detuvo a Noah, quien iba a golpearlo de nuevo.

—Mmm, ¿crees que eso es suficiente? —preguntó con ironía.

—Señor, le juro que no se arrepentirá de tomarla... —se defendió el hombre desesperado.

—Pero señor, es mucho dinero... —insistió Bruno.

—¡Te dije que te calles! Tráela en este preciso momento. Veamos si es cierto lo que dice este viejo decrépito. —dijo harto de las interrupciones de Bruno, que cada vez se hacían mas molestas.

Noah volvió a su sillón y bebió su whisky de un solo trago, sintiéndose hastiado.“Espero que no sea una pérdida de tiempo, porque si no, este viejo no tendrá una muerte rápida”.

ESA MISMA TARDE EN LA CIUDAD

Nina y su amiga April salían de su última clase en la Universidad del Norte. Hablaban sobre las vacaciones, sin sospechar lo que estaba por ocurrir.

—Nina, ya es hora, salgamos de aquí —dijo April con entusiasmo—. Mañana termina el semestre. ¿Qué harás este verano?

—Pues no lo sé. En la biblioteca o en mi trabajo, ¿dónde más? —rio Nina, pero su amiga paró su andar y soltó un poco indignada.

—Pero bueno Nina, ¿siempre serás así de aburrida? Vamos a la playa ¿si?, solo por este verano. Además, no vives con tus padres, puedes hacer lo que quieras —soltó April sin saber el dolor que causaba ese comentario.

—April, que viva sola no exactamente significa que pueda hacer lo que quiera. Necesito trabajar para la matrícula del siguiente semestre. Entiéndelo, no puedo. —se excusó y continuó caninando.

—¿Y si vamos solo un fin de semana? —insistió su amiga con ojos suplicantes, tratando de persuadirla.

—¿No vas a dejar de insistir verdad? — pregunté ante su insistencia.

—Jejeje nop, hasta que digas que si, ya me conoces. —se iluminaron sus ojos y sus pestañas revolotearon en forma de suplica.

—Ok ok!! esta bien, le voy a pedir permiso a mi jefe, solo porque este semestre si me saque hasta la ultima gota de sudor para pasarlo —le dije ya derrotada ante sus encantos.

April era la típica chica alegre y radiante, de cabello rubio y ojos miel. Nina, en cambio, sentía que ella misma parecía “la parca” a su lado.

—Y vaya que lo hiciste Nina, eres la mejor de la clase jajaja —reconoció mientras le daba unas palmaditas en el hombro.

Salieron de la universidad y April se subió al auto que ya la esperaba, no sin antes lanzarle un beso volado a su querida amiga, como era su costumbre al despedirse. Por su parte, Nina continuó el trayecto hacia su trabajo, el cual quedaba a tan solo cuatro cuadras.

Al no ser una distancia larga, caminó sin prisa. Se puso los auriculares, sumergiéndose en la música; un hábito que, en ese momento, se convertiría en su peor descuido. Estaba tan ensimismada que no notó cuando cuatro hombres corpulentos la rodearon. Al percatarse del peligro, intentó huir hacia un callejón; en medio del pánico, recordó con ironía el largo tiempo que llevaba sin ejercitarse, mientras sentía que el corazón se le saldría del pecho en cualquier segundo.

Creyó haber escapado por la parte trasera de una cafetería, pero la atraparon. Forcejeó con una desesperación que pronto le dejó los músculos entumecidos, porque ellos eran demasiado fuertes para ella. La subieron a una camioneta a la fuerza, le amordazaron la boca con un trapo y le inmovilizaron las extremidades con bridas de plástico. El material se hundía en su piel con cada movimiento, dándole la dolorosa sensación de que le estaban serruchando las muñecas y los tobillos.

Le vendaron los ojos, sumiéndola en una oscuridad absoluta que la dejó completamente vulnerable. Al mismo tiempo, sintió cómo le arrebataban el bolso con brusquedad. Atrapada entre aquellos dos hombres que parecían rinocerontes por su tamaño y fuerza, Nina intentó desesperadamente sacudirse, abalanzándose hacia los lados en un intento inútil por liberarse. Sin embargo, el forcejeo murió en el acto cuando uno de ellos sentenció con una voz cavernosa y aterradora:

—Si te vuelves a mover así, mejor date por muerta. ¿Entiendes?

Nina se sobresaltó, el frío de la amenaza calándole hasta los huesos. El miedo a morir la invadió de golpe, obligándola a quedarse inmóvil, sin atreverse a mover un solo músculo. No quería morir, al menos no todavía.

—Solo hasta que pueda correr... ya verán, imbéciles —murmuró para sí misma, casi de forma imperceptible.

A veces pecaba de tener aires de heroína, convenciéndose de que podía manejar cualquier situación. En su mente repasó fugazmente aquellas dos únicas clases de jiujitsu a las que había logrado asistir; no es que le faltaran ganas de aprender, simplemente el dinero no le alcanzaba para pagar más. Pero, en ese momento, aquel breve entrenamiento se sentía como un arma insuficiente contra la realidad que la rodeaba.

MAS TARDE EN LA MANSIÓN

Noah permanecía asomado a la ventana, vigilando la entrada de la enorme mansión. El tiempo transcurría con una lentitud irritante; aunque “el viejo” les había entregado la ubicación de su hija, nada garantizaba que no fuera una trampa. La impaciencia comenzó a transformarse en una furia sorda; llegó a pensar que aquel don nadie lo había engañado con la existencia de una hija inexistente.

Dominado por la ira, caminó hacia donde el hombre permanecía arrodillado y le pisó la nuca con brutalidad, estampando su rostro contra el suelo.

—¡Me has estado mintiendo! —le gritó, desbordado por el odio—. ¡Odio las mentiras, viejo! Me has engañado y eso no te lo perdonaré.

Sin una pizca de piedad, desenfundó el arma de su sobaquera, dispuesto a descargar todas las balas sobre su cabeza y terminar con el asunto de una vez por todas. Sin embargo, el estruendo de la puerta lo detuvo: Bruno entró en la habitación cargando a una chica sobre el hombro como si fuera un saco de patatas, soltándola en el piso sin delicadeza alguna.

Al quitarle la venda, ella contempló el entorno con estupor. Sus ojos se fijaron en el hombre que gemía bajo la bota de su captor y el pánico se apoderó de su voz.

—¿Pa... papá? ¿Qué pasa? ¿Qué está pasando? —preguntó con una angustia evidente.

Al sentir que la presión sobre su nuca disminuía ligeramente, el hombre en el suelo logró articular palabra, con la voz quebrada por el llanto.

—Lo siento, Nina... no me odies por esto... lo siento mucho.

Él retiró el zapato por completo, permitiendo que el padre intentara gatear hacia su hija, pero se interpuso en su camino de inmediato.

—Ah, ah, ah... No, señor Astrid —sentenció con una voz grave y autoritaria—. No se le permite tocar mercancía que ya no le pertenece. Usted mejor que nadie sabe cómo son los negocios.

Con una risa gélida, se acercó a Nina. Mientras el padre permanecía petrificado donde se le había ordenado, él la levantó y la sentó sobre el escritorio, barriendo al suelo todo lo que estorbaba con un movimiento brusco. Ella parecía estar en shock, incapaz de reaccionar.

Él sacó un cuchillo de su sobaquera y comenzó a cortar las bridas de sus pies. Nina lo miró directamente a los ojos, con el terror grabado en sus pupilas, pero se mantuvo inmóvil. Él aprovechó para acariciar su mejilla con una delicadeza cínica; el contacto hizo que ella se estremeciera tanto que se le erizó la piel.

Era realmente hermosa; había algo en su mirada que despertaba en él impulsos oscuros. Sin embargo, apenas sintió sus muñecas libres, ella intentó un movimiento desesperado y estúpido. Pero Él fue más rápido: la inmovilizó contra el escritorio, presionando la daga contra su cuello. La respiración de la joven era tan errática que parecía un pequeño conejo a punto de ser devorado. La situación se volvía más interesante a cada segundo, hasta que una interrupción rompió el momento.

—Señor Keer, no la mate —rogó el hombre desde el suelo, con la voz quebrada—. Por favor, ella es muy inteligente y puede serle útil. Es capaz de hacer cualquier cosa que le pida, ¡se lo juro!

El viejo golpeó su frente contra el piso en un gesto de súplica desesperada, algo que solo consiguió alimentar la irritación de Noah.

—¿No es gracioso? —le susurró él al oído a la joven—. Te ha vendido y ahora pretende que tenga piedad.

Nina pareció ignorar el comentario; su atención estaba fija en su padre, con una mirada cargada de incredulidad.

—¿Por qué? ¿Por qué, papá? —preguntó ella, empezando a removerse con brusquedad—. ¿Qué te hice para merecer esto de ti?

—¡Mírame! ¡Odio que me ignoren! —sentenció Noah con enfado, sujetando la mandíbula de Nina con fuerza para obligarla a clavar la vista en él.

Ella forcejeó con una energía sorprendente, obligando a Noah a emplear toda su fuerza para mantenerla sobre el escritorio. Supuso que su intención era saltar sobre su padre para exigirle cuentas por la traición, pero le pareció una ingenuidad absoluta dada la situación. Al ver que no se calmaba, Noah le inmovilizó las manos sobre la cabeza y presionó su cuerpo contra el de ella, atrapándola contra la madera. A pesar de la presión, Nina seguía buscando con la mirada la figura de su padre en el suelo.

—Nunca he conocido a una chica tan salvaje como tú —expresó él con voz ronca—. Tan pequeña y, sin embargo, saltas como un pequeño saltamontes.

—¡Quítate de encima! ¿Quién te crees que eres? ¡Maldito seas! —escupió ella.

La respuesta de Nina lo desconcertó y le provocó un nuevo arranque de ira. Noah soltó un suspiro pesado, intentando contenerse ante el constante aleteo de la joven. Bruno, atento a la escena, hizo amago de intervenir, pero Noah le lanzó una seña fulminante para que permaneciera al margen.

—¿Qué hiciste, papá? Por favor, haz que quiten a este idiota de encima... —suplicó ella entre sollozos, aunque sus ojos destellaban una hostilidad feroz.

En un gesto cargado de desesperación, Nina se mordió el labio inferior. Ese gesto, cargado de hostilidad y desesperación, le resultó extrañamente sexy a Noah.

—Lo siento, no puedo... Lo siento mucho, Nina —se disculpó el padre una vez más, incapaz de sostenerle la mirada.

—¿Por qué? —fue lo único que ella alcanzó a preguntar, con una mezcla de tristeza y odio.

Al notar que las fuerzas de Nina flaqueaban, Noah le sujetó ambas muñecas con una sola mano. Con la otra, tomó su barbilla y se acercó lentamente a su rostro. Ella, anticipando un beso, giró la cabeza con violencia para evitarlo. Noah aprovechó el movimiento para acercarse a su oído y sentenciar con una voz cargada de posesión:

—Porque ahora eres MÍA.

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