Capítulo I La Voz en el Confesionario
Capítulo I La Voz en el Confesionario
La Voz en el Confesionario
Año del Señor de 1340.
En una comarca olvidada en las afueras de Messina, donde la tierra era árida y el hambre más constante que la esperanza, se alzaba una pequeña iglesia de piedra erosionada por el tiempo y el abandono. Sus muros, agrietados y cubiertos de musgo, apenas contenían el eco de las oraciones de una comunidad que había aprendido a rezar más por costumbre que por fe.
Allí servía el párroco Padre Anselmo Virelli.
No era un hombre viejo aún, pero su rostro cargaba el peso de años que no le correspondían. Sus manos, finas y huesudas, temblaban a veces no por edad... sino por algo más profundo: el desgaste de creer sin recibir respuesta.
Aquella tarde, el viento soplaba con un silbido extraño entre las rendijas de la iglesia. No había feligreses. No había cantos. Solo el crujir de la madera y el leve titilar de una vela frente al altar.
Anselmo se encontraba en el confesionario. Esperando. Como tantas otras veces.
Entonces, la puerta de la iglesia se abrió.
No hubo pasos apresurados. No hubo saludo. Solo una presencia. El sacerdote sintió el cambio en el aire antes de escuchar el sonido de la madera del confesionario abrirse del otro lado.
El desconocido había entrado. Se sentó. Silencio.
-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo... -comenzó Anselmo, con voz mecánica-. ¿De qué deseas confesarte, hijo?
Lo que respondió no fue una confesión.
Fue una afirmación.
-No he venido a confesarme, Anselmo Virelli.
El sacerdote se quedó inmóvil. Nadie en aquella comarca usaba su nombre completo. Nadie... excepto alguien que no debía conocerlo. Un frío seco le recorrió la espalda.
-¿Quién eres? -preguntó, intentando mantener la compostura.
Del otro lado, la voz era serena. Demasiado serena.
-Alguien que ha escuchado tus pensamientos cuando ni siquiera tú te atreves a pronunciarlos.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra. Anselmo tragó saliva.
-Esto es una casa de Dios... -dijo, aunque su voz ya no tenía firmeza.
Entonces, el desconocido dejó escapar una leve risa. No burlona... sino segura.
-¿Dios? -susurró-. ¿Dónde estaba tu Dios cuando suplicabas por pan siendo niño? ¿Dónde estaba cuando enterraste a tu madre sin un sacerdote que rezara por su alma? ¿Dónde estaba... cuando decidiste servirle esperando una respuesta que nunca llegó?
Cada palabra era precisa. Personal. Imposible. Anselmo cerró los ojos.
No respondió. No podía.
-He venido a ofrecerte algo que tu Dios nunca te dará -continuó la voz-.Justicia... poder... y un propósito real.
El sacerdote apoyó una mano contra la madera del confesionario. Necesitaba sentir algo sólido.
-Vete -murmuró-. No sabes lo que dices.
-Oh, lo sé perfectamente.
Hubo una pausa. Lenta. Calculada.
-El Inframundo te ha elegido.
Las palabras no resonaron como una amenaza... sino como una sentencia.
-Para una misión -prosiguió-. Una que cambiará el curso de la historia. Una que despojará a la Iglesia de su poder... y hará caer a aquellos que se han alimentado del sufrimiento de los hombres como tú.
El corazón de Anselmo comenzó a latir con fuerza.
-Eso es herejía... -susurró, aunque la convicción se desmoronaba en su voz.
-No -respondió el desconocido-. Es verdad.
El viento golpeó las puertas de la iglesia con violencia. Las velas parpadearon.
-Acepta... -dijo la voz, ahora más cercana, más íntima-Y no volverás a conocer el hambre. No volverás a arrodillarte ante quienes te han despreciado. Serás más que un sacerdote olvidado en una tierra moribunda.
Anselmo respiró hondo. Sus manos dejaron de temblar.
-¿Y qué debo hacer? -preguntó finalmente.
El silencio del otro lado se volvió... satisfecho.
-Escuchar -dijo la voz-. Aprender...
y cuando llegue el momento... abrir la puerta.
Una pausa. Y luego, casi en un susurro:
-El mundo debe ser purificado.
El sacerdote cerró los ojos. Por primera vez en años... Sintió que alguien lo había escuchado. Cuando abrió el confesionario, ya no había nadie. La iglesia estaba vacía.
Pero sobre el suelo, frente al altar...
había una marca. Un símbolo que no pertenecía a ningún libro sagrado.
Y que, sin embargo... Anselmo comprendió.
El silencio en la iglesia se volvió denso, casi insoportable. Padre Anselmo permaneció inmóvil durante unos instantes, observando el suelo frente al altar. Allí, donde antes no había nada, yacía ahora una marca imposible. Un símbolo. Trazado con precisión inquietante. Una espiral incompleta... como si quien la hubiera dibujado hubiese detenido su mano antes de terminarla. O peor aún, como si no pudiera cerrarse jamás. Anselmo sintió un estremecimiento profundo.
No era tinta común. No era carbón. Y, sin embargo, estaba allí... real. Se acercó lentamente. Cada paso resonaba en la nave vacía como un eco ajeno.
Se arrodilló. Extendió la mano con cautela, como si temiera que aquel signo pudiera moverse o desvanecerse ante su contacto. Sus dedos rozaron la superficie fría de la piedra... y luego el trazo. Nada ocurrió. Pero lo sintió. Un leve pulso. Como si algo, dentro de aquella forma incompleta, latiera en silencio.
Anselmo retiró la mano de inmediato, respirando con dificultad. Miró hacia la puerta. La iglesia seguía vacía. Sin testigos.Sin respuestas. Con manos temblorosas, tomó un pequeño paño de su hábito y, con sumo cuidado, recogió el símbolo, como si fuera un objeto sagrado... o maldito. Lo dobló, ocultándolo entre las telas oscuras que cubrían su pecho.
Por un instante, dudó. Pero entonces corrió. Sus pasos apresurados rompieron el silencio mientras avanzaba por la nave central. Empujó la pesada puerta de madera, que se abrió con un quejido grave.
El aire exterior lo golpeó con fuerza. Frío.
Seco. Vivo. Anselmo alzó la vista. Y lo vio.
A lo lejos, descendiendo por el sendero polvoriento que se alejaba de la iglesia, una figura. Alta. Envuelta en una capa oscura. El rostro oculto bajo una capucha que no dejaba ver más que sombra.
-¡Espera! -gritó Anselmo, dando un paso hacia adelante.
La figura no se detuvo. No miró atrás.
Simplemente continuó su camino, con una calma que resultaba perturbadora. Como si supiera... que no era necesario correr.
Como si supiera... que ya había sido escuchado. Anselmo avanzó unos pasos más, pero algo lo detuvo. No fue miedo.
Fue certeza.
Lentamente, llevó una mano a su pecho, donde había ocultado el símbolo.
Y en ese instante lo comprendió.
Aquel encuentro no había sido una visita.
Había sido una elección. El viento volvió a soplar, arrastrando polvo y hojas secas por el camino. Cuando Anselmo levantó la mirada de nuevo... la figura había desaparecido. No quedaba rastro. Solo el sendero vacío... y el peso creciente de algo que ya no podía deshacerse.
Esa noche, por primera vez desde que había tomado los votos... Padre Anselmo Virelli no rezó.
El peso en su pecho se volvió insoportable.
Padre Anselmo retrocedió desde la puerta, como si el aire del exterior ya no le perteneciera. Sus pasos, ahora vacilantes, lo llevaron de regreso al interior de la iglesia. La penumbra lo envolvió de nuevo.
El silencio... también. Apretó el símbolo oculto bajo su hábito, como si quemara contra su piel. No podía quedarse así.
No debía.
Con paso apresurado, casi desesperado, avanzó por la nave central hasta el altar mayor. Allí, iluminada por la luz temblorosa de las velas, se alzaba la imagen de Jesús el Nazareno, clavado en la cruz, con el rostro sereno y el sufrimiento esculpido en madera antigua.
Anselmo cayó de rodillas.
-Señor... -susurró, con la voz quebrada-. No me dejes caer en la tentación.
Sus manos se aferraron al borde del altar.
-Si esto es una prueba... dame fuerzas.
Si es engaño... muéstrame la verdad.
Pero no... no me abandones...
Las palabras comenzaron a fluir sin orden, como si brotaran desde un lugar más profundo que su propia fe. El tiempo pareció detenerse. Solo quedaban su respiración... y el débil crepitar de las velas.
Anselmo cerró los ojos. Oró. Con más fervor del que había sentido en años.
Con miedo. Con necesidad. Con algo que rozaba la desesperación.
Pasaron minutos... o tal vez más. Hasta que, lentamente, su respiración se calmó.
El temblor en sus manos cedió. Y en ese breve instante de aparente paz... alzó la cabeza. Sus ojos se dirigieron a la imagen de Cristo.
Y entonces...lo vio.Dos finas líneas oscuras descendían desde los ojos tallados de la figura. Al principio, su mente se negó a comprender. Parpadeó.
Se inclinó levemente hacia adelante.
No era una ilusión.No era la luz. Eran... lágrimas. Pero no eran claras. No eran agua.Eran rojas.Espesas.
Dos lágrimas de sangre que recorrían lentamente las mejillas de Jesús el Nazareno, cayendo en silencio sobre la madera envejecida. El corazón de Anselmo se detuvo por un instante.
-No... -susurró.
Un frío absoluto lo atravesó. Sus labios comenzaron a temblar.
-No... esto no puede...
Retrocedió torpemente, sin apartar la vista.
Las velas parpadearon con violencia.
La sombra de la cruz se alargó sobre el suelo, deformándose, como si algo invisible la distorsionara.
Anselmo sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. Que las paredes se cerraban. Que algo... lo observaba.
El símbolo bajo su hábito ardió contra su piel. Un latido. Fuerte.Ajeno.
El sacerdote abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella. Sus piernas cedieron.
Y, sin poder sostenerse más ante aquello que desafiaba todo lo que creía sagrado...
cayó de espaldas contra el suelo de piedra.
El golpe resonó seco en la iglesia vacía.
Sus ojos quedaron abiertos un instante más... fijos en la figura del Nazareno.
Y luego... la oscuridad lo envolvió.
La noche había caído sin que él lo supiera.
Densa. Silenciosa. El mundo parecía suspendido en una quietud antinatural.
Padre Anselmo despertó de golpe. Un jadeo seco escapó de su garganta mientras su cuerpo se incorporaba bruscamente sobre el lecho. Su túnica estaba empapada en sudor, pegada a su piel como si hubiese atravesado una fiebre larga y oscura. Respiraba con dificultad.
Sus manos temblaban. Sus ojos, aún desorientados, recorrieron la habitación apenas iluminada por una lámpara de aceite.
Y entonces la vio. Sentada junto a su cama, inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el regazo, estaba la beata Martha.
-Padre... -dijo con suavidad, al notar que había despertado-. Al fin.
Anselmo la observó unos segundos, como si necesitara recordar quién era... o dónde estaba.
-¿Martha...? -murmuró, con la voz áspera.
Ella asintió, inclinándose ligeramente hacia él.
-No debía levantarse tan pronto -respondió-. Ha estado inconsciente durante horas.
El sacerdote frunció el ceño.
-¿Horas...?
Martha tomó aire, como si reviviera el momento.
-Vine a traerle la cena, como cada día... serían cerca de las siete -explicó-. La iglesia estaba abierta, pero no respondía.
Lo encontré... en el suelo, frente al altar.
Anselmo sintió un estremecimiento recorrerle el cuerpo.
-No se movía -continuó ella-. Pensé que... que había muerto.
Sus manos se tensaron al recordar.
-Con la ayuda de Dios, logré arrastrarlo hasta aquí. No fue fácil... pero no podía dejarlo allí solo.
Hubo un silencio breve. Cargado. Martha lo observó con atención, sus ojos reflejaban preocupación genuina... pero también algo más. Duda.
-Padre... -añadió con cautela-. ¿Qué ocurrió?
La pregunta quedó suspendida entre ambos. Anselmo apartó la mirada. Su mente volvió, inevitablemente, al confesionario... al símbolo... a las lágrimas de sangre. Sintió el peso oculto bajo su hábito. Aún estaba allí. Real.
-Yo... -comenzó, pero las palabras se le quebraron antes de tomar forma.
Martha esperó. El silencio se prolongó.
Finalmente, el sacerdote respiró hondo y negó levemente con la cabeza.
-Fue... un mareo -dijo al fin, evitando mirarla-. Nada más.
Ella no respondió de inmediato.
-¿Un mareo? -repitió, con suavidad, pero sin convicción.
Anselmo asintió.
-He estado... cansado -añadió-. El calor... la falta de descanso... Supongo que mi cuerpo ha cedido.
Martha lo observó en silencio. Demasiado tiempo.
-Padre -dijo finalmente-... llevo años viéndole servir en esta parroquia. Nunca le he visto caer así.
Sus palabras no eran una acusación.
Pero tampoco eran inocentes. Anselmo apretó las manos sobre las sábanas.
-No es nada, Martha -respondió con un tono más firme-. Se lo aseguro.
La mujer bajó la mirada. Asintió lentamente.
-Como usted diga, padre.
Pero algo en su expresión indicaba que no estaba convencida. Se levantó con calma, tomando la lámpara de aceite.
-He dejado algo de caldo y pan -añadió-. Debería comer... le hará bien.
Se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
-Gracias a Dios que despertó -dijo en voz baja.
Y entonces, sin esperar respuesta... se marchó. La puerta se cerró con un leve crujido. El silencio volvió. Más pesado que antes. Anselmo permaneció inmóvil durante unos instantes. Luego, lentamente... llevó la mano a su pecho. Sacó el paño. Y lo abrió. El símbolo seguía allí. Oscuro. Vivo. Intacto. Lo observó en la penumbra. Y por primera vez desde que había despertado... no sintió miedo.
Sino algo mucho más peligroso. Atracción.
La habitación permanecía en penumbra.
Solo la débil llama de la lámpara, olvidada sobre una mesa, dibujaba sombras alargadas sobre las paredes de piedra.
Padre Anselmo sostenía el paño entre sus manos. Lo había abierto por completo. El símbolo reposaba allí, inmóvil... pero imposible de ignorar. La espiral incompleta.
Oscura. Precisa. Como si hubiese sido trazada no por una mano... sino por una intención.
Anselmo lo observó en silencio. Su respiración, lenta al principio, comenzó a acompasarse con algo más. Algo que no provenía de él. Un latido. Sutil. Rítmico.
El sacerdote frunció el ceño.
-No... -susurró, apenas audible.
El latido se intensificó. No era un sonido.
Era una sensación. Como si el aire mismo dentro de la habitación respirara con vida propia. Entonces, el símbolo... cambió.
No se movió. Pero su trazo comenzó a oscurecerse. Más profundo. Más denso.
Como si absorbiera la luz a su alrededor.
La llama de la lámpara titiló violentamente.
El aire se volvió frío. Anselmo sintió cómo un estremecimiento le recorría la espalda.
Quiso soltar el paño. No pudo. Sus dedos permanecían tensos, aferrados.
-Déjame... -murmuró, pero su voz ya no le pertenecía del todo.
La espiral incompleta pareció expandirse.
No físicamente... sino en su percepción.
Ya no era un símbolo pequeño entre sus manos. Era una forma que se abría. Que lo invitaba. Que lo arrastraba.
Anselmo cerró los ojos con fuerza. Pero entonces la vio. Dentro de su mente.
La espiral... completa. Por un instante.
Perfecta. Y en ese instante fugaz...
comprendió algo que no había aprendido.
Que no había leído. Que no le había sido enseñado. Un conocimiento. Crudo. Antiguo. Peligroso. Sus ojos se abrieron de golpe. El paño cayó al suelo. El símbolo seguía allí. Como antes. Inmóvil.
Pero algo había cambiado. No en él...
sino en su interior. Anselmo llevó una mano a su pecho, respirando con dificultad. Y entonces la escuchó. No en la habitación. No en el aire. Sino dentro de sí.
Una voz.Suave. Serena. Inevitable.
-Ahora ves... lo que antes te estaba negado.
El sacerdote no respondió. No podía.
-Este es solo el comienzo... -continuó la voz-.
La puerta ha sido abierta, Anselmo. El corazón le latía con fuerza.
-Y tú... -susurró la presencia-
has decidido cruzarla.
El silencio regresó de golpe. La llama se estabilizó. El frío desapareció. Todo volvió a la normalidad. Excepto él. Anselmo permaneció sentado en el borde de la cama, con la mirada fija en el símbolo en el suelo. Y lentamente...muy lentamente... una expresión distinta comenzó a formarse en su rostro. No era miedo. No era fe. Era algo nuevo. Algo más profundo. Algo que crecía en silencio. Una certeza.
Esa noche...Padre Anselmo Virelli comprendió que su vida anterior había terminado. Y que lo que vendría... no tenía retorno.
El amanecer llegó gris. Sin cantos. Sin consuelo. Padre Anselmo Virelli no había dormido. Había permanecido en vela, sentado junto a la mesa, observando en silencio el paño donde reposaba el símbolo. En más de una ocasión creyó verlo moverse... pero ya no estaba seguro de distinguir entre lo real y lo que comenzaba a habitar en su mente.
Cuando las primeras luces atravesaron los vitrales gastados, se puso en pie.
El deber lo llamaba. La parroquia de San Lorenzo Mártir, humilde y olvidada, se preparaba para una pequeña celebración. Esa noche, como cada año, los pocos habitantes de la comarca se reunirían para honrar al santo patrono. Habría una cena sencilla, pan, algo de vino... un intento frágil de alegría en medio de la miseria.
Anselmo tomó su manto. Debía ir al pueblo más cercano a conseguir provisiones. Salir. Respirar. Alejarse, aunque fuera por unas horas, de aquel lugar que ya no le ofrecía paz.
Cruzó la nave en silencio. Se detuvo un instante frente al altar. Sus ojos evitaron, deliberadamente, la mirada de la imagen sagrada. Luego continuó. Abrió la pesada puerta de madera y salió al exterior.
El aire de la mañana era frío, pero limpio.
Por un momento... todo pareció normal.
Demasiado normal. Comenzó a descender por el estrecho camino de tierra que conectaba la iglesia con el pueblo. A ambos lados, los arbustos secos se mecían suavemente con el viento.
Entonces... lo vio. A unos metros, junto al borde del sendero. Entre los arbustos. Inmóvil. La figura. Alta. Cubierta por la misma capa oscura. La capucha ocultaba su rostro. Pero Anselmo no necesitaba verlo para saberlo.Era él. El mismo. El del confesionario. El origen de todo.
El corazón del sacerdote se aceleró.
Una mezcla de ira, miedo y algo más... algo que no podía nombrar, lo impulsó hacia adelante.
-¡Tú! -gritó, avanzando con rapidez-. ¡Detente!
La figura no se movió. No huyó. No respondió. Anselmo comenzó a correr.
Sus pasos levantaban polvo mientras descendía el camino.
-¡¿Quién eres?! -vociferó, con la voz quebrada por la tensión-.¡¿Qué quieres de mí?!
El viento sopló con fuerza. Los arbustos se agitaron. La figura permanecía allí. Esperándolo. Anselmo llegó. Se abrió paso entre las ramas, apartándolas con brusquedad.
-¡Respóndeme!
Pero no había nadie. El espacio estaba vacío. Solo ramas secas. Tierra removida.
Silencio. El sacerdote giró sobre sí mismo, desorientado.
-No... -murmuró-. No... estabas aquí...
Su respiración se volvió irregular. Miró a su alrededor. Nada. Ni rastro. Ni huellas. Ni sombra. Entonces... la voz. Cerca. Demasiado cerca.
Un susurro que no venía de ningún lugar... y de todos al mismo tiempo.
-Todo... a su debido tiempo... será conocido.
Anselmo se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron con terror. El viento cesó de golpe.
El mundo pareció contener el aliento.
-No estás siendo guiado... -continuó la voz, apenas audible-.
Estás siendo preparado. El sacerdote apretó los puños.
-¡Muéstrate! -gritó, girando desesperadamente-. ¡Basta de sombras.
Pero la voz ya no respondió. El silencio regresó. Frío. Absoluto. Anselmo permaneció allí unos instantes más, respirando con dificultad. Luego, lentamente... llevó una mano a su pecho.
El símbolo seguía allí. Y esta vez... latía con claridad.
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