Capítulo 1
Capitulo 1.
André despierta, parpadeando constantemente hasta acostumbrarse a la luz que entra por la ventana. La cabeza y la garganta seca le duelen demasiado.
Un quejido escapa de su boca al tratar de girar, con la intención de ocultarse de la luz con las mantas suaves.
Muerde sus labios y abre los ojos por completo por la fuerte punzada de dolor que atraviesa su cadera y trasero.
¿Qué diablos? Es justo la pregunta que se aloja en su cabeza en ese momento.
—...
Un sudor frío le recorre la espalda al notar que esta, definitivamente, no es su habitación...
Se sienta con cuidado mordiendo su labio inferior. Un elegante dosel de terciopelo rojo delinea la enorme cama de madera oscura y limita su visión, aun así... podía ver su ropa esparcida por el suelo de granito, junto a otras prendas que no reconocía como propias.
Se estremece cuando el sonido de la ducha llega a sus oídos.
Mira la puerta que debía ser el baño.
Vuelve su atención al suelo.
…La ropa.
…Los zapatos.
…Condones usados...
El lugar donde estaba...
Una habitación amplia, elegante de muebles negros y minimalistas, paredes blancas desprolijas de adornos o algún detalle de identidad.
Parecía una habitación de hotel.
—Mierda...— susurra al hablar.Gritando la palabra en su mente.
Aun con el punzante dolor en el trasero, se levanta y toma su ropa, vistiéndose rápidamente.
Toma sus zapatos abrazándolos contra el pecho y sale huyendo de la habitación, apenas con la suficiente claridad en la mente, para no azotar la puerta al cerrarla.
Se mueve por el pasillo, corriendo con los pies aun descalzos buscando alejarse lo más que pudiera de aquella habitación.
Entra al ascensor, presiona con fuerza y constantemente el botón a la planta baja. El golpeteo de su corazón percibiéndose hasta su garganta.
Se aleja chocando con una esquina apenas las puertas se cierran, se coloca los zapatos guardando los calcetines en sus bolsillos.
Abotona su camisa, notando, por los espejos del ascensor, su estado; el cabello despeinado, una capa de brillo en su rostro por el sudor.
Labios hinchados...
Chupetones...
Mordidas en su cuello y hombro...
Niega y cubre deprisa todo eso al acomodar su camisa y abotonar hasta el último de los botones.
Las puertas se abren y sale a un vestíbulo. Es elegante, pero definitivamente no parece un hotel.
Un edificio de apartamentos.
El guardia en la puerta, un hombre fornido envuelto en un traje similar al de un policía, lo ve y André avergonzado de su apariencia baja la cabeza y pasa deprisa a su lado hasta salir del lugar.
Maldice por la luz que ahora percibía más intensa y con ello regresaba su dolor de cabeza.
Palmea sus bolsillos, percibiendo las cosas que había tomado, teléfono, cartera, llaves, bien...
Camina más deprisa. Quiere alejarse todo lo posible de ese lugar, pero el dolor en su cadera le impedía volver a correr.
Alcanza la parada de autobús y sube al que estaba ya estacionado.
Siente la mirada de las personas y se aleja, yendo hasta el fondo del vehículo, a los asientos vacíos.
Se deja caer en uno de ellos, mordiéndose los labios con fuerza ahogando un quejido.
Cubre su rostro con ambas manos y pronto sube las piernas al asiento plástico, enterrando la cabeza entre las rodillas, cubriendo su avergonzado rostro de cualquier chismoso.
Se había acostado con alguien...
No tenía ni idea de quién era, no lo recordaba...
Se había acostado por primera vez con alguien...
Y era un total desconocido... Mierda.
Mierda...
—Mierda... —susurra entre dientes.
Se mantiene en silencio durante todo el trayecto. Varias calles después baja y toma un segundo autobús, luchando esta vez con el malestar, intensificado por el ruido de la gente, la vibración del motor y los empujes en cada parada.
Llega a su casa, un modesto apartamento, uno de tantos en el viejo edificio de 4 niveles.
El interior es pequeño, con solo dos habitaciones, un baño y un espacio abierto que comparte la cocina, el comedor y la sala. Todo está decorado con muebles viejos de segunda mano.
Es sábado, puede confirmarlo en el calendario en la entrada. Son las 7 a.m., según el reloj en uno de los muros de la sala.
Su madre estaba aún trabajando, por lo que estaba solo en la casa.
Anda hasta el baño, se quita por completo su ropa y la vergüenza vuelve a golpearlo al verse en el pequeño espejo del lavamanos.
No era solo su cuello y hombros...
Había marcas pequeñas y circulares por su pecho y abdomen, además de evidentes huellas de manos, en su cintura, cadera y muslos.
Entra a la ducha tomando un baño de agua fría que refresca su cuerpo y aleja la sensación pegajosa en su piel.
Lleva sus dedos a su trasero, la zona está tan sensible que gime con solo ese pequeño roce.
Percibía una leve sensación pegajosa, pero, no debería ser... semen, considerando los condones usados que había visto en aquella habitación...
Habían sido muchos...
¿Cuántas veces lo habrían... hecho?
Muerde su labio con fuerza pensando ¿Es por eso que le duele tanto la cadera? ¿Con qué clase de animal en celo se había metido?
Sale de la ducha y golpea sus mejillas queriendo dejar de pensar en eso.
Su habitación es pequeña, apenas con el suficiente espacio para una cama individual, un pequeño armario, además de una silla y una mesa vieja que le sirve de escritorio.
Se coloca ropa interior, un pants negro y una camiseta roja de cuello redondo de mangas largas que cubrían casi todas las marcas.Se acuesta con cuidado en la cama, cubre los ojos con el antebrazo, quería dormir...
Pero no puede.
El sonido de su teléfono lo interrumpe, un mensaje ha llegado.
Se levanta y toma el aparato de entre su ropa sucia y vuelve a la cama, quejándose cuando se deja caer de sentón y una punzada de dolor lo atraviesa, impidiéndole moverse por unos segundos hasta que el dolor se reduce.
El teléfono de botones le muestra en la pequeña pantalla una gran cantidad de mensajes de Héctor y Miriam, además de 8 llamadas perdidas de Héctor durante la madrugada.
André no pierde el tiempo en leerlos, yendo directamente al mensaje más reciente de Héctor.
😾 Héctor🐈
«Si esto es una maldita broma, dejo de ser graciosa hace horas. ¿Dónde putas estás?».
-3:40 am
«Estoy en casa».
Responde y no escribe nada más.
¿Para qué?
Es decir, seguro que esa respuesta causaría todavía más molestia de Héctor...
Algo que no debería hacer, después de preocuparlo aparentemente toda la noche, pero ¿Qué iba a escribirle?
«Me duele el cuerpo, pero no te preocupes. Estoy bien, solo me fui con un completo extraño, con el que tuve sexo. Pero ¡Hey! Cuando menos parece que utilizamos protección ...Ya estoy en casa».
¡No! ...no
—No lo recuerdo —susurra el castaño, acostándose y cubriéndose por completo con sus sábanas. —Si no lo recuerdo, no paso... —se responde a sí mismo.
Pero se estaba mintiendo, porque sí, bien...
No recordaba al tipo, no su cara a detalle... mucho menos su nombre.
Pero sí que recordaba sus manos, su toque, los besos.
La sensación abrumadora y caliente de placer...
…Su voz.
—Jodete —susurra como un grito reprimido, cubriéndose la cara con fuerza, rojo de vergüenza, casi arañándose la piel, en un intento desesperado de arrancarse esas sensaciones y lograr realmente olvidarlo todo, fingir que nada ha pasado.
André no había salido del apartamento el resto del sábado. Pasó la mayor parte del día durmiendo.
Se levantó solo para preparar la comida y tenerla lista para la llegada de su madre. Compartiendo un momento con ella antes de que, cansada, arrastrara los pies hacia su habitación para dormir.
El dolor en su cuerpo había disminuido un poco durante la noche del sábado, así que había logrado ocultárselo a su madre durante el domingo, el día de descanso de ella.
Y aun así el castaño agradecía internamente que su madre no quisiera hacer nada más que descansar en casa y preparar juntos las comidas del día. Se había tomado un tiempo para reunirse con Héctor y Miriam en un parque cercano a su edificio.
El par lo había reprendido.
Principalmente Héctor quien no paró de regañarlo por no haberles avisado que se marcharía de la fiesta en el bar y desaparecer por horas sin responder a sus mensajes.
El castaño había aguantado en silencio las quejas del pelinegro y sus constantes “eres un imbécil” que había soltado entre oraciones.
No se había quejado, no cuando la rubia, quien solía pasarle las cosas e incluso cubrirlo, también había exclamado su molestia, al punto de negarse a hablarle tras gritar en tono indignado que no volvería a invitarlo a salir...
André dudaba de su amenaza.
Ambos eran mayores a André, no precisamente “hermanos mayores” o buenos ejemplos a seguir, porque en realidad era ese par quien le habían conseguido la identificación falsa para entrar a ese bar y a otros donde lo habían invitado desde que cumplió los 15 años...
Incluso peleaban y discutían constantemente porque André no era precisamente un niñito que se callara las cosas.
Pero se apreciaban mutuamente y por eso André había mantenido la boca cerrada esta vez, durante todos los minutos de regaño, porque aceptaba que se lo merecía.
Durante las tardes, tras la cena, permanecía en su habitación con la excusa de terminar los deberes de la escuela y estudiar un poco, pero era difícil...
Con su mente libre del alcohol, varios recuerdos de aquella noche se habían vuelto nítidos...
Quizás demasiado.
Y por momentos su mente se distraía de las ecuaciones de álgebra y divagaba recordando aquel chico...
No recordaba sus facciones, no a detalle, pero sí el que tenía cabello rubio...
Además de unos brillantes y expresivos ojos ámbar que lo miraban con intensidad.
Ojos ámbar entre gruesas y largas pestañas rubias.
Una mirada intensa entre cerrada, fija solo en él.
Y una tenue sonrisa ladeada.
Manos delgadas lo sujetaban con firmeza de las piernas, empujándolas contra su pecho, logrando que su miembro entrara más profundo...
Besos que devoraban su boca y lo dejaban sin aliento. Trataba de huir de esos labios para recuperar el aire.
Pero un nuevo gemido se le escapaba de su garganta, dándole al otro la oportunidad de volver a besarlo.
Mientras otra mano viajaba por su abdomen presionando levemente la piel humedecida de su vientre hasta envolverse en su entrepierna.
Masturbándole lentamente.
Lento.
Casi tortuosamente hasta derretir su cuerpo en olas de placer y chorros de semen.
André muerde su labio y aprieta sus piernas una contra otra al mismo tiempo que tira de su camisa, cubriendo su entrepierna.
Se inclina lentamente hasta pegar la frente contra las hojas de sus libros, manteniendo la cabeza en esa posición mientras el calor incrementaba en sus mejillas, al igual que un temblor en sus hombros.
Muerde su labio una vez más y abre el cierre de su pantalón.
Libera su miembro de las prendas de ropa y comienza a masturbarse.
Enfocándose en las sensaciones que le había hecho sentir aquel chico rubio, pero colocando otra cara sobre el rostro borroso...
Cambiando ese par de intensos y llamativos ojos ámbar, por unos hermosos ojos azules, de mirada más suave.
—... Michael ...Mh.








