Ayuno 2: Génesis de la Carne

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Sinopsis

Mucho antes de que el mundo aprendiera a convivir con el horror, hubo un tiempo en que todavía existía la esperanza. Las naciones compiten por el dominio de una tecnología revolucionaria capaz de transformar el futuro de la humanidad. Lo que comienza como un sueño de progreso pronto se convierte en una carrera donde la ambición, el miedo y el poder empujan a la civilización hacia un punto sin retorno. Mientras imperios nacen y caen, hombres y mujeres deberán decidir qué están dispuestos a sacrificar para proteger aquello que aman. Toda historia tiene un origen. Incluso las más oscuras.

Genero:
Horror
Autor/a:
Coffee and Break
Estado:
Completado
Capítulos:
21
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El Siervo del Castillo Carmesí

ACTO I: LA JAULA DE SANGRE

Capítulo 1: El Siervo del Castillo Carmesí

La gota cayó en el cáliz de cristal con la precisión de un reloj de arena. Ploc.

Aurelius contuvo la respiración. No por miedo al silencio, sino porque su aliento podía alterar la temperatura de la muestra. En el laboratorio de la torre oeste, el aire siempre estaba a diez grados, la temperatura exacta para que la coagulación se ralentizara sin detenerse por completo.

Ajustó las lentes de aumento sobre sus ojos. Sus manos, manchadas permanentemente con tintes de yodo y nitrato de plata, manipularon la pipeta con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de su entorno.

—Nivel de hierro, óptimo. Adrenalina... baja —murmuró para sí mismo, observando cómo el líquido carmesí reaccionaba al contacto con el reactivo de zinc—. La sujeto no sufrió lo suficiente antes de la extracción. El sabor será plano.

—¿Estás criticando mi despensa, mascota?

La voz no vino de la puerta, sino de las sombras del techo abovedado. Aurelius no se sobresaltó. Años de servidumbre le habían enseñado que el Lord del Castillo Carmesí no caminaba; se manifestaba.

Aurelius se giró lentamente, bajando la cabeza hasta que su barbilla tocó su pecho, exponiendo la nuca en el gesto universal de sumisión que todo humano aprendía antes de aprender a hablar.

—Jamás, mi Lord —respondió Aurelius, fijando la vista en las botas de cuero de dragón que acababan de pisar el suelo de piedra—. Solo observaba la composición química para sugerir el maridaje adecuado. Esta cosecha carece de cortisol. Sugiero mezclarla con una gota de esencia del miedo destilada de la Cosecha del Solsticio pasado.

Una mano pálida, con uñas largas y cuidadas como cuchillos de nácar, tomó el cáliz de la mesa de trabajo. El Vampiro llevó el líquido a su nariz, inhalando con una elegancia aristocrática.

—Tienes un olfato útil para ser ganado, Aurelius —dijo el Lord, probando un sorbo—. Tienes razón. Sabe a aburrimiento. Dile al Maestro de Bestias que la próxima vez suelte a los perros en el corral antes de desangrar a la chica. El terror le da cuerpo al vino.

Aurelius sintió una punzada en el estómago, una mezcla de asco y rabia que había aprendido a tragar como si fuera bilis. La “chica” a la que se referían era probablemente del Lote 4, una joven que Aurelius había visto crecer desde las rejillas de ventilación.

—Se hará como ordene, mi Lord.

El Vampiro dejó el cáliz a medio terminar sobre la mesa, un desperdicio que habría alimentado a una familia humana durante una semana.

—Puedes retirarte. Vuelve antes del amanecer. Tengo invitados de los Clanes del Norte y quiero que prepares algo especial. Quizás ese... O positivo enriquecido con dietilamida que preparaste el mes pasado. A mis invitados les gusta que su comida les provoque alucinaciones leves.

—Sí, mi Lord.

Aurelius hizo una reverencia profunda y retrocedió sin dar la espalda hasta llegar a la puerta de roble reforzado. Solo cuando el pesado portón se cerró y el sonido de los cerrojos “mágicos” selló la torre, se permitió exhalar.

Se frotó las manos, intentando quitarse la sensación de frío que irradiaba la presencia del inmortal. Recogió su morral de cuero, donde guardaba sus herramientas y, escondido en el doble fondo, un frasco pequeño con los residuos de sangre que el Lord había despreciado.

“Desperdicio para ellos”, pensó, apretando el frasco contra su pecho. “Vida para nosotros”.

El descenso desde el Castillo Carmesí era un viaje a través de los estratos del infierno. Aurelius bajó por las escaleras de servicio, pasando por las cocinas donde resucitados de clase baja —criaturas carroñeras sin intelecto, no como los Lores— peleaban por huesos, y por las perreras donde los Licántropos domesticados dormían en jaulas de plata, esperando la orden de cazar.

Nadie lo detuvo. El olor a químicos y la marca del Lord en su hombro lo hacían invisible. Era un mueble útil. Una herramienta con pulso.

Salió al exterior. La noche era perpetua bajo la nube de ceniza volcánica que los Amos mantenían en el cielo para proteger su piel del sol. El aire olía a azufre y podredumbre.

Caminó rápido, encogiendo los hombros, tratando de parecer pequeño. Cruzó el Puente de los Suspiros y se adentró en las grietas de la tierra: Las Madrigueras.

No era una ciudad; era una cicatriz en el suelo. Túneles excavados en el barro y apuntalados con basura tecnológica de la Era Anterior. Aquí vivían los humanos que no eran criados en granjas, los “libres” que en realidad solo eran presas en espera de su turno.

Aurelius sorteó charcos de agua negra. Vio ojos asustados mirándolo desde las sombras de las chabolas. Hombres esqueléticos, mujeres que envejecían a los treinta años, niños que no jugaban, solo vigilaban.

Llegó a su refugio, una puerta de metal oxidado oculta tras un montículo de chatarra. Golpeó tres veces, pausó y volvió a tocar con un ritmo específico.

La puerta se abrió con un chirrido.

Livia estaba allí. Su esposa. Aún hermosa a pesar de la suciedad y la ropa remendada, pero sus ojos estaban rodeados de sombras oscuras.

—¿Lo tienes? —preguntó ella en un susurro, cerrando la puerta rápidamente tras él.

Aurelius sacó el frasco del doble fondo. Era apenas un trago de sangre vampírica diluida con vino, lo que había sobrado en el cáliz.

—Es poco —dijo él, sintiéndose miserable—. Pero tiene nutrientes. Hierro. Proteínas. ¿Cómo está ella?

Livia no respondió. Solo se apartó para dejarle ver el catre al fondo de la habitación.

Elara estaba ovillada bajo una manta gris. Tenía siete años, pero tenía el tamaño de una niña de cinco. Su piel era tan fina que se podían ver las venas azules latiendo débilmente en sus sienes. Tosió, un sonido seco y rasposo que sacudió su pequeño cuerpo.

Aurelius se arrodilló a su lado. El olor a enfermedad era sutil, pero para su nariz entrenada en detectar impurezas en la sangre, era un grito de alarma. Anemia severa. Desnutrición. El sistema inmunológico colapsando por falta de sol y comida real.

—Papá... —susurró Elara, abriendo los ojos. Eran grandes, del color de la miel, demasiado inocentes para este mundo.

—Estoy aquí, pajarito —dijo Aurelius, destapando el frasco. Mojó un trapo limpio en el líquido rojo y lo acercó a los labios de su hija—. Bebe. Tienes que beber.

Elara chupó el trapo con debilidad. Hizo una mueca. —Sabe a óxido.

—Es medicina —mintió Aurelius, acariciando su cabello sudoroso—. Te hará fuerte.

Por años se creía que los vampiros y licántropos se multiplicaban convirtiendo a otros con su saliva o sangre, nada mas lejos de la realidad, y Aurelius lo sabía mejor que nadie, esto era ciencia no magia, beber derivados de la sangre vampírica era totalmente seguro.

Livia se sentó junto a él, apoyando la cabeza en su hombro. Aurelius sintió cómo ella temblaba. —He oído los tambores en la plaza de arriba, Aurelius —susurró ella—. Los Lores están inquietos. Dicen que la población humana ha bajado del umbral mínimo. Van a adelantar la Cosecha.

Aurelius se tensó. La Cosecha. El momento en que los guardias bajaban y se llevaban a los niños sanos para las granjas de cría o para los banquetes de gala. Elara, enferma y débil, sería descartada. Y en este mundo, el descarte significaba ser comida para los perros.

Miró sus propias manos, esas manos que sabían separar el plasma de las plaquetas, que sabían cómo complacer el paladar de un monstruo inmortal.

“Soy el hombre más inteligente de este maldito feudo”, pensó con amargura. “Y no puedo salvar a mi propia hija de un simple resfriado porque no tengo derecho a darle una manzana”.

Elara terminó de beber y se quedó dormida, su respiración un poco más estable gracias a la potencia de la sangre robada.

Aurelius se levantó y caminó hacia su mesa de trabajo, un rincón lleno de pergaminos robados y frascos ocultos. Miró un diagrama de anatomía que había dibujado: un Licántropo diseccionado.

—No vamos a esperar a la Cosecha, Livia —dijo Aurelius, su voz endureciéndose.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, asustada por el tono.

Aurelius clavó una daga en la mesa de madera podrida. —Llevo años sirviéndoles. Estudiándolos. Sé lo que comen. Sé lo que les hace fuertes. Y sé lo que nos hace débiles.

Se giró hacia su esposa, y en sus ojos brilló por primera vez no la sumisión del siervo, sino la frialdad del científico.

—Si el mundo nos trata como ganado, Livia, entonces voy a cambiar nuestra biología. Voy a dejar de criar corderos. Es hora de empezar a fabricar lobos.

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