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El Abogado del Juicio Final

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Sinopsis

Azrael Voss fue condenado a muerte por el asesinato de su esposa y su hija. En el patíbulo, hizo un pacto con una entidad misteriosa y sobrevivió. Ahora es un Abogado de lo Oculto, un juez que entra en los "Casos Cerrados": escenas de crímenes atroces congeladas en el tiempo, donde la verdad está enterrada bajo capas de dolor y mentiras. Su arma no es una espada, sino las "Verdades": palabras que pueden reescribir la realidad, pero que le cuestan sangre, recuerdos y emociones. Su compañera es Lyra, una huérfana que no siente dolor físico, pero que escribe todo lo que ve y presiente el futuro. Pero Azrael tiene un problema: no recuerda nada de la noche del asesinato. Su viaje no es para hacerse más fuerte; es para descubrir si realmente es un monstruo o si su memoria fue borrada para protegerlo de la verdad. Enfrentará a Criminales que son víctimas y a Víctimas que son verdugos. Se topará con el Juez Supremo, un ser que cree que la justicia es una ecuación fría y que las emociones son una debilidad. Y al final, deberá responder la pregunta más difícil: ¿Qué es más importante, la verdad objetiva o una mentira que te permite seguir viviendo?

Genero:
Horror
Autor/a:
Bhemet
Estado:
hace 3 meses
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El Condenado

Novela 1: El Hereje y la Escribiente


El olor era lo peor.

No la humedad, que ya se había filtrado hasta la médula de sus huesos. No el frío, que había dejado de importarle después de la tercera semana. No el silencio roto por el goteo constante de una tubería oxidada y por los chillidos ocasionales de las ratas que se alimentaban de lo que los guardias llamaban "desperdicios". Era el olor. Una mezcla densa de excremento reseco, moho, vómito coagulado, hierro oxidado y algo más profundo, algo que los carceleros llamaban "el aroma de la desesperación": ese tufo dulzón y agrio que desprenden los cuerpos cuando saben que van a morir y ya no les importa mantener la dignidad.

Azrael Voss llevaba treinta y siete días respirándolo, y todavía no se había acostumbrado. Pero ya no le importaba.

Estaba sentado en el rincón más oscuro de la celda, con la espalda apoyada contra la pared de piedra húmeda. La camisa que le habían dado—blanca, antaño, ahora gris y manchada de sangre seca y de los fluidos que su propio cuerpo había expulsado durante las fiebres de la segunda semana—colgaba de sus hombros como un sudario. Tenía los dedos entrelazados sobre las rodillas, las uñas rotas y sucias, algunas arrancadas de cuajo por los interrogatorios. No había espejo en la celda, pero sabía que su rostro era una máscara de huesos y cuencas hundidas. Las canas prematuras en sus sienes—antes apenas un par de hilos plateados—habían proliferado en las últimas semanas, como si el tiempo hubiera decidido cobrarse el anticipo de los años que no viviría.

La celda medía dos metros y medio de largo por uno ochenta de ancho. Tenía un camastro de madera podrida, un cubo para sus necesidades, y una ventana en lo alto, tan pequeña que apenas dejaba pasar un cuadrado de luz grisácea durante las horas de sol. El resto del tiempo, solo oscuridad. Y el goteo. Y las ratas. Y el silencio.

Afuera, en el pasillo, los guardias se turnaban para vigilarlo. A veces se reían. A veces le escupían por los barrotes. A veces, cuando el capitán estaba de buen humor, le contaban los detalles de su propia ejecución: el andamio, la soga, la caída, el crujido del cuello al romperse. Uno de ellos, un hombre gordo con aliento a cebolla, le había dicho:

—No te preocupes, abogado. Yo mismo he visto ahorcar a seis. No es tan doloroso. El cuello se rompe rápido. Luego solo te quedas colgado, meciéndote como un péndulo, y la cara se te pone morada. Pero tú ya no sientes nada. No duele. Lo que duele es esperar.

Azrael no le había respondido. Pero había guardado esas palabras. Las había guardado como quien guarda una herramienta, por si acaso.

Ahora, en la madrugada del día treinta y ocho, las horas se contaban con los dedos de una mano. El verdugo vendría al amanecer. Ya le habían quitado la última comida "de honor" (un plato de sopa aguada y un mendrugo de pan duro), y el cura había pasado a ofrecerle la confesión. Azrael lo había mirado con sus ojos grises, hundidos, y le había dicho:

—Padre, si Dios existe, que venga él mismo a sacarme de aquí. No me mande a un mensajero con sotana.

El cura había hecho la señal de la cruz y se había ido.

Ahora solo quedaba él y el goteo. Y las ratas. Y ese zumbido en el fondo de su cráneo, ese susurro que había empezado a oír alrededor del día quince, cuando la fiebre le había hecho ver cosas que no estaban allí.

—Todavía no te has dormido —dijo una voz detrás de él.

Azrael no se giró. Conocía esa voz. Era el zumbido. El delirio. La única compañía que no le pedía nada a cambio, excepto su atención.

—Dormir es un lujo que no me puedo permitir —respondió, con la voz ronca, rota por el desuso y por los gritos que había soltado durante los primeros interrogatorios—. Cuando cierro los ojos, veo cosas.

—¿Qué cosas?

—No lo sabes ya? —preguntó Azrael, y su boca torció una sonrisa que era más mueca que sonrisa—. No eres mi conciencia. No eres mi ángel de la guarda. ¿Por qué me preguntas lo que ya sabes?

Hubo un silencio. El goteo se detuvo. La rata que roía algo en la celda contigua—probablemente los dedos del preso que había muerto hacía tres días y que los guardias no habían retirado—dejó de hacer ruido. El frío, de repente, no era frío. Era una ausencia total de temperatura, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido.

—He estado observándote, Azrael Voss —dijo la voz, y ya no era un susurro. Era una vibración, como si alguien estuviera hablando directamente dentro de su cráneo—. He visto cómo te rompen y cómo te niegas a romperte del todo. He visto cómo miras a la muerte y le sonríes. Eso es raro. La mayoría de los condenados, cuando llega la hora, lloran. Suplican. Negocian. Tú no has suplicado ni una vez.

—¿Para qué? —dijo Azrael, y ahora su voz era firme, cortante—. Los guardias no escuchan. El cura no escucha. Dios no escucha. ¿Quién va a escuchar?

—Yo.

La sombra en el rincón opuesto se movió. Pero no era una sombra normal. No se desplazó como la oscuridad de una llama. Se desplegó, como un telón que se corre para revelar el escenario. Y en el centro de esa negrura, había una figura.

Azrael sintió que el corazón le daba un vuelco. No por miedo. Porque lo que estaba viendo era tan profundamente antinatural que su cerebro se negaba a procesarlo. Era la silueta de un hombre, alto, delgado, vestido con un traje blanco que parecía absurdo en aquella celda de mugre y muerte. Un traje sin una sola mancha, ni una arruga, ni un hilo fuera de lugar. Y el rostro... el rostro era una máscara de porcelana. Lisa, blanca, sin ojos, sin nariz, sin cejas. Solo una boca. Una boca cosida con hilo negro, los puntos apretados, la piel tensa alrededor de ellos.

Azrael se puso de pie. No lo hizo por instinto de ataque—estaba demasiado débil para atacar—sino porque sentarse mientras aquella cosa lo miraba (¿lo miraba?) le parecía una ofensa. Se levantó y apoyó la espalda contra la pared de piedra, los nudillos blancos de apretar los barrotes de la celda.

—¿Quién eres? —preguntó. Y su voz no tembló. Eso le sorprendió.

La figura no respondió. En lugar de eso, alzó una mano. Era una mano huesuda, pálida, con dedos largos como los de un pianista, y en el dorso tenía tatuadas palabras en un idioma que Azrael no reconoció: trazos angulares, como arañazos de una bestia. La mano trazó un círculo en el aire, y cuando se detuvo, las palabras flotaron delante de los barrotes, escritas en letras de fuego que no quemaban:

SOY EL QUE JUZGA.

Azrael leyó las palabras. Las leyó dos veces. Y entonces, contra todo instinto, sonrió. Era una sonrisa torcida, la de un hombre que ya no tiene nada que perder.

—¿Y qué juzga un juez sin ojos? —preguntó.

La mano se movió de nuevo. Las palabras cambiaron:

NO NECESITO OJOS. NECESITO VOCES. NECESITO UN ABOGADO.

—¿Un abogado? —Azrael soltó una risa seca, cascada, que le raspó la garganta—. ¿Estás viendo este lugar? ¿Estás viendo la celda, las ratas, la soga que me espera? Soy un condenado. ¿Qué clase de abogado se sienta en el banquillo de los acusados?

EL MEJOR TIPO. EL QUE HA SIDO JUZGADO. EL QUE SABE LO QUE ES PERDERLO TODO. EL QUE TIENE UNA PREGUNTA QUE NO PUEDE RESPONDER.

Azrael sintió que el suelo se movía bajo él. No era un temblor real, sino un temblor en el centro de su pecho, allí donde llevaba treinta y siete días enterrando la pregunta que lo carcomía como un gusano.

—¿Qué pregunta?

LA PREGUNTA QUE TE HACES CADA NOCHE. LA QUE TE IMPIDE DORMIR. LA QUE TE HA LLEVADO A HABLAR CON LAS RATAS. LA QUE QUEMASTE EN TU MENTE PERO QUE NO PUEDES APAGAR.

Azrael cerró los ojos. Y como siempre, el destello.

La mano. Pequeña, fría, con las uñas pintadas de un rosa desvaído. Una muñeca de porcelana tirada en el suelo, la cabeza partida en dos. La mancha de rojo que se extendía por la alfombra de una habitación infantil. Y el sonido. Siempre el sonido. Un grito. No, dos. Uno agudo, femenino, cortado a la mitad; y otro más débil, como el maullido de un gato enfermo, que se apagaba lentamente.

Abrió los ojos.

—No sé lo que pasó —susurró—. No puedo recordarlo.

EXACTO. ESA ES LA PREGUNTA QUE NO PUEDES RESPONDER. YO TE OFREZCO LA OPORTUNIDAD DE ENCONTRAR LA RESPUESTA.

—¿Cómo? —preguntó Azrael, y su voz era un hilo—. ¿Vas a devolverme la memoria?

NO. ESO NO ESTÁ EN MI PODER. PERO PUEDO DARTE UN CAMINO. PUEDO SACARTE DE AQUÍ. PUEDO DARTE UNA NUEVA VIDA. UNA NUEVA PROFESIÓN.

—¿Qué profesión?

ABOGADO.

—Ya dije que no volvería a ejercer.

ESTA VEZ NO DEFENDERÁS INOCENTES. ESTA VEZ JUZGARÁS A LOS QUE MERECEN SER JUZGADOS. ENTRARÁS EN CASOS QUE NADIE MÁS PUEDE RESOLVER. Y CADA CASO TE ACERCARÁ UN POCO MÁS A LA RESPUESTA.

Azrael apretó los barrotes. Los dedos se le blanquearon, y sintió que la sangre dejaba de circular.

—¿Y qué obtienes tú?

El silencio se alargó. La máscara de porcelana no se movió, pero Azrael tuvo la sensación de que la boca cosida sonreía, aunque no pudiera moverse.

UN ABOGADO QUE NO LE TIENE MIEDO A LA VERDAD. ESA ES MI MONEDA.

—No me has dicho quién eres.

NO ES NECESARIO. PERO PUEDES LLAMARME JUEZ, SI TE ES MÁS CÓMODO.

—¿Y el pacto? —preguntó Azrael, con la voz ahora firme—. ¿Cuál es el precio?

La figura dio un paso al frente. Azrael pudo oler algo detrás del olor de la celda: incienso, ceniza y algo más, algo antiguo, como la tierra de una tumba abierta.

EL PRECIO NO LO SABES TODAVÍA. PERO TE LO COBRARÉ. CADA VEZ QUE USES TU PODER, PERDERÁS ALGO. ALGO QUE NO SABRÁS QUE HAS PERDIDO HASTA QUE LO EXTRAÑES. Y CUANDO ENCUENTRES LA RESPUESTA QUE BUSCAS...

—¿Qué pasará?

DECIDIRÁS TÚ. PODRÁS QUEDARTE CON ELLA O PODRÁS PAGAR EL ÚLTIMO PRECIO PARA OLVIDARLA. PERO SERÁ TU DECISIÓN. NO LA DEL VERDUGO. NO LA DEL JUEZ. LA TUYA.

Azrael cerró los ojos otra vez. Esta vez, el destello no vino. Solo oscuridad. La misma oscuridad que lo había acompañado durante treinta y siete días.

—Acepto —dijo.

La figura alzó ambas manos. La máscara de porcelana se agrietó verticalmente, y de la grieta salió una luz blanca, cegadora, que llenó la celda por completo. Azrael sintió que algo entraba en su pecho. No era calor. Era un frío distinto, un frío que no venía de la piedra, sino de dentro de sus propios huesos. Sintió que algo se escribía en el dorso de su mano derecha, algo que ardía como el hierro candente, y luego...

La luz se apagó.

Azrael abrió los ojos.

La figura había desaparecido. La celda estaba vacía. Solo quedaba él, el goteo de la tubería, el olor a podredumbre, y una palabra tatuada en el dorso de su mano derecha:

HEREJE.

Fuera, en el pasillo, se oyeron pasos. Los guardias. El amanecer. La hora del ajusticiamiento.

Azrael se puso de pie. Sintió que las piernas le respondían con una energía que no había tenido en semanas. El dolor de las costillas rotas se había desvanecido. La fiebre, el cansancio, la desesperación... todo se había ido, reemplazado por algo nuevo. Algo frío. Algo que le susurraba al oído: "Habla. Tus palabras tienen peso ahora."

Los guardias abrieron la celda.

—Vamos, abogado —dijo el gordo, el de aliento a cebolla—. La soga te espera.

Azrael sonrió. Era una sonrisa que no llegaba a sus ojos grises.

—La soga me espera desde hace treinta y siete días —dijo, dando un paso al frente—. Pero hoy no voy a saludarla.

—¿Qué? —dijo el guardia, confundido.

Azrael levantó la mano derecha. La palabra HEREJE brilló un instante, como si la luz de la antorcha hubiera parpadeado.

—He cambiado de profesión —dijo—. Ahora soy abogado.

Y dio un paso.

El guardia gordo levantó la porra, pero cuando iba a golpearlo, Azrael habló. No gritó. No susurró. Habló con una voz que no era del todo suya, una voz que resonó como si viniera de dentro de los muros de la celda.

—Verdad: esta celda está vacía.

Y la celda se vació.

No hubo humo. No hubo magia evidente. El guardia gordo parpadeó, y de repente Azrael no estaba allí. Los barrotes seguían ahí, la piedra seguía ahí, el cubo de los excrementos seguía ahí. Pero Azrael no.

Azrael estaba en el pasillo, a tres metros de distancia, caminando hacia la salida como si fuera el dueño de la prisión.

—¡Alto! —gritó el guardia, corriendo detrás de él.

Azrael no se giró. Levantó la mano y dijo:

—Verdad: este pasillo está a oscuras.

Y la antorcha más cercana se apagó. Luego la siguiente. Luego la siguiente. En tres segundos, el pasillo era una negrura absoluta. Se oyeron gritos, choques, maldiciones.

Azrael siguió caminando.

Salió al patio. La niebla de la Orilla Derecha cubría todo, espesa como un sudario. Al otro lado, más allá del río, se veían las luces de la Orilla Izquierda, la ciudad de los ricos, la ciudad de la ley que lo había condenado.

Se detuvo un momento. Miró el cielo gris, el amanecer que se filtraba entre la niebla. Luego miró el dorso de su mano. La palabra HEREJE seguía brillando.

—No sé quién eres —murmuró, dirigiéndose a la niebla—. No sé qué quieres. Pero tengo una pregunta y voy a responderla.

Comenzó a caminar.

Detrás de él, los guardias gritaban. Delante de él, la ciudad despertaba. Y en su pecho, aquel frío—el frío del pacto—le recordaba que el precio estaba por llegar.

Pero Azrael Voss ya no tenía miedo.

Porque el miedo, después de treinta y siete días en una celda de la muerte, era un lujo que ya no podía permitirse.

Solo quería respuestas.

Y estaba dispuesto a pagar el precio que fuera.

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