La llamada que no parecía importante
No sabía que un mensaje de Whasap podía cambiar el rumbo de una vida.
Cuando conocí a Enrique, los dos trabajábamos en el mismo call center, aunque cada uno estaba en una campaña diferente. Yo trabajaba desde casa y apenas sabía nada de él.
Un día, una amiga me envió una fotografía suya. En ella aparecía Enrique con mascarilla. También me pasó su número de teléfono.
Y yo, con la excusa más sencilla que encontré, le escribí.
«¿Eres Enrique, el del sindicato?»
Él respondió de una manera amable, simpática, cercana. Y aquella conversación que había comenzado con una pregunta cualquiera empezó a alargarse.
Después llegaron las llamadas.
Durante unos quince días estuvimos hablando por teléfono. Él me contaba cosas de la campaña en la que trabajaba, en Vodafone. Yo le hablaba de la mía, donde trabajaba como gestora de tarjetas de Línea Directa.
Al principio eran conversaciones de compañeros.
O eso creíamos.
Pero empezamos a llamarnos todos los días después del trabajo.
Una hora.
A veces más.
Él iba de camino a casa, a un pueblo de Toledo, y yo permanecía al otro lado del teléfono escuchándolo hablar mientras el trayecto avanzaba.
No nos habíamos dado cuenta todavía, pero algo estaba cambiando.
Porque cuando alguien empieza a formar parte de tu rutina sin que nadie se lo haya pedido, cuando esperas que llegue la hora de hablar con esa persona y una conversación de una hora parece durar diez minutos...
quizá ya no estás hablando simplemente con un compañero.
Quizá está empezando una historia.
Después de quince días hablando todos los días, llegó un momento en que tuvimos que tomar una decisión: vernos.
Hasta entonces, nuestra relación había vivido dentro de un teléfono.
Él solo tenía como referencia mi pequeña foto de perfil de Whasap. Yo, por mi parte, tenía aquella fotografía que me había enviado mi compañera, en la que aparecía con mascarilla y en la que, para ser sincera, tampoco podía verle bien la cara.
Así que íbamos a conocernos prácticamente a ciegas.
Yo, sin embargo, ya conocía algo de él que me gustaba mucho: su voz.
Tenía una voz preciosa. De esas voces que podrían haber servido perfectamente para doblar una película. Y después de tantas horas hablando, aquella voz ya me resultaba familiar.
También había una pequeña cuestión que parecía preocuparle bastante: mi estatura.
Yo medía 1,60 y él preguntaba por ello con bastante interés.
En aquel momento me hacía gracia. No entendía muy bien qué importancia podía tener una diferencia de unos centímetros.
Hasta que nos vimos y descubrí que Enrique medía 1,69.
Nueve centímetros.
Tampoco era precisamente un gigante.
Pero por teléfono, antes de conocernos, todo parecía mucho más grande: las conversaciones, la curiosidad, las expectativas y esa sensación extraña de estar empezando a conocer a alguien sin haberle mirado todavía a los ojos.
Y entonces llegó el día de vernos.
Por fin íbamos a descubrir si aquella historia que había nacido entre llamadas tenía algo que ver con la vida real.
Llegó el día.
Decidimos quedar después del trabajo en un bar cercano a la casa de mis padres. Se llamaba Latinos y, aunque yo todavía no sabía cómo era Enrique físicamente, aquel lugar iba a convertirse en el escenario de nuestro primer encuentro.
Eran tiempos de confinamiento y yo llevaba bastante tiempo sin salir de mi barrio. Había cambiado incluso la manera de relacionarnos con el mundo. Todo parecía requerir precaución, distancia y, sobre todo, mucho gel hidroalcohólico.
Y yo, que ya estaba bastante nerviosa por conocer por fin al hombre con el que llevaba quince días hablando durante horas, entré en el bar con una misión muy clara:
desinfectarme las manos.
Tan clara que casi me cargo el dispensador de gel de la entrada.
Hoy me hace gracia recordarlo, pero en aquel momento no estaba para bromas. Entre los nervios del encuentro y la obsesión por desinfectarlo todo, aquel pobre dispensador estuvo a punto de convertirse en la primera víctima de nuestra historia.
Levanté la mirada.
Y entonces lo vi.
Estaba en la barra, esperando.
Él me miró enseguida.
Yo reconocí sus ojos.
Hasta ese momento solo había conocido una fotografía en la que llevaba mascarilla. Ahora, por fin, podía verle la cara.
Y tengo que reconocerlo:
sin mascarilla, su rostro era mucho más interesante.
Durante unos segundos seguramente intenté aparentar normalidad, aunque por dentro estaba pensando en todo lo que había imaginado durante aquellos quince días.
Por fin estábamos frente a frente.
La voz que había escuchado durante tantas horas ahora tenía un rostro.
Y aquel hombre que hasta hacía muy poco era solamente un compañero de otro turno, una fotografía con mascarilla y un nombre asociado a un sindicato, estaba allí delante de mí.
Enrique.
Y sin saberlo todavía, acababa de empezar una parte de mi vida que duraría muchos años.
Nos sentamos dentro, en una mesa, y pedimos un refresco.
Y entonces descubrí algo que no me esperaba.
Enrique estaba muy nervioso.
Tanto, que no paraba de sudar.
Yo intentaba estar tranquila, aunque tampoco es que por dentro estuviera precisamente tomando el sol en una playa paradisíaca.
Después de quince días hablando por teléfono, por fin estábamos allí, sentados frente a frente.
En algún momento decidimos hacernos una fotografía para mandársela a Elena, la compañera que nos había puesto en contacto y que, sin saberlo, había tenido bastante culpa de que aquella historia comenzara.
Nos hicimos la foto juntos.
Enrique la miró y, al darse cuenta de lo empapado que estaba de los nervios, soltó una de sus primeras bromas delante de mí:
—Me voy a limpiar el sudor, que va a parecer que estamos haciendo otra cosa.
Me hizo gracia.
Y probablemente fue uno de esos pequeños momentos que, sin saberlo, empiezan a construir una historia.
Porque aquel primer encuentro no fue perfecto.
No hubo música romántica, ni una escena de película, ni dos personas que supieran exactamente qué estaban haciendo.
Hubo dos refrescos, muchos nervios, una fotografía para Elena, un hombre sudando de los nervios y una mujer intentando descubrir quién era realmente aquel desconocido con el que llevaba quince días hablando por teléfono.
Y, sin embargo, algo allí funcionó.
Al salir del bar decidimos dar un paseo.
La tensión de los primeros minutos había empezado a desaparecer y caminar juntos resultaba mucho más natural que estar sentados frente a frente intentando disimular los nervios.
Pero había algo que yo llevaba en la cabeza.
Durante aquellos quince días de llamadas, entre conversación y conversación, yo le había hecho una promesa:
por cada venta que hiciera, le daría un beso cuando nos viéramos.
Lo había dicho casi como una broma.
O quizá no tanto.
El problema era que aquella semana Enrique había hecho diez ventas.
Diez.
Así que ahora, mientras caminábamos, había una pequeña cuenta pendiente entre nosotros.
Diez ventas.
Diez besos.
Y yo empezaba a sospechar que aquella promesa telefónica podía haber sido bastante más peligrosa de lo que había imaginado.
Porque una cosa era decirlo al otro lado del teléfono, protegida por la distancia y por una pantalla.
Y otra muy diferente era caminar junto a él, escuchar aquella voz que ya conocía tan bien y tenerlo por fin delante de mí.
Ahora los besos ya no eran una broma.
Y llegó el momento de cumplir mi promesa.
Había hecho diez ventas y yo había dicho que por cada una tendría un beso.
Así que cumplí.
Algunos fueron en la mejilla, porque una cosa era hacer una promesa por teléfono y otra muy distinta encontrarte por primera vez delante de aquel hombre.
Pero Enrique tenía sus propias ideas sobre cómo interpretar aquel acuerdo.
De vez en cuando intentaba robarme alguno en los labios.
Y así, entre besos en la mejilla, algún intento de beso robado y muchas risas, aquel primer encuentro empezó a dejar de parecer una cita entre dos desconocidos.
Ya no éramos solamente dos compañeros de un call center que habían empezado a hablar por WhatsApp.
Éramos Enrique y yo.
Y había algo entre nosotros que acababa de pasar de la pantalla y del teléfono a la vida real.
Cuando aquella tarde terminó, todavía no sabía cuánto iba a cambiar mi vida aquel hombre.
Solo sabía una cosa:
quería volver a verle.








