Grieta por braveheartbeat en Inkitt
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GRIETA

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Sinopsis

En Meridian, sentir es un defecto. Hace décadas, la humanidad descubrió que las emociones eran responsables de algunos de sus peores conflictos. Miedo, apego, ira, tristeza, amor... sentimientos capaces de nublar el juicio y poner los intereses individuales por encima del bienestar colectivo. La solución fue la Supresión. Desde entonces, todos los ciudadanos de Meridian crecen sin emociones que puedan interferir en su comportamiento. Los jóvenes son educados desde los seis años en el Centro hasta que reciben su Asignación: el lugar que ocuparán dentro de la sociedad. Vera Arden siempre ha sido el ejemplo perfecto de lo que Meridian espera de sus ciudadanos. Brillante. Disciplinada. Competitiva. Estable. Está a pocas semanas de recibir su Asignación cuando algo empieza a cambiar. Primero es una herida. Después, una sensación que no debería existir. Y entonces empiezan las preguntas. Porque si la Supresión puede fallar, quizá Vera no sea la única persona que está empezando a sentir. Y quizá Meridian tenga muchos más secretos de los que está dispuesta a revelar.

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1. HERIDA

Vera.

Mas rápido.

Debía correr más rápido.

Miró hacia su derecha y lo vio.

La estaba alcanzando.

No, no y no.

Consiguió llegar al primer obstáculo antes queél.

Se trataba de una prueba de equilibrio.

Una delgada viga de madera a aproximadamente un metro del suelo, la cual teníamos que pasar lo más rápido posible.

Vera estaba tranquila, había hecho eso un millón de veces.

Se subió y con cuidado, pero también con velocidad, superó la prueba.

Sus pies tocaron el suelo y continuó corriendo hacia el siguiente obstáculo.

Giró la cabeza para comprobar donde estaba su adversario.

Se encontraba a unos ocho metros por detrás.

Debía correr rápido todavía.

La siguiente prueba comprobaba su fuerza y agilidad.

Se trataba de una estructura de metal atravesada por barras también metálicas a casi tres metros del suelo. El objetivo era agarrarse de la primera barra y con la propia fuerza del cuerpo balancearse para poder alcanzar la segunda.Y así quince veces.

Saltó para agarrarse y con facilidad se balanceó para agarrar la segunda barra.

Y la tercera, la cuarta, la quinta.

Las primeras trece fueron fáciles.

Cuando llegó a la decimocuarta barra, notaba un poco de agotamiento.

Miró a su derecha y consiguió ver que su rival, quien tenía más fuerza que ella, estaba a su par.

Mierda, la había alcanzado.

—¿No estabas detrás? —dijo la chica.

—Me aburrí de solo ver tu espalda —contestó el, sonriendo.

Vera volvió a concentrarse, no dejaría que la distrajera.

Con algo de dificultad Vera consiguió superar la prueba de las barras y corrió con todas sus fuerzas hasta la ultima prueba.

Era una prueba de escalada, una pared relativamente alta con salientes que necesitaban cruzar.

Los dos llegaron a la estructura casi al mismo tiempo.

—Después de ti.—oyó que le decía el chico.

Vera lo miró.

—Qué considerado.

—No quiero que pongas excusas cuando pierdas.

—Nunca pongo excusas.

—Claro que no.—dijo el, poniendo los ojos en blanco.

Vera apoyó el pie en el primer saliente.

—¿Sabes qué es lo que menos me gusta de ti?

Kieran arqueó una ceja.

—¿Hay algo?

—Que nunca te callas. —acabó por decir ella.

Vera saltó para agarrarse, no tenía tiempo que perder.

Pero calculó mal el apoyo y acabó perdiendo el equilibrio.

Cayó.

Y sin darse cuenta, apoyó la mano directamente sobre una piedra que hace que se le abra una herida en la palma de la mano izquierda.

Ella no se inmutó y se levantó para volver a saltar.

Pero durante esos segundos de torpeza, su contrincante ya había superado el último obstáculo y estaba haciendo el ultimo sprint.

De todas formas, Vera escaló y superó la pared. Cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, levanto la vista.

Justo para ver a Kieran Ashford cruzar la línea de meta.

Le había ganado. Mierda.

Una sensación extraña la distrajo por un momento, se miró la palma de la mano que se había cortado con la piedra.

Había empezado a brotar sangre.

Podía jurar que sentía una especie de cosquilleo por debajo de la piel.

No dolor, obviamente.

Pero una especie de molestia.

Frunció el ceño.Debió de ser su imaginación.

Volvió a levantar la mirada justo cuando Kieran le dedicaba su sonrisa provocadora.

Siempre la misma sonrisita.

Una que decía “Soy mejor que tú y lo sé”.

Vio cómo se acercaba y automáticamente se puso rígida.

—Otro mes más, en el que no bajas de los diez minutos, ¿te estas volviendo holgazana, Arden? —le dijo el chico, mientras posaba sus ojos azules en la mano de la chica.

Ella todavía seguía rígida y puso su mano izquierda detrás de su espalda.

El notó el movimiento.

—¿Estas bien? —dijo el chico. Habia algo en su mirada que no podía reconocer —. Estas sangrando.

—Es una herida superficial.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Volvió a mirar su mano.

Algo seguía latiendo en su palma, justo encima de su vieja cicatriz.

Eso era algo que hacía años que no sentía.

Desde antes de la Ceremonia de Implantación.

Sacudió la cabeza y salió de sus pensamientos.

Vio que Kieran seguía mirándola de forma extraña.

—¿Vas a quedarte ahí todo el día, Ashford? —le dijo la chica.

Sin dejar que respondiera, Vera pasó por su lado para marcharse.

¿Y si se había dado cuenta?

No quiso ni pensarlo, así que se dirigió hacia el profesor Conley, para que le dijera los resultados de la prueba.

Vera y Kieran habían sido los últimos de su Sección en realizar la prueba de fuerza, velocidad y agilidad.

Esa era otra de las incontables pruebas que debían realizar durante su estancia en el Centro.

Y contando con que era su último año antes de recibir su Asignación,el proceso mediante el cual, al cumplir los dieciocho años, cada ciudadano recibía la función que desempeñaría dentro de Meridian,era natural que la cantidad de exámenes se hubieran triplicado.

El estado necesitaba medir y comparar sus aptitudes en todo tipo de ámbitos para realizar la Asignación: académicas, físicas, sociales, culturales y médicas.

Y eso sin tener en cuenta el Índice de Estabilidad, que se evaluaba durante toda su vida académica y teniendo en cuenta su concentración, comportamiento, capacidad de decisión y adaptación social.

Era muy importante obtener una puntuación alta en el Índice ya que significaba que te habías convertido en una persona perfectamente integrada en la sociedad de Meridian.

Vera siempre había obtenido una puntuación extremadamente alta, tanto en las pruebas de aptitud como en el Índice de Estabilidad.

Pero Kieran también.

Y eso siempre le hacia sentir algo parecido a la molestia.

Kieran era probablemente el único capaz de competir con Vera.

Y era el único que conseguía sacarla de su perfecta indiferencia.

Se conocían desde los seis años, cuando ambos ingresaron en el Centro.

Y llevaban años compitiendo constantemente por el primer puesto en cualquier cosa.

El siempre intentaba superarla. Y la corregía. Y la provocaba.

Pero también la hacía querer superarse. Y competir con más fuerza.

Cuando llegó hasta el profesor Conley, este le dio una palmadita en el hombro, seguramente como consolación por su perdida.

Y pasó a decir los resultados.

Sus mejores amigos, Aster y Rhea, quedaron decimo y séptima respectivamente.

No estaba mal, pensando que en nuestra sección éramos treinta.

Vera quedó segunda con un tiempo de diez minutos con veintidós segundos.

Kieran primero. Nueve minutos con cincuenta y tres segundos.

Se giró y lo vio sonreír de nuevo. Otra vez la sonrisita.

Era un arrogante y lo peor era que tenía motivos.

Vera suspiro hondo y se dirigió hacia el interior del gran edificio, en dirección a los vestuarios.

Cuando salió de la ducha Rhea la estaba esperando.

—¡Has superado tu marca! —le dijo su amiga, con una sonrisa.

—Pero no he ganado —contesto Vera con un suspiro, mientras sacaba su ropa de su taquilla y empezaba a vestirse.

—Eso no importa. Lo importante es que has mejorado.

—Quería ganar.

—Le superaras en el examen de mañana. —dijo Rhea, intentando animarla.

—Mas me vale. —acabó por decir, mientras se abrochaba los pantalones y se metía la camiseta por la cabeza.

Su amiga ya había terminado así que salieron juntas de los vestuarios.

Aster las esperaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.

Cuando vio su cara seria, frunció el ceño.

—¿Qué te pasa?

——He quedado segunda.

Aster levantó las cejas.

—¿Segunda? Qué tragedia.

—Cállate.

—Solo intento ayudarte a procesarlo.

Rhea soltó una pequeña risa.

—Ha quedado a menos de diez segundos de Kieran.

—Entonces mañana podrá vengarse —dijo Aster, con una sonrisita maligna.

Vera negó con la cabeza.

—No necesito vengarme.

—Claro que no.

Aster empezó a caminar junto a ellas.

—Solo necesitas quedar primera.

Vera lo miró de reojo.

—Exactamente.

—Pues mañana tendrás otra oportunidad —dijo Rhea, mientras caminaban hacia su siguiente clase—. El examen de teoría es bastante más importante.

—Eso dices porque eres buena en teoría. —dijo Aster.

—Y tú porque eres malo. —río Rhea.

Vera lo miró.

—No soy malo. —dijo el, medio enfurruñado.

—Has suspendido dos veces la misma prueba. —atacó Vera, uniéndose a su amiga para molestar a Aster.

—Una vez.

Las dos soltaron una risita suave.

—Dos. —dijeron las chicas a la vez.

—Una y media.

—¿Cómo se suspende una vez y media? —pregunto Rhea, todavía caminando en dirección al aula.

—La primera vez casi la aprobé.

—Ah, claro. Entonces técnicamente eres brillante.

Vera negó con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa volvió a aparecer en sus labios.

Siguieron caminando por el pasillo.

A través de los enormes ventanales, la luz de la tarde entraba sobre el suelo blanco. Algunos estudiantes cruzaban el vestíbulo en grupos perfectamente ordenados, dirigiéndose a sus siguientes actividades.

—¿Habéis visto que han publicado ya las fechas de las Asignaciones? —dijo Rhea, cambiando de tema.

Vera levantó la mirada.

—Todavía no.

—La nuestra es dentro de tres semanas.

Aster soltó un silbido.

—Tres semanas.

—No entiendo por qué te sorprende —dijo Vera—. Sabíamos que sería después de los exámenes.

—Saberlo y verlo escrito son cosas distintas.

Rhea sonrió.

—¿Ya sabes qué quieres? —preguntó su amiga.

Vera tardó un segundo en responder.

—No es cuestión de lo que quiera.

Aster la miró.

—Cierto. Se me olvida que el Estado tiene mejor criterio que nosotros.

Rhea frunció ligeramente el ceño.

—No es eso. La Asignación se basa en nuestras capacidades.

—Lo sé.

Vera intervino antes de que Rhea pudiera seguir.

—La Asignación es necesaria. Si quieres convertirte en alguien útil para nuestra sociedad, tienes que ocupar el lugar para el que estás preparado.

Aster la miró de reojo.

—¿Y si no te gusta el lugar que te corresponde?

Vera frunció el ceño.

—¿Por qué no iba a gustarme?

—No lo sé. Quizá porque no lo has elegido tú.

Vera se quedó callada un instante. La pregunta le produjo, otra vez, algo parecido a la molestia.

—No necesitamos elegirlo todo —respondió finalmente—. Si todos pudiéramos hacer lo que quisiéramos, la sociedad no funcionaría.

Con esto, cruzaron la puerta de su aula. Era su ultima clase del día.

Aquel se había sentido infinito: Matemáticas Aplicadas, Historia de Meridian, Estrategia, Formación Cívica, Acondicionamiento Físico y ahora Conducta Humana.

Pero, era viernes, lo que significaba que después de que sonara la última campana, podría irse a casa.

El Centro era la institución central de formación de los jóvenes. Entraban aproximadamente a los seis años y permanecen allí hasta los dieciocho. Por lo que Vera y sus amigos estaban en el último curso.

Los alumnos vivían en el Centro durante toda la semana. Allí dormían, estudiaban y realizaban sus actividades, siguiendo una rutina cuidadosamente organizada. Los viernes por la tarde, sin embargo, podían regresar a casa y pasar el fin de semana con sus familias antes de volver el lunes por la mañana.

Y Vera estaba impaciente, siempre tenía ganas de ver a su familia el viernes por la tarde. Sobre todo, a sus hermanos.

Buscaron sus sitios y esperaron a que la profesora Hawthornellegara.

Echó un vistazo y vio que Kieran todavía no había llegado.

—¿Qué vais a hacer el fin de semana? —preguntó Rhea.

—Dormir —respondió Aster sin pensárselo—. Mucho. Mi madre ha dicho que tenemos una comida familiar el sábado, así que necesito descansar antes de sobrevivirla.

Rhea soltó una pequeña risa.

—Yo voy a ayudar a mi hermana con los preparativos para la evaluación del lunes.

—Qué emocionante.

—Al menos tengo una familia que me quiere.

—Yo también tengo una familia que me quiere. Simplemente prefieren verme sufrir.

Vera negó con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—¿Y tú? —preguntó Rhea, mirándola.

—No lo sé, pero tengo ganas de ver a Petra. —dijo acordándose de su hermanita.

Ya tenía trece años, parecía que fuera ayer cuando nació.

Su hermana también iba al Centro, pero apenas la podía ver ya que tenían horarios distintos. Y cuando coincidían, normalmente estaban con sus clases o actividades.

—¿Y a Caspian?

—También.

—¿Y a tus padres?

Vera se quedó pensativa un segundo.

—Supongo. —siguió hablando antes de que sus amigos pudieran contestar —. Petra dijo que quería enseñarme algo.

—¿El qué?

—No quiso decírmelo.

—Sera algún dibujo que habrá hecho en clase. —propuso Aster.

—Tiene trece años, no seis. —dijo Vera divertida.Por el rabillo del ojo, vio cómo una mujer alta y elegante entraba en el aula. Era la profesora Elinor Hawthorne.

El aula se quedó en silencio automáticamente.

Era una mujer que imponía respeto, con sus gafas de pasta y el pelo corto y canoso. No necesitaba levantar la voz para conseguir que treinta alumnos guardaran silencio.

Vera echó un vistazo alrededor.

¿Y Kieran?

No lo había visto entrar, y la profesora Hawthorne no era precisamente benevolente con quienes llegaban tarde a su clase.

Era extraño.

Kieran jamás llegaba tarde a una clase. Mucho menos a Conducta Humana.

La puerta se abrió unos segundos después. Kieran apareció en el umbral.

—Perdón por la tardanza, profesora.

La profesora Hawthorne lo observó por encima de sus gafas.

—Cinco minutos, señor Ashford.

—Lo sé.

—Espero que tenga una buena razón.

Kieran sostuvo su mirada durante un instante.

—La tenía.

Vera frunció ligeramente el ceño. Aquello era extraño.

—Siéntese, que sea la primera y última vez. —dijo la profesora finalmente.

Kieran caminó hasta su sitio y dejó sus cosas sobre la mesa.

Vera lo observó de reojo.

Algo no encajaba.

Tenía el pelo ligeramente despeinado y una pequeña marca oscura en la manga de la chaqueta, como si hubiera rozado alguna pared. Además, parecía más serio de lo habitual.

Cuando se sentó, sus miradas se cruzaron.

—Bien. Como iba a empezar a decir...

Todos volvieron la atención hacia ella.

En la pantalla apareció el título de la clase:

CONDUCTA HUMANA: EL VÍNCULO EMOCIONAL.

Vera apoyó la espalda contra la silla.

No sabía por qué, pero aquella mañana tenía la sensación de que algo no estaba del todo bien.

Aunque todavía no sabía qué.

La profesora Hawthorne comenzó a caminar despacio frente a la pantalla.

—Hoy hablaremos de una de las emociones que más conflictos provocó durante la Era Anterior: el apego.

En la pantalla apareció una imagen antigua de dos personas abrazándose.

Vera observó la fotografía con atención.

No era la primera vez que veía algo así. En Conducta Humana habían estudiado muchas representaciones de comportamientos que, según los registros históricos, habían sido habituales antes de la Supresión.

—El apego emocional podía provocar dependencia, ansiedad y comportamientos irracionales —continuó Hawthorne—. Las personas podían llegar a tomar decisiones perjudiciales para sí mismas únicamente por miedo a perder a otra persona.

Algunos alumnos tomaron apuntes.

Vera hizo lo mismo.

—Por eso, cuando la Supresión comenzó a implantarse de manera generalizada, una de sus principales funciones fue reducir las respuestas asociadas a este tipo de vínculos.

La fotografía desapareció y fue sustituida por un esquema.

Apego → dependencia → miedo a la pérdida → conducta irracional.

Vera lo copió en su cuaderno.

Todo aquello tenía sentido. O al menos, siempre había tenido sentido.

—¿Alguna pregunta?

Nadie levantó la mano. Hawthorne asintió.

—¿Por qué creen que el apego era considerado peligroso?

Vera y Kieran levantaron la mano.

—¿Señorita Arden? —dijo la profesora.

—Porque podía hacer que una persona priorizara sus vínculos personales por encima de las necesidades colectivas.

Hawthorne asintió.

—Exactamente, señorita Arden.

Y Kieran la miro de reojo con una expresión de«por supuesto que ibas a responder tú».

—¿Alguna pregunta? —continuó la profesora.

Nadie levantó la mano.

Hawthorne asintió.

—Bien. Entonces pasaremos al siguiente punto.

Cuando la clase terminó se despidió de sus amigos y se dirigió hacia la zona de las habitaciones.

Los pasillos estaban mucho más tranquilos que por la mañana. La mayoría de los alumnos aprovechaban los últimos minutos antes de marcharse para recoger sus cosas o despedirse de sus compañeros.

Vera caminó hacia su habitación mientras revisaba mentalmente el examen del día siguiente. Todavía podía hacerlo mejor.

Cuando llegó a su habitación sacó su maleta ya preparada.

No tardó demasiado en guardar las últimas cosas. Había hecho aquello cientos de veces, pero aquel viernes tenía más ganas de marcharse que de costumbre.

Quizá porque Petra llevaba toda la semana insistiendo en que tenía algo que enseñarle.

Vera todavía no sabía qué era.

Y empezaba a tener curiosidad.

Cuando terminó de recoger sus cosas, salió de la habitación con la maleta en una mano.

Vera atravesó el vestíbulo y se incorporó a la fila de estudiantes que esperaban para salir.

Al cruzar las puertas principales, el aire fresco de la tarde le golpeó el rostro.

Por fin.

El trayecto hasta casa no era demasiado largo. La familia Arden vivía en una de las zonas residenciales de Meridian, a unos veinte minutos del Centro.

Vera tomó el transporte asignado para los estudiantes y se sentó junto a la ventana.

A través del cristal, Meridian comenzaba a cambiar.

Los edificios del Centro quedaron atrás y aparecieron las avenidas amplias, los jardines perfectamente cuidados y las viviendas blancas y ordenadas que se extendían por los distintos sectores de la ciudad.

Todo estaba exactamente donde debía estar.

Como siempre.

Vera apoyó la cabeza contra el cristal.

Pensó en su hermana. Seguramente ya estaría en casa, porque los alumnos de primero hasta sexto tienen menos horas de clase.

Probablemente estaría esperando junto a la puerta en cuanto supiera que había llegado.

Y quizá Caspian también estuviera en casa.

Hacía casi una semana que no veía a ninguno de los dos.

Miró el reloj.

Todavía faltaban unos minutos.

Bajó la mirada hacia su mano.

La pequeña nueva herida de la palma seguía ahí. La rozó distraídamente con el pulgar.

Seguía notándola extraña.

Como el fantasma de una sensación.

El corte no era profundo, pero la piel de la palma estaba abierta en un pequeño punto y una fina línea de sangre había empezado a secarse alrededor de la herida.

Vera la observó con el ceño fruncido.

Volvió a tocarla.

Esta vez más despacio.

Una punzada recorrió la palma y Vera contuvo el aire.

Se quedó quieta.

Lo intentó una tercera vez.

Presionó ligeramente alrededor de la herida.

La sensación volvió.

Miró su mano como si pudiera encontrar allí la respuesta.

Había estudiado el dolor en Conducta Humana. Sabía que era una respuesta del sistema nervioso destinada a advertir al organismo de una lesión.

Pero aquello no podía ser dolor.

No podía serlo. Era imposible.

La Supresión se encargaba de bloquear ese tipo de respuestas. Lo había hecho toda su vida. Nunca había tenido motivos para cuestionarlo. Justamente sobre ese sistema se había construido su sociedad.

Era imposible.

El transporte comenzó a reducir la velocidad.

Vera levantó la mirada y reconoció las calles de su barrio. Las mismas casas blancas, los jardines perfectamente cuidados, las avenidas tranquilas.

Había recorrido aquel camino cientos de veces.

Aun así, aquella tarde le pareció diferente.

El transporte se detuvo frente a la parada más cercana a su casa.

Vera cogió la maleta y bajó.

El aire de la tarde era más fresco de lo que esperaba.

Caminó los últimos metros hasta la vivienda de los Arden.

Antes de llegar a la puerta, miró una última vez su mano.

La herida seguía allí.

La cerró.

No pensó más en ello.

Alzó la mano y llamó al timbre.

La puerta se abrió casi inmediatamente.

—¡Por fin llegas! —exclamó Petra.

Vera apenas tuvo tiempo de dejar la maleta en el suelo antes de que su hermana pequeña se lanzara a abrazarla.

Y Vera automáticamente sonrió.

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