Un atisbo de esperanza
Hacía un calor insoportable en la habitación. Las cortinas tapaban las ventanas y la puerta de doble hoja de madera estaba cerrada. Todo con tal que no entrara ningún viento que pudiera empeorar la situación. Los padres de Laia se hallaban en la cama desde hacía dos días, ardiendo en el fuego de una fiebre que había seguido a la gripe más agresiva que pudo visitar al pueblo. A pesar de estar bajo las mantas y con gruesos pijamas, ninguno de los dos sudaba. La cama matrimonial parecía despedir una especie de vapor que ascendía casi un metro antes de disiparse. La niña los miraba desde la butaca donde se encontraba sentada, usando su acostumbrado vestido rojo, empapado en sudor, un sudor exasperante y molesto. La preocupación surcaba su rostro, pues la enfermera llevaba horas sin visitarlos.
Solo tenía diez años, no sabía de la falsedad del cuento de la cigüeña, pero sí sabía lo que era la muerte. Y en ese momento la percibía, la veía acercarse. Sintió una piquiña insoportable en la nariz, echó la cabeza hacia atrás y estornudó con fuerza. Volvió a hacerlo unas tres veces seguidas; y entonces supo que también había agarrado el virus. Su nariz no dejó de producir mucosa y desde entonces tuvo que llevar un pañuelo en la mano, uno que sus padres guardaban en la mesilla de noche, al lado de la cama. Se acercó a su madre, de hermoso rostro, piel tersa y cabellos castaños, y la besó en la frente. Rodeó la cama y también besó la frente de su padre, un hombre de piel morena y cabello negro. Sintió cómo tiritaban y el calor le quemó los labios; ya incluso estaban inconscientes. Decidió salir a las calles a buscar ayuda.
Abrió la puerta del dormitorio y salió al pasillo principal, el cual conectaba todas las divisiones de la casa. Desde allí veía la puerta que daba a la calle de enfrente, bañada por la luz del sol de la tarde. Estornudó de nuevo y se limpió con el pañuelo; se lo guardó entre los pliegues de su cinturón, mientras caminaba hacia la salida. El pueblo, de calles empolvadas, sin una sola piedra, estaba repleto de casas coloniales (si es que en ese lugar hubiera existido una época con esa denominación). Había tanto silencio como en un cementerio, ni siquiera las aves parecían querer estar allí. Laia no podía imaginar en qué momento habían abandonado el lugar los pueblerinos.
—¡HOLAAA! —gritó, y su voz resonó por todos los rincones y callejones.
Nadie respondió. Se dirigió hacia la casa de al lado, protegiéndose los ojos del sol con una mano. Su pálida piel era muy sensible a los rayos ultravioleta. Esa era una de las razones por la que a muchas señoras de por allí les gustaba halagarla y consentirla, aparte de sus cabellos rojizos, heredados de algún antepasado que sus padres no mencionaban. Pero ello no importaba mucho ahora, debía averiguar qué ocurría. Tras acercarse a una de las ventanas de la casa del vecino, metió las manos y apartó las cortinas para examinar el recinto. Recibió un fuerte golpe de aire caliente en el rostro; tuvo que entornar los ojos antes de poder acostumbrarse. Entonces pudo ver al señor y la señora Strédel, recostados en camas separadas, igual de graves que sus padres. En el piso estaban sus dos pequeños hijos, tiritando y dormitando, envueltos en mantas. Y también estaba la enfermera, quien se había desmayado mientras les traía sopa en una cazuela. El líquido se había esparcido cerca de uno de los niños.
Allí estaba la respuesta que buscaba. Debía suponer que, si se asomaba a todas las residencias, se encontraría con el mismo ambiente. Sin embargo, de todas formas, lo hizo, y quedó llena de melancolía; estaba segura de que no había quien hubiera visto semejante calvario de enfermos en aquella nación, al menos no en la última década.
El estómago le pedía algo que digerir en cuanto terminó de asomarse a las casas de la calle; era la hora de la merienda. La última ventana que abrió fue la de una vivienda un poco antigua, donde moraba una viuda muy malhumorada. Esta se hallaba tirada en medio de la sala de estar, respirando con dificultad, cuando la niña se asomó. Era el golpe definitivo a sus esperanzas; todos estaban enfermos. A pesar de que por la mañana incluso vio una gran cantidad de gente caminar por las calles y llevar sus carretas, conducidas por esos extraños caballos con cuernos que estaba de moda comprar.
La zona del pueblo donde se hallaba era la más cercana al peligroso Bosque Carmesí, el cual podía ver desde ahí. De hecho, esa era la única calle que desembocaba en el espacio de terreno que separaba el pueblo Hochrot de los frondosos árboles de hojas rojas. Las demás estaban cegadas con una pared de dos metros de altura. Mientras ella observaba el curioso baile de las hojas al son del viento, un sujeto surgió de entre los árboles y caminó hacia ella. De seguro era joven, aunque llevaba un bastón de madera de caoba y una extraña túnica gris, parecida a la de los monjes; y estaba tocado con un sombrero de paja. Sus pies calzaban sandalias de cuero negro, muy peculiares. No era una vestimenta común en los muchachos, por lo que le parecía gracioso a la niña. Cuando estuvo más cerca, se hizo notable la sonrisa en su semblante, de lado a lado del rostro.
—Hola, chiquilla —dijo una vez se detuvo a un par de metros de la niña.
Se dio cuenta que solo era una ilusión. Su boca parecía tener más dientes de lo normal, pero no era así.
—¿Chiquilla? —dijo Laia—. Soy casi de su tamaño, señor.
—Sigues siendo más pequeña que yo. —Seguía sonriendo—. Y veo que estás en problemas, por la cara de preocupación que llevas ahí.
—¿No lo sabe? El pueblo está enfermo.
—Soy un extranjero. Pertenezco a un grupo de viajeros. Nos dirigíamos a las montañas, pero me separé para buscar algo de agua y terminé aquí.
—¿De verdad? Nunca había visto a un viajero tan raro. Normalmente vienen vendedores… ¿Tienes algún artilugio mágico y extraño? ¿Ese bastón es especial?
—Ya, ya, mejor no preguntes tanto. ¿No se suponía que estabas enferma?
—¿Cómo lo sabes?
—Te estás moqueando.
—¡Oh!
Laia se sonrojó y se limpió con el pañuelo. Tras devolverlo a su cinturón, dijo:
—Perdón. Es que estaba buscando ayuda porque mis padres están muriendo y, cuando me puse, encuentro que todos están en cama. No sé qué hacer.
Empezaban a llenársele los ojos de lágrimas y veía todo borroso. El extranjero se acercó y le puso la mano en la cabeza, como si de su hermanita se tratase. Seguía sonriendo, pero, un instante después, se puso inexpresivo, y, apartando la mano, dijo:
—Me han dicho que en el bosque de allí atrás hay un lago de aguas mágicas. Dicen que curan lo que sea si tan solo las bebes.
—¿En serio? —dijo Laia, mirándolo a los ojos con alegría. Las lágrimas no llegaron a escapársele.
—Ajá. —Volvió a mostrar los dientes y empezó a hacer ademanes para dramatizar lo que dijo a continuación—: Hace mucho tiempo, un rey acudió desesperado al dios más severo y cruel, pues se decía que también era el más poderoso. Prometió adorarlo si curaba a su esposa, quien padecía una enfermedad terrible. El dios, a pesar de ser tan malvado, apreciaba el amor verdadero, el mismo que vio en los ojos del rey, así que, utilizando sus poderes, bendijo las aguas del lago del Bosque Carmesí. Le dijo al rey que la sumergiera y la hiciera beber, y éste obedeció. Preparó una comitiva con sus mejores sirvientes y guardias, y fue allí; la cargó en sus brazos y caminó dentro del lago hasta aguas poco profundas. Una vez realizado lo que le habían mandado, inmediatamente quedó sana. Y gracias a ese pacto, su reinado duró generaciones.
—Qué linda historia. ¿Es una leyenda?
—Se podría decir, pero en este lugar hay muchas leyendas que son verdaderas. Si sigues hacia el norte en línea recta, a través de los árboles, llegarás a esas aguas. Sólo necesitas darle un trago a cada enfermo y bastará.
—Gracias, pero… ¿me podrías acompañar?
—No puedo. La criatura que vigila esas zonas ya me ha advertido que no vuelva por allí.
—¿La criatura?
—Sí, Ajatar, la mujer serpiente. ¿No sabes de ella?
—No. Mi familia nunca habla del bosque.
—Bueno, ya debes imaginarte por qué. Ajatar es un ser maligno, por así decirlo, pero si es tu primera vez en el bosque, puede que te perdone la vida. Trata de convencerla, o huye, una de dos. Por otro lado, están las otras bestias raras, que no son tan peligrosas.
—¿Tengo alguna oportunidad? —preguntó Laia, empezando a mostrarse temerosa.
—Sí. Tienes que correr; mientras sea de día, ellos no te molestarán.
—V… vale. Gracias por la información. ¿Queda muy lejos el lago?
—Justo en el centro, a unos cuantos kilómetros.
—Bien —dijo la niña tras pensar por casi un minuto—, ya me voy.
Laia hizo una reverencia y empezó a trotar hacia el bosque. El joven le gritó algo que ella no oyó, aunque sonó como a «cubeta». Daba igual, pues, si era cierto lo que decía, entonces ya se le estaba haciendo tarde, porque los bosques siempre eran muy grandes, y si había un lago de aguas mágicas, de seguro no era fácil llegar a él. Aunque sentía cierto temor por la criatura, su voluntad lo superaba, junto con el recuerdo de sus padres ardiendo en la cama. No iba a rendirse; los salvaría a todos.