Cap 1: Pasillos llenos
Los pasillos de la universidad estaban empapelados con pósters del gran partido de esa noche: los Jaguares contra los Rangers. Era uno de esos enfrentamientos que dividían el campus por semanas. Por todos lados se sentía la anticipación, las risas demasiado altas y el olor a café frío de los que se habían quedado estudiando hasta tarde.
La campana sonó y las puertas de los salones se abrieron de golpe. Los estudiantes salieron como una marea ruidosa. Lisa recogió sus cosas con calma, se ajustó el bolso al hombro y salió al pasillo. Casi de inmediato empezaron a salutarla.

—¡Lisa!
—Hola, Lisa.
—¿Vas al partido?
Ella solo sonreía y respondía con la misma facilidad de siempre. El conteo de “hola, Lisa” se volvía interminable, pero ella lo llevaba sin esfuerzo. Llegó a su casillero, lo abrió y metió los cuadernos. En ese momento escuchó una voz a su espalda.
—Hola, Lisa. ¿Cómo estuvo tu día?
Cerró el casillero y se giró. Robert. Compañero de clase. Se notaba nervioso.
—Hola, Robert.
—Pasaba por aquí y te vi. Quería saber cómo estabas.
Lisa lo miró un segundo. El chico se sonrojó apenas.
—Muy bien, gracias. Ya por fin salimos. Hoy sí que tenía un dolor de cabeza horrible.
—Lo sé… Ayer en la noche no parabas de tomar.
—Es que el ambiente estaba demasiado bueno —admitió ella con una sonrisa—. Pero ya sabíamos las consecuencias.
Mientras Robert seguía hablando, Gina la vio desde el otro extremo del pasillo. Aceleró el paso, se interpuso entre los dos y abrazó a Lisa por la cintura con naturalidad, como si el lugar le perteneciera.

—¿Lista, amiga?
Luego miró a Robert con una ceja levantada.
—¿Y tú qué haces aquí? ¿No se acabaron las clases?
—Eh… sí. Solo vi a Lisa y quise saludarla.
—Qué tierno, Robert —dijo Lisa, divertida.
Gina no apartó la mirada de él.
—Qué tierno… pero.
Se giró hacia Lisa, ignorando por completo al chico.
—Entonces, ¿nos vamos?
Robert insistió:
—Chicas, ¿van a ir a ver el partido esta noche?
—Claro —respondió Lisa—. Este juego es de los importantes.
Gina frunció un poco el ceño.
—¿Segura que quieres ir, Lisa? Podríamos ir a mi casa a ver la serie de la que te hablé.
—¿Qué serie, Gina? —preguntó Robert, todavía intentando participar.
Lisa se acercó al oído de su amiga y le habló en voz baja, casi un susurro:
—Claro que iré. De ahí nos iremos a festejar. Max y yo. ¿Lo olvidaste?
Gina puso una expresión de evidente disgusto, pero solo contestó:
—Está bien, Lisa. ¿Quieres que te acompañe?
Lisa dudó un segundo. No quería que Gina se sintiera rechazada.
—Claro que sí. Vamos. Tal vez Robert quiera acompañarte como pareja —añadió riendo.
—Eh… —Robert se quedó sin palabras.
Gina lo miró de arriba abajo.
—Estás loca, Lisa. Si quisiera acompañante, te aseguro que no sería alguien como Robert.
—Uy, gracias —murmuró él.
—De nada —respondió Gina sin pestañear.
—No seas pesada —dijo Lisa, tomándola del brazo—. Ya vámonos, que se nos va el transporte.
Las dos se alejaron por el pasillo sin despedirse formalmente de Robert, riéndose entre ellas. Cuando pasaron frente a los baños, Lisa tiró de Gina hacia adentro.
—Oye… ¿segura que no te incomoda ir y que yo me vaya después con… ya sabes quién?
Gina se quedó mirándola mientras Lisa se retocaba el colorete frente al espejo. Sus ojos siguieron el movimiento del lápiz labial por un segundo de más antes de reaccionar.
—¿Qué?… Ah, no. Claro que no. Además iremos juntas.
Lisa terminó de maquillarse, se giró y la abrazó con fuerza.
—Gracias, Gina. Sin ti no sé qué haría. Eres una gran amiga. Te quiero mucho.
Gina tragó saliva. El abrazo le duró un instante más de lo estrictamente amistoso, pero no se apartó.
—Sí… y yo a ti, amiga. Pídeme siempre lo que quieras.
Salieron del baño juntas, todavía sonriendo, y se dirigieron hacia la parada del transporte.








