PRÓLOGO

Eren podría ser perfectamente la persona con peor suerte del mundo. Y sí, quizás suena exagerado; pero lo que acababa de llegarle a su móvil, mientras estaba haciendo una transmisión en vivo, no era otra cosa que una notificación del dueño del puesto número dos en el ranking de la página en la que publicaba y a quien, hacía pocas semanas, había desbancado del primer puesto.
Sí, Eren iba en cabeza.
Sus ojos leían una y otra vez el mensaje, tratando de procesar las palabras que “Acero_Templado” le había enviado por privado. Pero eso no era lo peor. Sino que lo había hecho a su Instagram personal, no al de trabajo.
“Eh, Eren, ¿un directo tan tarde? ¿Qué diría Carla si se entera de que su querido niño bueno no duerme las horas adecuadas?”
Eren. Carla. Su nombre y el de su madre. ¿Cómo narices Acero_Templado sabía todo aquello? Nunca, desde que inició su cuenta de “WallGaze”, había dado información tan personal. Ni siquiera cuando sus 10 millones de seguidores le pagan por ello. Su móvil temblaba en su mano mientras sus ojos verdes, tras un antifaz negro con encaje, más nerviosos que nunca, conectaban con el objetivo de su webcam de última generación. El dispositivo cayó al suelo con un “pum” y Eren ni siquiera se inmutó; su atención estaba en el chat del directo en el que sus seguidores y espectadores le preguntaban qué había sucedido. Incluso algunos le enviaban mensajes destacados con pagos para que lo dijera. No les hacía caso, estaba buscando el “Acero_Templado” entre la vorágine de comentarios que no dejaban de llenar.
—Queridas llamitas —dijo, sus ojos en el objetivo de la webcam. Su voz denotaba su estado de nerviosismo–. Tenemos a un infiltrado en el chat… ¿Qué es lo que hacemos con los infiltrados?
El chat explotó. Llamitas por todas partes, con mensajes que iban desde el shock hasta la ira, y los pagos destacados se dispararon como fuegos artificiales. “¡A la hoguera con él, TitánArdiente!“, “¡Bloquéalo y denuncia!“, “¡Queremos su cabeza en bandeja de plata!“. Eren, sin embargo, no buscaba venganza en ese momento, sino respuestas. Sus ojos escanearon la pantalla, pasando por nombres familiares y avatares coloridos, buscando el rastro del acero.
—¿Infiltrado? ¿Quién, Titán? —leyó en voz alta el mensaje de una de sus moderadoras, Llama_Alfa, destacándose en verde.
Una sonrisa amarga apareció en los labios de Eren. El miedo se estaba transformando en una rabia familiar, una chispa que empezaba a encenderse en su pecho. Esto era diferente a cualquier desafío que hubiera enfrentado en WallGaze. Esto era personal.
—Alguien que sabe demasiado —respondió, su voz ahora más firme, aunque un temblor casi imperceptible aún la recorría. Sus dedos, que antes temblaban, ahora tamborileaban la mesa con rabia. El móvil en el suelo seguía olvidado—. Alguien que cree que puede jugar a la intriga con TitánArdiente.
Mientras hablaba, una notificación de chat privado apareció de nuevo, parpadeando discretamente en la esquina de su pantalla del ordenador. Era de Acero_Templado otra vez. Eren dudó un instante, el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. ¿Debería abrirlo? La curiosidad y la rabia luchaban en su interior. Sabía que sus llamitas estaban expectantes, pidiéndole acción. Pero esta era una batalla que sentía que debía librar solo.
Tomando una decisión impulsiva, agarró su móvil e hizo clic.
