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A toda velocidad

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Sinopsis

Claudia juro no volver a acercarse al mundo de los motores después de perder a la persona más importante de su vida. Tres años después acepta trabajo temporal como coordinadora de prensa en la F2 convencida de que podrá mantenerse al margen. Héctor Vidal lo tiene todo: fama, talento y un futuro brillante sobre la pista. Lo que nadie ve es la presión constante de una vida construida para satisfacer las expectativas de los demás. Entre boxes, secretos y circuitos ambos descubrirán que algunas personas llegan para romper todas las reglas que creíamos necesarias para sobrevivir. Porque a veces el mayor riesgo no está en la pista. Está en abrir el corazón.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1


1

Claudia 

El espectador suena a las seis y cuarto, aunque llevo despierta desde las cinco. 

Siempre es así. Me quedo mirando el techo de mi habitación, contando las grietas de la escayola como si fueran vueltas de un circuito que ya no piso, hasta que el móvil decide que ya es hora de fingir que me ha despertado él y no la misma pesadilla de siempre. 

La curva ocho. Siempre la curva ocho.

Aparto las sábanas antes de que la imagen se termine de formar del todo–el asfalto mojado, el kart de Marcos detrás mío, demasiado cerca, siempre demasiado cerca–y me meto en la ducha con el agua más fría de lo que mi cuerpo querría. Es un truco que aprendí hace tres años: el frío corta el pensamiento a la mitad. No lo termina. Pero lo corta.

Trabajo en Croma, una agencia de comunicación pequeña, especializada en marcas de moda y algún que otro cliente deportivo que llega por casualidad y del que procuro mantenerme lo más lejos posible. Diseño campañas, revisó calendarios de contenido, apago fuegos que otros encienden. Se me da bien. Es un trabajo que no exige que explique nada de mí, y eso, para alguien que ha pasado los últimos tres años evitando una sola pregunta–¿tú no corrías?–es más valioso que cualquier sueldo. 

–Vas a llegar tarde otra vez–dice Sara desde la puerta de mi habitación, ya vestida, con un café en la mano y con esa cara de quien lleva ensayando un discurso desde que se ha levantado.

–Voy dos minutos tarde. Es distinto.

–Vas dos minutos tarde a propósito, para no tener que hablar conmigo del favor que te voy a pedir. 

Sara es mi mejor amiga desde la universidad, mi compañera de piso desde hace cuatro años, y la única persona que ha ganado el derecho a saltarse las normas que le he puesto al resto del mundo. Es todo lo que yo no soy: alta, morena, con una melena rizada que se niega a comportarse pase lo que pase y una risa que se escucha desde el otro lado del piso, de esas personas que entran en habitación y automáticamente hacen que todo el mundo se relaje un poco. También es publicista, también trabaja demasiado, y últimamente lleva la cuenta de Voltaje Racing, la escudería de Fórmula 2 que su empresa representa. Lo sé porque no deja de mencionarlo. Lo sé porque cada vez que lo menciona, yo cambio de tema con una eficacia que empieza a darme vergüenza a mí misma.

–No quiero saber el favor. 

–Es un pequeño favor. 

–Los pequeños favores son los peores. Los grandes al menos avisan.

Sara se apoya en el marco de la puesta y me mira con esa paciencia irritante que tiene, la de quien ha decidido hace tiempo que va a conseguir lo que quiere y solo está esperando a que yo me canse de fingir que no.

–Necesito a alguien de confianza en la presentación del nuevo Fórmula 2. Dentro de dos semanas. Solo será coordinar prensa, nada de boxes, nada de pista. Ni siquiera tienes que acercarte al coche.

–Sara…

–Sé lo que vas a decir. 

–Entonces ya sabes la respuesta.

–Va a estar toda la plantilla de la agencia aliada con otro evento el mismo día y no tengo a nadie más que sepa hacer esto bien.–dice, mientras se cruza de brazos–. Y antes de que me digas que no por el motor, por el ruido, por lo que sea: va a ser en un hotel. Un salón de eventos con aire acondicionado y canapés, no un circuito. El Fórmula 2 va a estar tan quieto como ese jarrón que odias del salón.

Me quedo con la taza a medio camino de la boca. Sara sabe pelear. Siempre lo ha sabido. Y sabe, sobre todo, cuáles son los argumentos que no puedo rebatirle sin quedar como una exagerada, que es exactamente lo que llevo tres años intentando no parecer delante de ella. 

–¿Por qué es tan importante para ti que sea yo? 

–Porque eres la única persona que conozco capaz de que un piloto de veintitrés años con la cabeza como una piña no diga ninguna barbaridad delante de cuarenta periodistas.–sonríe, sabiendo que ha ganado, o que casi–. Y porque confío en ti más que en nadie. Eso también.

No contesto enseguida. Me llevo el café mirando por la ventana, hacia la calle donde ya ha empezado el tráfico de las siete y media, y pienso en la última vez que estuve cerca de algo que oliera a neumático caliente. Pienso en la curva 8. Pienso en que llevo tres años construyendo una vida entera alrededor de la palabra no, y aunque a veces esa palabra empieza a pesar más que lo que intenta protegerme.

–Solo prensa–digo al final–. Ni pista, ni boxes, ni charlas con los pilotos que se cree en el centro del universo.

–Solo prensa–repite Sara, y por la sonrisa que se le escapa se que ya sabía que iba a decir que sí antes de entrar en mi habitación. 

No pienso decirle a Sara la presión en el pecho que siento ahora mismo. No hace falta. Voy a ir, voy a coordinar prensa, voy a mantenerme todo lejos que pueda de cualquier cosa con cuatro ruedas y un motor, y en dos semanas esto será un favor cumplido y una anécdota olvidada.

Eso es lo que me digo mientras termino el café. 

Es mentira, claro. Pero es una mentira que sé sostener. Llevo tres años de práctica.

La oficina de Croma ocupa la segunda planta de un edificio en Malasaña, entre una cafetería de especialidad y una tienda de discos que lleva más años cerrado “definitivamente” que abierta. Es un espacio pequeño,luminoso,con las paredes llenas de portadas enmarcadas de campañas que hemos sacado adelante: perfumes,ropa,alguna marca de coches eléctricos que insistió en que no quería “nada relacionado con la velocidad,por favor,algo más consciente”. Me río sola cada vez que paso por delante de ese marco,pensando en la ironía que sería explicarles de donde vengo yo.

–Claudia,la reunión  de las once se ha movido a las once y media–dice Nuria, mi compañera de mesa, sin levantar la vista del ordenador.

Nuria es pequeña, de esas personas que parecen ocupar menos espacio del que en realidad ocupan, con el pelo corto teñido de un rubio ceniza que cambia de tono cada pocos meses según su humor, y unas gafas de pasta demasiado grandes para su cara que en vez de restarle protagonismo se lo dan. Lleva en Croma un año menos que yo, es la persona más cotidia de toda la oficina, y a la vez la más incapaz de guardar rencor a nadie, algo que hace que sea imposible enfadarse con ella más de cinco minutos seguidos, por muy pesada que se ponga con algún tema.

–Y Marketing de Aura quiere cambiar otra vez el eslogan de la campaña de otoño–añade.

–¿Otra vez? Es la cuarta versión.

–La quinta. Perdieron la cuenta en algún momento, yo creo.

Me siento, enciendo el ordenador, y durante las siguientes tres horas mi cabeza se llena de brief, de paletas de color, de calendarios de publicacion, de todo lo que hace que el mundo tenga sentido de una forma controlable, medible, sin sorpresas. Me gusta este trabajo precisamente por eso: no hay  curvas que no pueda anticipar. No hay nada, en un documento de Excel, que se parezca ni remotamente a perder el control en un kart a ciento veinte kilómetros por hora bajo la lluvia.

A la hora de comer, Nuria me arrastra a la cafetería de abajo, y entre bocado y bocado de ensalada, saca el tema que llevo toda la mañana esperando que no salga.

–¿Es verdad que vas a coordinar la presentación del F2 de Voltage Racing?

–¿Cómo lo sabes?

–Sara se lo ha dicho a todo el edificio. Esta encantadisima. – Nuria sonríe,con esa curiosidad genuina de quien no sabe nada de mi pasado, porque nunca se lo he contado, porque en Croma nadie sabe que hubo una vida entera antes de esta, una vida con casco y mono ignifugo y un nombre que en su dia aparecio, aunque fuera brevemente, en alguna que otra crónica de karting juvenil–.Va a estar Hector Vidal,¿no? Mi hermana está obsesionada con él. Dice que es el piloto más guapo de toda la parrilla. 

–No tengo ni idea de si es guapo.Voy a estar organizando acreditaciones, no mirándolo.

–Ya,claro. –Nuria se ríe, sin sospechar ni por un segundo que mi tono cortante no tiene nada que ver con Hector Vidal y todo que ver con el hecho de que esta va a ser la primera vez, en tres años, que voy a estar rodeada de mecánicos, de ese olor a goma quemada que todavía me hace apretar los puños sin darme cuenta–. Bueno, pues cuéntame algo cuando vuelvas. Aunque sea si tiene la voz tan grave como en las entrevistas.

Sonrío, porque es lo que se espera de mi, y cambio de tema hacia el eslogan de Aura, que a estas alturas ya va por la sexta versión.

Vas a estar bien, me repito esa tarde, de camino a casa, con los auriculares puestos y una playlist que llevo escuchando desde hace meses precisamente porque no tiene nada que ver con motores, con velocidad, con nada que se le parezca. Hay aire acondicionado. Hay canapés. No hay curva en ningún sitio.

Me lo repito tantas veces que casi no me lo creo.

Esa noche, antes de dormir, saco la caja de debajo de la cama. No lo hago a menudo–una vez al mes, quizá, cuando aniversario se acerca o cuando algo, como hoy, me remueve más de lo que debería–y esta vez es la fotografía de siempre la que se queda arriba: Marcos y yo, dieciséis años, monos de competición a juego, los cascos bajo el brazo, riéndonos de algo que ya no recuerdo qué era.

Dentro de la caja hay más cosas de las que me atrevo a mirar de golpe: un trofeo pequeño, de un campeonato regional que ganamos juntos en la categoría de equipos;una entrada arrugada del karting de Jarama donde nos conocimos, los dos con diez años, peleándonos por el mismo kart de alquiler hasta que el motor nos separó a gritos; una pulsera de cuero desgastada que me devolvieron en el hospital porque, según dijeron, era mía y no de él, aunque durante meses no fui capaz de recordar porque la llevaba puesta esa noche.

Marcos Ibañez. Mi mejor amigo desde los diez años. El único que entendía por qué me pasaba los sábados enteros oliendo a gasolina en vez de salir de fiesta como el resto de nuestra clase. El que se aprendió de memoria todas mis rutinas antes de una carrera–la misma canción en los auriculares, el mismo orden para ponerme los guantes, la misma frase que me decía antes de bajarme la visera del casco.

«Vas a ser mejor que yo, Clau», me decía siempre, y yo me reía porque sonaba a broma, aunque él nunca bromeaba con eso. Lo decía en serio, con esa generosidad tan suya de alguien que nunca tuvo envidia ni nada, ni siquiera de la persona con la que competía cada fin de semana.

La noche antes de la clasificación llovía como llevaba lloviendo toda la semana, un aguacero de octubre que había convertido el circuito de karting en una pista de patinaje. Yo salí primero. Recuerdo la salida, recuerdo la primera vuelta, recuerdo perfectamente hasta el punto exacto donde el recuerdo se corta en seco, como una película a la que le han arrancado el final: la curva ocho, el kart perdiendo agarre, el giro qu4e no pude controlar, y detrás de mí, demasiado cerca, el kart de Marcos, que no tuvo tiempo ni espacio para esquivarme chocó contra el mío y él, no sabemos cómo, tuvo mayor impacto que yo haciendo que esa fuera su última carrera. Quién iba a decir que moriría en lo que más le apasionaba. Me acerqué lo más rápido que pude aunque me rompí muchos huesos y, entonces, en su última respiración me dijo: “no dejes hacer lo que más te gusta, Clau. Sé que eres mejor que yo.”

No lo fui. Nunca llegué a serlo. Se quedó él en la curva ocho, y yo salí con la tibia rota y un par de costillas, y con una culpa que no cabe en ningún hospital.

Guardo la foto. Cierro la caja. Apago la luz.

Y entonces me di cuenta de que tengo otra caja, más antigua, que no guardo debajo de la cama si no en algún rincón de la memoria al que procuró no volver casi nunca: la del instituto. El instituto Ramiro de Maeztu, con sus pasillos interminables y su fama de exigente, donde pasé cuatro años siendo, además de “la rara del karting”, el blanco favorito de un grupo de chicas de mi misma clase que había decidido, sin que yo entendiera muy bien por qué, que mi existencia le resultaba profundamente irritante.

Se llamaban así mismas “las de primera fila”, porque siempre se sentaban ahí, juntas, una unidad compacta e inexpugnable. Se reían de que oliera los lunes, de las cicatrices pequeñas que ya empezaba a acumular en los brazos, de que fin Riera pasar el reque hablando de configuraciones de neumáticos con Marcos antes que de cualquier otra cosa que ellas les pareciera interesante. Nunca fue nada lo bastante grave como para contarse a un profesor–ninguna bofetada, tengo un insulto que pudiera señalarse con el dedo en una reunión de tutoría–, pero sí lo suficientemente constante como para que aprendiera, mucho antes de la curva 8, que la gente que no decide quererte encuentro siempre una forma de hacértelo notar sin dejar pruebas.

Marcos fue el único que nunca me hizo sentir eso. Y cuando lo perdí, una parte de mí, la más silenciosa y la más convencida, decidió que ya sabía cómo terminaban las historias en las que alguien decide quedarse: mal. Siempre mal. 

Mis padres viven en Pozuelo, a veinte minutos en coche de mi piso, y los veo cada dos o tres semanas, lo justo para que mi madre me preguntes si es como viene mi padre me pregunte, con delicadeza que después de tres años se sigue sin conseguir del todo, si “he pensado en volver a intentarlo, aunque sea solo por ocio”. Nunca insisten demasiado. Creo que también años les da miedo el tema, o quizás es que ya se han acostumbrado a que cualquier conversación sobre motores en esta familia terminé con un silencio incómodo que nadie sabe cómo llenar. 

Los domingos que puedo, sin embargo, no voy a verlos a ellos. Voy a la residencia de Aravaca, a ver a mi bisabuela Carmen. 

Mi bisabuela tiene noventa y un años y un Alzheimer que avanza sin pausa, de esos que te devuelven un fragmento de la persona que fue y se lleva en el resto sin previo aviso. Algunos domingos me reconoce enseguida, me llama “mi mini yo” y me pregunta por el colegio, aunque hace más de diez años que dejé el colegio. Otros domingos me miran como si fuera una desconocida amable y que le ha traído flores, y tengo que presentarme de nuevo, con la misma sonrisa de siempre, viendo que no me rompe un poco por dentro cada vez que pasa.

Es la única, de toda mi familia, que nunca me pregunta por qué dejé las carreras. Puede que sea porque ya no se acuerda de que corría. O puede que, en algún rincón que el Alzheimer todavía no le ha arrebatado, entienda mejor que nadie que hay preguntas que no necesitan respuesta.

–Vas a ser prudente en tu nuevo trabajo, ¿verdad?–me preguntó el último domingo, sujetándome la mano con esa fuerza sorprendente que conservan sus dedos a pesar de todo–. No dejes que se te acerque nadie que no valga la pena, mini yo. La vida es muy corta para malgastarla en gente que no se queda.

No supe si hablaba conmigo o con alguien de otro tiempo, con mi abuela, quizás, o con alguna versión más joven de sí misma. Pero me quedé con la frase durante toda la semana, dándole vueltas de una forma que todavía no sé explicar del todo. 

“Que no se queda”. Como si mi bisabuela, sin saberlo, hubiera puesto nombre a lo que llevo tres años evitando: no el peligro de un motor, no el riesgo de una curva mal tomada, sino la certeza, aprendida a base de perder gente, que quererse con alguien es firmar un contrato que nadie te garantiza que la otra parte vaya a cumplir hasta el final.

Dos semanas, me digo. Sólo son dos semanas de prensa en un salón con aire acondicionado.

No sé cuánto me va a costar esa mentira.

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