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La red y la llave

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Sinopsis

En Lúmina, la ciudad donde el olvido es una moneda de cambio, los recuerdos tienen peso, textura y precio. Elías creció viendo cómo las personas vendían los fragmentos más dolorosos de sus vidas en el sórdido Mercado Gris, intentando aligerar la carga de un pasado que les impedía respirar. Pero lo que comenzó como una curiosidad infantil se convirtió en su destino: Elías es un coleccionista de lo que otros desechan. A medida que se adentra en los secretos de la Red y los rincones olvidados de Lúmina, Elías descubrirá que algunos recuerdos no están destinados a ser vendidos, sino a ser protegidos. Porque, en una ciudad donde todos intentan huir de quiénes fueron, él es el único que está aprendiendo que el amor, el dolor y la memoria no son lastres, sino lo único que nos hace humanos. Algunas estrellas no están en el cielo. Están dentro de quienes siguen adelante incluso después de perderse. ¿Podrá Elías recuperar su propia historia antes de que sea borrada por completo?

Genero:
Scifi
Autor/a:
Wardyn Cuevas
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La mujer si rostro


CAPÍTULO 1


La primera vez que Elías vio vender un recuerdo tenía nueve años.

Llovía sobre Lúmina, pero no era ese aguacero limpio que a veces bajaba desde las colinas del norte. Era una garúa fina, una neblina sucia y persistente que parecía llevar siglos atrapada entre el asfalto y los techos de metal. Las gotas golpeaban las estructuras mientras la ciudad seguía funcionando con su maquinaria imperturbable, recordándoles a todos que, en Lúmina, las personas podían perderlo casi todo, menos la obligación de seguir adelante.

Elías caminaba junto a su madre, Lena, entre las corrientes de gente del Mercado Gris. Le gustaba ese lugar, aunque no fuera precisamente bonito. Era un espacio sucio, oscuro y saturado de estructuras oxidadas y letreros parpadeantes, pero siempre latía con mil historias distintas: vendedores que se dejaban la garganta pregonando chatarra, niños corriendo entre las piernas de los transeúntes y música que escapaba de altavoces reventados, compitiendo con el rumor de personas dispuestas a negociar pedazos enteros de su propia vida como si fueran simples baratijas.

—Mamá, ¿de verdad la gente vende recuerdos? —preguntó de pronto, mirando de reojo a un par de hombres tras un mostrador improvisado.

Lena le dedicó esa sonrisa cálida, la única capaz de hacer que todos sus pequeños miedos infantiles se esfumaran al instante.

—Algunas personas sí.

—¿Y por qué harían algo así?

Ella tardó unos segundos en responder, con la mirada perdida en el barullo.

—Porque algunos recuerdos pesan demasiado, Elías.

El niño frunció el ceño. No entendía cómo un recuerdo podía llegar a pesar. No eran piedras, ni cajas de metal, ni mochilas cargadas de libros. Pero bastó con que observara los rostros de quienes deambulaban por el mercado para empezar a intuirlo. Había hombres que arrastraban los pies mirando fijamente al suelo, mujeres con una expresión completamente vacía en los ojos, y ancianos encorvados que parecían cargar con décadas enteras sobre los hombros. Quizá sí existían cargas invisibles que el cuerpo humano no lograba soportar.

Siguieron avanzando hasta detenerse frente a un local protegido por una enorme pantalla holográfica que lanzaba destellos azules.

RECUERDOS SELECTOS

«Olvide el dolor. Conserve la felicidad.»

Elías miró la publicidad con una mezcla de rechazo y desconfianza. Siempre le había producido una sensación extraña en el estómago, como si algo fundamental estuviera profundamente roto en ese concepto.

—No me gusta ese lugar —murmuró.

Lena bajó la vista hacia él, curiosa.

—¿Por qué?

—Porque parece mentira.

Ella esbozó una sonrisa melancólica.

—A veces, las mentiras son las cosas que mejor se venden.

No sonaba a una contestación normal para un niño de nueve años, pero en ese momento Elías era demasiado pequeño para cuestionar el fondo de sus palabras.

Continuaron abriéndose paso entre la multitud hasta que algo los detuvo. Un pequeño corro de personas se había aglomerado en silencio alrededor de una plataforma metálica elevada. Nadie hablaba, nadie sonreía. Aquello llamó la atención de Elías de inmediato, porque el Mercado Gris jamás guardaba silencio por propia voluntad.

Inclinándose un poco, se deslizó entre los abrigos de los adultos hasta llegar adelante del todo.

Sobre una silla de metal estaba sentada una anciana. Las manos le temblaban de forma violenta y las lágrimas le caían por las mejillas en un flujo constante, silencioso, como si llevara años conteniendo un dolor imposible. Un técnico con uniforme gris oscuro le colocó unos electrodos y cables finos detrás de las orejas con total frialdad mecánica.

—¿Está segura, señora? —preguntó el hombre sin levantar la vista de su tableta.

La anciana asintió apenas con la cabeza.

—Sí.

—¿Qué desea borrar?

Ella cerró los ojos con fuerza. Durante unos segundos pareció incapaz de articular palabra, hasta que su voz se quebró por completo:

—A mi hijo.

Elías sintió un escalofrío helado recorriéndole la columna y buscó instintivamente la mano de Lena.

—¿Por qué haría algo así? —susurró horrorizado.

Su madre no respondió. Su expresión se había vuelto de piedra.

El técnico activó los mandos. Las luces parpadearon con intensidad, la silla vibró un instante y la mujer apretó los dientes en un gesto de dolor sordo. Y, de repente, todo terminó.

La anciana abrió los ojos con lentitud. Parpadeó varias veces, desorientada, mirando a su alrededor como si acabara de despertar en un planeta desconocido.

—¿Ya terminé? —preguntó con voz frágil.

—Sí, ya está.

La mujer se llevó las manos a las mejillas y notó la humedad.

—¿Por qué estoy llorando?

Nadie en alrededor le devolvió la palabra. Aquel silencio absoluto pesó mucho más que cualquier respuesta. La anciana se levantó con torpeza y se alejó caminado despacio, perdiéndose entre la marea humana, con la trágica sensación de que una parte esencial de su alma se había quedado en esa silla.

Elías la observó perderse de vista y, por primera vez en su corta vida, sintió un miedo auténtico. No era el miedo a la oscuridad ni a los peligros de la calle; era el pavor absoluto a olvidar.

Lena le apretó la mano con firmeza.

—Vámonos a casa.

Pero el niño no pudo apartar la mirada de la dirección por donde se había marchado la mujer hasta que la multitud la tragó por completo.

Esa noche apenas pegó el ojo. La idea lo persiguió durante horas hasta que, incapaz de seguir dando vueltas en su litera, se levantó en silencio. El apartamento estaba sumido en una penumbra fría, apenas teñida por el resplandor azulado que proyectaban los anuncios de los rascacielos exteriores.

Al pasar junto a la cocina, vio un resquicio de luz. Lena estaba allí, sentada sola junto a la ventana, con la mirada fija en la cortina de lluvia que caía afuera. Tenía el rostro surcado por una tristeza tan profunda que parecía ajena a este mundo.

—¿Mamá? —preguntó él en un hilillo de voz.

Ella giró la cabeza de golpe y, en cuestión de segundos, forzó una sonrisa. Pero algo en esa mueca se sentía artificial, como si estuviera sosteniendo un cristal roto con las manos desnudas.

—¿Qué haces despierto a estas horas, mi amor?

—No podía dormir.

Lena abrió los brazos sin dudarlo.

—Ven aquí.

Elías corrió a refugiarse en su abrazo. Ella lo estrechó con una fuerza desesperada, apretándolo contra su pecho como si temiera que el aire pudiera arrancárselo de los brazos.

—Mamá... —murmuró él contra su hombro.

—¿Sí?

—Tú nunca me olvidarías, ¿verdad?

Un dolor agudo e invisible atravesó el pecho de Lena. Ella conocía perfectamente la cruel respuesta, porque ya había tomado una decisión terrible en el silencio de su mente. Amaba a su hijo con cada fibra de su ser, y precisamente por ese amor inmenso estaba dispuesta a cometer el acto más desgarrador de todos.

Lo abrazó todavía con más fuerza, conteniendo el aliento, y le mintió al oído con una dulzura infinita:

—Nunca.

Pero mientras pronunciaba esa promesa, las primeras lágrimas comenzaron a deslizarse en completo silencio por sus mejillas.

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