Personalizar legibilidad
Aa

Hasta que me necesites

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Jace nunca creyó en el amor. Cree en la posesión. Cuando Iara Whitmore se cruza en su camino, una joven ciega que acaba de heredar una mansión y que confía ciegamente en el hombre que siempre está a su lado. Su guía, Jhon. Jace sabe que debe mantener sus obsesiones personales al margen de su trabajo. Pero la obsesión llega antes que el deseo. Quiere conocer cada miedo de Iara, cada debilidad, cada necesidad. Y, sobre todo, quiere convertirse en la persona que ella necesite para sobrevivir. El único problema es Jhon. Porque él no está dispuesto a compartir. Y cuando decide que una mujer le pertenece, las mentiras, la manipulación y la violencia son solo el principio. No quiere que Iara lo ame. Quiere que no pueda vivir sin él.

Genero:
Erotica
Autor/a:
sararuiz_
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Jace

La segunda mujer de aquella noche estaba llorando cuando Jace le dijo que se marchara.

No había sido la primera.

La primera había salido de su apartamento hace cuatro horas, todavía medio dormida, después de preguntarle si podía quedarse a desayunar. Jace le había dicho que no.

La segunda había cometido el mismo error.

No entendía qué esperaban de él. Nunca había prometido nada. Ni siquiera fingía interés después.

Las mujeres eran sencillas. El deseo también. Jace sabía exactamente dónde empezaba y dónde terminaba.

Aquella noche, sin embargo, algo había sido diferente.

No había disfrutado ninguna de las dos veces. No de verdad.

Había hecho lo que necesitaba hacer y después había sentido lo mismo de siempre.

Nada.

Eran las seis de la mañana, condujo sin encender la radio. Las calles estaban prácticamente vacías. Una mano sobre el volante. La otra apoyada en la ventanilla.

A sus treinta y dos años, Jace había aprendido a reconocer el vacío.

No era tristeza. La tristeza dolía.

Aquello no.

Aquello era simplemente la ausencia de algo que probablemente nunca había existido.

Giró en una esquina y detuvo el coche frente a un semáforo.

Por un instante vio el reflejo de su rostro en el cristal. Pelo oscuro, ojos oscuros y cansados. Mandíbula tensa. Una larga cicatriz junto a la ceja.

Su padre se la había hecho cuando tenía ocho años.

No recordaba por qué.

Recordaba la sangre. Eso sí.

Recordaba también a su madre encerrada en la buhardilla. La recordaba chirriando las uñas sobre la puerta, intentando escapar antes de que él llegara.

Como si tuviera a donde ir si conseguía abrir la puerta, él se encargaba de echar todas las cerraduras de la casa.

Jace tenía seis años cuando comprendió que su padre era peligroso.

Tenía diez cuando dejó de llorar cuando lo golpeaba.

A los trece ya sabía exactamente cuánto tardaba en quedarse dormido para poder bajar a la cocina y llevarle a su madre algo de comer.

A los dieciséis había aprendido a escuchar sus pasos por el pasillo y saber, por el sonido, si aquella noche iba a haber problemas.

Ese mismo año, su padre se marchó.

Se fue con otra mujer.

Sin despedirse. Sin mirar atrás.

Jace tenía dieciséis años cuando se quedó solo con su madre.

Y fue entonces cuando empezó a trabajar.

Por las mañanas descargaba mercancía en un almacén. Por las tardes hacía repartos. Por las noches limpiaba platos en un restaurante hasta que cerraba.

Dormía cuatro horas y volvía a empezar.

Después cambió de trabajos. Seguridad. Almacenes.

Cualquier cosa que pagara a tiempo.

No terminó los estudios ni quería hacerlo.

Quería que hubiera comida en la nevera y medicamentos sobre la mesa.

Y aprendió rápido. Muy rápido.

A trabajar sin quejarse. A aguantar el dolor. A observar. A no confiar en nadie.

Y, sobre todo, a no necesitar que nadie lo salvara.

A los veintiséis años llevaba una década haciéndolo todo solo.

Su madre ya apenas podía salir de la cama. Su padre llevaba diez años siendo un extraño.

Y Jace había aprendido algo que nunca olvidaría: cuando un hombre abandona a la familia, alguien tiene que recoger los pedazos.

Jace nunca volvió a confiar.

Con las mujeres fue diferente.

Las deseaba. Las utilizaba. Las dejaba.

Era sencillo.

No necesitaba confiar en ellas. No necesitaba quererlas. No necesitaba que lo conocieran.

Echarles un polvo no pedía nada.

El cariño sí.

Y Jace no estaba dispuesto a pagar ese precio.

A las siete de la mañana entró en el despacho.

No era una oficina que llamara la atención. Eso era precisamente lo que la hacía útil.

En la puerta podía leerse: VARELA & ASOCIADOS — GESTIÓN PATRIMONIAL Y SUCESIONES.

Herencias. Testamentos. Patrimonios. Propiedades. Dinero. Familias peleándose por lo que quedaba después de una muerte.

Jace trabajaba allí desde hacía cuatro años.

Oficialmente era consultor externo de seguridad y gestión de riesgos.

En realidad, hacía cosas que era mejor no poner por escrito.

Encontraba información. Presionaba a personas. Investigaba familias. Localizaba documentos. Descubría secretos.

Y cuando una herencia era demasiado grande y alguien demasiado vulnerable, encontraba la manera de que el proceso se complicara.

No falsificaba documentos.

No necesitaba hacerlo.

La gente cometía errores sola cuando sabía dónde presionarla.

Jace entró en su despacho y dejó las llaves sobre la mesa.

Su jefe levantó la mirada.

—Tenemos un problema con la herencia Whitmore.

Jace se sentó.

—¿Qué problema?

El hombre deslizó una carpeta hacia él.

—La heredera.

Jace abrió el expediente.

Iara Whitmore. Treinta años. Sin hermanos. Sin hijos. Herencia directa de su abuela. Una propiedad valorada en varios millones.

Jace pasó las páginas.

—¿Qué quieren hacer?

—Retrasar la entrega.

—¿Motivo?

—Capacidad para gestionar el patrimonio.

Jace levantó la mirada.

—Es ciega.

—Exactamente.

—Eso no significa que sea incapaz.

Su jefe sonrió.

—No he dicho que lo sea.

Jace volvió a mirar el expediente.

No dijo nada.

—Necesitamos que parezca complicado —continuó el hombre—. Si conseguimos que acepte un administrador temporal, tendremos tiempo.

Jace cerró la carpeta.

—¿Cuánto?

—Tres meses.

—Puedo conseguir seis.

Su jefe sonrió.

—Por eso te pago.

Jace se levantó.

—¿Cuándo viene?

—Hoy.

Jace se detuvo.

—¿Ella?

—Sí.

Miró nuevamente la carpeta.

Iara Whitmore.

El nombre le resultó familiar.

No sabía por qué.

A las once y cuarenta y siete, Jace salió de una reunión con la carpeta bajo el brazo.

Se estaba desabrochando los primeros dos botones de la camisa y bajándose la manga para tapar el tatuaje de la rosa roja en la muñeca.

No estaba pensando en nada.

Bajó la mirada para revisar una página mientras caminaba por el pasillo.

Y entonces alguien chocó contra él.

—Joder.

Una voz femenina.

—Lo siento.

Jace levantó la mirada.

Una mujer estaba agachándose para recoger los documentos.

—Mira por dónde vas.

La mujer se quedó inmóvil.

Jace la observó.

Pelo oscuro. Vestido de flores por encima de la rodilla. Gafas negras.

Y una expresión que no parecía precisamente arrepentida.

—Me encantaría.

Jace frunció el ceño.

Ella ladeó ligeramente la cabeza.

—Mira tú por dónde vas.

Jace bajó la mirada hacia el documento donde encabezaba “Iara Whitmore”.

Silencio.

Jace la observó unos segundos y respondió.

—Entonces contrata un guía mejor.

El hombre que estaba detrás de ella dio un paso hacia delante.

—¿Algún problema?

Demasiado tranquilo.

—Ninguno.

El hombre miró a la mujer.

—¿Iara?

—Estoy bien, Jhon.

Jace se quedó quieto.

Miró a la mujer.

Después a Jhon.

Volvió a mirar a Iara.

Ella extendió la mano.

Jace miró el papel que todavía sostenía.

Era el expediente de su herencia.

La ironía le produjo algo parecido a una sonrisa.

Le entregó los documentos.

Iara los guardó.

—Gracias.

—De nada.

Ella empezó a caminar.

Jhon la acompañó.

Antes de desaparecer por el pasillo, Iara se detuvo.

Giró ligeramente la cabeza.

Jace la miró y permaneció quieto.

Miró la carpeta.

Después, el pasillo vacío.

Iara Whitmore.

La heredera.

La mujer a la que debía quitarle lo que era suyo.

Jace cerró la carpeta.

Y, por primera vez, no tuvo ninguna prisa por terminar aquel trabajo.

—Veamos qué hacemos contigo

¡Cuéntale a sararuiz_ lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Nuestro Amor

San: Es una novela muy envolvente, en cada capítulo te atrapa más y más esta muy interesante!! Espero terminarla sin ningún inconveniente!!

Leer ahora
Amor en cláusulas.

Elena: Me s gustado todo

Leer ahora
Chica nueva, Jefe nuevo

MaríEn: Me gusta la temática y no me gusta que la dejen a medias

Leer ahora
Mi hermosa pesadilla

Diana Rodríguez Hernández: Me gusta mucho la historia

Leer ahora
De los negocios al amor

Luisa: Me gusta mucho la historia

Leer ahora
Noah Clark

Arwen: Me encanta esta historia, definitivamente puedes ir de lo más Taboo y prohibido ,hasta lo más romántico y dulce, está novela difiere mucho de las historias tuyas que he leído y me encanta.

Leer ahora
It All Fell Down | KookV

M0rgank: Me ha gustado mucho, gracias por esta historia, en esta vida no existe la perfección, porque el ser humano no es perfecto, pero de cada error lo importante es aprender a no volver a cometerlo, saber perdonar y continuar mientras tengas vida...por eso la frase "Errar es de humanos" . Continúa con má...

Leer ahora
LOBO BLANCO

María: Me gusta las historias de vampiros y lobos. La trama es buena y entretenida. No es muy larga y eso también me gusta, no sé hace pesada

Leer ahora