Personalizar legibilidad
Aa

Nosotros antes del final

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

La universidad era para Leo mucho más que unas aulas y un título: era su oportunidad de empezar de cero. Llegó cargado de cuadernos llenos de bocetos, sueños que quería coser realidad y heridas que aún no sabía cómo mostrarle a nadie. Cada día entre telas, agujas y el ruido constante del campus se sentía como caminar sobre hielo delgado, hasta que se cruzó con Mateo. No hubo un momento espectacular, ni frases hechas. Empezó con miradas que se quedaban más tiempo del necesario, charlas que se alargaban hasta que se apagaban las luces del pasillo, esa sensación extraña de entender al otro sin tener que explicar todo lo que llevas dentro. Sin darse cuenta, esa amistad se fue transformando en algo más profundo, algo que les quitaba el aliento y les hacía temblar las manos cada vez que se rozaban. Pero amar no es solo los ratos bonitos. Pronto aparecieron los miedos que Leo creyó haber dejado atrás, las inseguridades que le susurraban que no era suficiente, los errores que dolieron y las decisiones que no tenían respuesta clara. Todo eso puso a prueba lo que sentían, una y otra vez. Con el paso del tiempo, Leo entendió que crecer no es solo lograr lo que te propones o que todo salga como en tus dibujos. Es aprender a mirarse al espejo sin huir, aceptar que se puede estar roto y seguir caminando, y comprender que quererse mucho no siempre es suficiente para estar juntos para siempre.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
jose
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Llegadas

Llegué al campus con una maleta que no cerraba bien y una caja de cartón abrazada contra el pecho. Dentro iban mis tijeras, hilos de colores, una cinta métrica gastada y un cuaderno de bocetos con las esquinas dobladas. Todo lo que había decidido salvar de la vida que dejaba atrás cabía ahí. O eso me repetía mientras cruzaba la reja principal y sentía que el corazón me latía como si no supiera dónde ponerse.

Sofía caminaba a mi lado, arrastrando su maleta con un ruido irregular que marcaba el ritmo de nuestros pasos.

—Si este lugar no nos cambia la vida, al menos nos va a cambiar el guardarropa —dijo, mirando los edificios como si ya los estuviera rediseñando.

Sonreí sin mucha fuerza. Yo todavía estaba ocupado intentando no mirar atrás.

El aire olía a tierra

La lluvia no aflojó en toda la tarde. Cayó con una constancia casi personal, como si el cielo hubiese decidido acompañar mi nerviosismo. Caminamos con Sofía hasta la cafetería del campus, esquivando charcos y estudiantes apurados, y yo seguía pensando en una mirada que no sabía si había imaginado.

—Te conozco —dijo ella, empujando la puerta de vidrio—. Cuando te quedas callado así es porque algo te desordenó.

—O porque estoy cansado.

—Mentiroso profesional.

Pedimos café barato y nos sentamos junto a la ventana. Afuera, el mundo parecía acuarela. Adentro, el ruido de platos y conversaciones me devolvía a lo real. Abrí el cuaderno otra vez, sin saber para qué. Dibujé líneas sin forma, mangas imposibles, costuras que no llevaban a ningún lado.

—Mañana empezamos con moldes —dijo Sofía—. Me emociona y me asusta a partes iguales.

—Todo lo que importa asusta —respondí, sin pensar.

Ella me miró como si acabara de confesar algo importante.

—Eso sonó muy a protagonista de novela —sonrió—. Me gusta.

No le dije que lo que me asustaba no eran los moldes.

Mateo dejó la mochila en el suelo del dormitorio y se pasó una mano por el cabello húmedo. La lluvia había arruinado su plan de ir al gimnasio, pero no su concentración. Encendió la laptop, revisó horarios, materias, requisitos. Todo estaba bajo control.

Excepto una imagen que volvía sin pedir permiso: un chico con un cuaderno abierto y una atención casi feroz en lo que hacía.

Mateo cerró la laptop.

—Concéntrate —se dijo, en voz baja.

No entendía por qué ese recuerdo le había importado. No solía importarle la gente al primer vistazo.

Esa noche llovió más fuerte. El sonido contra la ventana del dormitorio me mantuvo despierto. Saqué una hoja suelta del cuaderno y escribí sin destinatario, como quien deja una carta en una botella.

Hoy conocí a alguien sin conocerlo. No sé su nombre, pero algo en mí decidió guardarlo.

Arranqué la hoja antes de terminar y la doblé con cuidado. No sabía por qué. La guardé en el bolsillo interno de la mochila, como si fuera algo importante.

Al día siguiente, el taller textil estaba lleno de movimiento. Mesas ocupadas, máquinas encendidas, voces superpuestas. El profesor Andrés Salazar caminaba entre nosotros con una calma que imponía respeto.

—Diseñar no es solo imaginar —dijo—. Es sostener lo que sienten con las manos.

Anoté esa frase en grande.

Fue entonces cuando escuché una voz detrás de mí.

—¿Ese es tu boceto?

Me giré..... y era él.

—Sí —respondí, demasiado rápido.

—Está... —buscó la palabra— vivo.

Sonreí sin querer.

—Gracias.

—Soy Mateo.

—Leo.

Nos dimos la mano. Un gesto simple. Demasiado.

Y supe, con una certeza incómoda y hermosa, que ya no iba a ser tan fácil fingir que nada pasaba.

No fue la mano lo que me desarmó. Fue el segundo después de soltarla. Ese instante en el que el cuerpo tarda en entender que el contacto terminó, pero algo sigue ahí, vibrando. Mateo sonrió con una naturalidad peligrosa y se inclinó sobre la mesa para mirar mejor mi boceto. Su cercanía trajo consigo un olor leve a jabón y lluvia vieja.

—¿Siempre dibujas así? —preguntó.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras escuchando algo.

Me reí, nervioso.

—No sabía que se notaba.

Sofía apareció a mi lado con una bobina de hilo rojo entre los dedos.

—¿Interrumpo algo?

—Para nada —dijo Mateo, rápido—. Soy Mateo.

—Sofía —respondió ella, evaluándolo con esa mirada suya que lo decide todo—. Diseño de modas, futura dueña de un imperio textil.

—Ambicioso —comentó él.

—Realista —corrigió ella.

El profesor Andrés Salazar pidió atención. Caminó hasta el frente con una pieza de tela cruda en las manos.

—Hoy no vamos a coser —anunció—. Hoy vamos a tocar.

Hubo risas nerviosas.

—La tela habla —continuó—. Si no la escuchan, la prenda se cae.

Mateo me miró, como si esa frase fuera una respuesta privada.

—Te lo dije —susurró—. Dibujas escuchando.

Sentí calor en la cara.

Trabajamos en parejas. El azar —o algo más— nos puso juntos. Extendimos la tela sobre la mesa; mis dedos temblaban un poco al alisarla.

—Tranquilo —dijo Mateo—. No muerde.

—Yo sí —bromeé, sin pensar.

Él levantó las cejas y rió.

—Eso puede ser peligroso.

La lluvia golpeaba el techo del taller con un ritmo constante. El mundo se redujo a la tela entre nosotros, a la cercanía, a las palabras pequeñas.

Mateo observó cómo Leo se movía. Había una precisión suave en sus gestos, una mezcla extraña de timidez y decisión. Pensó que ese chico pertenecía a ese lugar más que nadie.

—Concéntrate —se repitió.

Pero no pudo.

Al final de la clase, Mateo se quedó esperando mientras guardaba mis cosas.

—¿Café? —preguntó—. Para... seguir hablando de telas.

—Claro —respondí—. Por las telas.

Sofía fingió toser.

Salimos bajo la lluvia sin paraguas. Corrimos riendo hasta la cafetería. Me senté frente a él con el corazón desordenado.

—No suelo hacer esto —dijo Mateo.

—Yo tampoco.

Nos miramos en silencio. Afuera seguía lloviendo. Adentro, algo empezaba a tomar forma.

El café estaba casi vacío. La lluvia había hecho que el campus pareciera otro lugar, más lento, más íntimo. Elegimos una mesa junto a la ventana. Las gotas bajaban por el vidrio como si alguien hubiera dibujado caminos que nunca llegaban al mismo destino.

—Siempre llueve cuando algo empieza —dije, mirando afuera.

Mateo apoyó los codos en la mesa y sonrió apenas, sin exagerar.

—O cuando algo no quiere terminar.

Las tazas llegaron humeantes. El vapor subió despacio, mezclándose con el olor a café recién hecho. Me quité la chaqueta mojada y la dejé en la silla; él hizo lo mismo. No hubo silencio incómodo, solo uno que esperaba.

—¿Por qué diseño de modas? —preguntó—. No parece una decisión al azar.

Me tomé un segundo antes de responder.

—Porque es la única forma que encontré de decir lo que no sé decir en voz alta.

Mateo asintió, como si esa respuesta confirmara algo que ya sospechaba.

—Yo necesito que las cosas tengan dirección —dijo—. Planes claros, metas.

—Entonces somos opuestos.

—O nos equilibramos.

La palabra quedó flotando entre nosotros. Afuera, la lluvia empezó a caer con más fuerza, como si quisiera subrayar ese momento.

—¿Escribes cartas? —preguntó de pronto, señalando el cuaderno que asomaba de mi mochila.

—Cuando no quiero olvidar —respondí.

—¿A quién?

—A mí.

Bajó la mirada un instante. Cuando volvió a mirarme, su expresión era distinta, más suave, más seria.

—Eso no lo hace cualquiera.

No respondí. No hacía falta.

Mateo sintió una incomodidad extraña, pero no desagradable. Leo hablaba poco, pero cada frase parecía quedarse dando vueltas. Pensó que ese chico guardaba historias en los silencios, y que quizá no cualquiera tenía permiso para escucharlas.

Hablamos de clases, de música, de la ciudad. De cosas simples que, sin razón aparente, empezaron a importar. El cielo se oscureció poco a poco.

—Deberíamos volver —dije finalmente.

Mateo asintió, pero no se levantó enseguida.

—Leo... —dudó— ¿te molestaría si algún día te escribo?

Sentí el golpe seco del corazón contra el pecho.

—No —respondí—. No me molestaría.

Pagamos y salimos otra vez bajo la lluvia. Caminamos despacio, sin tocarnos, pero conscientes el uno del otro. En el cruce de caminos, Mateo se detuvo.

—Me alegra haberte conocido.

—A mí también.

Se fue sin mirar atrás.

Me quedé un momento más bajo la lluvia, dejando que me empapara sin apuro. Esa noche escribí otra carta. Esta vez, con nombre.

Mateo,

no sé qué estamos empezando, pero hoy sentí que el mundo se acomodó apenas.

Doblé la hoja con cuidado.

Y supe que algo había comenzado, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.

La noche no terminó cuando me acosté. Terminó mucho después, cuando el reloj marcaba una hora absurda y yo seguía mirando el techo, con la carta doblada dentro del cuaderno, como si pudiera escaparse si no la vigilaba.

No pasó nada extraordinario.

Y aun así, sentía que todo había cambiado.

A la mañana siguiente, el taller de confección olía a tela nueva y a café recalentado. Sofía ya estaba ahí, sentada sobre una mesa, con una cinta métrica colgada al cuello como si fuera parte de su cuerpo.

—Llegas tarde —dijo, sin mirarme—. Y con cara de no haber dormido.

—Dormí —mentí.

Sofía levantó la vista lentamente. Me miró como solo ella sabía hacerlo: sin juicio, pero sin dejar pasar nada.

—¿Nombre o misterio? —preguntó.

—¿Qué?

—La razón de esa cara. ¿Tiene nombre o sigue siendo un misterio?

Me encogí de hombros mientras dejaba la mochila en el suelo.

—Tiene nombre —admití—. Pero todavía no sé qué hacer con él.

Sofía sonrió, satisfecha.

—Ah. Entonces es serio.

No insistió. Nunca lo hacía. Solo se levantó y me pasó un trozo de tela.

—Corta recto —dijo—. Hoy no estás para improvisar.

Mientras trabajábamos, mi mente volvía una y otra vez al café, a la lluvia, a la forma en que Mateo había dicho mi nombre. Como si no fuera solo un sonido.

Mateo, en otro punto del campus, revisaba apuntes que no estaba leyendo realmente. La hoja frente a él estaba llena de números, pero su mente seguía en una mesa junto a una ventana, en un chico que escribía cartas y miraba la lluvia como si le hablara.

No era su costumbre quedarse pensando en alguien así.

Eso lo inquietaba.

El profesor Andrés Salazar entró al taller con su presencia habitual: firme, silenciosa, observadora. Caminó entre las mesas revisando avances, deteniéndose más de lo necesario frente a algunos trabajos.

Cuando llegó al mío, no habló de inmediato.

—Hay intención aquí —dijo al fin—. Pero estás conteniendo demasiado.

Levanté la vista.

—¿Eso es malo?

—Depende —respondió—. Contener puede ser elegancia... o miedo.

No supe qué contestar.

—El diseño —continuó— también es una forma de decir la verdad. Aunque incomode.

Siguió su camino, dejándome con las manos quietas y el pecho apretado.

Esa tarde llovió otra vez. No tan fuerte como el día anterior, pero lo suficiente para que el campus se sintiera suspendido en el tiempo. Caminé sin rumbo hasta que lo vi.

Mateo estaba bajo un techo improvisado, mirando su celular como si dudara en escribir algo.

Nuestros ojos se cruzaron.

Sonrió.

Yo también.

No dijimos nada. No fue necesario. Bastó ese gesto pequeño para confirmar algo que todavía no sabíamos nombrar.

Y entendí que lo que empezaba no iba a ser simple.

Pero tampoco iba a ser olvidable.

No hablamos ese día.

Ni el siguiente.

Y aun así, Mateo estaba en todas partes.

En el pasillo donde las luces parpadeaban antes de apagarse. En la biblioteca, donde el silencio pesaba distinto desde que sabía que podía compartirlo con alguien. En el taller, entre telas que ya no me parecían suficientes para decir lo que sentía.

Sofía lo notó antes de que yo lo aceptara.

—Estás distraído —dijo, ajustando un maniquí—. Y cuando tú te distraes, algo importante está pasando.

—No es nada —respondí, sin convicción.

—Nunca es "nada", Leo. Solo es algo que todavía no quieres nombrar.

No insistió. Me dejó ahí, con la verdad a medio camino.

Mateo caminaba por el campus con el teléfono en la mano. Abría el chat, lo cerraba. Escribía una frase, la borraba. No estaba acostumbrado a dudar tanto antes de hablar.

Pensó en Leo bajo la lluvia.

En la carta que no había leído, pero que sentía que existía.

Eso lo desarmaba.

Esa noche, volví a escribir.

No porque supiera qué decir, sino porque el silencio ya no me alcanzaba.

Mateo,

hay personas que llegan como una pregunta. No exigen respuesta inmediata, pero cambian todo el texto.

Cerré el cuaderno sin saber si alguna vez leería esas palabras.

Al día siguiente, el profesor Salazar pidió que nos quedáramos después de clase. El taller estaba casi vacío cuando habló.

—El diseño no nace del control absoluto —dijo—. Nace del riesgo.

Se detuvo frente a mi mesa.

—Y tú estás evitando algo.

—¿Cómo se evita algo que no se entiende? —pregunté.

Me miró con calma.

—Escuchándolo más de cerca.

Salí del taller y lo vi otra vez. Mateo estaba sentado en las gradas, con la mochila a un lado. Cuando me vio, se puso de pie.

—Hola —dijo.

—Hola.

El silencio entre nosotros ya no era cómodo. Tampoco era incómodo. Era expectante.

—Pensé en escribirte —confesó—. Pero no sabía si...

—Yo también —lo interrumpí—. Pensé en eso.

Sonrió, aliviado.

—¿Caminamos?

Asentí.

Empezamos a andar sin rumbo, hablando de nada y de todo. De materias, de sueños vagos, de cosas que todavía no dolían. El cielo estaba nublado, como si la lluvia estuviera esperando una señal.

Cuando nos detuvimos, estábamos demasiado cerca para fingir que no lo notábamos.

—Leo —dijo—, yo no suelo...

No terminó la frase.

Yo tampoco necesitaba que lo hiciera.

—Está bien —respondí—. No tenemos que saberlo todo ahora.

Nos quedamos ahí, mirándonos, con el mundo en pausa.

Y por primera vez, pensé que tal vez no hacía falta correr.

Que algunas historias se construyen despacio, incluso cuando el corazón quiere ir más rápido.

La lluvia cayó esa noche como si hubiera estado esperando todo el día. No fue una tormenta violenta, sino una lluvia constante, insistente, de esas que no te empujan a correr, sino a quedarte.

Mateo y yo no hablamos de lo que estaba pasando. Caminamos bajo el mismo paraguas sin tocar el tema, sin tocarnos del todo. A veces nuestras manos se rozaban por accidente, o eso fingíamos.

—¿Te molesta la lluvia? —preguntó.

—No —respondí—. Me ordena.

Sonrió, sin preguntar más.

Nos detuvimos frente a la residencia. La luz del edificio caía sobre nosotros como un foco discreto, íntimo. El resto del campus parecía lejos.

—Supongo que... —empezó— nos veremos mañana.

—Supongo —dije.

Ninguno dio el paso para irse.

—Leo —dijo al fin—. No quiero que esto se quede solo en "supongo".

El corazón me latía tan fuerte que sentí que podía escucharlo.

—Entonces no lo dejemos ahí.

La lluvia nos empapaba los hombros. Mateo dio un paso más cerca. Yo no retrocedí.

No fue un beso.

Todavía no.

Fue algo más peligroso: la certeza.

—Buenas noches —dijo, finalmente.

—Buenas noches.

Lo vi alejarse bajo la lluvia, y por primera vez no sentí miedo. Sentí expectativa.

Esa noche, en mi habitación, abrí el cuaderno una vez más.

Hay personas que llegan como un comienzo, escribí.

Y aunque no prometan quedarse, ya cambiaron la historia.

Cerré el cuaderno.

El Capítulo 1 terminó ahí:

no con un beso,

no con una promesa,

sino con dos personas sabiendo que ya no podían fingir que no se habían encontrado. 

¡Cuéntale a jose lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

La favorita de la profesora

Jud: Historia corta con buen desarrollo y ritmo

Leer ahora
Nuestro Amor

San: Es una novela muy envolvente, en cada capítulo te atrapa más y más esta muy interesante!! Espero terminarla sin ningún inconveniente!!

Leer ahora
Embarazada del bebé de su hombre lobo 🌙 Kookmin Adap.

janneth1108: Dios ya quiero mas .. me encanta 😍😍😍

Leer ahora
Chica nueva, Jefe nuevo

MaríEn: Me gusta la temática y no me gusta que la dejen a medias

Leer ahora
Lo Que Nos Separó

jarriagada2501: Me gusta esta historia, es muy triste lo que le hicieron a mi Jikook de separarlos . Pero el amor siempre vence. Y con 2 hermosos . Ojalá su amor en la vida real sea para siempre. Y love Jikook

Leer ahora
Marido y mujer, ¡solo en papel!

Claudia: Hgytvbggghhhhhh Hu yhhhhhhyh

Leer ahora
Querida esposa, te odio

Cristina: Deberian convertir este libro en una serie jajaja

Leer ahora
Blue Moon.

Martha Ines: Me parece una historia original, con una trama diferente, me gusta mucho 👍👌

Leer ahora