Perder la luna.

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Sinopsis

Nacer Omega en su linaje fue una mancha que su padre no pudo soportar. Expulsado de su casa y recogido por un hermano mayor, Erick aprendió pronto que el amor era una condena de la que debía escapar.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Raiza_Steiner
Estado:
En proceso
Capítulos:
15
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo.

Sobre la colina se alzaba majestuosa la mansión de los Reis. Una construcción tan imponente que aun en la oscuridad de la madrugada podía apreciarse la majestuosidad de sus líneas, recortadas por el brillo de la luna.

Las nubes grises se extendieron con rapidez y lluvia no tardo en empezar a golpear los enormes ventanales de cristal tallado.

El viento se levanto frío, aullando entre los árboles mientras dentro, el eco de los gritos desgarraba el silencio de sus estancias y pasillos.

En la habitación principal, la señora de la casa se retorcía entre las sábanas de seda empapadas de sudor. El parto había llegado casi un mes antes de lo previsto y nada iba bien.

Su cuerpo, normalmente fuerte y elegante, se combaba de dolor mientras un olor amargo impregnaba el aire.

—¡No puedo...! ¡Algo está mal! —gritaba, con la voz rota y las manos aferradas a las sábanas hasta volverse blancas.

Las dos criadas más antiguas de la casa se miraron con el rostro pálido sin saber que hacer. La ambulancia no llegaría. Toda la atención sanitaria de la zona estaba concentrada en la autopista, donde un camión había derrapado y provocado un choque múltiple.

Un helicóptero tampoco podría despegar con aquella lluvia.

Empezaban a pensar que nadie llegaría en su ayuda.

—Respire, señora... por favor —suplicó una de ellas, sujetándole la mano con fuerza—. Empuje cuando le diga.

La otra, un poco más joven, preparaba toallas con las manos temblorosas. Ninguna tenía experiencia en partos ni conocimientos médicos salvo el haber parido a sus propios hijos.

Solo eran dos mujeres del servicio domestico sin corazón para dejar sola a su señora, la luna del clan, en un momento así.

Pasaron horas. Las fuerzas de la mujer se perdían en una agonía insoportable hasta que finalmente nació un niño.

Un bebé pequeño, con un peso muy bajo, medio muerto. El bebé boqueaba como si cada intento de respirar le supusiera un esfuerzo insuperable.

La criada lo envolvió en una toalla. Su cuerpo amoratado cabía casi por completo en las manos temblorosas. Un lamento débil, casi inaudible, escapó de sus labios antes de que el silencio volviera a llenar la habitación.

— Es un niño señora, un varón.— dijo la más joven.

— ¿Qué es?— pregunto ella, pálida como las sabanas de su cama, con un tono de urgencia.

Las mujeres intercambiaron una mirada y la más mayor respondió.— Es pronto para saberlo, señora, huele a su sangre aun, debemos limpiarlo antes.

— Dejadme verlo.— pidió y la criada dejo al bebé a su lado.

Ella comenzó a llorar al verlo.

No eran lagrimas de alegría. Miro a las criadas y susurro con un dolor infinito.—Es un omega...

La madre, exhausta, dejó caer la cabeza sobre la almohada. Su respiración se volvió irregular, cada vez más superficial, hasta que se detuvo por completo.

Las criadas trataron de reanimarla, más pronto se dieron cuenta de que su señora no tenía un simple desmayo por el agotamiento.

Cuando el señor de la casa entró en la habitación, el olor a muerte y a sangre se le clavó en la garganta.

Detuvo el paso en el umbral. Su mirada pasó del cuerpo inmóvil de su esposa al bulto diminuto que una de las criadas sostenía envuelto en una toalla.

—Mi luna... —murmuró, la voz rota, casi irreconocible.

Se acercó con pasos rápidos, empapado de pies a cabeza, dejando sus huellas embarradas en la blanca alfombra. Miró al niño. Tan frágil. Tan enclenque. Tan insignificante frente a la mujer que acababa de perder.

El alfa más poderoso del clan Reis cerró los puños conteniendo su ira, sintiéndose estafado por el destino. No podía creer que su luna hubiera muerto por traer al mundo a algo tan mediocre.

Una de las criadas, se atrevió a acercarse un paso, aún con el bebé envuelto en la toalla blanca manchada de sangre. Bajó la mirada, incapaz de sostener la implacable vista de su señor.

—Señor Reis... hicimos todo lo posible. Lo lamentamos mucho. No pudimos hacer nada por ella pero logramos salvar al bebé. Es un niño.

Kendrick Reis no respondió. Permanecía de pie junto a la cama, la espalda recta, el rostro tallado en mármol.

Solo un leve temblor en la mandíbula delataba la grieta que se abría bajo la fachada. Sus ojos dorados, normalmente tan fríos y calculadores, se posaron en el bulto diminuto que la criada sostenía.

Era ridículamente pequeño. Su piel tenía un tono amoratado, sus brazos delgados como ramitas, sus piernas cortas cual rana. Un llanto tan débil que mas parecía un lamento lastimero. Kendrick no podía sentir otra cosa que no fuera rechazo por esa criatura. El sabor amargo de la hiel le subía por la garganta y cuanto quería era coger ese pequeño pedazo de carne por las piernas y azotar su cabeza contra la pared para hacerle pagar por matar a su luna.

No vale la pena ni ponerle un nombre.— pensó con crudeza. —Con suerte no pasará la noche. Un cachorro así no sobrevive. Al menos no pasare la vergüenza de criarlo.

Apartó la mirada sintiendo que si el simple hecho de contemplarlo le ofendía.

—Sáquenlo de mi presencia, no quiero verlo. —ordenó con voz baja, pero tan cortante que las dos mujeres se estremecieron.— Ahora.

Las criadas no se atrevieron a protestar. La mayor apretó al bebé contra su pecho y, junto a la más joven, salió de la habitación en silencio, cerrando la puerta tras de sí con cuidado extremo.

Solo entonces, cuando el eco de sus pasos se perdió por el pasillo, la máscara de Kendrick se quebró haciéndose añicos.

Se dejó caer de rodillas junto a la cama. Tomó la mano de su esposa entre las suyas y la apretó contra su frente. El olor a ella, esa mezcla dulce de jazmín y lluvia se estaba desvaneciendo, reemplazado por el frío vacío de la muerte.

—Mi luna... —susurró, la voz ronca, quebrada.— Esto es mi culpa, no debí pedirte otro hijo... Lo siento, lo siento tanto...

Las lágrimas cayeron sin permiso, calientes y amargas, sobre la sábana manchada. El alfa más temido de la ciudad, el líder del clan Reis, se desmoronó en silencio, sollozando contra la mano inerte de la única persona que alguna vez había logrado ver más allá de su coraza.

Fuera, la tormenta arreciaba, testigo mudo de una tragedia que no había hecho nada más que comenzar.