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El Cuarto de los Sueños que Florecen

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Sinopsis

Noemí, una joven trans de dieciocho años, llega a Westhaven con solo dos cajas, una planta y un vestido que nunca se atreve a usar. Tras ser rechazada por su familia, debe construir una nueva vida. En su camino, conoce a Damian Cross, quien la atrae a su club con promesas de dinero fácil, pero pronto se da cuenta de que está atrapada en un sistema de deudas manipuladas. Mientras lucha por su libertad, Noemí encuentra aliados inesperados: Blair, la estrella del equipo de básquetbol, cuya mirada la hace sentir vista por primera vez, y un grupo de amigos que la ayudan a romper las cadenas de Damian. Con su apoyo, Noemí aprende a vivir sin miedo, a amar sin condiciones y a construir un hogar en el lugar más inesperado: un pequeño cuarto donde sus sueños comienzan a florecer.

Genero:
Lgbtq/Romance
Autor/a:
SoyRem
Estado:
Completado
Capítulos:
36
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

PRÓLOGO - La primera noche

La primera noche que durmió sola, no pudo dormir.

No porque tuviera miedo de estar sola.

Eso habría sido más sencillo.

Tenía miedo de acostumbrarse.

El cuarto era tan pequeño que podía tocar casi todas sus paredes sin levantarse de la cama. Frente a ella había una ventana que daba a un callejón estrecho, iluminado durante toda la noche por el letrero azul de una tienda que permanecía abierta hasta el amanecer.

El letrero parpadeaba.

Azul.

Oscuro.

Azul.

Oscuro.

Cada vez que la luz entraba por las cortinas, el techo del cuarto parecía respirar.

Sobre una pequeña barra de cocina había un plato de plástico, un vaso, una botella de agua y una bolsa de pan que había comprado con descuento porque estaba a punto de caducar.

El refrigerador era tan pequeño que parecía hecho para guardar bebidas y poco más.

En una esquina había dos cajas de cartón.

Una decía:

ROPA.

La otra:

MISCELÁNEOS.

No tenía suficientes cosas para llenar ninguna de las dos.

Había dejado atrás una habitación mucho más grande.

Una cama que no había tenido que comprar.

Un baño que podía usar sin pensar cuánto costaba el agua.

Una cocina donde siempre había comida.

Una televisión que nunca había sido suya.

Y una familia.

O algo que, hasta hacía unas horas, todavía había llamado familia.

Miró el teléfono que descansaba junto a la almohada.

No había mensajes.

No esperaba ninguno.

Había pasado las últimas tres horas mirando la pantalla, esperando que apareciera un nombre que sabía perfectamente que no iba a aparecer.

Al final, bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo.

Se cubrió hasta el pecho.

Intentó cerrar los ojos.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

Los abrió.

El silencio era extraño.

En casa nunca había silencio.

Siempre había una puerta cerrándose.

Un televisor encendido.

La voz de alguien hablando desde otra habitación.

Los platos chocando.

El agua corriendo.

Una discusión.

Una pregunta.

Una orden.

Algo.

Aquí solamente podía escuchar el zumbido del refrigerador.

Y, de vez en cuando, un automóvil pasando por la calle.

Se giró hacia la pared.

No lloró.

Ya había llorado demasiado.

Durante meses había pensado en aquel momento.

Había imaginado que, cuando finalmente pudiera vivir de acuerdo con quien era, sentiría alivio.

Había imaginado que se miraría al espejo y todo tendría sentido.

Había imaginado que el mundo sería difícil, sí, pero que al menos podría regresar a casa.

Nunca imaginó que la casa dejaría de existir antes de que ella pudiera llegar a ser quien quería.

Se llevó una mano al pecho.

Todavía no había mucho que pudiera reconocer como suyo.

Su cuerpo seguía cambiando.

Su voz todavía no sonaba como quería.

Su rostro todavía le devolvía una imagen que algunos días podía soportar y otros no.

Había mañanas en las que podía mirarse y pensar:

Algún día.

Algún día se sentiría cómoda.

Algún día tendría la ropa que quería.

Algún día podría entrar a una tienda sin calcular cuánto costaba cada prenda.

Algún día podría caminar por la calle sin preguntarse quién la estaba mirando.

Algún día tendría el cuerpo que había imaginado tantas veces.

Algún día podría enamorarse.

La palabra apareció en su cabeza y le provocó una sonrisa pequeña.

Enamorarse.

Era curioso.

Tenía dieciocho años y nunca había tenido una relación.

Ni siquiera sabía exactamente cómo se suponía que debía sentirse.

Durante mucho tiempo había pensado que simplemente le gustaban los hombres.

Eso era lo que había dicho cuando alguien le preguntaba.

Eso era lo que había intentado creer.

Porque era más fácil.

Mucho más fácil.

Decir:

“Me gustan los chicos.”

Que decir:

“No me siento como el chico que todos creen que soy.”

La segunda frase había tardado años en poder pronunciarla.

Y cuando finalmente lo hizo, había perdido su hogar.

Se levantó de la cama.

Caminó hasta el espejo que había comprado esa misma tarde en una tienda de segunda mano.

Era pequeño.

Demasiado pequeño para verse de cuerpo entero.

Pero suficiente.

Se quedó frente a él.

Durante unos segundos no reconoció a la persona del reflejo.

Después sonrió.

No porque estuviera feliz.

Sino porque por primera vez la sonrisa le pertenecía.

—Hola —susurró.

La voz salió demasiado grave.

Bajó la mirada.

Respiró.

Volvió a mirar el espejo.

—Hola.

Lo intentó otra vez.

Más suave.

Más parecido a como quería sonar.

Se sintió ridícula.

Se rio.

Y por primera vez en todo el día, la risa no le dolió.

Se sentó en el suelo.

Apoyó la espalda contra la pared.

A través de la ventana podía ver una parte del enorme distrito comercial que se extendía más allá del edificio.

Westhaven nunca dormía.

Las ciudades grandes tampoco.

A lo lejos, un tren elevado pasó entre edificios iluminados.

Las ventanas de los vagones parecían pequeñas líneas de luz moviéndose en la oscuridad.

Había llegado allí porque necesitaba empezar de nuevo.

No sabía cuánto tiempo podría aguantar.

No sabía si el dinero alcanzaría.

No sabía si podría estudiar y trabajar al mismo tiempo.

No sabía qué iba a pasar cuando la gente descubriera quién era.

No sabía si algún día sus padres volverían a hablarle.

No sabía cuánto costaría la vida que quería.

Pero había una cosa que sí sabía.

No iba a regresar.

Aunque tuviera miedo.

Aunque estuviera sola.

Aunque tuviera que trabajar hasta quedarse dormida sobre los libros.

Aunque tuviera que comer lo mismo durante una semana.

Aunque algunas personas la llamaran por un nombre que ya no reconocía.

Aunque tuviera que construir su vida con las manos desnudas.

No iba a regresar.

Se puso de pie.

Abrió la caja que decía ROPA.

Sacó una camiseta sencilla y un pantalón para el día siguiente.

Después encontró, debajo de todo, una pequeña bolsa de plástico.

La abrió.

Dentro había un par de prendas que todavía no se había atrevido a usar fuera de casa.

Las sostuvo frente al cuerpo.

Miró el espejo.

Por unos segundos imaginó cómo se vería caminando por la universidad.

No como alguien escondiéndose.

No como alguien fingiendo.

Simplemente caminando.

Una estudiante más.

Quizá alguien se sentaría a su lado.

Quizá alguien le preguntaría su nombre.

Quizá tendría amigas.

Quizá alguien se enamoraría de ella.

Se rio otra vez.

—Qué tonta.

Guardó las prendas.

Todavía no.

Mañana no.

Quizá la próxima semana.

Quizá cuando tuviera más valor.

Volvió a la cama.

Esta vez dejó las cortinas abiertas.

El resplandor azul de la tienda entró en el cuarto.

Cerró los ojos.

A las cinco y cuarenta y tres de la mañana, finalmente se quedó dormida.


Su despertador sonó a las seis y media.

Lo apagó sin abrir los ojos.

Sonó otra vez.

Lo apagó.

Sonó una tercera vez.

—Ya voy...

Se sentó en la cama.

Tenía el cabello desordenado.

La boca seca.

Y apenas cuatro horas de sueño.

Miró el reloj.

Tenía que estar en el supermercado a las siete y media.

Se levantó de golpe.

—Mierda.

Corrió al baño.

Cinco minutos después estaba frente al espejo, intentando arreglarse mientras se cepillaba los dientes.

Su reflejo todavía le resultaba extraño.

Pero ya no tanto como antes.

Abrió el grifo.

Se lavó la cara.

Se miró.

Por un instante, pensó en lo que había ocurrido la noche anterior.

La discusión.

Los gritos.

La puerta.

La bolsa con sus cosas.

El dinero que le habían dado.

La última mirada de su madre.

Cerró los ojos.

No.

No esta mañana.

Tenía trabajo.

Tenía que vivir.

Eso era suficiente.

Se puso el uniforme del supermercado.

Recogió su cabello.

Guardó una manzana en su mochila.

Contó el dinero que llevaba.

No mucho.

Pero suficiente para el desayuno.

Tomó las llaves.

Antes de salir, volvió a mirar el cuarto.

Era pequeño.

Feo.

Vacío.

Pero era suyo.

Sonrió.

—Nos vemos en la noche.

Cerró la puerta.

Y bajó las escaleras.

Afuera, la ciudad ya estaba despierta.

Los trenes comenzaban a llenarse.

Las cafeterías levantaban sus cortinas.

Los estudiantes caminaban hacia las estaciones con mochilas sobre los hombros.

Los edificios de cristal reflejaban el amanecer.

Y entre cientos de personas que no sabían quién era, ella caminó hacia su primer día de una vida que todavía no sabía cómo construir.

Sin saber que, antes de que terminara el año, iba a conocer a alguien que cambiaría absolutamente todo.

Sin saber que esa persona primero iba a mirarla desde lejos.

Sin saber que tardaría meses en comprender por qué.

Sin saber que habría días en los que ambas querrían rendirse.

Y sin saber que, algún día, cuando recordara aquella primera noche en aquel cuarto vacío, entendería algo que todavía no podía comprender:

A veces perderlo todo no es el final.

A veces es el primer lugar desde donde puedes empezar a elegirte.

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