CAPÍTULO I: LA FIESTA
La música retumbaba tan fuerte que las paredes parecían respirar al ritmo del bajo. Había olor a alcohol derramado, perfume dulce y humo entrando por las ventanas abiertas del departamento. Laura odiaba las fiestas así. Y aun así estaba ahí, sentada en el brazo de un sillón, fingiendo interés en una conversación que no escuchaba mientras giraba lentamente el vaso entre sus dedos. Era demasiado para pasar desapercibida. Cabello liso cayéndole por la espalda como tinta oscura, piel pálida, casi brillante bajo las luces azules, y esa expresión de quien siempre estaba pensando en otra cosa. Adriana la vio apenas entró. No fue algo dramático. No hubo música deteniéndose ni destinos chocando en cámara lenta. Solo una curiosidad inmediata, como reconocer una palabra conocida en medio de un idioma extraño. —Te ves aburrida —dijo Adriana, acercándose sin permiso. Laura levantó la vista. La chica frente a ella tenía la piel morena y unos ojos inquietantes, claros de una forma difícil de definir. A ratos verdes. A ratos grises. Como el mar antes de una tormenta. Había algo insolente en la manera en que sostenía la mirada, como si el mundo entero fuera un chiste privado. —Y tú te ves demasiado cómoda hablándole a desconocidas. —Depende. ¿Eres peligrosa? Laura soltó una risa breve por la nariz. —Todavía no lo decido. Adriana sonrió y ladeó la cabeza. —Perfecto. Me gustan las personas indecisas. Son más honestas. Laura debería haber ignorado la conversación. Estaba cansada, tenía sueño y odiaba a la mitad de la gente que estaba ahí dentro. Pero había algo magnético en Adriana. Algo irritante también. —¿Siempre hablas como personaje de libro malo? —preguntó Laura. —Solo cuando quiero impresionar a alguien. —¿Y está funcionando? Adriana tomó el vaso de Laura y bebió un poco antes de devolvérselo. —Todavía no. Pero dame tiempo. Laura arqueó una ceja, incrédula. —Qué confianza. —Qué cara de querer irte tienes. Y tenía razón. Por primera vez en toda la noche, Laura sonrió de verdad. Hablaron poco después de eso. Nombres. Edad. Comentarios sarcásticos sobre la fiesta y la música horrible. Adriana era un año mayor. Laura descubrió que estudiaba Literatura porque, según ella, «arruinarse la vida de manera convencional estaba sobrevalorado». Cuando alguien llamó a Adriana desde la cocina, ella se alejó caminando hacia atrás. —No desaparezcas, Laura. —No prometo nada. —Perfecto —dijo Adriana—. Las promesas son una forma elegante de mentir. Y luego se perdió entre la gente. Laura no volvió a verla esa noche. Tres días después, la biblioteca estaba casi vacía. El sonido de las páginas pasando y los teclados era apenas un murmullo constante bajo las luces blancas. Laura caminaba entre los estantes con un libro apoyado contra el pecho cuando escuchó una voz familiar detrás de ella. —Empiezo a pensar que el destino tiene muy poca imaginación. Laura giró lentamente. Adriana estaba sentada sobre una mesa, con un libro abierto en las piernas y una expresión peligrosamente divertida. Incluso ahí parecía fuera de lugar. Como si la biblioteca no hubiera sido hecha para contener personas como ella. Laura entrecerró los ojos. —Entonces me estás persiguiendo. —O tú a mí. No descartemos opciones. —Claro. Porque mi sueño siempre fue encontrarme contigo entre filosofía y literatura. Adriana cerró el libro. —Eso sonó extrañamente específico. ¿Ya pensabas en mí? Laura sintió una punzada absurda en el pecho y decidió ignorarla. —No eres tan interesante. —Y, aun así, me respondes. Laura dejó el libro sobre la mesa frente a ella. —¿Siempre eres así de insoportable? —Solo con las chicas lindas. Hubo un silencio breve. No incómodo. Peor. Uno de esos silencios que parecen observarte. Laura desvió la mirada hacia los ventanales de la biblioteca. Afuera estaba nublado. Santiago parecía gris desde ahí arriba. —¿Qué lees? —preguntó finalmente. Adriana levantó el libro para mostrarle la portada. —Poesía. Laura hizo una mueca leve. —Eso explica muchas cosas. —¿Y tú? Laura mostró el suyo. Adriana soltó una carcajada baja. —Dios. Eres exactamente el tipo de persona que pensé que eras. —¿Eso es bueno o malo? Adriana la observó unos segundos de más antes de responder. —Todavía no lo decido.








