Bueno... ¿Y ahora?

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Sinopsis

Tras mudarse a una imponente mansión gracias a la generosidad (y olvido) de los padres de Daniel, este trío de inadaptados descubre una cruda realidad: la independencia es cara, el refrigerador está completamente vacío y sus ahorros apenas alcanzan para sobrevivir un par de días. Con más orgullo que dinero, los tres terminan trabajando en un modesto restaurante atendido por María, una anciana tan dulce como letalmente sarcástica que los pone a prueba desde el primer minuto. Entre clases universitarias, turnos caóticos, ideas descabelladas para llamar la atención de las chicas y accidentes en motocicleta que desafían toda lógica matemática, Leo, Daniel y Zack tendrán una misión mucho más difícil que mantener su nuevo hogar en pie: aprender a conquistar a alguien sin arruinarlo todo en el intento.

Genero:
Humor/Romance
Autor/a:
Xydi
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Uy amigo

—Cuando nos dijiste que la casa era grande, pensé que estabas exagerando. ¿De verdad tus padres tienen tanto dinero? —exclamó Leo, dejando caer una pesada caja de cartón en el suelo.

—Son empresarios, así que supongo que es normal —respondió Daniel, encogiéndose de hombros—. A mí lo que me sorprende es que sus padres los dejaran mudarse conmigo.

Zack pasó por el lado de ambos, cargando una caja perfectamente sellada. Ni siquiera se detuvo a admirar la fachada antes de hablar.

—Una boca menos que alimentar, un problema menos y un gasto menos. Es una excelente oferta, ¿no crees?

—Exacto —confirmó Leo, sacudiéndose el polvo de las manos y estirando la espalda.

Así, a tropezones y con cero coordinación, los tres jóvenes terminaron de arrastrar sus pertenencias al interior de la inmensa residencia. Tras una caótica repartición de cuartos, donde Leo, por supuesto, reclamó el más grande y una limpieza bastante superficial, se dejaron caer en los sofás de la sala de estar, completamente exhaustos.

Leo se quedó mirando el alto techo, intentando aclarar su mente, hasta que una cruda realidad interrumpió su descanso.

—Oigan, tenemos que conseguir un trabajo, ¿no? —preguntó sin molestarse en moverse—. ¿O acaso tus padres serán tan amables de enviarnos dinero suficiente para mantenernos a todos?

—Obvio que no. Solo pagarán los impuestos y los servicios básicos —respondió Daniel con total naturalidad, como si no fuera la gran cosa—. Del resto nos encargamos nosotros.

Zack suspiró pesadamente y se frotó el puente de la nariz.

—Me muero de hambre y tu refrigerador solo contiene un yogur, una lata de atún y un par de huevos.

—Bueno, si tienen algo de efectivo, podemos ir al restaurante de la esquina antes de que se haga más tarde —sugirió Daniel.

—Solo tengo veinte dólares —murmuró Leo, cruzándose de brazos.

—Y yo diez —añadió Zack, inexpresivo.

Daniel parpadeó un par de veces, mirándolos con absoluta incredulidad.

—¡¿Se mudan a una casa sin comida y ni siquiera pensaron en traer algo de ahorros?!

Leo esbozó una media sonrisa, sin sentir una pizca de culpa.

—Tú eres el del dinero, Daniel. Resuelve.

—Está bien, vamos —masculló Daniel, soltando un suspiro de rendición—. Pero solo por esta vez, y me lo tendrán que pagar.

—No seas codicioso —lo reprendió Zack, poniéndose de pie.

Unos minutos después, Leo y Zack esperaban junto a la entrada principal. De pronto, un ensordecedor rugido de motor resonó desde el garaje, obligándolos a girar la cabeza. Las puertas se abrieron para revelar a Daniel, montado con actitud triunfal sobre una ostentosa motocicleta deportiva.

Leo la inspeccionó de arriba abajo, arqueando una ceja.

—No vamos a entrar los tres ahí —señaló.

—¿Y quién dijo que los voy a llevar? —respondió Daniel, ajustándose el casco.

Zack lo miró fijamente, como si estuviera contemplando a la criatura menos evolucionada del planeta.

—¿Vas a ir en moto? El restaurante está, literalmente, a treinta metros de aquí.

—Es para llamar la atención —se defendió Daniel, acelerando un poco el motor—. Cuestión de imagen.

Leo soltó una carcajada seca.

—¡¿La atención de quién?! ¿De la anciana que atiende?

—Jódanse. Los veo allá —masculló Daniel. Aceleró a fondo y salió disparado por la calle con un estruendo innecesario.

—Algún día se va a estrellar—sentenció Zack.

Leo y Zack caminaron el cortísimo trayecto y, efectivamente, encontraron a Daniel aparcando la moto en la entrada. Los tres jóvenes ingresaron al local, un lugar de aspecto modesto que estaba sumido en un silencio sepulcral.

—Al parecer, somos los únicos clientes —señaló Zack, echando un vistazo a las mesas vacías.

—Son las ocho y media de la noche. Es normal que no haya mucha gente a esta hora —argumentó Daniel, encogiéndose de hombros mientras escogía una mesa.

Se acomodaron en los asientos. Al poco tiempo, una anciana de baja estatura y delantal impecable emergió de la cocina. Se acercó a ellos a un paso tan alarmantemente lento que Leo tuvo que apretar los puños bajo la mesa para reprimir el impulso de levantarse y buscar el menú él mismo.

—¿Qué se les ofrece, jóvenes? —preguntó la mujer con voz dulce, sacando una pequeña libreta y un bolígrafo.

Daniel revisó la carta plastificada con rapidez.

—Yo quiero unos espaguetis.

—Oh, veo que también tienen hamburguesas... —Leo sonrió, complacido—. Entonces deme dos.

—A mí deme una, por favor —pidió Zack, cerrando el menú.

Leo se inclinó sobre la mesa y le dio un leve codazo a su amigo.

—Oye, con una te vas a morir de hambre. Pide dos, total, Daniel paga.

Zack lo miró un segundo, asimiló la lógica de la propuesta y se giró de nuevo hacia la anciana con absoluta naturalidad.

—Deme tres, entonces.

—¡Ey! —protestó Daniel, abriendo mucho los ojos—. Te dijo que pidieras dos, no tres.

—Por eso —respondió Zack con el rostro completamente inexpresivo—. Una que ya había pedido, más las dos que sugirió Leo... dan tres.

Daniel dejó escapar un largo y pesado suspiro, sepultando el rostro entre sus manos en señal de absoluta derrota financiera.

—¿Sería todo, jóvenes? —preguntó la anciana, imperturbable.

—Sí, muchas gracias —respondió Zack.

Con la orden anotada, la mujer dio media vuelta y emprendió su viaje hacia la cocina con ese mismo paso agónicamente lento.

Leo apoyó la mejilla en el puño, siguiéndola con la mirada.

—Les apuesto lo que quieran a que, antes de que llegue esa comida, ya conseguí novia, me casé y tuve trillizos.

—Déjala, me da lástima. La pobre señora tiene que hacer todo sola —murmuró Daniel.

Zack, que había estado analizando el vacío del local, pareció conectar los puntos.

—¿No creen que le convendría contratarnos? —sugirió—. Siendo tan mayor y estando sola, su margen de ventas debe ser bajísimo por la lentitud del servicio. Si nos ofrecemos, podríamos optimizar este lugar y, de paso, ganar el dinero que necesitamos.

—Es una buena. Hay que proponérselo cuando vuelva... si es que seguimos vivos para entonces —concedió Leo.

Sin embargo, apenas terminaron de formular su plan maestro, la puerta de la cocina se abrió de golpe. Para absoluta incredulidad de los tres, la anciana ya estaba de regreso. Equilibraba hábilmente una enorme bandeja con los espaguetis y las cinco hamburguesas humeantes. Todo en un tiempo récord.

El trío se quedó en completo silencio mientras ella descargaba los platos sobre la mesa, retomando su característico ritmo de caracol.

—Eso... fue bastante rápido —logró articular Zack, con su lógica genuinamente destrozada.

Leo parpadeó un par de veces, mirando la comida caliente frente a él.

—Supongo que cocinar a la velocidad de la luz es su compensación por caminar a la velocidad de una tortuga.

Los tres muchachos le dieron un buen mordisco a sus respectivos alimentos casi al mismo tiempo. El silencio invadió la mesa por un instante. Leo parpadeó, gratamente sorprendido.

—Tengo que admitirlo, esta es la mejor hamburguesa que he probado en mi vida —señaló, masticando con entusiasmo.

—Muchas gracias, jóvenes —dijo la anciana con una sonrisa afable, retomando su lento trayecto de vuelta hacia la cocina.

—Espere, por favor —la llamó Zack, levantándose a medias de su asiento—. Queremos hacerle una propuesta.

La mujer se detuvo y giró sobre sus talones con una lentitud exasperante para escucharlos.

—Queríamos preguntarle si podemos trabajar aquí —fue directo al grano Zack.

—¿Los tres?

—Sí. Y no se preocupe por el sueldo inicial; con que nos pague lo suficiente para no desnutrirnos a fin de mes, nos damos por bien servidos.

La anciana paseó la mirada por su local vacío y suspiró.

—No creo poder permitírmelo, muchachos. Como ven, no tengo muchos clientes.

—Nosotros podemos ayudar con eso. Haremos publicidad afuera para atraer gente —añadió Zack, sin inmutarse.

Al instante, Leo y Daniel lo fulminaron con la mirada. Aquella brillante propuesta se traducía en hacer el ridículo en la calle por la misma paga, pero ninguno se atrevió a contradecirlo frente a la dueña.

La pequeña anciana pareció meditarlo durante un largo rato, hasta que finalmente asintió.

—Está bien. Pero si las ventas no mejoran, me disculparán, pero tendré que despedirlos.

—Trato hecho. ¿Señora...?

—María —respondió ella.

—¿A qué hora tendríamos que venir mañana? —preguntó Daniel, ya imaginando su nueva vida laboral.

—Idiota, ¿acaso se te olvidó que tenemos clases por la mañana? —le recriminó Leo, dándole un ligero golpe en el hombro.

Ese era un detalle crucial que, efectivamente, habían pasado por alto. Zack se quedó pensativo un par de segundos, reestructurando su plan maestro.

—Podríamos venir a las dos de la tarde. Almorzamos aquí —recalcó esto último, asegurando estratégicamente una comida gratis al día— y después nos quedamos trabajando hasta la hora del cierre.

—Me parece bien. En la tarde es cuando suele haber más movimiento —aceptó María.

—Perfecto. Problema resuelto. Nos vemos mañana, señora María —se despidió Zack.

Tras terminar su festín, Daniel pagó la cuenta con un evidente dolor en el alma al ver sus ahorros desaparecer, y los tres salieron del local.

Ya en la acera, Daniel caminó hacia su ostentosa motocicleta. Justo en ese momento, un grupo de chicas de su edad pasó caminando por la calle. Al notarlas, Daniel enderezó la postura, se puso el casco con aire de galán de cine y montó la moto, decidido a deslumbrarlas.

Aceleró a fondo para arrancar con dramatismo y hacer rugir el motor. Sin embargo, soltó el embrague demasiado rápido. La llanta trasera derrapó, la moto se sacudió violentamente y él perdió el control por completo, saliendo disparado hacia el borde de la acera hasta estamparse de lleno contra el tronco del único árbol de la cuadra.

Zack y Leo se apresuraron hacia el árbol. Al llegar, notaron de inmediato que su amigo estaba en perfectas condiciones, apenas aturdido por el golpe y tirado de espaldas sobre el césped. Sin embargo, como Daniel aún tenía los ojos cerrados y gemía exageradamente, ambos cruzaron una mirada cómplice y decidieron que era el momento perfecto para torturarlo un poco.

—Uy, amigo... tienes que ver cómo quedó la moto —murmuró Leo, agachándose a su lado con un tono de falsa lástima—. ¿La pagaste tú o tus padres?

Con los ojos aún apretados y fingiendo agonía, Daniel logró articular:

—La... la pagué yo.

—Uy, entonces eso te va a doler más que el golpe —Zack soltó una pequeñísima risa—. Y si mal no recuerdo, no tienes seguro. Eso te pasa por codicioso.

Daniel abrió los ojos de golpe, alarmado por sus finanzas, e intentó girar el cuello para ver los restos de su amado vehículo. Leo le plantó una mano en el pecho, impidiéndoselo.

—No, no mires la moto —le advirtió Leo con voz grave. Acto seguido, le pisó los dedos a propósito—. Uy, perdona, te pisé la mano y ni cuenta me di... Ah, no, espera. Tienes la mano separada del cuerpo.

El color abandonó el rostro de Daniel por completo. Lleno de terror puro, intentó mover el brazo para comprobar si seguía unido a su hombro.

—¡No, no muevas nada que te vas a desangrar! —gritó Leo, actuando con una desesperación digna de un premio Óscar—. ¡Zack, llama a una ambulancia! Al menos para no quedar mal con sus padres cuando les entreguemos los pedazos.

Zack sacó su celular con calma, se lo llevó a la oreja e hizo la finta de que conversaba con la operadora.

—Sí, emergencias. Necesitamos una ambulancia. Sí, amputación traumática y estupidez severa.

Las palabras de sus “mejores amigos” hicieron que la mente de Daniel colapsara. Su respiración se volvió superficial y sus ojos comenzaron a irse hacia atrás, a punto de desmayarse del puro pánico.

Leo le dio unas palmaditas nada suaves en la mejilla.

—Oye, oye, despierta. No te mueras. Ahora que lo recuerdo, todavía me debes dinero. ¿No habrás estrellado la moto a propósito solo para no pagarme, verdad?

—Sería una estrategia de evasión de deudas demasiado extrema, incluso para él —analizó Zack, guardando su teléfono en el bolsillo.

Finalmente, al darse cuenta de que podía sentir perfectamente los dedos que Leo le acababa de pisar, Daniel recuperó la lucidez. Se sentó de golpe sobre el pasto, respirando agitadamente, con el corazón a mil por hora.

—Estás muy agitado, amigo. Cálmate un poco, te va a dar algo —se burló Leo, soltando ahora sí una carcajada abierta.

— Bueno... ¿y ahora? —preguntó Zack