Chapter 1
CAPÍTULO 1 El Comienzo de Todo
Antes de que existiera el tiempo, antes de que una sola estrella iluminara el inmenso vacío, solo existía una presencia.
El Padre.
No había luz, porque Él aún no la había pronunciado.
No había oscuridad, porque no existía nada capaz de ocultar la luz.
No había cielo, ni tierra, ni vida.
Solo un silencio eterno… lleno de posibilidades.
Entonces el Padre abrió los ojos por primera vez y habló con una voz tan poderosa que hizo temblar la nada.
—Que exista la existencia.
Y el vacío obedeció.
Del primer aliento del Padre nacieron mares de energía que comenzaron a expandirse sin límite. Miles de chispas atravesaron el vacío. Algunas se convirtieron en estrellas. Otras, en galaxias. Otras dieron origen a mundos que algún día albergarían vida.
Pero entre toda aquella creación surgieron trece llamas diferentes.
No eran simples ángeles.
Eran sus primeros hijos.
Los primeros seres creados para proteger el equilibrio de toda la existencia.
Cada uno recibió un don único, pero cinco de ellos brillaban con una intensidad imposible de igualar.
Ellos serían conocidos como los Cinco Guardianes del Cielo.
El primero en abrir los ojos fue Lucero.
Nació envuelto en una luz tan intensa que incluso las estrellas recién creadas parecían apagarse a su lado.
Sus alas eran blancas, con reflejos dorados.
En el centro de su pecho brillaba una estrella viva que parecía contener el amanecer de todo el universo.
El Padre sonrió con orgullo.
—Hijo mío… tú llevarás mi luz hasta los rincones donde aún no exista esperanza. Serás el primero entre tus hermanos y recordarás que la luz jamás debe servir al orgullo, sino al amor.
Lucero inclinó la cabeza.
—Así será, Padre.
Después nació Leo.
No apareció entre fuego ni agua.
Nació de la alegría.
Cuando el Padre contempló por primera vez a sus hijos reunidos, una inmensa felicidad llenó su corazón.
Aquella felicidad tomó forma.
Y de ella nació Leo.
Su risa llenó el universo por primera vez.
Donde caminaba brotaban flores incluso sobre la roca más fría.
Donde hablaba desaparecía el miedo.
Y donde sonreía nacía la esperanza.
—Tú recordarás a toda la creación que incluso en la oscuridad siempre existe una razón para sonreír.
Leo respondió riendo.
—Haré que hasta las estrellas aprendan a reír, Padre.
El tercero fue Taurus.
Cuando el Padre contempló la inmensidad del universo, comprendió que algún día alguien tendría que sostener el peso del dolor.
Entonces tomó una montaña recién nacida.
La convirtió en un corazón.
Y aquel corazón comenzó a latir.
Así nació Taurus.
Era enorme.
Su presencia inspiraba seguridad.
Su voz era tranquila como la piedra y firme como el tiempo.
Podía detener una estrella con sus propias manos y cargar mundos enteros sobre sus hombros.
El Padre colocó una mano sobre su frente.
—Hijo mío… tú cargarás aquello que los demás no puedan soportar. Serás el escudo de tus hermanos y la fuerza de mi creación.
Taurus simplemente respondió:
—Sí, Padre.
La cuarta fue Nerea.
Mientras el universo continuaba expandiéndose, apareció una pequeña gota suspendida en el vacío.
Aquella gota creció.
Se convirtió en un océano infinito.
Del centro de aquellas aguas emergió una mujer de mirada serena y alas cristalinas hechas de agua pura.
Cada lágrima que caía de sus ojos era capaz de sanar cualquier herida.
Incluso aquellas que no podían verse.
—Hija mía —dijo el Padre—, recordarás a todos que incluso el más fuerte necesita compasión. Sanarás cuerpos, corazones y almas.
Nerea inclinó la cabeza con una dulce sonrisa.
—Mientras exista una herida… yo estaré allí.
La quinta fue Agnis.
No nació de la luz.
No nació del agua.
Nació del fuego.
Una inmensa llama azul apareció en medio del vacío. Después se volvió dorada. Finalmente tomó forma hasta convertirse en una guerrera de mirada firme.
Las llamas que cubrían su cuerpo jamás dañaban a los inocentes.
Solo consumían aquello que amenazara la vida.
El Padre la observó con orgullo.
—Hija mía… cuando la luz no sea suficiente y la compasión no pueda detener la oscuridad, tú levantarás tu espada. Serás la protectora de la justicia.
Agnis apoyó una rodilla en el suelo.
—Mi espada jamás se levantará por orgullo… solo por amor a tu creación.
El Padre sonrió satisfecho.
Después de ellos nacieron otros ocho ángeles.
No poseían el mismo poder que los cinco Guardianes, pero eran guerreros leales y valientes.
Juntos formaron los Trece Guardianes del Cielo.
Durante millones de años recorrieron el universo llevando equilibrio a cada rincón de la creación.
Lucero iluminaba los mundos sumidos en la oscuridad.
Leo devolvía la esperanza a quienes la habían perdido.
Nerea sanaba océanos, montañas y criaturas heridas.
Agnis destruía las sombras que amenazaban la paz.
Taurus levantaba ciudades, protegía planetas y sostenía a sus hermanos cuando caían.
No existía la guerra.
No existía el odio.
No existía el pecado.
Solo existía la armonía.
Pero incluso en el corazón más brillante puede nacer una pequeña sombra.
Mientras sus hermanos admiraban la inmensidad de la creación, Lucero comenzó a contemplarse a sí mismo.
Era el primero.
El más poderoso.
El más admirado.
El más cercano al Padre.
Y poco a poco, sin que nadie lo notara…
comenzó a preguntarse si algún día dejaría de ser un hijo para convertirse en un rey.
Solo uno de sus hermanos alcanzó a percibir aquel cambio.
Taurus.
Mientras todos veían al ángel de la luz…
él comenzó a ver la primera sombra naciendo en el corazón de su hermano.
Y aquella sombra…
algún día cambiaría el destino del universo para siempre.

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