El encuentro en la casona
La tormenta golpeaba sin tregua la vieja casona de piedra en la sierra. Javi, un chico de apenas dieciocho años, delgado, siempre con la mirada baja y las manos inquietas, llevaba las gafas un poco torcidas y se abrazaba a sí mismo del frío y los nervios. Había ido por un encargo y el aguacero lo había dejado atrapado allí.El dueño era Darío: treinta y seis años, hombros anchos, piel curtida, una mirada fija y segura que no se apartaba de él. Se movía con paso firme, y cada vez que pasaba cerca, Javi sentía que el aire se le escapaba. Él notaba enseguida la timidez del muchacho y no dudaba en acercarse, aprovechando la situación y que estaban completamente solos.—Pasa, no te quedes ahí parado —le dijo con voz profunda, cerrando la puerta detrás de él y quedando muy cerca, tanto que Javi pudo sentir su calor.Lo llevó hasta la sala. La luz era tenue, solo se veía el resplandor de los relámpagos entrando por las ventanas. Darío no perdía detalle: veía cómo Javi se retorcía las manos, cómo bajaba la cabeza, y eso parecía animarlo más. Se sentó junto a él, y su pierna tocó la suya a propósito. Javi dio un respingo, pero no se movió.—Eres muy callado, ¿verdad? —le susurró, y pasó su mano grande y firme por encima de la pierna del chico, apretando un poco—. No tengas miedo… aquí solo estamos nosotros.Javi sentía el corazón a mil por hora. Casi no respiraba cuando Darío lo tomó por la barbilla para levantarle la cara. Lo miró a los ojos unos segundos y luego lo besó con decisión, con dureza, sin pedir permiso. Javi estaba tan sorprendido que al principio no supo qué hacer, pero poco a poco se fue dejando llevar, perdido entre sus brazos.Darío lo fue guiando hasta el sofá. Con movimientos rápidos y seguros le fue quitando la ropa, sin prisa pero sin detenerse, y Javi se quedó expuesto, temblando entre sus manos. Él lo recorrió con la mirada y luego con las yemas de los dedos, deteniéndose en cada parte que se marcaba con claridad bajo el tacto, notando la firmeza que iba apareciendo a medida que avanzaba. Javi cerraba los ojos y soltaba suspiros entrecortados, sin saber muy bien dónde ponerse, mientras Darío lo hacía suyo con esa fuerza y esa seguridad que lo dejaban sin defensa.Él se mostró duro, exigente, aprovechando cada instante. Lo hacía sentir cada roce con intensidad, haciendo que todo se notara, que cada línea y cada curva se marcaran con claridad entre sus manos y su cuerpo. No hubo preguntas, ni planes, ni cuidados: solo la pasión arrolladora de esa noche, el peso de su cuerpo fuerte sobre él, el ritmo firme y profundo que lo iba llevando más y más lejos, hasta que solo quedaron sensaciones fuertes, agitación y el calor que los envolvía a los dos.Cuando amaneció, la lluvia había parado. No hubo despedidas cariñosas ni promesas. Javi se vistió en silencio, salió de la casa y siguió su camino, llevando consigo el recuerdo intenso de esa noche: una locura que pasó una sola vez, y que nadie más que ellos dos sabría.








