SEMILLA

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Sinopsis

​En un mundo azotado por la letal contaminación del éter, una sustancia con la capacidad de dar vida a aberraciones ,la humanidad sobrevive gracias al poder de las Semillas y la protección de las distintas instituciones militares .Kael, un joven marcado por la tragedia, recibe una oferta para candidato a ser poseedor de una semilla por parte de la ATHALAYA en su primer dia de llegada a la Isla se conoce a Jeanne otra candidata algo peculiar. ​Sin embargo su llegada se verá interrumpida por una serie de sucesos que tendrán que superar.

Genero:
Action,Scifi
Autor/a:
K413
Estado:
hace 6 días
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

CAPITULO 1

—Mh, mmmh…

Bañado por la luz del sol que se filtraba por la ventana del autobús, Kael Noir abrió los ojos. El rugido del motor de combustión y la vibración del asiento lo trajeron de vuelta a la realidad.

«Otra vez tuve ese extraño sueño», pensó Kael, sintiendo una punzada de frustración.

«¿Mis memorias estarán intentando regresar?».

Lo único que sabía con certeza era lo que los médicos le habían diagnosticado ,amnesia selectiva provocada por un trauma. No recordaba su infancia, solo varios detalles que fue el ataque de las Sombras a su orfanato, que fue una masacre que cobró la vida de casi todos allí, y también recordaba una misteriosa promesa que resonaba en su mente.

«TIENES QUE VIVIR ,SE MAS FUERTE »

Una promesa grabada a fuego con una chica cuyo rostro no lograba recordar, pero que presentía que se encontraba en este lugar. Gracias a la personas que lo rescato que a sus vez se combirtio en su mentor paso los últimos años mejorando su condición física.

—Llegamos. Bajen todos —anunció el conductor por el megáfono.

Los reclutas comenzaron a levantarse en masa. Kael imitó el gesto, ajustándose de forma inconsciente el guante negro que cubría su mano izquierda; el siseo hidráulico de su prótesis mecánica fue amortiguado por el bullicio general. Al mirar por la ventanilla, se quedó sin aliento.

—Es enorme… No me la imaginaba de este tamaño.

La Academia Yggdrasil, el santuario de entrenamiento para los futuros Paladines y Valkyrias, se alzaba imponente en el horizonte. Su silueta era coronada por un árbol gigantesco que podía contemplarse desde cualquier rincón de la isla de Atalaya.

Al salir de la estación, Kael caminaba distraído, alternando la mirada entre la majestuosa arquitectura y el mapa que ocupa todo su frente. Debido a eso, no vio venir el impacto.

¡Pam!

—¡Aaah! —exclamó una voz femenina.

—¡Disculpa, no me di cuenta! ¿Te encuentras bi…? —Kael se interrumpió a sí mismo. Las palabras se le atoraron en la garganta.

Ante sus ojos se desplegó una escena digna de un torbellino. La chica había caído de espaldas, y la falda de su atuendo se había levantado lo suficiente como para revelar unas bragas blancas con el tierno estampado de un osito. La imagen se grabó a fuego en la retina del muchacho.

Avergonzado, Kael desvió la mirada de golpe y se apresuró a ayudarla.

—¡Perdona, de verdad! Me distraje mirando los edificios —se disculpó la joven mientras se levantaba por su cuenta y sacudía el polvo de su ropa.

Vestía un hábito negro que le tapaba hasta los pies y una capucha blanca de la que sobresalía un brillante flequillo dorado. Era una monja de la Iglesia de Yggdrasil.

—No te preocupes, también fue mi culpa por no mirar al frente —respondió Kael, extendiéndole un maletín que había quedado tirado en el suelo—. Toma, esto es tuyo.

—Gracias… —La monja lo miró fijamente con ojos inocentes—. ¿Puedes acercarte un poco a mí?

«¿Eh? ¿No irá a besarme, verdad?», pensó Kael, con el corazón acelerado.

Se aproximó a escasos treinta centímetros. Cerró los ojos por puro instinto, pero en su lugar, sintió la suave calidez de los dedos de la chica trazando una línea desde su frente hasta su esternón. Era una bendición.

—Que el Árbol te bañe en su gracia y en su luz —pronunció ella con un tono angelical.

—Gracias, hermana. Aunque no tenía que molestarse, el torpe fui yo.

De pronto, la atmósfera cambió. Un intenso rubor cubrió las mejillas de la monja y su expresión bondadosa se transformó en una mueca de pura vergüenza y orgullo herido.

—¡P-Por supuesto que fue tu culpa! —reclamó, señalándolo con el dedo—. ¡Y más te vale olvidar por completo lo que acabas de ver! ¿Entendido?

—No se preocupe, hermana. Me llevaré este secreto a la tumba —respondió Kael con una sonrisa nerviosa, juntando las manos en un gesto de súplica.

—¿A quién llamas hermana? —bufó ella, cruzándose de brazos, aunque luego suspiró al ver el mapa que Kael llevaba en la mano—. Espera, ¿tú también vas a la Academia?

—Sí, hacia allá me dirijo. Si quiere, podemos ir juntos.

La monja lo evaluó con la mirada de arriba abajo durante unos segundos antes de levantar la barbilla con aire de superioridad. Aunque tenían la misma estatura y probablemente la misma edad, de repente parecía tratarlo como a un subordinado.

—Me parece bien. Aceptaré tu compañía; serás mi escolta hasta que lleguemos a nuestro destino. ¡Toma, lleva esto!

Sin previo aviso, le lanzó el maletín a los brazos. Kael lo atrapó como pudo, completamente desconcertado por su drástico cambio de actitud.

—Ah, es verdad, olvidé presentarme. Soy Jeanne,,solo Jeanne. ¿Y el tuyo, recluta?

—Soy Kael Noir. Un gusto —respondió él, contagiado por la energía de la chica y haciendo un saludo militar con su mano izquierda alzada.

—Bien, Noir. ¡En marcha!

Y así, el peculiar dúo emprendió el camino hacia la Academia.

Al cabo de unos minutos de caminata, el silencio entre ambos se volvió un poco denso. Jeanne, que iba un paso por delante, empezó a jugar con los dedos de sus manos, visiblemente incómoda. De repente, disminuyó el ritmo hasta ponerse a la par de Kael y bajó la cabeza, con las mejillas pintadas de un leve rubor.

—Esto... Noir —articuló la chica con un hilo de voz, volviendo a su tono suave y angelical—. Quería pedirte una disculpa por lo de hace un momento. No debí hablarte de forma tan arrogante ni tirarte mi maletín así.

Kael parpadeó, sorprendido por el repentino cambio.

—¡Ah! No te preocupes por eso, de verdad. No me molestó —respondió él, restándole importancia con una sonrisa.

—Es que... —Jeanne soltó un pequeño suspiro de frustración, cruzándose de brazos—. Se me pegó una mala costumbre de mi Mentor. Él era un paladín de la Iglesia increíblemente fuerte, pero tenía un carácter horrible, muy mandón y exigente. A veces, cuando me pongo nerviosa o bajo presión, me sale esa actitud suya sin querer. Lo siento.

Kael soltó una ligera carcajada, encontrando la situación bastante tierna.

—Te entiendo, entiendo. Prometo no juzgarte por los traumas que te dejó tu maestro, hermana Jeanne.

—¡Oye! —protestó ella, aunque esta vez con una sonrisa genuina.

Con el ambiente mucho más relajado, ambos continuaron su marcha por la acera transitada. Mientras avanzaban por las amplias avenidas, Jeanne rompió el hielo observando de reojo el uniforme doblado que sobresalía de la mochila de Kael.

—Y dime, Noir… ¿Tú también eres un aspirante, o ya eres un estudiante oficial de la Academia? —preguntó ella, ladeando la cabeza con curiosidad.

—Soy un aspirante, aún no paso la prueba oficial —respondió Kael, rascándose la nuca—. Igual que la mayoría de los que venían en el autobús, me seleccionaron por tener potencial para despertar una Semilla. ¿Y tú? No pareces la típica hermana de iglesia. ¿Acaso también te seleccionaron?

—Sí, por desgracia… Aunque le rogué a la hermana superiora que no quería venir —exclamó ella, encogiéndose de hombros con una mueca resignada—. Al final fui enviada como representante de la Iglesia y de Francia.

Jeanne se detuvo en seco, mirando hacia el horizonte. Kael siguió su mirada y maldijo internamente. El colosal Yggdrasil se veía imponente, sí, pero las calles de la ciudad se extendían en un laberinto eterno de subidas y bajadas. A pie, tardarían horas en llegar.

—La verdad es que está bastante lejos… —murmuró Kael, sintiendo el peso de su maleta y la de Jeanne—. ¿Qué tal si tomamos un taxi? Yo invito, no te preocupes.

—¿De verdad? ¡Eres muy generoso, Noir! —Los ojos de Jeanne brillaron con gratitud.

Kael sonrió y se llevó la mano izquierda al bolsillo trasero de su pantalón para sacar la billetera. No había nada. Palpó el bolsillo delantero. Vacío. El pánico empezó a apoderarse de él mientras registraba su chaqueta con desesperación.

—¿Eh? No puede ser… ¡No está! —exclamó Kael, pálido.

—¿Qué pasa? ¿Perdiste algo?

—Mi billetera… —Kael tragó saliva, haciendo memoria a toda velocidad—. ¡Ah! Tuvo que caerse cuando me tropecé contigo en la estación.

Al escuchar eso, Jeanne se llevó las manos a la boca, abriendo los ojos de par en par. El rubor regresó a sus mejillas al recordar el incidente de las bragas del osito.

—¡¿Fue por mi culpa?! ¡Lo siento muchísimo! —se disculpó Jeanne, haciendo una reverencia tan exagerada que casi golpea el suelo con la frente—. ¡Déjamelo a mí! Resolveré esto de inmediato.

Antes de que Kael pudiera decirle que no se preocupara, la monja juntó las palmas de sus manos a la altura del pecho, cerró los ojos con devoción y comenzó a susurrar una plegaria con voz angelical:

—Oh, gran Yggdrasil, tú que nos cobijas bajo tu sagrada sombra, provee a tus humildes siervos el transporte necesario para cumplir con tu santa voluntad…

«Por favor, es imposible que solo con un rezo un taxi mágicamente se detenga a recogernos», pensó Kael, con una gota de sudor frío resbalando por su sien. «El mundo real no funciona así, hermana…».

¡SCREEECH!

El chirrido de unos frenos hizo que a Kael se le salieran los ojos de las órbitas. Un reluciente taxi se había detenido justo frente a ellos, rozando la acera. La ventanilla del conductor bajó, dejando ver a un hombre de mediana edad que miraba a Jeanne con una mezcla de hipnosis y profunda admiración.

—Buen día, hermosa jovencita de la Iglesia —dijo el taxista, conmovido por la estampa piadosa de la monja—. ¿Necesita un viaje?

—¡Sí, señor conductor! —respondió Jeanne con una sonrisa tan pura y brillante que parecía emitir luz propia—. Nos dirigimos a la Academia, pero mi querido escolta ha extraviado sus pertenencias. ¿Habría alguna posibilidad de que nos llevara bajo la gracia de Yggdrasil?

El conductor se limpió una lágrima imaginaria del rostro, completamente conmovido.

—¡No se diga más! Sería un pecado cobrarle a una enviada de Yggdrasil; ellos han hecho mucho por mí. ¡Suban, los llevaré gratis!

Kael se quedó petrificado. Miró al taxista, luego a Jeanne, y finalmente a sus propias manos.

«Espera un segundo…», pensó Kael, sintiendo una revelación divina. «¿De verdad funciona? Si a ella le funcionó un milagro tan absurdo, ¿podría ser que a mí también…?».

Desesperado por encontrar una respuesta a su propia amnesia, Kael apretó los puños, cerró los ojos con fuerza y rezó con toda la fe que pudo reunir en su interior:

«Dios, Árbol, o lo que sea que esté allá arriba… Por favor, haz que recupere mis recuerdos. Dime quién soy, qué pasó en el orfanato y quién es la chica de mi promesa…».

Se quedó flotando en ese deseo durante unos segundos, esperando un destello de luz, una visión mística, o un dolor de cabeza que le trajera el pasado de vuelta.

¡¡¡MIIIIIIIIT!!!

El estruendoso sonido de un claxon rompió el misticismo del momento y lo devolvió a la tierra de un golpe. No había visiones. No había recuerdos. Solo el tráfico ruidoso de la ciudad.

—¡Vamos, Noir! ¡Muévete rápido que el señor nos está esperando! —lo apuró Jeanne, asomando la cabeza desde la puerta abierta del taxi, haciéndole señas con la mano.

Kael soltó un largo suspiro, resignado, y se frotó la frente con su mano mecánica.

—Sí, ya voy… —murmuró, subiendo al vehículo mientras aceptaba que su vida iba a ser mucho más complicada de lo que pensaba.

OFICINA CENTRAL – ACADEMIA YGGDRASIL

Rodeado por el silencio de su imponente despacho, Albert Benz, el director de la Academia, se encontraba sepultado tras un escritorio inundado de informes y documentos impresos. Frente a él, el brillo de la pantalla de su ordenador era la única luz constante, hasta que un repique agudo rompió la calma.

Era su teléfono personal. El hombre soltó un bufido, presionó la pantalla y se llevó el aparato al oído. Una voz firme y madura resonó desde el otro lado de la línea:

—Tenga un cordial saludo, señor Benz, director de Yggdrasil. Le habla la hermana superiora de la delegación de la Iglesia en Francia.

—El gusto es mío, hermana superiora —respondió Albert, arqueando una ceja con un tono marcadamente sarcástico—. Pero dígame, ¿qué es lo que desea la santa Iglesia de un pobre y noble cordero como yo?

—Dejemos las formalidades, Albert —contrarrestó la mujer, ignorando el cinismo del director—. Te llamo por Jeanne D'Arc, mi sucesora. Quiero saber si ya se encuentra en las instalaciones de la Academia.

Albert desvió la mirada hacia la pared del frente, donde una descomunal red de pantallas de seguridad parpadeaba en tiempo real, mostrando transmisiones en vivo de cada rincón, calle y avenida de la isla de Atalaya. Sus dedos tamborilearon sobre el teclado a toda velocidad, filtrando los accesos de la estación de transportes.

De pronto, sus ojos se detuvieron en una de las pantallas. Ahí estaba la monja de hábito negro, subiéndose alegremente a un taxi gratuito junto a un chico de cabello oscuro.

—Sí… Ya se encuentra aquí —articuló Albert. Una enorme gota de sudor frío comenzó a resbalar por su frente hasta el mentón al procesar la escena.

—Excelente. En cuanto le entregues su terminal oficial, dile que se comunique de inmediato conmigo —sentenció la hermana superiora antes de cortar la comunicación sin esperar respuesta.

Clic.

Albert arrojó el teléfono sobre el escritorio y dejó escapar un largo y pesado suspiro de frustración. Inmediatamente, volvió a tomar el celular y marcó un número de marcado rápido.

—¿Sí? ¿Me escuchas? Te tengo un encargo urgente: busca a la enviada de la Iglesia y tráela antes de que cause un problema… Sí, hazlo ya.

Colgó de golpe y se recostó en su costoso asiento de cuero, pasándose las manos por el rostro.

—Maldición… —refunfuñó, estirando el brazo para tomar un vaso de agua y beberlo de un trago—. Me olvidé por completo de que la invitada especial de la Iglesia llegaba hoy. ¿En qué clase de problemas se estará metiendo esa monja ahora mismo?

Las calles bullían de transeúntes y vehículos bajo un sol de justicia. Avanzada la tarde, la temperatura en la isla Atalaya había comenzado a subir de forma considerable.

—¿No crees que hace demasiado calor, Noir…? —se quejó Jeanne, abanicándose el rostro con ambas manos en un gesto dramático.

—A mí no me parece para tanto, es bastante soportable —respondió Kael, impasible.

—¡Uf! Eres idéntico a la hermana superiora —protestó ella, frunciendo el ceño—. Apuesto a que, si te ofrecieran una sopa hirviendo en mitad de este desierto, te la tomarías sin dudarlo.

—Bueno, sí. La comida es comida.

—¡Lo sabía! —Jeanne se cruzó de brazos, indignada—. Definitivamente eres como ella. Algún día te la presentaré, estoy segura de que comparten el mismo cableado cerebral.

—¡Jajajajaja! —Una sonora carcajada escapó del conductor, quien los observaba divertido a través del espejo retrovisor—. Se lleva usted muy bien con su escolta, hermana. ¿O es que acaso son novios?

—¿Pero qué cosas está diciendo? —saltó Jeanne instantáneamente, sintiendo cómo sus mejillas se teñían de un rojo encendido que no tenía nada que ver con el clima—. ¡Si nos acabamos de conocer hoy!

En ese mismo instante, las ventanas del vehículo subieron de forma automática, acompañadas por el siseo del aire acondicionado que comenzó a enfriar el cubículo. Jeanne exhaló un suspiro de alivio mientras recuperaba su tono normal y una pequeña sonrisa se dibujaba en sus labios.

—Por cierto, hermana, ¿qué trae a una jovencita como usted a una isla militarizada? ¿Planea convertirse en estudiante de la Academia? —preguntó el taxista con genuina curiosidad.

—No, para nada. Vengo únicamente como representante de la Iglesia y de Francia —respondió Jeanne de inmediato, manteniendo una fachada perfecta.

Kael entrecerró los ojos al escucharla. Jeanne había mentido. Él recordaba perfectamente que ella misma había admitido minutos atrás que la habían seleccionado por su potencial, igual que a él.

«Seguro no quiere que nadie más se entere —dedujo Kael en su mente, mirando de reojo el hábito de la monja—. Pero si tiene que ocultarlo así… ¿por qué confió en mí tan fácilmente? Qué extraño. Será mejor que me aleje de ella en cuanto pongamos un pie en la Academia».

—Oh, Francia… Ya veo —murmuró el conductor, y su voz de repente se tiñó de una profunda y pesada nostalgia.

—¿Acaso usted también es de allá, señor? —preguntó Jeanne, con los ojos brillando por la curiosidad.

No hubo respuesta inmediata. Un denso silencio se instaló en el habitáculo, roto únicamente por el ronroneo del motor. Kael y Jeanne se cruzaron una mirada incómoda, temiendo haber tocado una fibra sensible. El taxi se detuvo frente a un semáforo en rojo; cinco segundos después, la luz cambió a verde y el coche reanudó la marcha lentamente. El ambiente seguía helado.

El hombre carraspeó para romper el hielo.

—Sí… Yo también soy de Francia. Crecí ahí, en un pequeño pueblo que solía estar lleno de vida y alegría —confesó el señor, mientras una solitaria lágrima rodaba por las arrugas de su mejilla—. Pero ellos… ellos me lo arrebataron todo.

—Las Sombras, ¿verdad? —interrumpio Kael con voz sombría, apretando inconscientemente los puños. Su mano de metal crujió levemente sobre su pierna.

La mirada de Jeanne cambió a una de profunda pena. Se removió en su asiento, sintiendo el peso de una culpa silenciosa que nacía en su pecho.

—Sí, fueron ellas —asintió el conductor—. Sucedió durante el Segundo Impacto a gran escala. Perdí a mi familia, mi hogar… todo lo que poseía. Cada palabra calaba hondo en Jeanne, quien bajó la vista—. Pero ahora todo está bien. Gracias a Yggdrasil y a la Iglesia logré recuperar la fe. Ellos me dieron una razón para querer vivir un día más.

Al escuchar aquello, la pesadez de Jeanne se disipó instantáneamente. Una chispa de determinación encendió sus ojos, devolviendo la sonrisa a sus labios rosados, y habló con una firmeza que sorprendió a Kael:

—No se preocupe más, señor. Llegará el día en que la humanidad le ponga un punto final a esta guerra interminable. Mientras tanto, siga confiando en la Iglesia… y en los Paladines como Kael Noir.

—Así es, señor —agregó Kael, llevando su mano derecha a la altura del pecho en un juramento silencioso—. Le prometo que nuestra generación terminará con esta lucha de una vez por todas.

Una sonrisa repleta de una esperanza genuina iluminó el rostro cansado del conductor. Una nueva lágrima escapó de sus ojos, pero esta vez no era de impotencia, sino de alivio y absoluta confianza en los jóvenes que acababa de conocer.

—Ojalá hubiera tenido el coraje de ustedes cuando tenía su edad, muchachos… En fin, estamos a solo dos cuadras. Llegamos a la Academia —anunció el hombre, señalando el frente.

Desde esa distancia, las imponentes instalaciones de la Academia ya se divisaban con total claridad. Sin embargo, el taxi tuvo que detenerse en un cruce. El agudo silbato de una chimenea de vapor resonó con fuerza en el sector, acompañado por un violento temblor que sacudió el asfalto: una gigantesca locomotora de carga blindada cruzaba la calle principal, interrumpiendo por completo el tránsito y bloqueando la visibilidad.

Al otro lado de las vías, una densa línea de edificios de hormigón se alzaba hacia el cielo grisáceo. En la azotea de uno de ellos, una figura humana permanecía completamente inmóvil, invisible tanto para el ojo humano como para las palomas que descansaban sobre el cableado eléctrico a pocos metros de distancia.

Aquel individuo se encontraba tumbado boca abajo, apuntando con un rifle de cerrojo antiguo pero meticulosamente cuidado. Su mirada recorría la mira telescópica, apuntando directamente al otro lado del cruce ferroviario, donde el tráfico esperaba pacientemente a que la enorme locomotora terminara de pasar. En la mira de su retícula estaba el taxi, con sus tres ocupantes bien identificados: el anciano conductor, la joven monja y el recluta de la mano mecánica.

Llevándose un dedo a la sien, la figura activó su canal privado de comunicaciones.

—Cóndor a Nido. Cóndor a Nido —repitió con voz monótona.

A través de su enlace neural, la voz de su asistente operativo llegó de inmediato, distorsionada y ronca:

—Aquí Nido. Te recibo, Cóndor.

—Tengo al objetivo en la mira. Solicitando autorización para proceder —informó el francotirador.

—Autorización concedida. Procede de inmediato, el equipo de tierra ya se está posicionando detrás de ellos —ordenó el asistente.

Al instante, la visión de Cóndor se alteró. Decenas de partículas de energía de color verde brillante comenzaron a flotar en el aire, condensándose hasta formar una matriz de disparo perfecta frente a su ojo. El tirador respiró profundo, contuvo el aliento y presionó el gatillo.

Del cañón del viejo rifle no salió una bala ordinaria. El disparo liberó cuatro proyectiles especiales de distintos colores que rasgaron el aire a una velocidad endiablada, cruzando con precisión milimétrica a través del espacio vacío entre los vagones de la locomotora en movimiento.

Una vez que superaron el tren, los perdigones se separaron en trayectorias calculadas:

El primer proyectil perforó directamente el motor del taxi, destrozando las líneas de distribución y provocando que el aceite y el refrigerante se derramaran sobre el asfalto caliente.

El segundo proyectil, de un vivo color rojo, impactó en el suelo justo debajo del depósito. Al hacer contacto con el combustible evaporado, desató una llamarada instantánea que se alzó de manera antinatural, bloqueando la calle como un muro de fuego.

El tercer proyectil se estrelló contra la toma de agua de la acera contigua. La presión reventó la tubería, disparando un chorro a alta presión que, al colisionar con la barrera de fuego, generó una densa cortina de vapor y neblina que cegó por completo la avenida.

El último proyectil, teñido de un tono morado oscuro, atravesó la densa neblina, rompió la ventanilla trasera del taxi y se expandió en su interior como un humo espeso, dejando inconscientes a Kael, a Jeanne y al anciano conductor en cuestión de segundos.

Aprovechando el caos y la nula visibilidad, las puertas del sedán negro que se encontraba justo detrás del taxi se abrieron de golpe. Dos individuos vestidos con equipo táctico oscuro y máscaras de gas descendieron a toda prisa. Con movimientos quirúrgicos y profesionales, abrieron las puertas del vehículo inutilizado, sacaron los cuerpos indefensos de Jeanne y Kael junto con sus equipajes, y dejaron al anciano conductor tendido sobre el volante.

Los asaltantes cargaron a los jóvenes en su coche, cerraron las puertas y el vehículo dio marcha atrás a toda velocidad, perdiéndose en el laberinto de las calles de Atalaya con rumbo desconocido.

Cóndor, observando el éxito de la operación desde las alturas, bajó el rifle. En ese momento, un pitido agudo resonó en su oído. La frecuencia de su asistente se cortó para dar paso a una línea encriptada de alta prioridad. Una voz gélida, pausada y con un eco que no parecía del todo humano, se manifestó en su cabeza: era su contratista principal.

—Buen trabajo, Cóndor. Tus discípulos en tierra ya tienen al objetivo en su poder. Tu pago ya ha sido transferido a tu cuenta —declaró la misteriosa voz.

El tirador invisible revisó de reojo su terminal de muñeca para verificar la masiva transacción de fondos.

—Bien. Entonces mi trabajo aquí está completo —respondió Cóndor con frialdad, guardando su arma.

—Dime una cosa… ¿Seguro que no te interesa unirte a nuestro plan para el Nuevo Orden? —le ofreció el contratista con un tono tentador—. Te recompensaremos con el doble de lo que acabas de recibir. Mucho más de lo que ustedes, los humanos, llaman dinero.

Cóndor esbozó una sonrisa despectiva bajo su camuflaje invisible.

—¿Nuevo Orden? No tengo el más mínimo interés en unirme a las locuras de ustedes —sentenció el francotirador, cortando la transmisión sin contemplaciones—. Ya cumplí con mi contrato, así que me retiro.

Desconectando sus sistemas, la figura se dio la vuelta y desapareció de la azotea sin dejar rastro, dejando tras de sí el inicio de una crisis que sacudiría los cimientos de la Academia Yggdrasil.