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Atadas Por El Destino

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Sinopsis

Amelia llevaba una vida tranquila y construida con esfuerzo. A sus 24 años, era dueña de una pequeña cafetería, fruto de su pasión por la cocina y la repostería, carrera que había estudiado con dedicación. Aquella noche, mientras caminaba por calles casi vacías rumbo a su local, jamás imaginó que su destino estaba a punto de cambiar para siempre. Una camioneta negra sin placas se detuvo frente a ella. En cuestión de segundos, varios hombres la sometieron, la sedaron y la llevaron a una bodega desconocida. Cuando Amelia despertó, se encontró prisionera en una habitación fría y ajena, custodiada por hombres armados. Frente a ella estaba Isabel Grecovich 26 años , una mujer de mirada dura y presencia intimidante. Heredera del imperio de la mafia italiana gracias a su padre Massimo Grecovich, Isabel no estaba dispuesta a perder el tiempo. Con voz grave y actitud implacable, le dejó claro el motivo de su secuestro una deuda del pasado. El dinero que el padre de Amelia le había robado a su familia hace unos meses Atrapada en un mundo de crimen, poder y secretos que no le pertenecen, Amelia deberá enfrentarse a una verdad que desconocía y a una mujer tan peligrosa como fascinante, donde el odio, la venganza y emociones inesperadas comenzarán a entrelazarse de formas imprevisibles.

Genero:
Romance
Autor/a:
Aaeeiioouu
Estado:
En proceso
Capítulos:
45
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

La ciudad todavía dormía cuando Amelia Ferrer caminaba por la acera húmeda, con el aroma del pan recién horneado aferrado a su ropa como una segunda piel. Eran poco más de las seis de la mañana y el cielo aún conservaba un tono azul grisáceo.

Llevaba las llaves de su cafetería en la mano derecha y un termo de café en la izquierda. A sus veinticuatro años, había logrado lo que muchos solo soñaban ser dueña de su propio negocio. La Magnolia, una pequeña cafetería de fachada blanca y grandes ventanales, era su refugio y su orgullo. Amelia había estudiado cocina y repostería con sacrificio, trabajando desde joven, convencida de que el esfuerzo honesto siempre terminaba dando frutos.

Hace algunos meses muy lejos de allí, al otro lado del océano, en una mansión de muros altos y jardines perfectamente recortados, un hombre poderoso respiraba con dificultad mientras observaba la lluvia golpear los ventanales de su despacho.

Massimo Grecovich había construido su imperio con sangre, estrategia y una frialdad legendaria. Durante décadas, su nombre había sido suficiente para abrir puertas… o cerrarlas para siempre. Sin embargo, la edad no perdonaba ni siquiera a los reyes del crimen. Sentado en su sillón de cuero, con una manta sobre las piernas y un vaso de whisky intacto sobre el escritorio, Massimo se sentía cansado y dejo todo en manos de su hija.

—Me robó —dijo con voz grave, rota por los años—. Me robó y huyó como una rata.

Frente a él, de pie, con la espalda recta y la mirada firme, estaba su hija.

Isabela Grecovich

Vestía un traje oscuro perfectamente ajustado, el cabello negro recogido en una coleta baja. Su rostro era bello, pero duro; no había dulzura en sus ojos, solo una atención calculadora. Había crecido entre hombres armados, reuniones en susurros y decisiones que costaban vidas. La compasión nunca fue una opción.

—Javier Ferrer —continuó Massimo—. Confié en él. Era uno de los nuestros. Manejó dinero, rutas, contactos… y una noche desapareció con una suma que no debía tocar.

Isabela apretó ligeramente la mandíbula.

—¿Cuánto? —preguntó sin rodeos.

—Lo suficiente para que ese robo siga siendo una mancha en nuestro nombre —respondió él—. Necesitamos recuperar ese dinero. Envié a nuestros hombres a buscarlo Pero no lo encuentran. Se que tiene familia. Debemos encontrarlo no por el dinero sino por nuestra reputación nadie puede salir intacto si nos roba.

Isabela no parpadeó.

—¿Que quieres que haga? —preguntó.

Massimo levantó la mirada y la clavó en la de ella con una intensidad que hizo que el aire se volviera pesado.

—Ahora te corresponde a ti. Ese dinero es de los Grecovich. Quiero que lo recuperes.

Isabela asintió una sola vez. No necesitaba más explicaciones. Aquello no era solo por el dinero, era una cuestión de honor.

Horas después, en una sala amplia y apenas iluminada, Isabela se reunió con sus hombres de confianza. Tres figuras robustas, vestidas de negro, esperaban instrucciones en silencio.

—Quiero todo sobre Javier Ferrer —ordenó—. Su pasado, sus movimientos, su familia. Si dejó algo atrás, quiero saberlo.

—¿Vivo o muerto? —preguntó uno de ellos.

—Vivo —respondió Isabela—. Pero nadie desaparece del todo. Siempre queda algo que reclamar.

La investigación no tomó demasiado tiempo. Los Grecovich tenían ojos en todas partes.

Días después, uno de los hombres colocó una carpeta sobre el escritorio de Isabela.

—Tenía una hija —dijo—. Amelia Ferrer. Veinticuatro años. Vive con su madre María Fernández. Dueña de una cafetería pequeña. Vida limpia. Sin antecedentes.

Isabela abrió la carpeta y observó la fotografía. Una joven de sonrisa suave, ojos claros y expresión tranquila. No parecía pertenecer al mundo que ella conocía.

—¿Una cafetería? —preguntó.

—Es su único sustento. La abrió hace dos años. Todo está a su nombre y limpio.

Isabela cerró la carpeta lentamente. En su mente, las piezas encajaron con una lógica fría y precisa.

—Entonces ella es el camino —dijo—. Ella debe saber dónde está

No hubo duda en sus palabras, solo determinación.

—Prepárenlo todo —ordenó—. Quiero que sea limpio. Rápido. Sin ruido innecesario.

Algunos meses después Amelia terminaba de levantar la reja de La Magnolia, sin saber que su nombre acababa de ser pronunciado en una habitación donde se decidían destinos.

El olor a café comenzó a llenar el local.

Amelia se movía detrás del mostrador de La Magnolia como si el mundo fuera un lugar seguro. Llevaba el cabello recogido de manera informal, un delantal color crema y esa sonrisa suave que se había convertido en parte del encanto del local. El aroma a café recién molido se mezclaba con el de los croissants calientes y la vainilla de los postres que ella misma había preparado antes del amanecer.

—Buenos días, Amelia —saludó una mujer mayor al entrar.

—Buenos días, Clara —respondió ella—. ¿Lo de siempre?

La rutina era su refugio. Servía cafés, limpiaba mesas, recomendaba postres. Escuchaba conversaciones ajenas sin prestarles demasiada atención: problemas cotidianos, risas, planes simples. Cada cliente se iba con una palabra amable, con una sonrisa sincera.

A media tarde, cuando el sol comenzaba a caer y la luz se filtraba tibia por los ventanales, Amelia miró el reloj. Eran casi las cinco.

—Cerrado por una hora —anunció en voz alta—. Vuelvo enseguida.

Colocó el cartel en la puerta y tomó su bolso. Necesitaba comprar ingredientes para el día siguiente: harina, mantequilla, chocolate. Nada extraordinario. Cosas simples. Cosas normales.

Las calles estaban más tranquilas de lo habitual cuando salió. El aire tenía un leve aroma a lluvia reciente y el tráfico era escaso. Amelia caminaba sin prisa, revisando mentalmente las recetas que quería probar esa semana.

No notó la camioneta negra estacionada a media cuadra.

No notó al hombre que fingía hablar por teléfono cerca del local.

No notó las miradas que la siguieron hasta que dobló la esquina.

Las compras fueron rápidas. Pagó, guardó todo en bolsas reutilizables y emprendió el camino de regreso. El cielo comenzaba a oscurecerse y las farolas se encendían una a una, proyectando sombras alargadas sobre el pavimento.

Fue entonces cuando lo sintió.

Ese presentimiento extraño, esa incomodidad que le recorrió la espalda sin razón aparente. Amelia apretó el paso, ajustó el bolso sobre su hombro y buscó con la mirada algún rostro conocido.

No lo encontró.

La camioneta negra apareció frente a ella de repente, cortándole el paso con un chirrido seco. Amelia se detuvo, confundida.

—Disculpe… —alcanzó a decir.

La puerta se abrió.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Dos hombres bajaron de la camioneta. No llevaban pasamontañas, pero sus rostros eran duros, inexpresivos. Uno de ellos la sujetó del brazo con fuerza, mientras el otro cubría su boca con un paño antes de que pudiera gritar.

—¡Suéltenme! —intentó decir, pero el sonido se perdió.

Sintió  debilidad en su cuerpo. Luego, el mareo.

Las bolsas cayeron al suelo, el chocolate rodó por la acera, la harina se abrió como una nube blanca que nadie miró. Amelia intentó aferrarse a la conciencia, pero el mundo comenzó a girar.

—Tranquila —murmuró una voz grave cerca de su oído—. Duerme.

La oscuridad la envolvió.

Cuando abrió los ojos, no supo cuánto tiempo había pasado.

El aire era frío. El olor, metálico. Amelia parpadeó varias veces, intentando enfocar. Estaba  en una habitación sentada en una silla,con las manos atadas al respaldo. La cabeza le dolía y el cuerpo se sentía pesado, como si no le perteneciera del todo.

Miró alrededor.

La habitación era amplia, sin ventanas. Muros de concreto desnudo, una luz blanca colgando del techo, proyectando sombras duras. El silencio era espeso, solo roto por su respiración agitada.

Dos hombres armados estaban de pie a unos metros, inmóviles.

El pánico la golpeó de lleno.

—¿Dónde estoy? —preguntó con la voz temblorosa—. ¿Qué quieren de mí?

Nadie respondió.

El sonido de unos pasos resonó entonces, lentos, seguros.

La puerta se abrió.

Y una mujer entró.

Vestía de negro, impecable, como si aquel lugar no fuera una bodega sino una oficina elegante. Se sentó frente a Amelia sin prisa, cruzando las piernas. Su mirada era fría, calculadora.

Amelia sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.

—Yo…yo no he hecho nada —dijo, casi suplicando—. Si es dinero, puedo llamar a alguien, puedo…

Isabela la observó con detenimiento, como si evaluara una pieza defectuosa.

—No estoy para juegos —interrumpió con voz grave—. Tu padre me debe dinero. Mucho dinero.

Amelia negó con la cabeza, desesperada.

—No… no sé de qué habla. Mi papá… yo no sé nada.

Isabela se inclinó apenas hacia adelante.

—Eso lo veremos —dijo con frialdad—.

Amelia tragó saliva. El silencio después de aquellas palabras le oprimía el pecho, como si el aire se hubiera vuelto más pesado.

—¿Quién… quién es usted? —preguntó al fin, con la voz quebrada pero firme—. ¿Por qué me trajo aquí?

Isabela no respondió de inmediato. Se acomodó en la silla frente a ella, apoyó un codo sobre la mesa metálica y entrelazó los dedos con calma estudiada. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Amelia, deteniéndose en el temblor involuntario de sus labios, en el miedo mal disimulado.

—Mi nombre es Isabela Grecovich—dijo finalmente—. Y estás aquí por culpa de tu padre.

El apellido cayó como un golpe seco.

—¿Grecovich…? —repitió Amelia—. No entiendo.

Isabela se inclinó apenas hacia adelante.

—Hace unos meses, Javier Ferrer robó dinero de mi familia —explicó con voz fría—. No cualquier dinero. Le robó a Massimo Grecovich, mi padre. Líder de la mafia italiana.

Amelia sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.

—Eso… eso no puede ser —susurró—. Mi papá no… él no está con nosotras desde hace años.

Isabela frunció levemente el ceño, pero no la interrumpió.

—Mi madre se llama María Fernández —continuó Amelia, apresurada, como si temiera que no le creyeran—. Él nos abandonó cuando yo era adolescente. Desde entonces no sabemos nada de él. No nos llama, no escribe, no manda dinero. Nada.

Su voz se quebró.

—Y… y tampoco lo quiero —añadió, con un hilo de valentía—. Porque él golpeaba a mi mamá.

El silencio se volvió cortante.

Los hombres armados intercambiaron una breve mirada. Isabela, en cambio, no apartó los ojos de Amelia.

—Explícate —ordenó.

Amelia respiró hondo. Las lágrimas comenzaron a acumularse, pero no cayeron.

—Era violento —dijo—. Bebía. Perdía el control. Yo era una niña y tenía que ponerme delante de mi mamá para que no la golpeara más. Una noche… —cerró los ojos— una noche nos fuimos. Nunca volvió a buscarnos.

Isabela permaneció inmóvil, pero algo en su expresión se tensó.

—¿Cuánto tiempo dices que no lo ves? —preguntó.

—Años —respondió Amelia sin dudar—. Muchos años. Yo construí mi vida sin él. La cafetería, todo… lo hice sola. Mi mamá puede decírselo. Yo no sé nada de robos, ni de mafias, ni de dinero sucio.

Isabela se levantó lentamente y comenzó a caminar alrededor de Amelia, como un depredador midiendo a su presa.

—Mírame —ordenó.

Amelia levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de miedo, pero también de verdad.

—¿Sabes dónde está ahora? —preguntó Isabela.

—No —respondió Amelia—. Si lo supiera… no estaría aquí. Estaría denunciándolo yo misma.

Isabela la observó durante largos segundos. No había arrogancia en Amelia, ni desafío. Solo confusión, dolor y un pasado lleno de cicatrices invisibles.

—¿Tu madre sabe algo? —insistió.

—No —negó Amelia—. Ella piensa que él está muerto. Yo también lo pensé durante mucho tiempo.

Isabela apretó la mandíbula.

—¿Sabes cuánto dinero robó? —preguntó.

—No —repitió Amelia—. Pero no importa la cantidad. Yo no tengo nada que ver.

—Eso no lo decides tú —respondió Isabela con frialdad—. Tu padre nos robó. Desapareció. Y tú eres lo único que dejó atrás.

Amelia negó con la cabeza, sollozando en silencio.

—Por favor… —susurró—. Yo no soy él. No me castigue por sus errores. Yo solo… solo quiero volver a mi casa.

Isabela se enderezó. Su rostro volvió a cerrarse, como si hubiera bajado una barrera invisible.

—Este no es un castigo —dijo—. Es un interrogatorio. Y no ha terminado.

Hizo una seña a uno de sus hombres.

—Quiero todo sobre María —ordenó—. Cada movimiento. Cada llamada. Si Javier Ferrer se acerca a lo que aún le importa… aparecerá.

Luego miró de nuevo a Amelia.

—Y tú —añadió— te quedarás aquí hasta que tenga respuestas.

Amelia sintió que el aire le faltaba cuando escuchó el nombre de su madre salir de los labios de Isabela.

—No… —dijo de inmediato, con un hilo de voz que se quebró al instante—. Por favor, no la traiga aquí.

Isabela se detuvo, dándole la espalda.

—Explícate —ordenó, sin girarse.

Amelia apretó con fuerza las manos atadas, como si así pudiera sostenerse.

—Mi mamá está enferma —dijo—. Tiene artritis. Es crónica. Apenas puede caminar algunos días… hay mañanas en las que ni siquiera puede levantarse sola de la cama.

Su voz temblaba, pero no se detenía.

—Yo la ayudo a vestirse, a bañarse cuando el dolor es fuerte. No podría soportar un lugar como este. No entiende de violencia, de amenazas… —tragó saliva—. Ella no tiene nada que ver con mi padre. Nada.

Isabela giró lentamente.

—¿Desde cuándo está enferma? —preguntó.

—Desde hace años —respondió Amelia—. Yo soy quien cuida de ella. Por favor… si quiere castigar a alguien, castíguelo a él. Pero no la toque. No nos toque.

El silencio volvió a caer, pero esta vez no era frío: era tenso.

Isabela observó a Amelia con una atención distinta. Ya no como una pieza útil, sino como algo que no encajaba en el tablero.

—Dices que Javier Ferrer era violento —continuó Isabela—. ¿Con ustedes?

Amelia asintió lentamente.

—Con mi mamá —susurró—. Y conmigo cuando intentaba defenderla.

Isabela apretó los labios. Algo antiguo se removió en su interior, algo que había aprendido a enterrar muy bien.

En la mafia italiana había códigos. Reglas no escritas, pero sagradas.

Los inocentes no se tocan.

Y, sobre todo:

La sangre culpable se cobra a quien la derrama.

Isabela dio unos pasos hacia la pared y apoyó una mano en el concreto frío. Cerró los ojos por un segundo.

Javier es el culpable, pensó.

No ella.

Había ordenado secuestrar a Amelia con un solo objetivo: obligar a Javier Ferrer a salir de su escondite. Pero ahora, frente a ella, la estrategia se desmoronaba.

—Si dices la verdad… —murmuró Isabela— y si hace años que no sabes nada de él… entonces no me sirves de nada para encontrarlo.

Las palabras cayeron pesadas, pero no crueles.

Amelia soltó un sollozo ahogado.

—Entonces… ¿por qué sigo aquí? —preguntó, rota—. Tengo miedo. No sé cuánto tiempo ha pasado. No sé si mi mamá está sola ahora mismo.

Isabela la miró. Por primera vez, su expresión no era de desprecio ni de amenaza.

Era de duda.

—Porque en mi mundo —dijo con voz baja— nadie roba a los Grecovich y desaparece sin dejar rastro. Y porque necesito estar absolutamente segura de que no me mientes.

Amelia bajó la cabeza, vencida.

El encierro comenzaba a hacer estragos. La luz blanca constante. El frío del lugar. El silencio interrumpido solo por pasos lejanos. El miedo no era solo físico, era profundo, psicológico. Cada minuto allí la hacía sentirse más pequeña, más vulnerable.

—Por favor —susurró una vez más—. Yo no elegí a mi padre.

Isabela sostuvo su mirada durante largos segundos.

Luego habló, más para sí misma que para Amelia:

—En mi familia se castiga al culpable. No al daño colateral.

Se enderezó, recuperando parte de su firmeza.

—No traerán a tu madre aquí —dijo finalmente.

Amelia levantó la vista, incrédula.

—¿Lo… lo promete?

Isabela no usó esa palabra.

—Mientras no tenga pruebas de que está involucrada —respondió—, no se le tocará.

Hizo una seña a uno de sus hombres.

—Llévenla a una habitación —ordenó—. Nada de celdas. Que coma. Que duerma. Y quiero vigilancia, no maltrato.

Amelia fue desatada y conducida por un pasillo largo y frío. Cada paso la alejaba de su cafetería, de su vida… pero algo había cambiado.

Isabela se quedó sola en la bodega.

Pensando.

Porque por primera vez desde que asumió el peso del apellido Grecovich, una verdad incómoda se abría paso entre sus certezas:

Javier Ferrer era culpable.

Pero su hija… no.

Y en su mundo, eso lo cambiaba todo.

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