Raíces de putrefacción

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Sinopsis

La Putrefacción está despertando. Cuando una antigua corrupción comienza a extenderse por el mundo, Mireille Blackveil se ve arrastrada lejos de todo lo que conoce y obligada a enfrentarse a secretos que deberían haber permanecido enterrados. Mientras las cicatrices de un pasado olvidado resurgen y fuerzas ancestrales despiertan entre las sombras, Mireille descubrirá que algunas verdades son más peligrosas que cualquier monstruo. Porque hay raíces que nunca murieron. Y algo está intentando volver. Esta podría considerarse como continuación a la saga de Oro y Sangre, pero es una saga aparte por completo. Sólo quería aclarar eso, que por eso se repiten algunos personajes y así, pero es porque es en el mismo mundo/universo, pero es una historia completamente distinta jaja.

Estado:
Completado
Capítulos:
28
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n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El musgo húmedo y esponjoso cedía bajo el peso de mis pies descalzos, enviando un escalofrío delicioso desde mis talones hasta la base de mi nuca.

Me encantaba el bosque. Más que encantarme, lo sentía como una extensión de mi propio cuerpo. Mientras corría entre los inmensos pinos y los helechos oscuros de Roka, no necesitaba mirar el suelo para saber dónde pisar; la magia que latía en mis venas, densa, brillante y puramente creadora, cantaba en perfecta sintonía con la tierra. Podía sentir la savia subiendo por los troncos centenarios, el latido de las semillas enterradas esperando la primavera y el susurro de las raíces bajo la tierra.

No era una simple humana. Y, siendo completamente honesta, a veces me costaba mucho trabajo fingir que lo era.

Sabía que era especial. Tenía una cantidad de magia tan absurda y colosal corriendo por mi sistema que, si me lo proponía, podría haber hecho florecer un desierto entero en cuestión de horas. A veces pecaba de arrogante, lo admito; era difícil no sentirse el centro del universo cuando el mundo mismo parecía inclinarse para saludarte a cada paso. Pero en cuanto esos aires de grandeza asomaban por mi cabeza, siempre escuchaba las voces de mis padres. Mi madre, Seraphina, siempre me repetía que debía mantener los pies firmemente plantados en la tierra (irónicamente, yo me lo tomaba de forma literal andando descalza). Y mi padre, Sorin, con esa mirada suya que había visto el fin del mundo, me recordaba constantemente que la confianza ciega en el poder era el primer paso hacia la ruina.

«La magia no te hace invencible, Miri. Te hace responsable», me decía siempre.

Agité la cabeza, apartando los pensamientos serios, y dejé que una carcajada limpia se me escapara de los labios mientras saltaba por encima de un tronco caído. Me sentía libre, invencible a mi manera.

Me detuve de golpe al sentir un pequeño tirón mágico a mi derecha. Me acerqué a un cúmulo de rocas húmedas y sonreí al verla: una pequeña y rara flor de pétalos pálidos y hojas aserradas. Era la última planta que me faltaba de la interminable lista que mi madre me había dado esa mañana. La corté con cuidado, dejando la raíz intacta para que volviera a crecer, y la guardé en mi morral de cuero cruzado al pecho.

Misión cumplida.

Di media vuelta y emprendí el camino de regreso a casa a paso ligero, disfrutando de los últimos rayos de sol filtrándose entre las ramas.

En cuanto los árboles se abrieron y divisé nuestra propiedad en las afueras de Roka, el caos habitual me dio la bienvenida. La casa y el patio trasero estaban absolutamente abarrotados. Parecía que medio pueblo había decidido traer a sus animales ese día. Había caballos de tiro esperando bajo la sombra, un par de cabras amarradas al cerco y granjeros platicando entre ellos.

Todos venían buscando a mi padre. Para los reyes y las bestias antiguas del continente, Sorin era el Guardián, el hombre que mantenía el equilibrio del mundo a punta de espada y magia letal; pero aquí, en Roka, para los aldeanos que le pagaban con monedas de cobre o canastas de manzanas, él era simplemente Sorin, el hombre que curaba a los caballos y a las vacas. Un padre de familia, paciente y bastante barco. Era capaz de usar su magia inmensa para aliviar el dolor de un animal, pero también era estricto con sus propios principios: curaba lo que la enfermedad o el maltrato dañaban, pero jamás intervenía cuando se trataba de la edad. Si a una bestia ya le tocaba morir, él simplemente le daba paz, respetando el ciclo natural de la tierra.

Pasé por en medio del alboroto, esquivando a un granjero que cargaba un saco de grano. Me detuve un segundo para rascarle la cabeza a una vaca manchada que esperaba pacientemente su turno cerca de la bomba de agua, y luego me desvié hacia la parte lateral de la casa, empujando la puerta de madera que daba directo a la botica.

El olor penetrante a alcohol, romero triturado, cera de abejas y tierra seca me golpeó el rostro al instante.

El lugar estaba impecablemente ordenado, con estantes que llegaban hasta el techo, repletos de frascos de cristal oscuro y morteros de piedra. Y en el centro de todo, detrás de su gran mesa de roble, estaba ella.

Seraphina. Mi madre.

Estaba concentrada, moliendo algo en un cuenco de piedra con movimientos precisos. Era una mujer brillante, sumamente racional y estudiada; la antigua princesa que ahora administraba no solo la botica, sino las finanzas y el orden de toda nuestra caótica familia. Era cálida y amorosa, sí, pero también era el polo opuesto de mi padre en cuanto a disciplina. Ella no era barco. Y su mirada de halcón me interceptó en el segundo exacto en que puse un pie ensangrentado de lodo sobre el piso limpio de madera.

El sonido del mortero se detuvo. Mamá levantó la vista, y sus ojos esmeralda hicieron un escaneo rápido, letal y analítico de mi persona: desde mi cabello rubio lleno de ramitas, pasando por la tela de mi vestido manchado de polvo y savia, hasta llegar a mis pies completamente descalzos y cubiertos de tierra negra.

Su mirada severa era peor que cualquier regaño gritado.

— Zapatos, Mireille — Fue lo único que dijo. Su voz era tranquila, pero no admitía réplicas. — Y cámbiate ese vestido de inmediato, estás cubierta de tierra hasta las rodillas. Aquí preparamos medicinas, no lodo.

Dejé escapar un suspiro largo y dramático, soltando el morral de cuero sobre una mesa auxiliar.

— Mamá, pero es que voy muchísimo más rápido en el bosque si voy descalza — Intenté justificarme, usando el tono más convincente que tenía. — La magia fluye mejor si no tengo cuero entre la tierra y yo. Es práctico.

Seraphina ni siquiera parpadeó. No discutió, no alzó la voz ni me dio un sermón sobre la higiene. Simplemente bajó la mirada y volvió a frotar el pistilo contra el cuenco de piedra, retomando su trabajo con un rítmicoclack, clack, clack, ignorando olímpicamente mi excusa.

Ese era su superpoder. Sabía dialogar y negociar mejor que nadie, pero también sabía que con esa actitud de indiferencia materna me desarmaba por completo. Sabía que yo no tenía otra opción más que obedecer.

— Bien, bien. Ya voy — Refunfuñé por lo bajo. Dejé las plantas que había recolectado perfectamente separadas al lado de sus balanzas y salí de la botica, caminando de puntillas para no ensuciar más el suelo.

Crucé la sala principal y subí las escaleras de madera hacia la segunda planta.

Justo antes de llegar a mi habitación, pasé por la puerta entreabierta del cuarto de mi hermanito. Me detuve un segundo y asomé la cabeza.

Ardyn estaba sentado en el suelo, recargado contra el borde de su cama, con un trozo de carboncillo en la mano y un pergamino gastado sobre las rodillas. A sus nueve años, era el contraste absoluto de mi personalidad. Si yo era un huracán ruidoso que siempre quería estar afuera explorando, él era una tarde nublada. Introvertido, callado y siempre pegado a los faldones de mi madre o a la pierna de mi padre. No le gustaba aventurarse, prefería mil veces quedarse dentro de casa, en su burbuja de seguridad, dibujando en completo silencio.

A veces, no podía evitar sentir que mi luz (mi magia escandalosa y mi exceso de presencia) lo opacaba un poco, aunque jamás fuera mi intención. Él era un humano común y corriente, sin una sola chispa de magia en las venas.

— Oye, ¿no vas a bajar a ayudar a papá? — Le pregunté, recargándome en el marco de la puerta. — El patio está a reventar. Hay un montón de animales esperando.

Ardyn no despegó la vista de su dibujo. Sus trazos siguieron moviéndose despacio sobre el papel.

— No — Respondió, con una voz bajita y monótona. — No me gustan los animales.

Solté una carcajada, genuinamente divertida por lo absurdo de su afirmación.

— ¿Cómo que no te van a gustar, Ardyn? — Le dije, negando con la cabeza. — ¡Creciste aquí! ¡Literalmente vivimos en un lugar lleno de animales! Papá siempre huele a establo, y allá afuera hay un wyvern del tamaño de una casa que se la pasa roncando en nuestro jardín.

El niño finalmente detuvo su carboncillo. Soltó un suspirito pesado, de esos que parecen cargar con el peso del mundo entero, pero ni siquiera se molestó en mirarme.

— Lo sé — Murmuró, encogiéndose un poco de hombros, antes de volver a trazar sombras en su pergamino.

Esa fue toda la conversación que me concedió. Sacudí la cabeza, sonriendo con cariño ante lo rarito y ermitaño que podía llegar a ser mi hermanito, y lo dejé en su paz.

Caminé hacia mi propia habitación. Me quité el vestido sucio, me limpié los pies con un trapo húmedo y, con toda la pesadez del mundo, me puse un vestido de lino limpio y un par de zapatos de cuero suave. Lista para volver a bajar y pretender que era una señorita civilizada.

Masticaba un trozo de pan, escuchando a medias la conversación de mis padres sobre la botica, cuando lo sentí.

No fue un sonido en la habitación, ni una vibración en el suelo de madera. Fue una sacudida directa en el centro de mi pecho, un eco denso que reverberó por todas mis venas mágicas. El bocado se me atoró en la garganta.

Y entonces, escuché la voz.

Hacían más de seis años que no la escuchaba, pero era imposible olvidar esa frecuencia. Era la voz del Dragón. El creador del mundo, la entidad inmensa que me había guiado y enseñado a moldear mi poder cuando apenas era una niña. Papá siempre me dijo que, si el Dragón había dejado de hablarme, era porque todo estaba en perfecto equilibrio y porque yo por fin tenía mi magia bajo control. Y yo le creí. Después de todo, él era el Guardián. Él sabía mejor que nadie cómo funcionaba la Raíz.

Pero la voz que resonó en mi cabeza esta vez no era la presencia colosal y autoritaria de mis recuerdos.

«Mireille, yo...»

Eso fue todo. La voz se quebró, desvaneciéndose en un susurro frágil, ahogado. Sonaba... débil. Cansado. Tan lejano que sentí un escalofrío de puro terror recorriéndome la espalda. Como si le estuviera pasando algo terrible.

Me puse de pie de un salto. La silla de madera raspó violentamente contra el suelo, cayendo hacia atrás con un golpe sordo.

— ¡Miri! — Exclamó mamá de inmediato, dejando caer su cuchara. Sus ojos esmeralda me escanearon con preocupación. — ¿Qué pasa? ¿Te atragantaste?

No le respondí. Ni siquiera podía mirarla. Giré el rostro directamente hacia papá, completamente pálida e impactada. Mis manos temblaban apoyadas sobre la mesa.

Al ver mi expresión, papá no hizo preguntas. Supo al instante que algo andaba mal. Se levantó de golpe, la silla rechinando tras él, y en dos zancadas ya estaba a mi lado. Me tomó por los hombros con sus manos grandes y cálidas, mirándome con esa intensidad azul y protectora que usaba cuando el peligro estaba cerca.

— Miri, ¿qué tienes? — Me preguntó, su voz grave bajando una octava. — Mírame. ¿Qué pasa?

Tragué saliva con dificultad, sintiendo que el corazón me martilleaba en la garganta.

— ¿No... no lo sentiste? — Le pregunté, con la voz temblorosa. Sabía que él había podido escuchar al Dragón años atrás, cuando se comunicaba conmigo en la cueva. Él compartía la conexión. — ¿No lo escuchaste, papá?

Papá frunció el ceño profundamente. La confusión reemplazó la alerta en sus ojos.

— ¿Escuchar qué, Miri? No he sentido nada.

Tomé una bocanada de aire temblorosa, aferrándome a sus brazos.

— Fue el Dragón — Le confesé. La sorpresa cruzó el rostro de mi madre a unos metros de nosotros, y Ardyn, que hasta ese momento comía en silencio, dejó de masticar para mirarme con los ojos muy abiertos. — Me acaba de hablar.

Las manos de papá se tensaron sobre mis hombros.

— ¿Qué te dijo? — Preguntó rápido, su tono volviéndose más urgente.

— Nada. No terminó — Negué con la cabeza frenéticamente. — Solo dijo mi nombre, pero... papá, no sonaba bien. Sonaba débil. Lejano. Como si estuviera sufriendo, como si le hubiera pasado algo malo.

Papá se quedó en silencio por una fracción de segundo, procesando la información. Luego, como si una parte de él se negara rotundamente a aceptar que el mundo estuviera en peligro otra vez, su expresión se suavizó. Sus manos aflojaron el agarre en mis hombros y empezó a frotarme los brazos de arriba a abajo, intentando reconfortarme.

— Tranquila, mi amor. Todo debe estar bien — Me dijo, con una calma que me pareció asquerosamente artificial en ese momento. — Tal vez solo quería comunicarse contigo para ver cómo estabas, y simplemente... se distrajo con algo más en la Raíz, o cortó la conexión.

Lo miré, incrédula. ¿Estaba hablando en serio?

— ¿Se distrajo? — Le repliqué, alzando un poco la voz. — Papá, es un Dragón del tamaño de la tierra ancestral. Es el creador de todo. ¡Esa cosa no se distrae! Te juro que no sonaba como siempre. Algo anda mal.

Papá cerró los ojos un instante, suspirando. Cuando volvió a mirarme, su rostro mostraba esa paciencia lógica y terca del Guardián.

— Miri, si a la Raíz o al creador del mundo le estuviera pasando algo, yo sería el primero en saberlo — Me explicó, con un tono firme. — Mi núcleo está conectado al planeta. Si hubiera un desequilibrio, si alguien estuviera lastimando a la tierra, yo sentiría el dolor en mis propias venas. Y no siento absolutamente nada. Todo está en paz.

Se detuvo, midiendo sus siguientes palabras con cuidado.

— Tal vez... tal vez no fue él quien falló, Miri — Sugirió, bajando la voz. — A lo mejor fue una fluctuación en tu propia magia. Llevas días frustrada porque crees que no controlas bien las cosas, y tu poder es inmenso. A veces, cuando la magia de creación tiene picos, puede generar ecos o distorsionar lo que sientes. Si yo no siento que el mundo se caiga a pedazos, es porque el mundo está bien.

Me quedé en silencio, mirándolo a los ojos, sintiendo cómo mis propias barreras chocaban contra su lógica.

Tenía sentido. Odiaba admitirlo, pero tenía todo el maldito sentido del mundo. Él era el Guardián. La conexión de papá con la tierra era absoluta. Si el Dragón, una entidad tan vieja e indestructible, estuviera sufriendo o muriendo, la tierra entera estaría temblando. Los ríos se secarían, las plantas morirían, y papá estaría retorciéndose de dolor. Y sin embargo, todo estaba en calma. Ardyn seguía mirándome desde la mesa en un comedor cálido, y mamá respiraba aliviada al escuchar la explicación de papá.

¿Cómo iba a estar en peligro el creador de todo? Y si lo estuviera, ¿por qué demonios me hablaría a mí, una simple humana de veinte años, en lugar de a su Guardián?

Tragué el nudo en mi garganta y asentí despacio, soltando el agarre de los brazos de mi padre.

— Sí... sí, supongo que tienes razón — Murmuré, bajando la vista hacia el suelo de madera.

Papá me dio un beso suave en la frente y me acomodó la silla para que me volviera a sentar. La cena continuó, y mamá rápidamente intentó desviar la conversación hacia cosas más triviales para aligerar el ambiente, pero yo ya no probé ni un solo bocado de mi comida.

Su lógica me había tranquilizado sobre el fin del mundo, sí... pero me había abierto un abismo de terror completamente nuevo.

Si el Dragón estaba bien... entonces la que estaba mal era yo.

Me miré las palmas de las manos, temblando ligeramente bajo la mesa. ¿Mi magia estaba fallando? ¿Estaba teniendo fluctuaciones tan grandes que mi propia mente estaba creando ecos falsos? El pánico me cerró el estómago. Desde que tenía memoria, mi magia lo había sido todo. Era mi orgullo, era lo que me conectaba con mi padre, era lo que me hacía sentir especial en este pueblo ordinario.

Si mis canales mágicos se estaban rompiendo... si empezaba a perder el control, o peor, si estaba perdiendo mi magia por completo...

Apreté los puños bajo la madera, sintiendo que el aire me faltaba. No podía perderla. Simplemente no sabría cómo vivir sin ella.

Las horas pasaron, pero el sueño se negaba a darme tregua.

Daba vueltas en mi cama, enredada en las sábanas, con la mirada clavada en las vigas de madera del techo. La conversación en la cena seguía repitiéndose en mi cabeza como un eco tortuoso. Las palabras de mi padre, siempre tan lógico y protector, intentaban convencerme de que el mundo estaba en paz. Pero el miedo a estar perdiendo la cabeza (o peor, a estar perdiendo mi magia) me carcomía las entrañas. Yo no era Mireille sin mi poder. Era lo que me definía, lo que me hacía sentir viva.

Estaba a punto de rendirme y dejar que el cansancio finalmente me cerrara los párpados cuando, de golpe, lo sentí.

No fue un susurro lejano esta vez. Fue un impacto físico. Las “venas” de la tierra, esa red de energía invisible que normalmente solo sentía cuando caminaba descalza sobre el musgo o la tierra húmeda, latieron directamente dentro de mi pecho. Pero no era el pulso rítmico y calmado de siempre. Era un latido frenético. Acelerado. Violento.

Abrí los ojos de par en par, sentándome de golpe en el colchón. Mi respiración se agitó.

Algo estaba pasando. Y esta vez, no era una simple fluctuación.

Me deslicé fuera de la cama con un cuidado extremo para no hacer rechinar los resortes. Mis pies descalzos tocaron la madera fría del suelo. Sabía que papá tenía el sueño increíblemente ligero, y si lo despertaba, se desataría un interrogatorio militar. No quería alarmar a nadie. Si esto resultaba ser solo otra falla de mi propia magia, otra jugada de mi mente asustada, prefería lidiar con la decepción yo sola.

Caminé de puntillas por el pasillo, pasando en silencio por la puerta cerrada de mis padres y la de Ardyn. El pulso en mi interior actuaba como una brújula errática, tirando de mí hacia la planta baja. Bajé las escaleras esquivando los escalones que sabía que crujían, crucé la sala de estar a oscuras y, guiada puramente por la intuición y ese latido desbocado, quité el cerrojo de la puerta principal.

Salí al porche.

La noche estaba despejada y la luz plateada de la luna bañaba la entrada de nuestra casa y el camino de tierra, proyectando sombras largas y nítidas. Entrecerré los ojos, escudriñando la oscuridad más allá de la cerca, buscando el origen de esa alteración mágica.

Pero no había absolutamente nada.

Ni un animal asustado, ni una rama rota, ni una sola chispa de energía visible. El patio estaba tan silencioso y desierto como siempre. Me abracé a mí misma, frotándome los brazos. El pánico volvió a asentarse en mi estómago. ¿Me estaba volviendo loca? ¿Acaso mi conexión con la Raíz se estaba rompiendo y mi cerebro intentaba compensarlo inventando señales? Ambas opciones me daban un terror paralizante.

Me quedé ahí de pie durante unos largos y agonizantes minutos, esperando que algo, lo que fuera, justificara el tamborileo en mi pecho. Nada ocurrió.

Fue entonces cuando una ráfaga de viento helado me golpeó de lleno. El frío me hizo dar un respingo y me sacó de mi trance. Bajé la mirada y me di cuenta de lo ridícula que debía verme: parada a mitad de la madrugada, temblando, vistiendo únicamente mi pijama de lino delgado y con los pies descalzos sobre la tierra helada del porche.

Suficiente, me dije a mí misma, suspirando con derrota.Regresa a la cama antes de que te congeles.

Di media vuelta, arrastrando los pies para volver a entrar a la casa.

Crack.

El sonido de una rama rompiéndose a mis espaldas fue tan nítido que me congeló la sangre. Un paso pesado, arrastrado.

Me giré sobre mis talones con la velocidad de un relámpago, invocando instintivamente la magia en mis manos, lista para defenderme.

Y entonces lo vi.

Una silueta colosal se alzó frente a mí, bloqueando por completo la luz de la luna. Apenas estaba a dos pasos de distancia. Era un humanoide, pero su tamaño era absurdo; era muchísimo más alto y ancho que mi padre, una auténtica montaña de músculos recortándose contra la oscuridad.

Mi mente gritó en alerta. ¡Un ladrón! ¡Un mercenario enorme que venía a saquear la casa o a secuestrarme!

Estuve a una fracción de segundo de lanzarle una ráfaga de pura energía creadora para mandarlo a volar hasta los árboles, pero antes de que pudiera mover un solo dedo, la inmensa figura se tambaleó. Un sonido ahogado, ronco y lleno de agonía, escapó de su garganta, y la montaña de músculos se desplomó hacia adelante, cayendo a plomo directamente sobre mí.

El instinto me ganó a la lógica. En lugar de apartarme y dejar que se estrellara contra la tierra endurecida, levanté ambos brazos para sostenerlo.

El impacto fue brutal. El peso de aquel forastero era descomunal, denso como si estuviera hecho de piedra maciza. Mis rodillas cedieron al instante bajo la inercia, chocando violentamente contra la tierra del patio con un golpe sordo que me sacó un quejido. El aire abandonó mis pulmones por completo, pero logré meter los brazos bajo sus hombros, evitando que su cabeza se estrellara contra el suelo.

Me quedé ahí, de rodillas en la tierra, jadeando y aplastada bajo la mitad de su peso, con el corazón latiéndome a mil por hora.

— ¡Dioses, pesas una tonelada! — Murmuré entre dientes, haciendo un esfuerzo titánico para acomodarlo.

Preocupada de que estuviera gravemente herido o muerto, empujé con cuidado su pesado torso, utilizando mi hombro y mi brazo para lograr girarlo boca arriba sobre la tierra iluminada.

En cuanto la luz plateada de la luna acarició su rostro y su cuerpo, el aliento se me cortó en la garganta.

Mis manos temblaron sobre su pecho. No era un mercenario. No era un simple forastero enfermo.

Bajo la tenue luz, pude ver la textura de su piel. Donde la ropa rasgada dejaba la carne al descubierto, no había simple piel humana. Estaba recubierta por gruesas y perfectas escamas de un color café arena, integradas de manera natural y salvaje a lo largo de sus brazos increíblemente fornidos y parte de su cuello. Sus facciones eran afiladas, varoniles y absurdamente atractivas, casi esculpidas con una dureza arrogante que ni siquiera la inconsciencia lograba borrar.

Pero lo que me dejó completamente helada, con los ojos desorbitados y las manos manchadas por un líquido oscuro que supuraba de sus heridas, fue la energía que emanaba.

Ese latido errático, rápido y moribundo que yo había estado sintiendo en mi habitación... venía de él.

Me quedé de rodillas, mirándolo fijamente, con el pulso zumbándome en los oídos. ¿Qué demonios era esta criatura?

Aún sin pensarlo bien, la adrenalina tomó el control de mi cuerpo. Era absurdo intentar cargar a un hombre que fácilmente me doblaba en peso y tamaño, pero el pánico de tener un cadáver en mi jardín me dio una fuerza que no sabía que tenía. Lo agarré por debajo de los brazos y tiré de él. Inconscientemente, sentí cómo un hilo de mi propia magia fluía por mis músculos, aligerando la carga, permitiéndome arrastrar su enorme cuerpo cubierto de escamas a través del pasto hasta la puerta lateral de la botica.

Logré empujar la puerta con el pie y lo metí a rastras, dejándolo caer con un golpe sordo sobre el suelo de madera.

Estábamos en la oscuridad más absoluta, rodeados por el olor familiar a romero, lavanda y alcohol. Mis manos temblaban tanto que apenas podía coordinar mis movimientos. Me puse de pie a trompicones y empecé a buscar a ciegas en las estanterías de mi madre. Mi respiración era un jadeo ruidoso en el silencio de la habitación. Mis dedos rozaron varios frascos de cristal hasta que la memoria muscular me salvó: reconocí la forma ancha de la botella del ungüento fuerte, el que usábamos para cerrar heridas profundas y detener hemorragias.

Me dejé caer de rodillas junto a él, destapé el frasco con los dientes y vertí el líquido espeso directamente sobre los tajos abiertos en su pecho y brazos.

El hombre soltó un quejido ronco y profundo, moviendo la cabeza con pesadez.

Solté un suspiro de alivio. Estaba vivo. Al menos respiraba y sentía dolor, lo que significaba que la medicina haría su trabajo. Pero la oscuridad no me dejaba ver qué tan grave era el daño, así que me puse de pie nuevamente, palpando la mesa hasta encontrar el yesquero y una vela.

Golpeé el pedernal. Una, dos veces. A la tercera, la chispa encendió la mecha y una débil luz ámbar iluminó el desastre.

Me quedé helada. La vela casi se me resbala de las manos.

La herida no se estaba cerrando. De hecho, el ungüento parecía haberse evaporado al contacto con su piel. El hombre seguía sangrando profusamente, pero lo que brotaba de su cuerpo no era sangre normal; era un líquido oscuro, denso y enfermizo, algo que apestaba a podredumbre y muerte. Estaba empapando el suelo de madera de la botica. A ese ritmo, no importaba cuánta medicina le echara encima, se iba a desangrar hasta la última gota en cuestión de minutos. No iba a sobrevivir.

No, no, no. No podía morir aquí, en mi casa.

Y entonces, lo sentí. Un tirón magnético, físico y abrumador en el centro de mi pecho. Mi propia magia de creación latía con una violencia desmedida, rogando salir, arrastrándome hacia él como si su cuerpo agonizante fuera un imán para mi poder. Era tan obvio que me sentí estúpida por no haberlo pensado en el primer milisegundo. Yo podía curarlo. Yo tenía el poder para cerrar esa herida.

Pero la voz de mi padre hizo eco en mi cabeza, estricta y severa:“Jamás uses tu magia en personas, Mireille. Jamás. Romper el ciclo de un humano tiene un precio que no quieres pagar”. Mamá había sido igual de tajante. Estaba estrictamente prohibido.

Miré el charco oscuro extendiéndose por la madera y luego el rostro afilado y pálido del forastero, que respiraba con una dificultad agonizante. A la mierda las reglas. No podía simplemente quedarme parada viéndolo morir cuando tenía la salvación literal en la punta de los dedos.

Dejé la vela en el suelo, me arrodillé a su lado y, temblando como una hoja, coloqué ambas palmas directamente sobre el pecho ancho y cubierto de escamas del hombre. Jamás había curado a nadie. Mi corazón golpeaba contra mis costillas con tanta fuerza que me mareaba. Cerré los ojos, respiré hondo y me concentré en abrir mis canales, buscando ese fuego brillante y puro que siempre bullía en mi interior.

Apenas dejé fluir la magia. Fue solo un roce. Una chispa minúscula de mi energía creadora entrando en contacto con su piel herida.

La reacción fue explosiva.

El hombre no suspiró ni se relajó. Soltó un jadeo gutural y se incorporó de golpe, como si le hubieran inyectado un rayo directamente en el corazón.

El terror me paralizó. Solté un grito ahogado y me arrastré hacia atrás a una velocidad ridícula, arrastrando las manos y los pies por el suelo de madera hasta que mi espalda chocó violentamente contra la base de la mesa de roble. Me quedé ahí, encogida, aguantando el aire, con los ojos muy abiertos por el pánico. Era inmenso. Y ahora que estaba incorporado, su presencia llenaba la habitación con una presión tan densa que sentí que el techo se me venía encima.

El forastero tenía el pecho subiendo y bajando bruscamente. Giró la cabeza hacia mí, ubicando el origen de la magia que acababa de tocarlo.

Y entonces, a la luz parpadeante de la vela, nuestros ojos se encontraron.

El aire se me escapó de los pulmones. Me quedé absolutamente muda, clavada en mi sitio. Sus ojos no eran humanos. El iris era de un color amarillo ardiente, un dorado líquido y brillante como oro fundido, atravesado por una pupila negra y vertical, afilada como una cuchilla.

Conocía esa mirada. La había sentido en el fondo de mi mente cuando era una niña. La había visto en los destellos de mis propios sueños y en las historias que mi padre me contaba sobre el fin del mundo.

El Dragón.

Yo nunca lo había visto en persona. Bueno, técnicamente sí, cuando era apenas una recién nacida, pero claramente mi cerebro no guardaba ningún recuerdo de aquello. Según las historias que mis padres me contaban en voz baja, el Dragón era una entidad inmensa, una criatura colosal del tamaño de una montaña cuyas raíces sostenían el planeta entero. Así que, ¿por qué demonios estaba ahí, frente a mí, atrapado en una forma humanoide que sangraba en el suelo de la botica de mi madre?

El hombre (el dios, el Dragón, lo que fuera) se apoyó sobre una rodilla y luego se puso de pie, irguiéndose en toda su imponente estatura. A pesar de estar herido y cubierto de esa sustancia negra y enfermiza, se movió con una confianza y una gracia letal que me obligó a encogerme aún más contra la madera de la mesa. Retrocedí arrastrando las manos, pero ya no había a dónde huir; estaba acorralada.

Se acercó a mí a paso lento, y cuando habló, el aire de la pequeña habitación pareció volverse pesado y denso.

— Mireille — Pronunció.

Sí. Era su voz. Era el mismo eco antiguo y vibrante que solía escuchar en mi cabeza cuando era una niña pequeña.

— Has crecido — Añadió, ladeando un poco la cabeza mientras me escrutaba de arriba a abajo con esos ojos dorados de pupila vertical.

Yo no podía sacar ni una sola palabra. Estaba más que impactada; mi cerebro simplemente había dejado de funcionar. Según mi padre, el actual Guardián, el Dragón era una deidad escondida en los rincones más profundos e inaccesibles del mundo. ¿Por qué estaba en mi casa? Y lo más incomprensible de todo: ¿por qué el creador de la vida y la magia estaba herido? ¿Siquiera era posible que algo así sangrara?

Pensé que estaba soñando. Tenía que ser una pesadilla, o tal vez me había golpeado la cabeza al levantarme de la cama.

Llevada por un impulso ciego y completamente irracional, levanté mi mano derecha temblorosa y acerqué los dedos a su rostro. Él no se apartó al principio, solo me observó con una mezcla de curiosidad y desdén. Rocé su mejilla. La textura áspera de las escamas color café arena se sintió rasposa bajo mis yemas, irradiando una calidez antinatural, como si estuviera tocando la piedra de un horno encendido. Era muy, muy real.

En cuanto asimilé el tacto, él hizo una mueca de evidente desagrado. Levantó su propia mano y, con un manotazo seco y rápido, apartó la mía de su cara.

— Quita esa expresión de idiotez de tu rostro — Me espetó, con una voz áspera y carente de cualquier atisbo de amabilidad. — Soy real y estoy aquí.

Me froté el dorso de la mano instintivamente por el golpe, tragando saliva con tanta dificultad que sentí la garganta rasparme.

— ¿Por qué? — Fue lo único que mi cerebro colapsado logró articular en un susurro frágil.

Él enarcó una ceja, mirándome con una arrogancia que me hizo hervir la sangre casi de inmediato.

— ¿Por qué qué? — Replicó, cruzándose de brazos a pesar del líquido oscuro que aún manchaba su torso. — ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué estoy contigo? ¿O por qué eres idiota?

Esa última frase fue el detonante. Ser llamada “idiota” dos veces en menos de un minuto rompió por completo el hechizo de terror reverencial en el que me encontraba atrapada. Toda la impresión de estar frente a una deidad ancestral se evaporó, reemplazada por la misma chispa de terquedad e indignación que caracterizaba a mi madre.

Me impulsé hacia adelante, separando la espalda de la pata de la mesa, y me puse de pie. Aún me sacaba al menos dos cabezas de altura, pero alcé la barbilla y lo fulminé con la mirada.

— Pregunto por qué demonios el gran Dragón, el creador de todo, está metido en mi casa sangrando en el piso — Le exigí saber, sin molestarme en ocultar el tono hostil.

No pareció inmutarse por mi cambio de actitud. Mantuvo esa postura altiva, mirándome por encima del hombro.

— Para lograr mantener a salvo el mundo entero — Respondió, con una solemnidad fría y cortante.

¿Qué? Arrugué el entrecejo, completamente perdida. ¿De qué demonios hablaba? El mundo estaba en perfecto equilibrio, o al menos eso era lo que mi padre aseguraba todos los días.

— No... me refiero a por qué estás aquí. Frente a mí — Le aclaré, señalando el espacio entre nosotros con ambas manos.

La expresión del dios flaqueó apenas un milímetro. La arrogancia en sus ojos dorados dio paso a un destello de confusión genuina, como si admitir lo siguiente le causara un dolor físico.

— Ni yo mismo lo comprendo — Murmuró, bajando un poco el tono, aunque su voz seguía resonando con esa autoridad pesada. — Tomé esta forma pequeña para poder movilizarme, pero... no sé por qué fui guiado a ti.

Me crucé de brazos, sintiendo que un dolor de cabeza empezaba a palpitarme en las sienes. Seguía sin entender absolutamente nada. ¿Por qué demonios hablaba de forma tan críptica y extraña? ¿“Tomar esta forma pequeña”? Todo sonaba a acertijos viejos y yo no tenía la paciencia para adivinanzas a mitad de la madrugada, especialmente cuando tenía a mis padres durmiendo a unos metros, listos para despertar y hacer un escándalo por el extraño escondido en nuestra botica.

Me crucé de brazos, negándome a dejarlo escapar tan fácilmente.

— ¿A qué te refieres con “forma pequeña”? — Le exigí saber, dando un paso hacia él. — ¿Y de qué exactamente estás salvando al mundo? Mi padre dice que todo está en perfecto equilibrio.

El Dragón paseó su mirada dorada por las paredes de la botica, observando los frascos de cristal y los manojos de hierbas con evidente desdén. Luego, volvió a clavar esos inmensos ojos de pupila vertical en mí.

— Debo irme. No puedo quedarme aquí.

Y sin decir una sola palabra más, se dio la media vuelta.

— ¡Oye, espera! ¡Estás herido! — Le advertí, señalando el desastre de líquido oscuro que manchaba su torso y las maderas del piso.

— Se curará en unas horas — Respondió con una frialdad tajante, avanzando hacia la puerta lateral por la que lo había arrastrado.

— ¡Hace un par de minutos ni siquiera podías mantenerte de pie! — Le recriminé, incrédula ante su nivel de terquedad.

Me ignoró por completo. Empujó la puerta y salió al frío de la madrugada, caminando con la espalda recta y una confianza arrogante que me sacó de quicio. La molestia me hirvió en la sangre. No iba a dejar que irrumpiera en mi casa, sangrara su extraña podredumbre en el piso de mi madre y luego se largara sin darme una sola respuesta lógica.

Lo seguí. Sin pensarlo dos veces, salí detrás de él, pisando la tierra helada del patio trasero, importándome un carajo que estuviera únicamente en mi camisón de dormir, descalza y con las manos manchadas de su asquerosa sangre.

— ¡Por algo fuiste hacia mí! — Le grité en un susurro fuerte, apresurando el paso para no perderle el rastro mientras él se adentraba hacia el linde del bosque. — ¡Yo sentí tu presencia! ¡Sentí que me llamabas!

Nada. Siguió caminando erguido, con pasos largos y pesados, sin siquiera girar la cabeza para mirarme. Y yo, por alguna estúpida razón impulsada por mi propia terquedad, continué siguiéndolo entre los árboles, pisando hojas secas y ramas húmedas con los pies descalzos.

— ¿Qué es lo que está pasando en el mundo? — Seguí insistiendo, esquivando un arbusto para intentar darle alcance. — Y si es tan grave, ¿por qué no le dices a mi padre? ¡Él es el Guardián! ¡Es su trabajo solucionar estas cosas!

Silencio. El maldito dios no emitió ni un solo sonido.

— No puedes irte solo así — Le reclamé, mi frustración creciendo peligrosamente con cada paso que dábamos en la oscuridad. — Yo sé que algo más está pasando. Lo sentí en mi magia. Tal vez... tal vez yo pueda ayudar.

Absolutamente nada. Ni un gruñido, ni un gesto. Su indiferencia me estaba volviendo loca. El enojo me nubló el juicio y aceleré el paso, dispuesta a correr para pararme justo frente a él y obligarlo a que me mirara a la cara.

Y entonces, se detuvo en seco.

Yo venía tan rápido y tan concentrada en mis reclamos que no tuve tiempo de frenar. Choqué de frente contra su espalda. Fue literalmente como estrellarse contra un muro de piedra sólida cubierto de escamas ásperas. Solté un quejido, frotándome la nariz golpeada, a punto de soltarle el regaño de su vida por frenar así.

Pero antes de que pudiera abrir la boca, él dejó escapar un gemido ahogado.

Toda esa postura altiva, arrogante e intocable se desmoronó en un segundo. El Dragón cayó pesadamente de rodillas sobre la tierra húmeda, soltando un quejido ronco, casi animal, cargado de un dolor puramente agonizante. Se encorvó sobre sí mismo y se llevó ambas manos al pecho, aferrándose a su propio torso con desesperación, como si intentara arrancarse algo de adentro.

El enojo se me evaporó de golpe, reemplazado por la alarma pura.

— ¿Qué...? ¿Qué pasa? — Pregunté, arrodillándome rápidamente a su lado en el lodo y las hojas frías.

Intenté buscar la fuente de su dolor. Quise ver si los tajos que le había curado a medias en la botica se habían vuelto a abrir, pero su piel escamosa ya no supuraba ese líquido negro y espeso. Ya no estaba sangrando.

Sin embargo, él seguía apretándose el centro del pecho con las manos tensas, respirando de forma errática, como si se estuviera asfixiando. Ahí no tenía nada. No había ninguna herida visible, ni un corte, ni un impacto externo en esa zona de su torso.

Lo miré retorcerse, completamente perdida y aterrada. No entendía qué le estaba pasando, ni qué diablos lo estaba atacando desde adentro. Mis manos revolotearon sobre él, temblando de impotencia, sin tener la más mínima idea de cómo podía ayudar al creador del mundo si ni siquiera podía ver qué lo estaba matando.

Sin saber qué más hacer, guiada por la desesperación de verlo retorcerse de esa manera, volví a plantar mis dos manos desnudas directamente sobre la piel escamosa de su pecho.

Cerré los ojos y empujé mi magia hacia él.

Pero esta vez no fue como en la botica, donde solo dejé caer una chispa. En cuanto mis canales se abrieron, no tuve que empujar el poder; él me lo arrebató. Sentí como si hubiera metido las manos en un torbellino, un abismo hambriento que comenzó a succionar mi energía creadora a una velocidad aterradora. El fuego puro y brillante que siempre habitaba en mis venas fue drenado en oleadas masivas, canalizándose hacia el interior de ese cuerpo colosal.

Poco a poco, los quejidos animales del Dragón fueron disminuyendo. Sus músculos, tensos como cuerdas a punto de reventar, comenzaron a relajarse bajo mis palmas. Finalmente, dejó de quejarse por completo.

Rompí el contacto y me separé de un tirón, pero el mundo entero dio vueltas a mi alrededor.

Un mareo brutal, oscuro y asfixiante, me golpeó la base del cráneo. Nunca en toda mi vida me había sentido así. Mis brazos temblaban sin control y mis rodillas perdieron toda su fuerza. El Dragón no solo había tomado un poco de mi energía; me había dejado prácticamente vacía, drenando en segundos una cantidad de magia que a mí me habría tomado días agotar.

La visión se me nubló. Completamente exhausta y sin poder sostener mi propio peso, me fui hacia adelante, cayendo directamente hacia él. Esperaba chocar contra su pecho o que al menos extendiera un brazo para detener mi caída.

Pero el creador del mundo simplemente hizo a un lado su cuerpo.

Sin el más mínimo rastro de empatía, se movió unos centímetros, dejándome pasar de largo. Mi rostro chocó de lleno contra la tierra mojada. El sabor a lodo helado y hojas podridas me llenó la boca, y el golpe me sacó el poco aire que me quedaba en los pulmones.

Escupí la tierra, tosiendo y luchando por abrir los ojos, mientras escuchaba su voz resonar por encima de mí.

— ¿Por qué? — Preguntó en voz alta, dirigiéndose más al aire que a mí. Su tono era gélido, formal y cargado de un desdén ancestral. — ¿Por qué una criatura tan efímera y primitiva posee la capacidad de apaciguar mi agonía? Es ilógico. Las motas de polvo no deberían albergar la cura de los dioses.

No tuve la fuerza para contestarle la insolencia. Apenas lograba mantener los ojos abiertos.

El viento en el bosque comenzó a aullar con más fuerza, agitando las ramas de los pinos y levantando las hojas muertas en pequeños remolinos a nuestro alrededor. Escuché el crujido de sus pies desnudos sobre la tierra. El Dragón no me estaba mirando; tenía el rostro alzado hacia el cielo nocturno, con sus inmensos ojos dorados entrecerrados, pensativo, observando las nubes grises que ocultaban la luna como si estuviera leyendo en ellas una sentencia de muerte.

Apoyé las palmas temblorosas en el suelo y, haciendo un esfuerzo que me hizo rechinar los dientes, logré empujarme hasta quedar sobre mis rodillas. Estaba cubierta de lodo, empapada en sudor frío, y la cabeza me palpitaba con un dolor agudo.

— ¿Qué... qué es lo que te pasa? — Logré articular, con la voz rasposa, limpiándome la boca con el dorso de la mano temblorosa. Lo miré desde abajo, desafiando mi propio agotamiento. — Eres el creador. Nada puede lastimarte. ¿Por qué estás experimentando tanto dolor?

El Dragón bajó la mirada lentamente. Esos ojos reptilianos, de pupila vertical y fuego líquido, se clavaron en mí con una frialdad que me congeló la sangre. Me observó como un erudito miraría a un insecto particularmente molesto que acaba de hacerle una pregunta compleja.

— Las pestes mortales como tu raza no tienen el derecho, ni la capacidad mental, para comprender la magnitud de lo que ocurre — Respondió, con una condescendencia que destilaba siglos de arrogancia. Hizo una pausa, y su expresión se endureció ligeramente. — Pero... tú eres la única aberración de barro que camina con la savia de la Creación fluyendo por sus venas. Tal vez tú puedas atisbar la verdad sin que tu frágil mente se haga pedazos.

Antes de que pudiera procesar el insulto o prepararme, se movió.

Fue una velocidad antinatural. En un parpadeo, el dios colosal acortó la distancia entre nosotros. Se agachó frente a mí y, en un movimiento brusco y dominante que no pude esquivar, hundió su enorme mano en mi nuca. Sus largos dedos se enredaron en mi cabello rubio, aferrándome con una fuerza inquebrantable, y tiró de mí hacia el frente.

Chocó su frente directamente contra la mía.

En cuanto el calor abrasador de sus escamas tocó mi piel, el bosque desapareció. La noche se desvaneció. El sonido del viento fue reemplazado por un rugido sordo y cósmico que me reventó los oídos.

No me lo explicó con palabras. Me lo metió a la fuerza directamente en el cerebro.

Las visiones me golpearon con la furia de un maremoto. Vi la oscuridad absoluta, un vacío insondable, infinito y hambriento. Y en el centro de ese abismo, vi a la Raíz. Vi alverdaderoDragón: una montaña de roca, magma y raíces esmeraldas, tan inmenso que su cuerpo sostenía la corteza misma del planeta. Estaba enroscado sobre sí mismo, sirviendo de jaula viva para mantener encerrado algo que latía en el núcleo.

Pero la jaula se estaba rompiendo.

Mi mente gritó de dolor al procesar las imágenes. Vi una sustancia viscosa, negra y purulenta, como un alquitrán aceitoso que apestaba a muerte pura. No era magia oscura. Eraantimagia. Era el silencio. El vacío. La nada consumiéndolo todo.

Vi esa Putrefacción Primordial devorando las escamas del Dragón desde adentro hacia afuera. Vi cómo se arrastraba por las inmensas raíces esmeraldas que conectaban al mundo, pudriendo la luz, convirtiendo la creación en cenizas asquerosas y frías. Sentí la agonía del dios. Una agonía constante, insoportable, de ser devorado vivo milímetro a milímetro por un cáncer cósmico que no se podía matar, porque no estaba vivo. Era la descomposición misma del universo.

La Putrefacción no quería gobernar el mundo. Quería deshacer la existencia. Y estaba ganando.

El volumen de información, la escala del horror y el dolor puro de esa entidad se sobrepusieron a mis sentidos. Sentí que el cráneo se me partía en dos, como si me hubieran inyectado ácido directamente en el cerebro. Solté un grito desgarrador que se perdió en el vacío de la visión, incapaz de soportar el peso de sostener la verdad de un dios dentro de mi frágil mente humana.

El contacto se rompió de golpe. Caí hacia atrás, apoyando las manos en el lodo helado mientras mi cabeza palpitaba con una violencia brutal. No sabía cómo demonios había logrado entender todo eso con simples imágenes, sin una sola palabra de por medio, pero lo había hecho. El horror de esa negrura devorándolo desde adentro se me había quedado grabado en los párpados.

Aún con el dolor taladrándome las sienes, levanté la vista hacia él.

— ¿Por qué? — Logré articular, con la respiración entrecortada. — ¿Cómo... cómo es posible algo así?

El Dragón no me miró. Se puso de pie con esa fluidez antinatural, ignorando por completo mi estado miserable en el suelo.

— Debo purgar la Putrefacción — Fue lo único que pronunció, con una frialdad absoluta.

Y sin más, se dio la vuelta y empezó a alejarse de mí, adentrándose en la oscuridad del patio hacia los árboles.

— ¡Oye! — Le reclamé. Cansada, mareada y con el cuerpo doliéndome a horrores, me obligué a ponerme de pie a trompicones. Mis piernas temblaban, pero el coraje me dio el impulso necesario para seguirlo. — ¡No puedes simplemente mostrarme eso, meterme esa pesadilla en la cabeza y luego largarte!

Él no se detuvo. Sus pasos largos devoraban la distancia, obligándome a trotar y a arrastrar los pies descalzos sobre las ramas y las piedras frías solo para no perderlo de vista.

— ¡Tengo que llamar a mi padre! — Le grité a su ancha espalda, desesperada al ver que me ignoraba olímpicamente. — ¡Por algo lo convertiste en el Guardián! ¡Es su deber lidiar con esto!

Esa frase por fin hizo que se detuviera.

El Dragón se giró lentamente. Sus ojos de pupila vertical se clavaron en mí en la penumbra del bosque.

— Lo que está sucediendo no puede ser solucionado por el Guardián — Sentenció, con una voz pesada y definitiva. — Solo por mí.

Di un paso hacia él, frotándome la frente palpitante.

— Entonces explícame qué vas a hacer. Explícame cómo...

Pero ya me había dado la espalda otra vez y retomó su marcha, internándose más en la espesura.

Apreté los puños con tanta fuerza que me clavé las uñas en las palmas. Quería ahorcarlo. ¿Cómo podía ser tan cruel e indiferente? Cuando era niña y escuchaba su voz, jamás lo recordé así. Claro que antes era solo un eco en mi cabeza, una vibración sin un cuerpo físico que lo volviera tan insoportablemente real y arrogante.

Corrí hasta emparejarme un poco con él, luchando por mantener el aliento.

— ¿Y yo no puedo ayudar? — Le pregunté, casi sin pensar, movida por ese instinto terco de no quedarme de brazos cruzados. — Digo, acabo de curarte hace unos minutos, ¿no?

El Dragón ni siquiera me miró. Siguió caminando con la mirada al frente.

— Tú no me curaste — Me corrigió, con un tono de condescendencia que me hizo hervir la sangre. — Simplemente me transferiste tu magia para que yo pudiera curarme a mí mismo.

Bufé, rodando los ojos con exageración en la oscuridad.

— Eso es lo de menos, es un tecnicismo estúpido — Repliqué, fastidiada. — El punto es que necesitas poder. ¿Hay alguien o algo más en este mundo que pueda curarte? ¿O que pueda darte la magia que necesitas?

El Dragón se detuvo en seco. Esta vez no se giró. Se quedó dándome la espalda, y el silencio se extendió por unos segundos.

— Sí — Respondió finalmente, con una calma espeluznante. — Te llevaré conmigo.

Me frené de golpe, casi tropezando con mis propios pies.

— Como no estoy acostumbrado a estar confinado en esta forma, ni a experimentar el deterioro de las heridas — Continuó, sin la más mínima inflexión de duda en su voz — tú serás mi forma de obtener magia ilimitada.

Me quedé con la boca abierta. La mandíbula casi se me desencaja.

Lo miré a la espalda, incapaz de procesar el nivel de cinismo que acababa de escupir. ¿En serio me acababa de tratar como si fuera su maldito ungüento personal? ¿Como una cantimplora de la que pensaba beber cada vez que se sintiera cansado o roto?

— Debemos irnos — Añadió, reanudando su marcha sin siquiera esperar a ver mi reacción, asumiendo que simplemente iba a acatar su orden.

— ¡Claro que no! — Estallé, corriendo para plantarme directamente en su camino y obligarlo a detenerse. — ¡No puedes simplemente decir “te llevaré conmigo” y pretender que me vaya así nada más! ¿Y mi familia? ¿Mis padres, mi hermanito? Tengo que explicarles lo que está pasando. ¡Tengo que despedirme, por lo menos!

El Dragón me miró desde su insoportable altura, con esa calma letal y absoluta que me revolvía el estómago.

— La Putrefacción devorará y terminará con todo lo que existe si me detengo — Dijo, con una voz tan dura que parecía tallada en piedra. — Y si el Guardián se entera de que te llevo conmigo, sus patéticos instintos paternales lo obligarán a intentar detenerme. No podría contra mí, ni siquiera estando confinado en esta forma herida. Si se interpone en mi camino, lo destruiré.

Sus palabras cayeron sobre mí como un balde de agua helada.

Me quedé ahí, congelada en medio de la oscuridad del bosque, con la respiración atorada en la garganta. No podía irme solo así. Mis padres se iban a volver locos. Papá removería el cielo y la tierra entera buscándome, y mamá se moriría de la preocupación al ver la sangre negra en el suelo de la botica y mi cama vacía. Quería correr de regreso, gritarles, abrazar a Ardyn.

Pero... si el Dragón se iba sin mí... si no conseguía la magia para curarse y esa negrura terminaba devorando la Raíz... el mundo entero colapsaría. Mis padres y mi hermano morirían de todos modos, consumidos por ese vacío asqueroso que acababa de ver en sus recuerdos.

No podía dejar que se fuera solo así. No tenía otra opción.

El Dragón ya había reanudado su marcha, dándome la espalda otra vez, importándole un perfecto carajo si yo lo seguía o no. Él no iba a esperar a nadie.

Luchando contra el nudo en mi garganta y las lágrimas de frustración que amenazaban con salir, seguí mi instinto. Di un paso adelante y luego otro, hasta que empecé a correr detrás de él, tragándome el dolor y el frío.Perdónenme, rogué en mi cabeza, esperando que de alguna forma mi familia pudiera sentirlo.Les juro que voy a volver.

Caminamos en silencio durante lo que pareció una eternidad, aunque probablemente no había pasado mucho tiempo. El Dragón avanzaba sin parar, sin dudar un solo segundo sobre qué dirección tomar, abriéndose paso entre la maleza oscura como si los árboles se apartaran para dejarlo pasar.

Yo, en cambio, era un desastre. La magia que me había robado me había dejado completamente vacía. Mis piernas temblaban como gelatina, mis pies descalzos estaban entumecidos por la tierra helada y sentía que me iba a desmayar en cualquier momento.

Incapaz de dar un paso más a ese ritmo, estiré la mano y me aferré a su brazo, buscando apoyo en las gruesas escamas color arena de su antebrazo.

La reacción fue instantánea. En el milisegundo en que mis dedos se cerraron sobre su brazo, él dio un tirón violento y se soltó de mi agarre con un gruñido de desdén, como si lo hubiera quemado.

— Estoy... estoy demasiado cansada — Jadeé, apoyando las manos en mis rodillas para intentar recuperar el aliento.

El Dragón se detuvo, girando el rostro apenas lo suficiente para mirarme por encima del hombro con una expresión de absoluto asco.

— Ni siquiera han pasado quince minutos desde que iniciamos la marcha — Sentenció, arrastrando las palabras con una condescendencia brutal. — Definitivamente, los humanos son criaturas débiles y patéticas. Un diseño fallido y frágil.

Me enderecé de golpe, ignorando el mareo.

— Bueno, ¡tú nos creaste! — Le espeté, señalándolo con el dedo, demasiado agotada para tenerle respeto. — Así que, si somos débiles y patéticos, es tu maldito error, no el mío.

Los ojos dorados y reptilianos se entrecerraron. Hizo una mueca de profundo desagrado, frunciendo los labios en una línea dura. Por un segundo, creí que me iba a dejar ahí tirada o que me iba a fulminar con algún tipo de castigo antiguo.

En lugar de eso, dio un paso rápido hacia mí, se inclinó y, sin pedir permiso ni dar previo aviso, me tomó en brazos.

Solté un chillido de pura sorpresa cuando mis pies abandonaron el suelo. Instintivamente me aferré a sus hombros para no caerme, sintiendo la dureza absurda de sus músculos y el calor ardiente que emanaba de su cuerpo. Me había levantado con la misma facilidad con la que yo habría levantado una pluma.

— ¿Qué demonios haces? — Solté, completamente descolocada.

Él no me miró. Simplemente acomodó mi peso contra su torso desnudo y escamoso, y reanudó la marcha. Ahora que no tenía que esperar mis pasos humanos y torpes, avanzaba muchísimo más rápido, casi deslizándose por el bosque con una velocidad que cortaba el viento a nuestro alrededor.

El contacto era extraño. A pesar de que me acababa de rechazar con asco cuando le toqué el brazo, ahora me cargaba firmemente. Supuse que para él, mi comodidad no importaba; solo era un estorbo que lo estaba retrasando, y cargar a su “fuente de magia ilimitada” era la solución más lógica y práctica.

Traté de no pensar en lo raro que era estar pegada a él, vistiendo únicamente mi camisón, y me concentré en sacar información.

— Por favor, tienes que decirme más — Le pedí, alzando un poco la voz para que me escuchara sobre el ruido del viento y las hojas pisadas. — Necesito entender lo que está pasando. ¿Qué es exactamente esa Putrefacción? ¿Por qué algo así puede dañarte a ti? ¿Y a dónde demonios vamos?

Su mandíbula se tensó. Su mirada seguía fija en la oscuridad del frente.

— No es necesario que sepas nada de eso — Fue su única, seca y tajante respuesta.

Solté un bufido pesado, dejando caer la cabeza contra su hombro por puro agotamiento, aunque sus escamas rasparon un poco mi mejilla. Me crucé de brazos sobre mi propio pecho, temblando de frío y de coraje.

Era imposible hablar con él. Arrogante, terco, frío y desesperante. Suspiré profundamente, sintiendo cómo el cansancio finalmente me ganaba la batalla. Definitivamente, a donde fuera que estuviéramos yendo, este iba a ser un viaje muy, muy largo.

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