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El primer amanecer

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Sinopsis

El mundo creía haber encontrado la paz, pero algo mucho más antiguo que el Fénix ha despertado. Una fuerza conocida como el Primer Fin quiere terminar con el ciclo de muerte y renacimiento que ha gobernado el universo durante siglos. Ahora Elian tendrá que elegir entre luchar por otro renacimiento o aceptar que algunas cosas deben terminar. Porque para que exista un nuevo comienzo, primero debe llegar el final.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Isabel Medel
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La mañana después de siempre

Elian despertó antes de que la luz alcanzara la ventana, aunque no fue el miedo lo que lo hizo abrir los ojos.

Durante años había confundido el silencio con una advertencia. Había aprendido a escuchar la respiración de una casa, el crujido de una viga y el roce de las ramas contra un tejado, buscando en cada ruido mínimo la señal de que algo se acercaba. En Valdar, antes de saber que el fuego podía vivir dentro de una persona, el silencio había precedido al día en que el sol no salió. Después vinieron ciudades vaciadas por la falsa luz, corredores donde la ceniza conservaba voces y campos enteros que ardían sin producir humo. Nunca había vuelto a dormir de la misma manera.

Sin embargo, aquella mañana no había nada que vigilar.

La casa estaba fría, pero el frío no tenía la forma de una amenaza. Se quedaba junto al suelo, bajo la puerta y en los bordes de la ventana, como una visita breve que se retiraría en cuanto el sol alcanzara las piedras del exterior. El aire olía a madera, té apagado y cera de una vela que Kaia había dejado encendida hasta demasiado tarde. Elian permaneció acostado un momento, mirando la sombra de las vigas sobre el techo, mientras la tranquilidad se instalaba en él con una torpeza casi dolorosa.

Habían pasado seis años desde que el fuego dejó de pertenecer a un solo cuerpo. Seis años desde la caída del Imperio, desde que Arven comenzó a reconstruirse y desde que las brasas despertaron en manos de personas que nunca habían aprendido a controlarlas. Elian ya no cargaba el peso de aquella llama antigua bajo las costillas; la ausencia seguía siendo extraña algunos días, pero había aprendido a aceptar que no todo vacío era una pérdida.

Llevó una mano al centro de su pecho, un gesto que todavía no conseguía abandonar. Antes, debajo de las costillas, había vivido una brasa que no le pertenecía del todo. Había sido calor, dolor, hambre, memoria y compañía. A veces había sentido que el Fénix respiraba con él; otras, que lo observaba desde un lugar demasiado antiguo para llamarlo conciencia.

Ahora no quedaba nada salvo la firmeza de su propio pulso.

El Fénix se había ido.

La certeza ya no le producía el mismo dolor que años atrás. Había noches en que despertaba después de soñar con alas extendidas sobre un océano de cenizas y tardaba unos segundos en recordar que no era necesario seguir volando. A veces todavía levantaba la mirada demasiado rápido cuando una pluma cruzaba el cielo. Pero la ausencia había dejado de ser una herida abierta. Con el tiempo se había convertido en una cicatriz: una parte de él que no podía olvidar, aunque ya no sangrara cada vez que la tocaba.

Se levantó, se puso una camisa y atravesó la habitación sin encender ninguna lámpara. La claridad previa al amanecer bastaba para distinguir los objetos sobre la mesa: un mapa de los caminos del norte, una taza con restos secos de hojas de menta, un cuchillo de tallar plumas, tres semillas de manzana y una piedra azul que Nilo le había dado durante el verano. La piedra no tenía ningún valor, salvo que Nilo había asegurado que perteneció a una reina de los mares. Elian no le creyó, aunque la conservó de todos modos.

Abrió la puerta y oyó un golpe en el pasillo.

Después, otro.

Elian se detuvo.

—Kaia.

—No.

La respuesta llegó desde el extremo del corredor, acompañada por el sonido de algo metálico que rodó sobre el suelo. Elian cerró los ojos un instante.

—No te he preguntado nada.

—Tu tono era una pregunta.

Se acercó. Kaia estaba arrodillada frente a una contraventana que se había descolgado parcialmente de sus goznes. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y llevaba una camisa oscura, demasiado grande para ella, que Elian reconoció como propia. A su lado había una caja de herramientas abierta. Dentro había clavos, cuerda, un trozo de hierro y, de manera inexplicable, un cuchillo de caza.

—¿Dónde está el martillo? —preguntó él.

Kaia no levantó la vista.

—En algún lugar de esta casa.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Elian vio que sostenía el cuchillo por el mango, dispuesta a usar la parte plana como si fuera una herramienta razonable para clavar metal contra madera. La observó unos segundos, no porque dudara de que pudiera hacerlo, sino porque sabía que la contraventana no sobreviviría a su paciencia.

—Dámelo.

—Puedo arreglarlo.

—Lo sé.

Kaia se quedó quieta. En otro tiempo, aquella frase habría bastado para iniciar una discusión. Ella habría dicho que no necesitaba ayuda; él habría insistido; ambos habrían terminado hablando de algo que no tenía relación con una ventana. Habían tardado años en aprender que una mano ofrecida no tenía por qué esconder una orden y que aceptar compañía no significaba deberle a alguien una parte de su voluntad.

Al final, Kaia le entregó el cuchillo.

—Si rompes la madera, lo arreglas tú.

—La madera sobrevivirá.

—Eso dices ahora.

Elian dejó el cuchillo sobre una mesa y buscó el martillo en la caja. Lo encontró bajo un montón de cuerda, donde Kaia seguramente no había mirado porque el desorden le permitía sostener la ficción de que cualquier objeto podía ser un arma si se necesitaba con suficiente convicción.

La habitación al final del pasillo era la que recibía el primer sol. Kaia la había convertido en un espacio de trabajo, aunque nunca lo admitía. Había mapas apilados sobre una silla, informes de los Flamekeepers junto a la ventana y varias armas cuidadosamente limpias sobre una pared. En el suelo, junto a una caja de libros, crecía una planta de hojas estrechas que ella decía no cuidar. Elian sospechaba que la regaba cuando nadie la veía.

Se arrodilló frente a la contraventana y examinó el daño. Uno de los tornillos se había soltado, quizá por el viento de la noche o porque la madera era vieja y había soportado demasiados inviernos. No tardó mucho en volver a fijarlo. Mientras trabajaba, Kaia se sentó en el borde de la cama y miró hacia el exterior, donde Arven empezaba a aparecer bajo una luz gris y suave.

La ciudad se extendía colina abajo hasta el río. Todavía se veían las torres antiguas del Imperio, aunque algunas se habían convertido en poco más que paredes quebradas y otras estaban rodeadas de andamios, huertos y viviendas nuevas. Después de la caída, Arven había tenido que aprender otro idioma.

Las estatuas fueron derribadas o cubiertas. El palacio dejó de ser palacio, y sus salones se convirtieron en archivo, hospital, refugio y escuela. En las calles donde antes patrullaban los guardias blancos crecían puestos de mercado, talleres y pequeños jardines protegidos por muros bajos.

No era una ciudad curada. Elian no creía que las ciudades pudieran curarse del todo. Pero Arven había dejado de parecer una tumba.

—La feria empieza después del mediodía —dijo Kaia.

Elian ajustó el último tornillo.

—Lo sé.

—Vendrá gente de Veyr, de los puertos del sur y de los pueblos de la frontera. Los puestos llevan preparándose desde antes del amanecer.

—También lo sé.

—Nilo asegura que ganará el concurso de lámparas.

Elian sonrió mientras comprobaba que la contraventana se movía sin soltarse.

—Nilo asegura muchas cosas.

—La última vez acertó.

—La última vez compitió contra tres niños de siete años.

—Los venció con justicia.

Elian terminó de trabajar y se incorporó. Kaia se acercó a revisar el gozne como si estuviera a punto de emitir un veredicto oficial. Abrió y cerró la contraventana una vez, después otra, y no dijo nada; aun así, él vio que aprobaba el resultado.

La primera luz tocó el borde de las montañas.

Desde la ventana, el amanecer avanzó sobre Arven con una lentitud que le pareció casi humana. Primero, una franja de oro se extendió detrás de las cumbres; luego, las nubes finas se tiñeron de rosa y cobre. Las chimeneas comenzaron a devolver humo al cielo y las calles se llenaron de pasos. Un carro de pan descendió por la avenida principal, seguido por una niña que corría con una chispa azul flotando sobre la palma.

Su madre le dijo algo que Elian no alcanzó a oír. La niña cerró los dedos, contuvo la chispa y siguió caminando junto a ella.

Kaia apoyó una mano sobre el marco de la ventana. Elian conocía el modo en que el miedo aparecía en ella: no como temblor ni como una confesión abierta, sino convertido en vigilancia, en planes para rutas de evacuación, en armas limpias, en noches sin dormir y en preguntas que solo se atrevía a formular cuando nadie más podía oírlas.

—A veces creo que no hemos hecho más que retrasar el desastre —dijo.

Elian tardó en responder.

—Podría ser.

Ella lo miró con una exasperación que no consiguió ocultar.

—Eres pésimo consolando.

—No intento consolarte.

—Eso es evidente.

—No quiero decirte que todo estará bien, porque no lo sé. Nunca lo hemos sabido.

Kaia volvió los ojos hacia la ciudad.

—Entonces, ¿qué sabes?

Elian observó el sol subir entre las montañas. Había visto demasiados amaneceres que no merecían llamarse amaneceres: cielos rojos y cielos apagados, luces que quemaban el alma y oscuridades capaces de borrar una ciudad. Aquella luz, en cambio, no exigía nada de él.

—Sé que ahora hay gente —respondió—. Gente que entiende que el fuego no les pertenece y que no va a esperar a que alguien cargue el mundo a solas. No nos garantiza nada, pero es distinto a lo que había antes.

Kaia guardó silencio durante unos segundos.

—¿Eso te basta? —preguntó al fin.

Elian pensó en los nombres que todavía llevaba consigo, en las vidas que no habían llegado a ver la ciudad reconstruida y en todas las cosas que Kaia todavía callaba cuando alguna luz plateada aparecía en sus sueños.

—No —dijo—. Pero creo que puede ser un comienzo.

Kaia inclinó la cabeza, aceptando la respuesta sin necesidad de estar de acuerdo con ella por completo. Después pasó junto a él y salió al pasillo.

—Haz té —dijo—. Si vamos a tener conversaciones sobre comienzos, necesito algo más fuerte que agua caliente.

Elian la siguió hasta la cocina, donde la mañana terminó de entrar en la casa. Prepararon el desayuno con la familiaridad que habían construido a fuerza de sobrevivir a demasiadas pérdidas. Kaia puso las hojas en el agua y añadió miel antes de que él pudiera impedirlo. Elian cortó pan y queso. Ella se burló de la forma en que sostenía el cuchillo, y él le recordó que una vez había incendiado una sartén vacía, por lo que desde entonces su autoridad en asuntos de cocina era discutible.

—La sartén estaba defectuosa —dijo Kaia.

—No había fuego.

—Ese fue el problema.

Elian iba a responder, pero la puerta se abrió de golpe.

Nilo entró sin llamar, con el cabello revuelto, una bolsa de tela al hombro y el tipo de expresión que solía llevar cuando había descubierto algo importante o había roto algo que no sabía cómo reparar. Se detuvo en medio de la cocina, respirando con rapidez, y miró a Elian como si hubiera corrido desde la plaza sin detenerse.

—Necesito que vengan.

Kaia dejó la taza.

—¿Por qué?

Nilo tardó demasiado en contestar.

—No sé.

Elian se levantó de la mesa.

—¿Qué pasó?

—No ha pasado nada todavía. Creo.

Kaia se pasó una mano por el rostro.

—Nilo, si sigues hablando así, voy a asumir que Arven está ardiendo.

—No está ardiendo.

—Eso no mejora mucho las cosas.

El muchacho abrió la bolsa y sacó una lámpara pequeña de vidrio azul. Era una pieza hermosa, aunque él intentaba sostenerla con despreocupación. Las ramas de metal que formaban la base habían sido dobladas a mano y, dentro del vidrio, flotaba una brasa dorada que apenas emitía luz.

—La hice para el concurso —explicó—. Ayer respondía bien. Esta mañana dejó de hacerlo.

Elian tomó la lámpara. En cuanto sus dedos tocaron el vidrio, la chispa se apagó. No desapareció; quedó suspendida en el centro, gris y silenciosa, como una partícula de ceniza atrapada antes de caer.

Nilo palideció.

—Hace eso con las lámparas de la plaza.

Kaia se acercó.

—¿Cuántas?

—Primero fueron tres. Después vi siete: la del puesto de la señora Erena, las de la entrada sur y dos que habían dejado encendidas junto a la fuente. Pensé que era por el vidrio o por la humedad, pero no ha llovido.

—¿Y las brasas de la gente? —preguntó Elian.

Nilo tragó saliva.

—Una niña no pudo encender la suya. Un hombre dijo que la suya se siente fría. No sé si les pasa a todos.

Elian miró a Nilo.

—¿Quién te pidió que vinieras?

El muchacho bajó la vista.

—Siete.

La cocina pareció enfriarse, aunque el té seguía humeando sobre la mesa.

—¿Está bien? —preguntó Elian.

—Dice que sí, pero no parece que sí.

Kaia ya se había puesto el abrigo.

—Entonces vamos.

La plaza de Arven estaba llena cuando llegaron. La feria todavía no había comenzado oficialmente, pero los puestos cubrían las calles con telas, lámparas, alimentos, libros, herramientas y objetos que no parecían servir para nada salvo para convencer a alguien de que los comprara. Había músicos cerca de la fuente, aunque los instrumentos sonaban desafinados mientras afinaban. Niños corrían entre los puestos, comerciantes discutían precios y un hombre ofrecía panes de especias desde una bandeja humeante.

Elian avanzó entre la gente sin intentar ocultar quién era. Algunas personas lo reconocieron. Unas inclinaron la cabeza; otras se apartaron apenas, no con miedo, sino con ese respeto incómodo que todavía le resultaba difícil aceptar. Él devolvió los saludos sin detenerse. Durante años había pensado que si sobrevivía lo suficiente, algún día dejarían de mirarlo como si llevara el cielo en el pecho. Había descubierto que las leyendas no desaparecían solo porque uno quisiera convertirse en una persona común.

Siete estaba junto a la fuente.

Un grupo de niños la rodeaba a cierta distancia, en un silencio poco habitual para ellos. Ella tenía las manos extendidas sobre el agua y observaba el reflejo del cielo con una atención que hizo que Elian apurara el paso. Vestía ropa de viaje: una capa gris, botas cubiertas de polvo y una camisa clara en la que se veían, bajo la piel de sus muñecas, líneas de luz blanca que no terminaban de encenderse.

Cuando los vio acercarse, apartó las manos de la fuente.

—Llegaron pronto.

—Nilo tiene un don para convertir una lámpara apagada en un motivo de alarma —dijo Kaia.

—No fui yo quien se alarmó primero —murmuró Nilo.

Elian se detuvo frente a Siete.

—¿Qué sucede?

Ella miró la lámpara azul en sus manos.

—Anoche vi una luz detrás del sol.

Kaia frunció el ceño.

—¿Detrás del sol?

—No en el cielo. O no como algo que estuviera en el cielo.

—Eso no ayuda.

Siete volvió la mirada hacia la fuente. El agua formaba ondas suaves, aunque nadie la tocaba.

—Era como si hubiera otra mañana detrás de esta, como si el amanecer que conocemos fuera una capa muy delgada y del otro lado hubiese algo esperando para atravesarla.

Elian sintió que la inquietud empezaba a ocupar un lugar preciso en su cuerpo. No era una brasa ni fuego, sino memoria: el recuerdo de todos los momentos en que el mundo se había vuelto extraño antes de romperse.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

—Desde anoche. Pensé que desaparecería al amanecer, pero las brasas comenzaron a quedarse quietas. No se extinguen. Solo dejan de responder.

Alrededor de ellos, las personas empezaban a notar el cambio. Una comerciante levantó la tapa de un farol donde ardía una llama verde y sopló sobre ella, pero la luz no se movió. Un niño intentó calentar sus manos con una chispa naranja que tenía sobre la palma; la brasa permaneció inmóvil, reducida a un punto apagado. En los puestos, los faroles perdían su color uno tras otro.

Los murmullos crecieron.

Elian levantó la vista. El sol estaba alto sobre las montañas, claro y dorado. Durante unos segundos no vio nada fuera de lugar. El cielo era limpio, el río reflejaba la luz y Arven seguía respirando a su alrededor con el ruido de una ciudad viva.

Entonces alguien gritó desde el borde de la plaza.

No era un grito de dolor. Era la voz de una persona que había visto algo demasiado grande para entenderlo.

Todas las miradas se volvieron hacia el oeste.

Más allá del río, detrás de las ruinas negras de las torres imperiales, una claridad blanca empezaba a levantarse sobre el horizonte. No tenía el color del sol ni la violencia del fuego. Se extendía con lentitud, borrando el azul del cielo a su alrededor, como si una mano invisible estuviera deslizando un velo pálido detrás de las colinas.

Elian sintió que Kaia se acercaba a su lado. Siete retrocedió un paso.

Una mujer se arrodilló junto a un niño de cabello oscuro que no debía tener más de cinco años. La pequeña brasa que flotaba sobre las manos del niño se había debilitado hasta parecer una luciérnaga enferma. La mujer la cubrió con ambas palmas, como si pudiera protegerla del aire, y murmuró algo que Elian no alcanzó a entender.

La brasa no respondió.

Lo intentó otra vez.

Nada.

Entonces las brasas de la plaza dejaron de arder.

No lo hicieron de golpe, ni con una explosión de humo o ceniza. La luz simplemente abandonó los faroles, las lámparas y las manos de la gente, dejando tras de sí una oscuridad pequeña, silenciosa, casi respetuosa. La niña que había visto por la mañana, la que corría con aquella chispa azul sobre la palma, abrió los dedos y miró su palma vacía. Su madre la abrazó antes de que pudiera preguntar qué había pasado.

Kaia levantó la mano marcada, pero la cicatriz plateada permaneció inmóvil.

Elian no sintió fuego en el pecho, porque ya no había fuego allí. Sintió, en cambio, una presencia tan antigua que no parecía tener forma, peso ni voz; no era calor, ni vida, ni siquiera oscuridad, sino la certeza de que el mundo había sido observado desde un lugar anterior a todos los nombres.

El sol continuaba elevándose por el este, derramando luz sobre Arven, mientras una segunda aurora se abría en el oeste con una blancura que no prometía mañana.

Elian contempló aquella claridad imposible y comprendió que la paz no había terminado porque hubiera fracasado, sino porque algo que existía antes de la paz, antes del Fénix y antes de que los hombres aprendieran a nombrar el fuego acababa de recordar el camino de regreso.

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