Catulo 1:The Masked Demon
Año:2027
En este mundo existen de todo tipo
Asesinos
Mercenarios
Sicarios
Soldado
Etc
Pero entre ellos se conoce una leyenda que nadie se atreve a contar que es DÁRK O TAMBIÉN LLAMADO el demonio enmascarado el que es considerado el más peligroso del mundo por su brutalidad y poder y su altura
Hubicacion: complejo de hoteles abandonado
Adentro de complejo había un grupo de más de 20 traficantes de droga
Soldado:dale boludo apúrate que ya me quiero ir
Soldado 2: tranquilo querés estamos en pleno cargamento
Soldado 3:
En el piso había cajas de munición bloque de arina y armamento algunos revisan sus armas y otros fumaban
Ramírez (por.comunicador): franco que ves
Arriba en la azotea el francotirador estaba apoyado en la baranda
Franco:nada jefe
Ramírez: okey*corta la comunicación*
Arriba
Franco:que cojones
A lo lejos una sombra paso rápidamente pero franco le dió era un soldado
Franco:ja
Pero franco no se dió cuenta que una sombra de un metro con noventa y cuatro estaba atrás de el
Abajo se escucho como franco disparaba Pero el disparo cezo y se escuchó como algo grande caía afuera de la puerta de acero del complejo
Ramírez:franco franco me oyes.... mierda TODOS RECARGUEN arma y apunten a la puerta
Rápidamente todos recargaron los rifles y la escopeta spas-12 y uno recargo un lanzagranadas y apuntaron a la puerta uno apretó el botón
*KRRRRR*
Cuando abrió era el cuerpo de franco muerto
Pero justo la luza de atrás de los soldados se encendío y hay estaban dark tenía una armadura militar blindada con púas musleras coderas hombreras rodilleras botas y guantes y una máscara blanca con una sonrisa negra grande y ojos negros y cráneos en el peto
Dárk:ding don
el primero en reaccionar fue el hombre del lanzagranadas. Movido por puro instinto de supervivencia, giró sobre sus talones y apretó el gatillo, apuntando directamente al pecho del demonio enmascarado a quemarropa.
Un fogonazo cegador iluminó la sala. El proyectil salió disparado, pero Dárk ni siquiera se inmutó. Con una velocidad que desafiaba las leyes de la física y el peso de su armadura, el gigante levantó su brazo izquierdo enguantado en acero y desvió la trayectoria del explosivo con la palma de la mano enguantada con placas, haciendo que la ojiva impactara contra una columna de soporte secundaria a varios metros de distancia.
La explosión sacudió los cimientos del viejo hotel. El revoque y pedazos de concreto llovieron sobre las cabezas de los presentes, levantando una nube de polvo espeso que redujo la visibilidad a casi cero.
—¡Está vivo! ¡Disparen, hijos de puta, disparen! —gritó Ramírez desde el fondo, tosiendo por el humo.
El infierno se desató en el complejo hotelero.
Diecinueve armas disparando al unísono crearon un estruendo ensordecedor que hacía temblar los cristales rotos de las ventanas superiores. Balas de 9 mm, de 7.62 y perdigones de escopeta llovieron sobre la posición de Dárk, arrancando chispas furiosas de su armadura blindada y desgarrando el aire con silbidos letales. La fuerza del impacto de tantas ráfagas hizo retroceder al gigante un par de pasos, pero ninguna penetró las placas de aleación reforzada.
A través del humo y el fuego cruzado, Dárk avanzó. No corría; caminaba con una calma aterradora, como un segador inexorable que avanza hacia un campo de trigo maduro.
Un traficante que vaciaba el cargador de su fusil de asalto vio con horror cómo el demonio enmascarado acortaba la distancia en cuestión de segundos. Antes de que pudiera cambiar el cartucho, Dárk estiró su brazo derecho. Las púas de acero de su guantelete atravesaron el chaleco antibalas del hombre como si fuera papel, perforándole el esternón y saliendo por la espalda. El traficante escupió una bocanada de sangre espesa, con los ojos abiertos de par en par, mientras Dárk lo levantaba del suelo con un solo brazo sin esfuerzo alguno, usando su cuerpo herido como escudo humano contra las balas de los demás compañeros.
—¡Mierda, le están dando a Roberto! —gritó otro, deteniendo el fuego por una fracción de segundo al ver a su compañero convertido en carne de cañón.
Ese segundo de duda fue su sentencia de muerte.
Dárk arrojó el cuerpo sin vida de Roberto hacia adelante, derribando a dos hombres que corrían intentando buscar cobertura detrás de los mesones de recepción. Aprovechando el desconcierto, el demonio desenganchó de su espalda una culata táctica: un fusil de asalto pesado modificado con silenciador integrado y mira térmica.
Puff, puff, puff.
Tres disparos secos, quirúrgicos, silenciados. Tres bajas instantáneas. Las cabezas de los hombres que operaban los flancos estallaron en una nube de sangre y materia gris antes de que pudieran entender de dónde venía el ataque.
El pánico se apoderó por completo de la banda. Ya no era un enfrentamiento armado; era una ejecución sistemática.
—¡Retirada! ¡Sálvese quien pueda! —vociferó uno de los lugartenientes de Ramírez, tirando el arma al suelo y corriendo despavorido hacia la puerta trasera que daba al patio trasero del complejo.
Tres hombres lo siguieron desesperados, empujándose unos a otros en su afán por escapar de esa pesadilla de metal y cemento. Cruzaron el umbral hacia la oscuridad de la noche exterior, creyendo que la distancia los salvaría.
Pero en este mundo, escapar de Dárk era una ilusión reservada solo para los ingenuos.
Afuera, la neblina nocturna cubría los jardines descuidados donde la maleza crecía alta entre las baldosas rotas de la piscina vacía. El fugitivo corría con el corazón a mil por hora, sintiendo que los pulmónes le quemaban, cuando una figura colosal descendió desde la rama de un viejo eucalipto que colgaba sobre el camino.
Un impacto sordo y seco. Dárk cayó justo frente a ellos, bloqueando la única salida del perímetro.
El hombre que iba al frente frenó en seco, derrapando sobre el césped húmedo, y levantó las manos temblorosas, con lágrimas mezclándose con el sudor en su rostro sucio.
—Por favor... por favor, tengo familia... dinero, te doy lo que quieras, oro, droga, cuentas en el extranjero, ¡lo que sea! —suplicó el traficante, cayendo de rodillas en el barro, con la voz quebrada por el llanto.
Dárk se detuvo a menos de un metro de él. La luz de la luna llena filtrándose entre las nubes iluminaba la sonrisa macabra pintada en su máscara blanca, un contraste grotesco con la absoluta oscuridad de sus intenciones. El gigante inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, analizando al hombre con una frialdad absoluta, como un entomólogo observando un insecto molesto bajo la lente de un microscopio.
—El dinero no compra el tiempo —respondió Dárk. Su voz, grave y cavernosa, resonó en la noche como un trueno lejano, alterada por el sistema de comunicación táctica.
Antes de que el traficante pudiera articular otra palabra, el guantelete blindado descendió con la fuerza de un martillo hidráulico
De vuelta en el interior del hotel, el sonido de los disparos había cesado casi por completo. Solo quedaba el eco de pasos pesados acercándose lentamente hacia el vestíbulo principal, donde Ramírez se encontraba arrinconado detrás de una columna de concreto, con el cargador de su pistola vacio y las manos temblando de forma uncontrollable.
Miró a su alrededor. Los cuerpos de sus hombres yacían esparcidos por todas partes, formando charcos de sangre oscura que se extendían lentamente por el suelo de baldosas rotas. Veinte hombres. El grupo más pesado y mejor armado de la región, reducido a chatarra y carne en menos de cinco minutos.
Ramírez apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico del miedo en la boca. Sacó una navaja táctica de su bolsillo interior, su última línea de defensa, sabiendo perfectamente que era un gesto inútil, pero negándose a morir de rodillas sin pelear.
La sombra de Dárk apareció proyectada en la pared del vestíbulo, ensanchándose a medida que el gigante avanzaba hacia el centro de la sala. El crujir de los cristales rotos bajo sus botas pesadas marcaba el compás de la ejecución final.
—¿Quién... quién diablos eres? —gritó Ramírez con la voz rota, apuntando con la navaja hacia la oscuridad, con los ojos inyectados en sangre—. ¿El gobierno? ¿La DEA? ¿Quién te mandó?
Dárk se detuvo justo frente a la columna. Su
enorme figura bloqueaba cualquier posible ruta de escape. A través de las cuencas vacías de su máscara blanca, parecía mirar directamente a través del alma del traficante.
El demonio inclinó levemente el torso hacia adelante, acercando su rostro a pocos centímetros del de Ramírez, permitiendo que el líder criminal percibiera el olor a pólvora quemada, metal frío y ozono que lo
acompañaba como una sombra constante.
—Nadie manda al demonio —respondió Dárk en un susurro grave que hizo vibrar el aire—. Solo vengo a cobrar la cuota.
El destello de la hoja de un cuchillo táctico de combate al ser desenvainado con velocidad felina fue lo último que vio Ramírez antes de que la oscuridad lo envolviera por completo.
El silencio volvió a reinar en el complejo de hoteles abandonado. Fuera, el viento soplaba entre las ramas secas de los árboles, arrastrando el eco lejano de una leyenda que los periódicos nunca mencionarían y que los criminales de todo el mundo recordarían en sus pesadillas más profundas. Dárk dio media vuelta y se adentró en la neblina de la noche, dejando atrás un escenario de muerte y la certeza absoluta de que, en ese mundo de asesinos, mercenarios y sicarios, había monstruos contra los cuales ninguna cantidad de dinero o plomo podía protegerte.
La fría neblina de la madrugada envolvía el perímetro exterior del complejo hotelero, mezclándose con el humo acre que aún emanaba de las ruinas. Dárk caminaba con paso firme y pausado, ignorando el peso del equipo táctico y las manchas de sangre fresca que salpicaban su armadura. Para él, aquello no había sido una batalla; había sido una simple ejecución rutinaria, un ajuste de cuentas en el submundo que nadie más se atrevía a tocar.
Mientras se alejaba de la escena, el auricular incrustado en su oído izquierdo cobró vida con una estática ligera.
—Demonio enmascarado, aquí el Cuervo —resonó una voz femenina a través de la frecuencia encriptada, fría y directa—. Veo que terminaste la limpieza en el sector norte. Espero que hayas dejado algo de evidencia para las autoridades locales, o el jefe no estará contento con la discreción.
Dárk se detuvo un instante, ajustándose el guantelete derecho donde aún quedaban rastros de la refriega. Su respiración, profunda y rítmica, sonaba amplificada a través del respirador de la máscara.
—No necesitan evidencias, Cuervo —respondió Dárk con su voz grave y distorsionada—. Solo necesitan el mensaje.
—Como digas. Pero cambia de ruta de inmediato —advirtió la operadora con tono de urgencia, tecleando rápidamente en su terminal—. Acabo de interceptar una transmisión de radio de la policía federal. Alguien activó una alerta silenciosa a tres kilómetros de tu posición. Vienen dos unidades tácticas de intervención rápida. Parece que la fiesta atrajo demasiada atención.
Dárk giró la cabeza hacia la carretera principal, donde a lo lejos ya se alcanzaban a ver los tenues destellos azules y rojos de las balizas policiales cortando la oscuridad de la noche. Una sonrisa invisible se dibujó bajo su máscara blanca. La noche aún era joven, y en un mundo dominado por criminales y corruptos, la leyenda de Dárk apenas comenzaba a escribir su siguiente página.