Expediente N°1
“Mora en el alma de cada persona, en esos rincones que el alumbrado público no puede iluminar”.
Los días en las oficinas de asistencia remota y archivado tendían a volverse monótonos y aburridos bajo el zumbido de las luces fluorescentes y ventiladores sin aceitar. Para cuando el trabajo se apiló de sobremanera encima de mi escritorio, el resto del personal ya había abandonado las dos últimas plantas de nuestra jefatura y ni el conserje asomaba por mi sección a esas horas. Me faltaba poco para terminar, así que giré en mi silla, me estiré y aumenté el volumen de la pequeña tele, hasta que la voz amarga de la secretaria sacudió el polvo de los altavoces para exigirme que respondiese a una llamada de emergencia y no me hiciera el desentendido como la última vez. De cualquier modo, no había nada interesante, solo la misma entrevista a un sectario con gorro kufi y túnica de colores que se repetía desde hacía días. Hablaba de una profecía, un cuento barato sobre la ira del desierto, del despertar de sus protectores, de los hijos ilegítimos que nuestros errores propios alimentaban.
—Supongo que no todos aprendemos de ellos, amigo—escondí las cientos de pestañas que dejé abiertas abiertas, me sacudí las migas, me colgué, rebusqué mi arma láser reglamentaria al interior de mi casillero personal y me colgué el estuche de mi cámara al cuello—. Suficiente trabajo de oficina por hoy —pateé una maceta y un cesto de basura en mi intento por no tropezar y rodar escaleras abajo. La única fuente de luz en el cubículo de oficinas de la segunda planta era un panel holográfico comercial sin conexión, donde giraba el logo exótico de alguna entidad privada que ofrecía su plan de obra social.
—Entre más alto, más tonto —me molestó Kelly, cuyo peinado afro le caía por los costados de su arrugado rostro de bulldog.
—¡Por el jodido desierto! Diles que paguen el recibo de la luz, Kelly.
—Esta jefatura está lo suficientemente endeudada para pagar por tus caprichos, Clover.
—¿Es mucho pedir tener un segundo generador en condiciones?
—Lo tendrás cuando logres repararlo.
—Espérame, iré a por velas para cenar.
—Si me voy antes que tú —su vestido rojo le quedaba una talla más grande y, al estirar sus brazos, daba la impresión de que se le saldría en cualquier momento.
—Estos privilegiados de la primer planta —empujé la puerta de cristal.
Lidié con las rueditas de la radio hasta sintonizar la estación de rock más decente y estridente que conseguí. Me gustaba disfrutar de un buen solo de guitarra, seguido de las percusiones de una letra frenética que sacudía el interior de Barry, mi fiel Plymouth Barracuda. Quedaban pocas de esas, la mayoría generalmente transmitía canciones creadas por computadora y electro pop, que mucho le debía (y envidiaba) al punk antes de la guerra. Sentada sobre el asiento del acompañante, mi cámara Nisko, un aparato ligero y práctico que dominó el mercado varios años atrás, pero que ya nada podía hacer frente a los equipos modernos. Su resolución era decente y, además de ser una alternativa accesible a prácticamente cualquier bolsillo, su visión nocturna me sacaba de apuros cuando al Chunk-300 de la jefatura se le daba por fallar o me tocaba revisar a fondo los callejones más viejos y traicioneros de Myracle.
El motor de mi viejo amigo rugía ahogado, mientras las ráfagas de alguna tormenta lejana azotaban sus ventanas y chasis, se filtraban a sus bujías, transistor y hasta el aire acondicionado. Debía marchar con cuidado, esos caminos curvados y sin definición fueron escenario de ligeras desviaciones, accidentes y, en ocasiones, de encuentros anómalos que se perdían entre las dunas y el defectuoso boca en boca. Los dados de hule sobre el espejo retrovisor se sacudían frente a la carretera vacía con la misma intensidad que los platillos de la batería y, mis piernas casi adormecidas, presionaban el acelerador, ansiosas por derrapar cuando la curva del camino se hacía demasiado pronunciada. No lo hacía, era demasiado riesgoso, en su lugar tamborileaba sobre el cuero del volante con mis dedos largos y delgados, sin desprender la mirada de la carretera. A menos que la forma intrigante de algún cactus, chatarra o propiedad se colara por el rabillo del ojo.
El calor del día no deba respiro a la vida y los únicos seres que se multiplicaban allí durante la noche eran las cucarachas, los murciélagos rojizos, las aves de rapiña, las serpientes y algún que otro coyote o zorro del desierto. Pese a esto, el Nigredo era un lugar desconocido hasta para los propios habitantes de las comunas aledañas y caravaneros que circulaban sus kilómetros solitarios e interminables. Un ser moribundo que sobrevivía (y por momentos parecía extenderse) incluso luego de haber perdido más del setenta porciento de su fauna y flora. Lo más perturbador radicaba en el hecho de que ni siquiera el mejor cuerpo de científicos hallaba una explicación lógica para tal comportamiento; se limitaban a alegar hipótesis sin el sustento suficiente para ser validadas o desechables. Había quienes decían que el desierto estaba vivo, que respiraba y sentía, en cual moraban presencias antiguas, responsables de animar y juzgar las almas errantes de los habitantes del páramo. Un ser liminal, ajeno a los intentos de comprensión. Mi trabajo también llegaba a serlo por momentos.
En lo personal, me gustaban esas historias, pero como un poli al servicio de la comunidad y un aficionado a las investigaciones de eventos sobrenaturales en mi tiempo libre, mantenía una actitud cauta. La sociedad acusaba a escritores de ficción, reporteros y aficionados a tales temas de contar una mentira que contradecía y alteraba la realidad. Esas mismas sociedades fueron las que, en el pasado, crearon relatos que, más temprano que tarde, convirtieron su percepción en una suerte de realidad distorsionada. Una convincente y funcional, pero sobre todo, conveniente para los intereses bélicos de terceros. ¿Y pretendían que, de igual manera, una parte nuestra no creyera en la posibilidad de hallar conclusiones sólidas en tales tradiciones?
Al parecer, un granjero de esporas radioactivas oyó ruidos extraños viniendo de una vieja central de misiles, conocida en la comuna como “La colmena”, en alusión al centenar de ojivas nucleares pequeñas que permanecían inactivas desde hacía un siglo. El material en su interior era inservible por sí solo, nada de valor genuino podía rescatarse de allí y, el único motivo por el que aquel lugar seguía de pie, era su valor histórico. Las expediciones escolares siempre podían rascar dilemas morales sobre la diplomacia y la resolución pacífica de conflictos de esas momias metálicas. Por lo demás, seguía siendo un lugar de reunión ideal para viajeros errantes y grupos sectarios, así como sicarios, crimen organizado, traficantes y forajidos. En el exterior contaminado, donde apenas crecían un puñado de raíces y especies adaptadas al medio nocivo casi por la fuerza, también lo hacían grupos al margen del orden civilizatorio que peregrinaban entre altares y santuarios dispersos, donde la radiación se entretejía con sus delirios de castigo y salvación divina. No eran pocos los que acababan envueltos en conflictos con toda clase de calaña.
La tormenta arreciaba y debía ponerme a cubierto, así que levanté las barreras de seguridad manualmente, rodeé la fábrica y me metí a la zona residencial en busca del parking detrás. Detrás del alambrado y el pastizal seco, todavía quedaban restos de calles asfaltadas, casas residenciales, un cuartel general, un barrancón de fuerzas armadas y un edificio administrativo propio que configuraban una pequeña aldea de pruebas. El área de pruebas, a lo lejos, estaba definida por un centenar de carteles retorcidos que llevaban escritas advertencias como “Precaución: Área de pruebas” y “Establecimiento militar”. Donde antes había un cuerpo de agua, solo quedaba un arroyo de metal y chatarra oxidada que se apilaba por encima del cauce. Ese lugar era una gran cápsula del tiempo, donde los parámetros de la realidad no se traducían ni en pantallas holográficas ni en sistemas simulados cerrados, de hecho no estaba seguro de que siquiera figuraba en los sitios más inhóspitos de la profunda web vieja.
Estacioné a Barry en el parking, junto a dos tanques y un vehículo todo terreno, que de seguro fueron despedazados por merodeadores y forajidos carroñeros. Me ajusté la corbata y mata de pelo, me arremangué la camisa y los tirantes de mis pantalones, le quité el polvo a mis gafas, me colgué la cámara al cuello y comprobé el cuchillo en mi cintura. Ni siquiera me molesté en calibrar el láser de mi arma para evitar el sobrecalentamiento, pero no hacía falta para, lo que en principio, se trataba de una simple misión de reconocimiento. Además, había olvidado las BIP´s (baterías industriales portátiles) en mi oficina y estaba a más de cincuenta kilómetros de distancia como para volver a por ellas.
—Veamos qué tenemos aquí —encendí la visión nocturna de la Nisko.
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