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Un Viñedo Para Las Dos

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Sinopsis

Claudia Reinhart, una abogada exitosa, estratega, implacable y reconocida por su elegancia y su frialdad se ha vuelto casi un sello profesional, ha dedicado su vida a ganar batallas legales que otros consideran imposibles. Tiene su propio despacho privado el mejor de la cuidad. Su mundo está perfectamente ordenado... hasta que una mujer del campo, moderna y firme, irrumpe en su despacho con una historia que la desarma por completo. Lucía Morales, dueña de un viñedo que ha pertenecido a su familia por generaciones, llega acompañada de su hija de seis años, Sofía, una niña tímida que se aferra a su madre como si fuera su único refugio. Lucía no solo enfrenta un divorcio doloroso: su exesposo, un hombre adinerado, infiel y emocionalmente abusivo, intenta arrebatarle el viñedo familiar, el mismo que nunca valoró y que ahora usa como arma para castigarla por haberlo dejado. A medida que Claudia escucha el relato de Lucía -las infidelidades, el maltrato hacia la pequeña Sofía y Lucia, la manipulación constante- algo en ella se quiebra. Lo que parecía un caso más se convierte en una causa que toca fibras profundas: la injusticia, la maternidad, la dignidad y la necesidad de proteger un legado que representa mucho más que tierra, uvas y vinos.

Genero:
Romance
Autor/a:
Aaeeiioouu
Estado:
En proceso
Capítulos:
38
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1


El reloj marcaba casi la medianoche cuando Lucía Morales escuchó el rechinar del portón principal. El sonido ya no la sobresaltaba: se había vuelto parte de una rutina amarga, una que llegaba siempre acompañada del olor a alcohol y del silencio tenso que precedía a la tormenta.

En la sala, Sofía, su hija de tres años, jugaba en el suelo con sus bloques de madera, murmurando canciones inventadas mientras movía las piezas como si fueran animales del viñedo. Lucía la observaba desde la cocina, con el corazón apretado. Sabía que en cualquier momento la puerta se abriría de golpe.

Y así ocurrió.

Raúl Terán entró tambaleándose, con la camisa arrugada y marcada por un labial rojo que no se molestó en ocultar. Su mirada, nublada por el alcohol, recorrió la sala hasta detenerse en la pequeña.

-¿Otra vez despierta? -gruñó, alzando la voz sin motivo-. ¡Te dije que la niña debe estar dormida a esta hora! ¡Ni siquiera podemos dormír juntos por esta mocosa!

Sofía se encogió, abrazando uno de sus bloques como si fuera un escudo. Lucía sintió cómo algo dentro de ella se rompía.

-Raúl, no le hables así -dijo, avanzando para colocarse entre él y la niña-. Solo está jugando. No te está molestando. Es tu hija por dios.

Él soltó una carcajada amarga.

-Claro, por eso es que te soy infiel ni siquiera tiempo juntos tenemos solo te ocupas de esa niña.

-Nuestra hija -corrigió Lucía, con un tono firme que no usaba desde hacía mucho-. Y no vas a gritarle ni hacerla sentir mal. De igual forma no deseo estar con un infiel.

Raúl dio un paso hacia ella, con ese gesto que siempre anunciaba problemas. Su voz se volvió más áspera, más cruel.

-Tú no me vas a decir qué hacer en mi casa. Ni como tratar a mi hija. Bastante tengo con aguantarte porque no sirves ni para que me acueste contigo

Lucía sintió el insulto como un golpe, pero no retrocedió. Raúl sí lo hizo: la empujó con brusquedad para apartarla del camino. No la lastimó gravemente, pero el gesto fue suficiente para que Sofía rompiera en llanto.

-Ya basta -susurró Lucía, temblando mientras abrazaba a su hija-. Vete a dormir, Raúl. No quiero que la sigas asustando.

Él no respondió. Solo subió las escaleras tambaleándose, murmurando palabras que Lucía prefirió no escuchar.

Cuando el silencio volvió a la casa, Lucía se quedó sentada en el suelo, con Sofía dormida en sus brazos después de llorar hasta agotarse. Miró alrededor: la sala, el viñedo más allá de las ventanas, la vida que había intentado construir... y supo que ya no podía seguir así.

Esa noche tomó una decisión que cambiaría su vida y la de su hija.

A la mañana siguiente

El sol apenas comenzaba a salir cuando Lucía abrió el clóset y comenzó a sacar la ropa de Raúl. No lloró. No dudó. Dobló cada camisa, cada pantalón, cada objeto que él había traído a esa casa y los colocó en dos maletas grandes.

Cuando escuchó sus pasos bajando por las escaleras, se plantó en medio de la sala con las maletas a sus pies.

-Raúl -dijo con una firmeza que lo sorprendió-. Te vas hoy. Ahora. O llamo a la policía.

Él abrió la boca para responder, pero algo en la mirada de Lucía lo detuvo. No era miedo. No era rabia. Era determinación.

-¿Me estás echando? -escupió, incrédulo. Está es mi casa

- Te equivocas está casa junto con el viñedo es la herencia de mis padres a mi. Y si no te vas por tu voluntad, lo harás acompañado de un oficial de la policía.

-Eres una tonta esto no se va a quedar así...haré que te arrepientas de esto.

Un silencio pesado cayó entre ellos. Finalmente, Raúl tomó las maletas con un gesto brusco y salió sin mirar atrás.

Afuera, los trabajadores del viñedo -que habían escuchado parte de la discusión- se quedaron quietos. Y cuando vieron a Raúl marcharse, algunos intercambiaron miradas de alivio; otros, sonrisas discretas. Todos sabían lo que Lucía había soportado. Todos la respetaban. Pero no intervenian porque los primeros dos años Lucia estaba ciega de amor si alguno de ellos les decía algo ella le decía a Raúl y este los despedia así que preferían no intervenir ya que a veces se contestaban después de pelear.

-Bien hecho, señorita Lucía -murmuró uno de los capataces, inclinando la cabeza.-Por fin abrió los ojos-

Ella solo asintió, con el corazón latiendo fuerte.

Detrás de ella, Mary, su ama de llaves y mejor amiga, apareció con una taza de café y una expresión mezcla de orgullo y preocupación.

-Lo lograste -dijo suavemente-. Pero esto no termina aquí.

Lucía respiró hondo.

-Lo sé.

Mary se acercó y le tomó la mano.

-Raúl no es de los que aceptan un "no" sin resentimiento. Va a pelear. Y tú necesitas protegerte... y proteger a Sofi. Debes buscar un buen abogado si estás decidida a dejar a Raúl. Alguien que no se deje intimidar.

Lucía pensó en su hija, en el viñedo, en todo lo que estaba en juego.

-Lo haré -respondió-. Hoy mismo.

Y mientras el viento movía las hojas de los árboles, Lucía Morales dio el primer paso hacia la libertad con su hija.

---------------

El ascensor se abrió con un suave ding y, como cada mañana, el piso 14 del edificio Reinhart & Asociados se llenó de un murmullo expectante. Bastó que Claudia Reinhart diera el primer paso fuera del ascensor para que las miradas se volvieran hacia ella.

Traje impecable, cabello negro perfectamente peinado, paso firme. Claudia no caminaba desfilaba con propósito

-Buenos días, licenciada Reinhart -saludó el recepcionista, poniéndose de pie casi por reflejo.

-Buenos días, Tomás -respondió ella con una sonrisa breve pero cálida.

A medida que avanzaba por el pasillo, los abogados jóvenes la saludaban con respeto, algunos con admiración abierta. No solo era la dueña del bufete: era la abogada que todos querían ser.

Al llegar a su oficina, la puerta ya estaba entreabierta. Kara, su asistente y mejor amiga desde la universidad, la esperaba con una taza de café humeante.

-Tu dosis de vida -anunció Kara, extendiéndole la taza-. Extra fuerte, como te gusta.

Claudia tomó el café con un suspiro agradecido.

-Eres un ángel. ¿Qué tenemos hoy?

Kara consultó su tableta mientras caminaba detrás de ella hacia el escritorio.

-A ver... reunión a las nueve con el equipo de litigios, revisión del caso de la señora Valdés a las diez, almuerzo con el juez Herrera -alzó una ceja-, que por cierto te adora, y en la tarde la audiencia del señor Ramón. Después de eso, estás libre.

Claudia dejó su bolso, se acomodó en su silla ejecutiva y tomó un sorbo de café.

-Perfecto. El caso del señor Ramón está prácticamente ganado. Solo falta que el juez lo diga en voz alta.

Kara sonrió con complicidad.

-Sabía que dirías eso. Entonces... ¿bar en la noche?

-Por supuesto -respondió Claudia, cruzando las piernas con elegancia-. Después de escuchar el veredicto, nos lo merecemos. Además, necesito despejarme un poco.

Kara se dejó caer en el sillón frente al escritorio.

-¿De tu soltería?

Claudia soltó una risa suave.

-De todo.

Como si el universo la hubiera escuchado, su teléfono vibró. Era un mensaje en el chat familiar.

Mamá:

¿Llegarás temprano hoy? ¿Quieres que le demos la comida en la noche a Akira?

Papá Luis:

Ella siempre come a la hora.

Claudia negó con la cabeza, divertida. Escribió rápidamente:

Claudia:

Hoy llegaré un poco tarde no creo que pueda darle de comer. Kara y yo iremos a un bar después del veredicto del señor Ramón. ¿Pueden darle la comida a Akira, porfa?

La respuesta llegó en segundos.

Mamá Noris:

Claro, hija. Disfruta. Nos encargamos de ella.

Claudia guardó el teléfono y miró a Kara.

-Listo. Mis padres ya están en modo abuelos de perros.

-Son adorables -dijo Kara-. Y tú también eres una buena mamá perruna, aunque te hagas la dura.

Claudia arqueó una ceja, divertida.

-No empieces.

-¿Yo? Jamás -respondió Kara, levantándose-. Bueno, jefa, te dejo tus expedientes. Tienes veinte minutos antes de la reunión. Y sí, ya te puse los documentos más urgentes arriba, como te gusta.

Claudia observó la pila perfectamente organizada. Todo en su vida funcionaba así: orden, precisión, control. Y aunque lo disfrutaba, una parte de ella sabía que algo estaba a punto de cambiar.

-Gracias, Kara -dijo, abriendo el primer expediente-. Hoy será un buen día.

Kara sonrió desde la puerta.

-Siempre lo es cuando tú estás al mando.

Y con eso, la oficina volvió a llenarse del suave sonido de páginas pasando, teclados sonando a lo lejos y la certeza silenciosa de que Claudia Reinhart era, sin duda, la reina de su propio imperio.

⚠️ Ya pueden leer mis otras historias ⚠️

se que les va a encantar la pueden encontrar como:

" Me enamore de la doctora "

"Atadas por el destino"

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