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El ejecutor

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Sinopsis

Un poderoso joven se enfrenta a sí mismo en la moralidad de si su vida es seguir ordenes o seguir sus propias decisiones.

Genero:
Action
Autor/a:
Saúl Goodman
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1: Dante

En las amplias llanuras doradas del sector agrícola de Elaria, los recolectores terminaban la jornada. El sol doble del planeta teñía de naranja suave los tallos maduros de guiña, esa planta de tubérculos nutritivos que alimentaba a casi todos los elarianos. Los trabajadores, con sus tentáculos cubiertos de tierra húmeda, hablaban tranquilos mientras apilaban las últimas cestas.

Arriba, flotando enorme en el cielo como una segunda luna rectangular, la Gran Pantalla transmitía el noticiero de siempre. La voz suave y clara de la presentadora llenaba el aire:

—…y para mañana esperamos vientos suaves del cuadrante este, con temperaturas agradables que rondarán los 24 ciclos. Perfecto para las familias que planeen salir al lago Salino. Ahora pasamos con…

La imagen se congeló. Un zumbido eléctrico rompió el silencio. Los elarianos levantaron la vista, confundidos. En más de medio siglo de transmisiones sin interrupciones, aquello jamás había pasado.

—¿Qué pasa con la pantalla? —preguntó una joven recolectora, limpiándose el sudor con un tentáculo.

—Seguro es un fallo técnico —respondió su compañero, sin mucha confianza—. Ya volverá.

Pero no fue un fallo técnico.

La imagen regresó de golpe. Ya no estaba la presentadora sonriente. En su lugar apareció un hombre de pie sobre un fondo negro total. Armadura negra, sin brillos ni adornos. Rostro anguloso, mandíbula apretada, ojos de un gris tan frío que parecían tragarse la luz. No parpadeaba.

—Soy Dante —dijo con voz grave, sin subir el tono, sin apuro—. Soldado de primera línea del Imperio Zorakiano. Hablo directamente a los líderes de Elaria.

Hizo una pausa corta, casi invisible.

—Se les ofrece una única oportunidad. Uníos al Imperio. Jurad lealtad hoy mismo. Si lo hacen, sus ciudades quedarán intactas, sus cosechas seguirán creciendo, sus hijos seguirán jugando bajo este cielo. Si no… —sus labios apenas se curvaron, pero no era una sonrisa—… entonces no habrá otra oportunidad después.

La cámara se acercó lentamente a su rostro.

—Esta es la única advertencia que recibirán. Decidan con sabiduría.

La pantalla se apagó.

Un silencio profundo, como de tumba, cayó sobre el campo. Nadie se movía. Solo se oía el leve crujido de los tallos mecidos por el viento y el latido acelerado de algunos corazones.

Cerca del borde del sembradío, un anciano de tentáculos plateados y arrugados sostenía con fuerza su bastón de madera viva. A su lado, su nieto pequeño —apenas un niño de ocho ciclos— le aferraba uno de los tentáculos inferiores como si fuera lo único que lo mantenía a flote.

—Abuelo… ¿quién era ese hombre? —preguntó el pequeño con voz temblorosa—. Parecía… enojado.

El anciano respiró hondo, tratando de que su voz no mostrara el nudo que sentía en el pecho.

—Un soldado de otro imperio, pequeño. Hay muchos en la galaxia. Algunos hablan mucho y no hacen nada. Otros… —tragó saliva—… otros solo hablan una vez.

—¿Y nosotros vamos a estar bien?

El anciano forzó una sonrisa cansada y acarició la cabeza del niño con un tentáculo suave.

—Claro que sí. Elaria siempre ha sido un lugar tranquilo. Nadie querría hacernos daño. Ese tal Dante solo está… presumiendo. Ya verás, mañana todo va a seguir igual.

El niño asintió despacio, queriendo creerle.

Pero entonces llegó el sonido.

Primero fue un trueno lejano. Después, un ruido más fuerte y cercano, como si la tierra misma hubiera gritado. Una columna de humo negro se levantó en el horizonte, del lado de la capital.

Y entonces lo vieron.

Una figura sola caminaba entre los campos lejanos. No corría. No necesitaba correr. En cada paso que daba, la tierra temblaba un poco. Llevaba algo en los brazos: el cuerpo sin vida de un guardia elariano, con la armadura ceremonial partida en dos. La sangre verde-azulada goteaba y dejaba un rastro humeante en el suelo.

Dante alzó la vista hacia la Gran Pantalla que aún flotaba en el cielo. Sus ojos grises parecieron encontrar a cada uno de los presentes, aunque estaban a kilómetros de distancia.

Alguien gritó.

El pánico estalló.

Media hora después, el cielo ya no era naranja. Era rojo sangre y negro, como si todo se hubiera quemado hasta los huesos.

Las ciudades ardían. Las torres de cristal se derretían como si fueran de cera. Los refugios subterráneos habían sido abiertos a la fuerza. Gritos, llantos, explosiones lejanas y el silbido constante de las armas de energía llenaban el aire.

Un pequeño elariano, de no más de cuatro ciclos, corría entre los escombros con los ojos llenos de lágrimas. Tropezó y cayó de bruces. Cuando levantó la cabeza, Dante estaba allí, quieto, mirándolo.

El niño retrocedió arrastrándose.

—No… por favor… —sollozó—. No quiero…

Dante no dijo nada. Simplemente levantó una pierna. La patada fue limpia, exacta, brutal. El cuerpo pequeño se partió en dos con un sonido húmedo y seco.

Silencio.

Solo quedaba el chisporroteo del fuego.

Dante alzó la vista al cielo oscurecido. Sus manos, cubiertas de polvo y sangre ajena, temblaron apenas un instante. Respiró hondo, como si el peso del planeta entero cayera sobre su pecho.

Luego se elevó.

Flotó sobre las ruinas humeantes, sobre los campos quemados, sobre los cuerpos regados por todas partes. Miró una última vez la esfera azul-verde que había sido Elaria.

Sus ojos no mostraban rabia. Ni gusto por lo hecho. Solo vacío.

Extendió ambos brazos.

Un golpe de energía pura, blanca y brillante, salió de su cuerpo. Atravesó el centro del planeta como una aguja atraviesa una fruta madura.

La corteza se abrió.

El fuego bajo tierra rugió.

Y Elaria se partió en dos mitades irregulares que empezaron a separarse despacio, envueltas en una nube de escombros y fuego.

Dante se quedó flotando en el vacío, mirando la destrucción un segundo más.

Después, sin mirar atrás, se perdió en la oscuridad del espacio.

Así murió Elaria.

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