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Solo Abrázame

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Sinopsis

La llegada de otra mujer rompe el equilibrio de su matrimonio, establecido más por contrato que por amor. Cansada de interpretar el papel de esposa complaciente, ella se libera de las expectativas y comienza a ser ella misma, sin miedo a las consecuencias. Su cambio trastoca la relación y pone en duda certezas que él había considerado incuestionables. Y mientras su vínculo comienza a fortalecerse, la sombra de un pasado que se niega a permanecer oculto se instala en sus vidas, poniendo a prueba la confianza que apenas comienzan a construir.

Estado:
En proceso
Capítulos:
16
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

PROLOGO

POV: Marco Moretti

Llevaba algunos minutos esperando en la biblioteca de la Universidad Bocconi, en Milán. El olor a papel viejo y cuero, mezclado con la humedad que se filtraba por los ventanales góticos era lo único que aliviaba la tensión de mis hombros mientras repasaba los gráficos de comercio internacional y logística de fletes navieros. Sebastián llegaba tarde. Como siempre. Tenía un talento natural para desafiar la puntualidad y justificarse con cualquier excusa que incluyera una sonrisa carismática.

Afuera, la lluvia milanesa caía en un susurro continuo y gris, golpeando rítmicamente contra el cristal. Milán en otoño siempre tenía esa melancolía elegante; una ciudad que exigía vestir bien incluso para solo verla marchitarse. Ajusté el reloj que llevaba en la muñeca y marqué el compás con los dedos sobre la madera gastada de la mesa. Estudiar Comercio Internacional no era un pasatiempo para mí; era la base que necesitaba para hacerme cargo de las rutas clandestinas de los Moretti y convertirlas en una red limpia e impenetrable. Necesitaba comprender el comercio, las aduanas y el engranaje de la economía global si quería sostener el imperio que heredaría.

Los tres éramos, a nuestra manera, prisioneros del mismo destino. Sebastián D’Agostino, Sofía Caruso y yo. Cada uno cargaba con un apellido que en el norte de Italia significaba prestigio, poder y una condena implícita. Crecíamos sabiendo que nuestras vidas no nos pertenecían del todo.

Pero mientras yo había aceptado esa realidad, Sebastián y Sofía intentaron desafiar las reglas.

El sonido de las pesadas puertas de la biblioteca al abrirse me hizo levantar la vista. Sebastián caminaba por el pasillo central de la biblioteca sin el menor atisbo de culpa, con el cabello castaño desordenado por el viento y una chaqueta de cuero mojada por la llovizna. Pero no venía solo. Sostenía de la mano a Sofía Caruso, cuya sonrisa tímida y mirada luminosa parecía desentonar con la penumbra austera del recinto.

—Hey, Marco —susurró Sebastián en cuanto llegó a mi mesa, desplegando una sonrisa amplia—. Perdón la demora, se me cruzó un... contratiempo. Pero, valió cada segundo. Mira, ella es Sofía. Ahora somos novios.

«Novios». Tenían una relación casi ingenua, construida en los márgenes de un mundo sangriento. Se escapaban a conciertos callejeros, a galerías de arte, a pequeños cafés cerca del Duomo y hablaban del futuro como si los apellidos D’Agostino y Caruso fueran palabras vacías. Sin embargo, en nuestro mundo la vulnerabilidad tenía un costo demasiado alto. La ilusión no duró mucho; meses después, los Caruso pactaron el compromiso de Sofía con un heredero de la aristocracia financiera romana para consolidar una alianza bancaria crucial, un tipo al cual la ilusión de una vida bohemia y romántica no era más que un insecto al cual aplastar.

Aún recordaba la noche en que Sebastián irrumpió en mi departamento, pálido, con los puños apretados y la desesperación quemándole los ojos.

—¡Nos vamos a fugar, Marco! —dijo Sebastián con la voz temblorosa por la adrenalina—. Nos vamos en dos horas. Tenemos los billetes para Suiza y de ahí a Francia. No voy a dejar que se la lleven, muero antes que permitirlo.

Lo miré fijamente desde mi escritorio.

—No lo hagas, Sebastián —le advertí con absoluta firmeza—. Los van a cazar y los van a encontrar. No hay lugar en Europa donde los D’Agostino y los Caruso no tengan ojos mirando. ¿Así es como quieres vivir?, ¿Huyendo?, ¿Escondiéndote?.

—¡Me da igual! —estalló él—. Nos amamos, Marco. Tú no entiendes lo que es eso, preferimos arriesgarnos, intentarlo, todo antes que vivir una vida entera muertos por dentro.

No me escuchó.

Cuando la fuga se puso en marcha, intenté protegerlo a mi manera: plante pistas falsas para despistar a los cazadores de ambas familias. Pero no fue suficiente. Los Caruso los localizaron en un pequeño hostal cerca de la frontera en Como.

A Sebastián lo devolvieron casi muerto con su familia. Su cuerpo se recuperó de los golpes, pero una parte de él no volvió a hacerlo. A Sofía la arrancaron de sus brazos en medio de gritos; sus padres la enviaron esa misma noche a un estricto internado en las afueras de Londres, para purgar su rebeldía y evaluar los daños de su fuga, mientras los abogados aceleraban la fecha de la boda.

El chasquido seco de una gota helada contra el cristal del despacho me trajo de vuelta.

Años después, aquella escena seguía conmigo. Afuera, la lluvia continuaba cayendo, igual que entonces.

Pero ya no estaba en Milán.


El recuerdo se disolvió como la neblina sobre el río Po.

Nuestra residencia era un complejo monumental en las afueras de Turín, rodeado de bosques privados y colinas. La arquitectura neoclásica piamontesa, las fachadas de piedra, las galerías abovedadas y el mármol pulido reflejaban el poder y la opulencia de los Moretti. Sus salones podían recibir a cientos de invitados, desde diplomáticos y políticos hasta socios del crimen organizado; en ciertos círculos, la diferencia era apenas una cuestión de protocolo.

Turín ponía la estrategia y el dinero limpio; Génova, a menos de dos horas, ponía el puerto y la fuerza. Mientras nuestros negocios legales movían cientos de miles de euros por los canales oficiales, en los astilleros privados otros cargamentos cambiaban de manos lejos de cualquier mirada indiscreta, generando millones. Mi vida entera funcionaba bajo reglas estrictas: un sistema definido de varias piezas acopladas entre sí, cada una ocupando un lugar determinado y deliberado para funcionar de forma precisa.

Y dentro de ese esquema, estaba ella. oRenji.

Oficialmente nuestro matrimonio había sido una transacción comercial, un convenio. Cuando la empresa de su familia colapsó bajo el peso de deudas astronómicas, intervine para rescatarlos. Exigí su mano en garantía.

Pero esa era solo la versión oficial.

La realidad era que yo la había visto mucho antes de que la ruina llamara a su puerta. Ocurrió años atrás, cuando su familia aún gozaba de un prestigio prominente. Yo acompañaba a mi padre a una junta de negocios en la sede corporativa de los padres de oRenji. Estaba de pie tras los cristales polarizados de la sala de reuniones principal —de esos espejos unidireccionales que permiten observar el pasillo sin ser visto— mientras los hombres mayores discutían cifras.

Ella pasó caminando por el pasillo. Éramos muy jóvenes en ese entonces. oRenji no me vio, pero yo no pude quitarle los ojos de encima. Era todo lo que yo no era: ligera, despreocupada, llena de una vitalidad que no encajaba con la rigidez de esos muros. Mientras caminaba, ensimismada en sus pensamientos, chocó de lleno contra una maceta grande de cerámica que era perfectamente esquivable. La maceta tambaleó y cayó al suelo, esparciendo tierra sobre la alfombra.

Cualquier otra heredera de nuestro círculo habría reaccionado con soberbia o molestia, llamando a los empleados con exigencia para que limpiaran el desastre, o simplemente hubieran pasado de largo ignorando el desastre causado, eso era lo que esperaba. Pero oRenji fue todo menos predecible. Para mi sorpresa, se agachó de inmediato. Lo hizo con una elegancia y una gracia que parecían innatas, casi poéticas en su espontaneidad. Se puso de rodillas sobre la alfombra, comenzó a juntar la tierra con sus propias manos, acomodó la planta y le dio un par de pequeñas palmaditas a las hojas mientras le pedía disculpas uniendo sus manos y bajando ligeramente la cabeza por haber sido tan torpe.

Una parte de la maceta se rompió. Ella miró a los lados antes de recoger el fragmento, lo acomodó en su lugar y giró la maceta. Después sonrió.

Era hermosa. No por algo en particular, sino por todo su conjunto. Toda ella. Increíblemente hermosa.

Desde ese día, esa imagen quedó grabada en mi memoria. Por eso, cuando años más tarde su familia cayó en desgracia y los buitres de la ciudad se preparaban para devorarlos, me aseguré de intervenir. Utilicé la fachada del contrato y la exigencia del matrimonio para justificar mi decisión ante mi familia y mis socios. Les dije que ella era una cláusula de seguridad, pero la verdad era mucho más sencilla: no iba a permitir que la ruina de su familia la alcanzara, mucho menos que la arrastrara con ella. Quería protegerla de una vida de miseria que jamás habría sido propia de ella.

Y lo hice de la única forma admisible. La convertí en mi esposa, le di mi apellido, seguridad, dinero y una posición que nadie se atrevería a cuestionar. Había cumplido con mi parte.

Al menos, eso creía.

Sin embargo, estar casados no lo hizo más fácil.

Acomodé las carpetas sobre el escritorio de caoba de mi despacho. Llevaba horas revisando balances repetidos de las firmas de transporte y reportes portuarios de Génova que ya me sabía de memoria. No necesitaba trabajar hasta altas horas de la madrugada, pero siempre había algo que me quitaba el sueño, a veces era su mirada buscando mi aprobación, algo que había aprendido a ignorar. Otras, una taza de café negro a las nueve de la noche, acompañada de una sonrisa silenciosa; una manta con olor a lavanda que dejaba sobre el respaldo del sofá, un leve suspiro y un “buenas noches” antes de retirarse.

Ella cumplía con las obligaciones del matrimonio. Se empeñaba en acortar la distancia entre nosotros; yo, en delimitarla. Con el tiempo, aquella distancia se había transformado en un muro infranqueable de cortesía.

Mi forma de cuidarla era mantener las reglas: seguridad las veinticuatro horas, traslados vigilados, cuentas bancarias abiertas con recursos ilimitados y el peso del apellido Moretti protegiéndola de cualquier amenaza externa. No necesitaba que entendiera mis decisiones. Solo necesitaba que estuviera a salvo. La mantenía al margen de los monstruos con los que yo negociaba a diario. Ella solo debía seguir las líneas que yo había trazado.

Apagué la lámpara sobre la mesa y salí al pasillo en penumbra. El silencio del gran vestíbulo de la residencia solo era interrumpido por el murmullo de la lluvia que golpeaba los ventanales de la fachada. Pasé frente a la habitación de oRenji y me detuve por un momento. Volteé hacia el marco de la puerta; la luz ya estaba apagada.

Continué hacia mi dormitorio.

Las reglas estaban escritas. Había construido mi vida alrededor de ellas. Mientras mantuviera el control de cada variable, nada ni nadie pondría en riesgo lo que había construido.

Al menos, eso era lo que me repetía.

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